XIV #3
La sala donde me dejan huele a flores nocturnas y madera húmeda. Hay vapor en el aire; luz que se mueve como si estuviésemos bajo el agua; y una voz omnisciente, sin origen ni forma, me dice que debo desnudarme.
En medio de la sala hay una especie de cuenco del tamaño de una bañera tallado en piedra gris, con agua tibia que huele a luna llena.
No sabría explicar cómo huele la luna llena, pero si tuviera aroma, sería este: algo entre polvo y promesas.
Me meto en la bañera y siento como mis músculos se relajan al instante.
Las manos que me lavan son firmes. Las estetas, que han aparecido de repente, no preguntan y tampoco se detienen cuando persigo con la mirada las cicatrices que me adornan el cuerpo.
No me había fijado tanto en las pequeñas líneas rosadas y abultadas que me suben por la pierna derecha.
Me restriegan con polvos de cristal molido hasta que la piel parece nueva. Como si ya no fuese mía.
Una vez salgo de la bañera, viene el vestuario: telas suaves que me rozan la espalda con la precisión de un arquero real.
Me envuelven sin apuro. El verde del vestido es tan oscuro que casi parece negro, y los detalles dorados no solo brillan; parecen quemar.
El tejido se ajusta a mis curvas como si hubiese sido cosido sobre mis huesos.
Cuando me lo termino de poner, noto como si se hubiese convertido en una segunda piel.
Cuando creía que no podía ser mejor: llega el peinado. Rizos domados, pero no ocultos. Me recogen el pelo en dos trenzas a ambos lados de la cabeza que se deslizan como una serpiente hacia atrás, la mitad de las trenzas se abre y cae libre por mi espalda.
Y entonces, aparece una mujer de ojos tan negros como el azabache en la sala.
Camina hacia mí y en sus manos lleva la máscara.
Es ligera y de cobre envejecido. Tiene relieves finos que parecen espinas, pero en cuanto las toco, se convierten en alas abiertas de un ave de la era de los Nueve Antiguos.
—La máscara ha sido escogida en función a tu comportamiento, no a tu nombre —dice, con una voz que no nace de su garganta, sino de alguna caverna que lleva siglos oculta.
La cojo sin decir nada, porque todo lo que quiero preguntar no se puede formular sin temblar, así que estoy mejor callada. ¿Qué han visto de mí? ¿Por qué escogieron un pájaro que ya ni siquiera existe?
El tónico que me entregan tiene el color del jade y el pequeño recipiente en el que se encuentra está completamente helado.
Lo huelo antes de beberlo, pero no noto que tenga un olor en particular.
Cuando el líquido baja por mi garganta, noto que sabe a menta ácida.
Cuando hablo para probar la voz, no es la mía.
Suena mucho más aguda; demasiado aniñada para mi gusto.
Sin duda se aleja mucho de mi verdadera voz.
Miro el espejo.
La mujer reflejada me resulta familiar y ajena a la vez.
Hay algo en su postura que es mío. La forma de inclinar la cabeza, la tensión en los hombros, la curva de las caderas.
Pero el rostro cubierto lo transforma todo.
No hay rastro de Dionna de Caelis. Además, han conseguido que aumente unos centí-metros en altura con una magia que no entiendo.
◆◆◆
El Salón de los Reflejos no se parece a nada que haya visto antes.
Las paredes están cubiertas de espejos curvos que deforman todo lo que reflejan: figuras alargadas como sombras estiradas, rostros duplicados que no coinciden, versiones de mí misma que se mueven antes o después de lo que yo lo hago, como si el tiempo también estuviera descompuesto.
Las luces flotan a diferentes alturas. Algunas tan altas que apenas parecen luciérnagas distantes, otras tan cerca que podría tocarlas si estiro el brazo.
Por primera vez desde que comenzó la Tríada, no estoy con Cristalith, ni con Sándor, ni con Odrien. Ni siquiera con Clummy, que se quedó atrás murmurando algo sobre no ser admitido en eventos de alto protocolo con elementos inflamables —todavía no sé si hablaba de sí mismo o de mí—.
Respiro hondo, o eso intento. El aire aquí no huele a nada. Ni flores, ni perfume. Como si el mismo Salón hubiese decidido eliminar las pistas más humanas. Se escuchan cuerdas de plata tocadas por dedos invisibles detrás de una pared.
Los Aspirantes ya estamos dentro. Los nobles y los observadores también. Cientos de cuerpos en movimiento, todos con máscaras. Algunas son grotescas, otras delicadas, otras tan sobrias que parecen no esconder nada, ¡qué triste que vean en ti algo tan aburrido!
Mi vestido me hace sentir como una serpiente disfrazada de princesa. Es perfecto, demasiado perfecto como para pertenecerme a mí. No me reconozco dentro de él. Mi máscara es liviana, pero su presencia lo inunda todo.
Una pareja gira cerca de mí, envuelta en una danza lenta. Ella lleva una máscara de cristal agrietado. Él una de madera tallada con forma de fiera. Se mueven, se huelen, se tantean. Me recuerdan a bestias en un ritual. Y quizá eso es todo lo que es este baile: un ritual de reconocimiento.
Una mano se extiende hacia mí.
Dudo, porque no sé quién está debajo, pero esa es la idea, así que decido aceptar.
Debería aprovecharme de la situación y sacar algo de todo este misticismo; asiento con la cabeza y cojo la mano todavía tendida hacia mí.
El tacto es firme. La figura, alta, delgada y masculina.
Comenzamos a bailar. No es un vals clásico, aunque la música lo sugiere.
Es más orgánico, parece que el ritmo cambia dependiendo de cómo pisamos, como si cada pareja estuviese escuchando una melodía completamente diferente. No hablamos absolutamente nada.
Después, otro hombre se acerca a mí. Esta vez, más bajo, más nervioso. Guía mal, me pisa y me pide perdón con una reverencia exagerada. Sonrío por debajo de la máscara. Me resulta divertido ver cómo alguien puede ponerse más nervioso que yo.
Otro más. Este me susurra un cumplido, al menos creo que lo es. Su voz está distorsionada por el tónico y nadie suena como sí mismo. Todos somos fantasmas en cuerpos prestados.
Sigo bailando. Una persona tras otra. Nadie me dice su nombre. Yo tampoco digo el mío. Cada paso es un enigma. Cada giro, una mentira.
Y entonces, una mano completamente distinta a las demás toma la mía. Se toma un segundo para acariciarme la mano antes de agarrar mi cintura y noto como los callos del dorso de su mano acarician la piel intacta de la mía.
Es alto y guarda una postura impecable. Máscara negra mate con detalles plateados en forma de hojas caídas: minimalista y elegante. Le cubre la cara en su totalidad. Me guía sin decir nada al principio, pero de repente rompe el silencio. Su voz es grave, pero aterciopelada, si eso es posible.
—¿Qué crees que pasará mañana?
¿Es Devrian? No lo sé. ¿Quién se preocuparía por tocarme con una delicadeza tan opuesta a su tacto áspero? Ni idea. ¿Otro Aspirante que quiere información? Tal vez, aunque lo dudo.
—Que lo real y lo falso se mezclarán aún más —respondo—. Que no solo los espejos de esta sala distorsionan. Con todo esto nos están preparando, mañana vamos a sufrir por lo que parece, no por lo que es.
Suelta una risa suave. Casi no la oigo, pero la siento en la piel. Noto una ligera corriente eléctrica recorrerme por dentro. Como un suspiro que no va a los pulmones, sino al estómago.
Me agarra del brazo, casi me arrastra con urgencia.
Nos deslizamos entre las parejas que bailan, hablan y ríen.
Cruzamos una cortina semitransparente que parece hecha de seda y humo, pero que es opaca a ambos lados.
Y allí, bajo una lámpara flotante que vibra con un tono ámbar suave, se detiene.
Me suelta solo para quitarse la máscara.
Un segundo.
Dos.
Hasta que mi cerebro comienza a entenderlo.
—Me ha gustado ese feedback —me susurra al oído con media sonrisa en la cara.
Y el mundo se inclina. Noto una ligereza en ambos brazos y un cosquilleo en la punta de los dedos.
—¿Cómo coño sabías que era yo?
No sé cómo he convencido a mis labios para que se moviesen y dijesen algo coherente. Me podría haber ahorrado el taco, pero mi cerebro tenía que elegir entre actuar o morirse de la vergüenza, así que lo hizo lo mejor que pudo.
La máscara todavía cubre mi cara, pero sus ojos —los del mismísimo Rey de Aethrya en concreto— parecen atravesarla como si no existiera. No me responde, solo me mira. Siento en su gesto que acaba de decidir algo que llevaba mucho tiempo conteniendo.
Sus manos me cogen la cara con firmeza y sin un ápice de torpeza. Como si no quedara tiempo para dudas, como si ni siquiera el título de rey pudiera interponerse en lo que está a punto de hacer. Me levanta la máscara y sus labios colapsan con los míos.
Me besa como si nunca me fuese a soltar, como si estuviese cansado de fingir que puede vivir sin saber a qué sabe mi boca.
El primer contacto no tiene preludio: es hambre y necesidad.
Es el rugido de algo contenido demasiado tiempo, soltado todo de una vez.
Sus labios me abren una pequeña herida en el labio inferior.
Abro la boca y su lengua busca la mía con una urgencia que se estrella contra todo lo que he intentado negarme.
No hay espacio para el aire. No hay nada más que necesidad.
Su mano se desliza hacia mi nuca, se enreda en el pelo que queda entre las trenzas y los lazos que atan la máscara a mi cabeza, y aprieta con la tensión de quien teme que esto se rompa en mil pedazos si no lo agarra fuerte.
Y yo no sé en qué momento dejo de pensar y empiezo a responder.
Solo sé que mi cuerpo se curva hacia el suyo, que mis dedos se cierran en el borde de su chaqueta y que mi boca le contesta con la misma violencia dulce con la que él ha empezado esto.