XIV #2
Miro a través del cristal: el palacio ya está completamente despierto. Sirvientes cruzando el patio, cluams con sus libretas flotantes, guardias cambiando turno, un cocinero que corre con una olla humeante de una estancia a otra…
—El baile —murmuro.
—Dado el aumento de tu frecuencia cardíaca al mencionar el evento —dice Clummy—, estimo que la causa principal de tu alteración fisiológica continúa siendo la misma.
—No empieces otra vez. No sé para qué te cuento nada.
Tres golpes suaves en la puerta interrumpen nuestra conversación.
—No esperamos a las estetas todavía —dice Clummy ladeando la cabeza—. Según el protocolo del palacio, la preparación de los Aspirantes comienza tres horas antes del evento, no ahora.
Respiro hondo antes de abrir la boca: no estoy de humor para visitas inesperadas.
—¿Quién es ahora?
—Poca gente quiere visitarte, las opciones son…
—¿Y si te reinicio de una patada? —lo interrumpo.
—Eso podría matarme —responde con total serenidad—. Y sería el escándalo diplomático más insensato del siglo.
Cristalith, Sándor y Odrien entran por la puerta como si la habitación fuese suya antes de que nadie les diese permiso para hacerlo.
Cristalith se deja caer en mi cama justo enfrente de mí, con las piernas estiradas como una reina que está cansada de mandar. Odrien se apoya en el marco de la ventana a mi izquierda, con una fruta en la man, y Sándor a mi derecha.
—Bien —dice Cristalith, aplaudiendo suavemente—. ¿Quién quiere hablar del hecho de que esta noche nos convertiremos en versiones aún más confusas de nosotros mismos?
—¿Más confusas? —Odrien resopla—. Habla por ti, guapa. Yo planeo ser absolutamente reconocible. El carisma no se oculta, ni con máscara ni con pócimas.
—Lo dice mientras lleva una túnica que parece la manta que me pongo cuando tengo fiebre —le suelta Cristalith, sin mirarlo siquiera.
—¡Es cómoda! —protesta, ofendidísimo—. Y tiene bolsillos.
—Ah, los bolsillos, es verdad; el arma secreta del carisma.
Sándor suelta una risa por lo bajo, pero no entra en la pelea. Mira por la ventana y luego a mí. Tiene una expresión en la cara que no me gusta nada. Miro a los demás buscando una explicación; sin embargo, solo encuentro más dudas.
—¿Y tú qué? —le lanza Cristalith con una sonrisa afilada—. Estás muy callado para alguien que normalmente tiene teorías de conspiración sobre los jardineros del palacio.
Sándor se encoge de hombros. Hace una pausa larga, pero se nota que está a punto de soltar algo.
—Tuve una visita anoche —dice.
Cristalith y yo nos miramos de inmediato. Odrien casi se atraganta con la manzana. Este tío siempre está comiendo fruta.
—¿Una visita? —pregunto, ya medio sonriendo—. ¿Del tipo «me matan en sueños» o «me despiertan con caricias»? —Le intento pellizcar la barriga, pero él se aparta rápidamente.
—Del tipo Nirelia pasó por mi habitación —dice, con una voz tan neutra que parece que acaba de recitar el pronóstico del tiempo, pero yo juro que me caigo muerta.
Cristalith abre la boca y Odrien se lleva una mano al pecho, fingiendo un colapso emocional.
—¿Lady Nirelia Va-len-dris? —pregunta Odrien, exagerando cada sílaba.
—¿Pasó por tu habitación? —insisto, porque necesito detalles con urgencia casi médica.
Sándor asiente. Nada más. No dice nada más el muy cabrón.
—¿Y? —dice Cristalith.
—¿Y qué? —pregunta como si de verdad esto no tuviese una importancia a nivel continental.
—¡¿Que qué quería?! —Me giro hacia él moviendo mucho las manos.
—Hablar —dice él completamente tranquilo
Odrien se pone frente a él.
—¿Hablar de qué? —La manzana ya no le parece lo más emocionante, teniendo en cuenta que la lanza y la encesta en la papelera en cuanto le hace la pregunta.
Sándor nos mira como si estuviera decidiendo qué tanto vale nuestra amistad para que nos dé la información.
—No puedo decirlo.
—¿No puedes o no quieres? —le espeto—. No puedes soltarnos esa bomba y no darnos detalles.
—Ambas.
Cristalith suelta un bufido.
—¿Ahora eres espía real? ¿Nos vas a dejar con el misterio hasta que la Tríada termine y todos acabemos muertos?
—Eso es lo que me pidió —responde él, encogiéndose de hombros otra vez—. Me hizo prometer que no lo diría hasta que llegase el momento.
Silencio. Todos lo estamos matándolo en nuestras cabezas.
—Mira, Sandito bonito —dice Cristalith, entrecerran-do los ojos y señalándolo con el dedo haciendo círculos—. O nos lo cuentas, o en el baile te lanzamos al centro y gritamos que eres el heredero perdido de la Casa Valendris y estás embarazado del rey.
—¿Otra vez embarazos mágicos? —Odrien rueda los ojos poniéndolos en blanco—. ¿Por qué siempre tus chantajes terminan en úteros metafóricos? No fuimos creados para parir, supéralo.
Sándor se ríe, pero no cede. Me apoya un segundo la mano en el hombro y me dice, en voz muy baja:
—Fue importante, pero no era solo sobre mí, también trataba de Dionna.
—¿Sobre mí? —¡La madre que lo parió!— ¿Nadie te enseñó que no puedes soltar algo así y no explicar nada más?
Asiente, pero se aparta y no dice nada más.
Estoy a punto de exigirle una explicación, pero Cristalith me lanza una mirada de «mejor no lo presiones ahora» o «te juro por la Fundadora que si le gritas, yo me pierdo la diversión después y tú pierdes una mano».
Respiro hondo y me echo hacia atrás, resignándome a lo que peor llevo en esta vida: esperar al momento correcto.
—Al menos esta noche no nos reconocerá nadie —digo suspirando.
◆◆◆
—A diferencia del Baile de Acero, este evento no está diseñado para deslumbrar con presencia y fuerza, sino para saber esconder —dice Clummy cuando mis amigos cierran la puerta tras de sí.
El momento de que los estetas nos transformen de nuevo ya es inminente, qué poco duró la reunión de amigos en la que podemos olvidar por unos instantes que estamos siempre al borde de la gloriosa muerte que todo Aethryense ansía.
—¿Esconder? Eso sí que me gusta, ¿ves?
—Camuflar lo evidente y dejar que solo el instinto sobreviva.
Se gira hacia mí, como si quisiera asegurarse de que capto la gravedad.
—Cada Aspirante recibirá una máscara única, tallada a mano por artesanos de la Tríada.
Cada una representa el arquetipo simbólico que os defina con mayor exactitud.
Junto a ella, un tónico de voz. Al beberlo, se modificará el timbre y las frecuencias identitarias de todo asistente al baile.
Nadie sabrá quién es quién bajo el velo.
—Baja la cabeza, pero mantiene sus ojos en los míos—. Nadie.
Mi estómago protesta de ansiedad y se anuda en un intento por mantener la comida dentro de él.
—¿Y tengo que bailar, cosa que ya de por sí detesto, sin saber con quién?
—Normalmente en los bailes ceremoniales lo que menos importancia tiene es el baile en sí.
Lo que es de vital importancia es crear conexiones.
—Hace una pausa para encontrar la información adecuada dentro de su base de datos mientras alguien llama tres veces a la puerta—.
O luchar. —Camino hacia la puerta y le abre la puerta a mis estetas—.
O negociar —Les hace un ademán para que pasen—.
O seducir —dice mientras las tres mujeres lanzan una imagen holográfica de mi cuerpo en medio de la habitación—.
O simplemente ser seducida, como siempre.
Lo miro entrecerrando los ojos, si lo mato tendrá que ser sin testigos. Me toca esperar.
—¿Te estás burlando de mí?
—Nunca —me dice el muy sinvergüenza—. Solo in-formo.
—Perfecto. Máscaras. Anonimato. Voces distorsiona-das.
Todo muy limpio por fuera… para que no se note la jodida carnicería de antes.
Porque claro, primero te meten en una prueba medio mortal montada por esa panda de privilegiados de la familia real —con sus dones misteriosos y sus santos cojones—, y luego, cuando ya estás medio reventada, te pasean toda la noche sin dormir, desde Elarith hasta la Ciudadela de Cristal, en ese transporte mágico que te deja el estómago del revés…
para encerrarte en palacio como si fueras otra pieza más de su puto juego de bailes y purpurina, en donde tienes que regalarles tu corazón puro de Aspirante y desear que les guste.
Respiro por fin después de soltar todo lo que tenía dentro: si voy a morir, que tengan una razón.
—La purpurina ayuda a que vuestros corazones brillen más de lo que ya lo hacen.
Me quedo en silencio un momento, no puede estar hablando en serio. Luego sonrío, entrecierro los ojos y le muestro el dedo corazón.
—Qué bonito, ¿eso que lo leíste, en un poema? —le suelto.
—No. En una nota marginal del diario de una Aspirante que me fue asignada hace unos años. —Hace otra pausa—. Que murió bailando, por cierto: un ataque al corazón. Una lástima.
—Fantástico. ¡Qué optimismo más reconfortante!
Las estetas parecen haber terminado su análisis en el que muy probablemente no salga bien parada. Parece que van a comenzar mi transformación, pero no.
—Esta vez no trabajaremos aquí —dice la única esteta que parece poder hablar, acercándose un paso—. El proceso requiere una sala especializada.
Frunzo el ceño.
—¿Especializada? —arqueo una ceja—. Qué bien. ¿Tan mal estoy o simplemente os gusta complicarlo todo?
—Ni lo uno ni lo otro. —No se inmuta mientras apaga el holograma con un movimiento de sus manos—. Es un procedimiento distinto. Requiere condiciones concretas.
—Claro, condiciones concretas. —Me cruzo de brazos—. Luz perfecta, manos perfectas… que cambien un cuerpo imperfecto a una versión irreconocible.
—Forma parte del proceso, sí —responde, sin rodeos.
—Ya. Lo que no me cuadra es por qué esta vez necesito una sala «especializada». —Hago comillas en el aire—. ¿Soy la única a la que vais a desmontar con tanto cuidado o es que todos los Aspirantes pasan por lo mismo?
La esteta sostiene mi mirada un segundo de más.
—No todos, en las habitaciones asignadas de algunos Aspirantes las condiciones concretas ya se dan.
—Genial —murmuro, dejando caer los brazos—. Justo lo que quería oír.
◆◆◆