Aethrya La Tríada XIV
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XIV

Dionna

C lummy me observa con la intensidad de un médico funerario que ya está eligiendo el color del féretro. El desafío de ayer fue una pesadilla y despertarme en la Ciudadela después de haber fracasado está siendo como escuchar un vals de cuerdas mientras me dan de comer.

Abro un ojo.

—Erótica con negación emocional.

—Por la Fundadora, Clummy… —Sonrío y respiro por la nariz como si no me creyese lo que estoy oyendo—. Y no vuelvas a decir la palabra humedad. Haces que suene asqueroso.

—Además —prosigue, sin la más mínima intención de detenerse—, no solo sufriste de ese tipo de humedad. Tus glándulas sudoríparas aumentaron actividad entre las tres y las cinco de la madrugada. Coincide con el momento en que murmuraste «no te acerques» y «hazlo ya».

Me siento de golpe en la cama, los ojos como platos, la dignidad arrastrándose por el suelo como un pez muriéndose fuera del agua.

—¡Estabas registrándome mientras dormía!

—Estoy programado para prevenir colapsos físicos y mentales. Y en este caso —dice ladeando la cabeza—, lo que se avecina no es un colapso, sino combustión.

—¿Qué combustión? ¿De qué coño hablas?

—Interna, hormonal. Demasiado peligrosa para tu rendimiento en pruebas de alta demanda emocional.

—¿Quieres decir que...?

—La tensión sexual no resuelta puede ser detrimental en desafíos de concentración y, en el caso específico de la segunda gran prueba —aclara mientras despliega una tablilla luminosa con gráficos indecentes—, directamente mortal.

—¿Estás insinuando que si no… no sé… canalizo esto, voy a morir?

—Estoy sugiriendo que deberías considerar liberar presión.

Solo existe una válvula segura en estos casos: o la autosatisfacción en privacidad controlada, o un encuentro consensuado con alguien que desee lo mismo que tú.

Preferiblemente alguien que no te quiera matar.

Aunque no es estrictamente excluyente. Siempre y cuando no lo consiga, claro.

Me echo hacia atrás y me cubro la cara con las manos.

—Estoy hablando de esto con un muñeco de porcelana mágico que me entrega túnicas y me vigila cuando duermo. Maravilloso. Qué vida tan gloriosa.

—Podría ponerte música ambiental si lo deseas hacer en solitario. Algo discreto. ¿Tambores sensuales? ¿Lluvia cálida? ¿O prefieres silencio dramático con cuerdas etéreas?

—¡Clummy!

—Solo intento ser de ayuda. La abstinencia emocional puede producir lagunas cognitivas, inestabilidad mágica involuntaria y ataques de sarcasmo extremos. De hecho. —Hace una pausa—. Creo que ya estamos viendo los efectos.

—Esto no es sarcasmo extremo —le espeto—. Esto es desesperación decorada muy sutilmente con ironía.

—No es incompatible.

Lo miro. Él me mira. Si es que puede «mirar». Ese rostro blanco, redondeado, con sus ojillos de cristal, parece más inocente de lo que es. Es el demonio envuelto en porcelana y la voz de un enfermero zen .

—¿Y si no quiero liberar nada?

—Entonces te recomiendo meditación y respiración focalizada. También podrías cantar, aunque con tu registro vocal es poco probable que logres relajarte.

—¿Te das cuenta de que estás rozando el límite de lo denunciable?

—Mis algoritmos incluyen un módulo de tacto diplomático, pero solo lo uso con nobles. Tú eres técnicamente una plebeya, así que no lo necesito utilizar contigo.

—Gracias por recordármelo —gruño, mientras me arrastro fuera de la cama—. ¿Algo más que deba saber antes de enfrentarme al baile que nos espera hoy?

—Sí. El desayuno.

—¿Qué tiene de especial?

—Incluye alimentos ricos en zinc. Favorecen la claridad mental y también… la producción de hormonas reproductivas, por si cambias de opinión.

—¿Clummy?

—¿Sí?

—Desaparece.

—No puedo hacer eso sin ayuda de un Arcanista, pero puedo llamar a uno si lo deseas.

No respondo, porque si abro la boca, grito.

Y si grito, alguien pensará que algo grave ocurre.

Aunque lo cierto es que sí. Lo grave ocurre por dentro: en algún punto entre mis piernas, mi corazón y esa parte de mi cerebro que se empeña en guardar recuerdos de cierta sonrisa que duró menos de un segundo y que no debió existir.

Me quedo unos segundos de pie en medio de la habitación intentando recomponer algo parecido a la dignidad. No funciona. Sigo teniendo la misma dignidad que un gato mojado.

Me acerco a la ventana y la abro: el aire de la mañana entra frío y limpio desde los jardines del palacio.

Desde aquí se ve el patio interior de la Ciudadela de Cristal: las fuentes todavía apagadas, un par de sirvientes cruzando con bandejas, la luz del amanecer filtrándose por las paredes de piedra y cristal como si todo el lugar fuese una joya gigantesca.

Todo parece tranquilo. Cuesta creer que ayer estuviese caminando a ciegas por un bosque que intenta comerse a la gente; sin embargo, no ha sido capaz de quitarme la conversación con Seredric de la cabeza, tampoco la que tuve con Devrian poco después.

—Tu presión arterial ha aumentado ligeramente —dice Clummy a mi espalda justo antes de que pueda pensar en qué hacer con lo que me dijo Devrian.

—No digas nada más sobre mi presión arterial o juro por la Fundadora que te tiro por la ventana.

—Anotado.

Cierro la ventana, apoyo la frente contra el cristal un segundo y dejo a mi mente divagar sobre todo lo que hice y no hice ayer.

Ayer. ¡Qué lejos parece!

El carruaje sobrevolando la niebla de Elarith y Cristalith comentando mi vestido como si fuésemos a una fiesta en lugar de a una prueba, Odrien desayunando fruta mágica como si el mundo no pudiese matarnos en cualquier momento, Sándor hablando de estrategias mientras fingía no mirar demasiado…

Todo parecía perfecto justo antes de que se fuese a la mierda.

El Bosque Aulhen no fue amable. Noventa y ocho aspirantes frente a una línea de árboles que parecía querer llevarnos consigo y no dejarnos salir jamás.

—¿Cómo consiguieron quitarnos los sentidos de esa manera? —le pregunto a Clummy sin demasiadas expectativas.

—Los dones de los Arcanistas no son comparables a los que poseen ciertas líneas de sangre real —responde con la serenidad habitual—, pero de todas maneras tampoco serían suficientes para producir exactamente lo que vivisteis ayer.

Me giro despacio.

—¿Cómo que no? Estoy bastante segura de que sí fue suficiente como para hacer que un señor que no parece tener mi edad y que mide dos metros se cagase encima.

—Funcionan de muchas maneras —dice con calma—, pero no así.

—Nos dejaron ciegos, sordos y medio muertos en un bosque encantado.

—Sí. —Mueve sus ojos de izquierda a derecha a una velocidad exagerada justo antes de seguir hablando—. Los Arcanistas no podrían hacer eso ni aunque quisiesen.

—¿Me estás diciendo que eso no fue cosa suya?

—Los Arcanistas organizaban la prueba —dice inclinando la cabeza hacia arriba—. Organizar no siempre implica ejecutar.

—Los dones de los Arcanistas son conocidos.

—Ajá.

—Una vez los Arcanistas manifiestan su don, se anuncia, se clasifica y se enseña en la Tríada anual.

—Muy tranquilizador.

—Lo que ocurrió ayer no lo han anunciado ni clasificado nunca.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada.

—Mentira. Estás insinuando que alguien más estaba detrás de la prueba. No seas falso.

Clummy se toma su tiempo antes de contestar.

—Durante la Convergencia anual, algunos miembros menores de la familia real muestran sus dones ante el continente y os ofrecen soluciones a ciertos problemas.

—Sí, lo sé.

—Es una forma de que el poder resulte… comprensible.

—¿Comprensible? Que alguien tenga un poder, porque hace más siglos de los que sería capaz de comprender la Fundadora tocó a un señor que resultó ser su antepasado, es de todo menos comprensible. Pero continúa.

—Hay una razón por la que solo se muestren los dones de esos miembros, pero nadie sepa los dones de aquellos que ocupan la Cúpula de la Corona.

—¿Y eso qué tiene que ver con ayer?

—Tal vez nada.

—Clummy, ¿fue cosa del rey?

—Tal vez no.

—Cómo te odio cuando eres así.

—Seguramente no sea cierto, pero lo anoto.

Pongo los ojos en blanco y me tiro boca abajo en la cama.

Recuerdo el momento exacto: los colores deshaciéndose, los bordes volviéndose borrosos hasta que todo se convirtió en una masa gris. Liora encima de los hombros de Sándor gritándonos direcciones. Cristalith a mi lado, respirando fuerte pero sin frenar.

—Registré tu retorno al palacio varias horas después —dice Clummy—. Fuiste catalogada como Aspirante rescatada. Perdiste una vez más; eso baja tus estadísticas.

Le levanto el dedo corazón sin levantar la cabeza de la almohada antes de responderle.

—Bonita forma de decir eliminada.

Nos despojaron de todo sentido y terminamos caminando sin siquiera sentir el suelo que pisábamos. La desesperación que sentí ayer fue más propia de una Prueba que de un desafío; sin embargo…

—Vi a alguien cuando estaba sin sentidos —le digo a Clummy, aunque sé que no tiene ninguna lógica que pudiese haber visto a alguien si todos nuestros sentidos estaban anulados—. Era una alucinación, ¿verdad? No podía ser ella de verdad.

—Tal vez.

Levanto la cabeza de la almohada y lo miro con la intención de que sienta algún tipo de amenaza en mis ojos. Pero él no siente nada. Nunca.

—Alguien debería revisar esos archivos; habló conmigo y me dijo que me vigilan. —Trago saliva—. Y que no confíe en nadie. Nunca.

—Eso introduciría inconsistencias en múltiples narrativas oficiales —dice procesando la información sin moverse.

—Bienvenido a mi vida.

—Te retiraste del salón antes del final del evento —dice Clummy ignorando la información que le he dado.

—Ya —digo y sonrío al recordar lo que pasó de camino a mi cuarto.

—¿Debo clasificar lo que ha provocado esa sonrisa como un evento importante?

—Devrian me dijo que quiere hablar conmigo en el baile de hoy.

Me quedo pensando unos segundos más y me levanto de la cama arrastrando los pies hasta la ventana de nuevo.

—Clummy, ¿tú confías en alguien?

—No es un concepto operativo para los cluams.

—Envidiable.