XIII #3
Trago saliva. La miro un momento. Miro de nuevo a Seredric. Sus ojos ya no están en mí, pero su copa sigue intacta desde que la dejó sobre la mesa. Y eso, por alguna razón, me duele más que si la hubiera hecho trizas. ¿Qué coño me pasa?
◆◆◆
Cuando la cena termina, los Aspirantes comienzan a dispersarse como si el peso del banquete les hubiera recordado todo lo que nos queda por delante.
Las luces se atenúan, las copas se enfrían y el murmullo constante de las conversaciones nobles se diluye.
Camino junto a Cristalith unos pasos hasta que tiene que cambiar de dirección para ir a su habitación y yo continúo sola hasta mi cuarto.
Estoy a punto de llegar cuando veo a Seredric, que tiene los brazos cruzados sobre su pecho y la mirada al frente.
Está peligrosamente cerca de mi habitación, y no sé muy bien por qué.
Me detengo, porque no soy idiota y porque algo en su presencia cambia el ritmo de mi sangre.
Sé que si doy un paso más, dejaré de poder fingir que no lo he visto. ¡Qué coño! Quiero que me vea.
—¿Buscaba a alguien, Su Majestad? —pregunto, cruzándome de brazos. Voz firme y cabeza alta.
Sus ojos se clavan en los míos con una lentitud que arde, me examina por dentro sin pedir permiso.
—A ti —responde, sin rodeos.
Abro los ojos con asombro, pero calmo mi gesto al instante. No me esperaba esa respuesta.
—¿Cómo crees que será el siguiente desafío? ¿Estás preparada?
—Si necesita feedback sobre su juego de guerra, Majestad, le sugiero que busque a otra —digo cortante, pero sin cruzar la línea—. Si a quien de verdad buscaba era a mí … —digo señalándome con un dedo con descaro y algo de rabia— estaré encantada de responder a sus preguntas.
Y entonces sonríe como quien juega a un juego que sabe que ganará. Un segundo. Una curva breve. Un microsegundo. Pero la vi.
—Aún no lo sé —dice, en voz baja—. No sé si estoy preparado para descifrar el enigma que pareces ser.
Mi corazón tropieza, porque no es una línea ensayada. No es un juego; lo dice de verdad. Lo veo en sus ojos. Creo que por primera vez no parece estar encerrado detrás de un deber o una etiqueta.
—Entonces no lo intentes —respondo—. Algunos acertijos están diseñados para no resolverse nunca.
—¿Y tú qué eres? ¿Un acertijo de esos que men-cionas? ¿O solo un trofeo?
Será cerdo, el puto engreído con corona.
—Según a quién le preguntes. Algunos gilipollas dirán que soy un trofeo. Otros, incluso un mero complemento. Yo prefiero pensar que soy una consecuencia para la historia de alguien.
Sus ojos brillan de curiosidad o lo que sea que antecede al deseo cuando todavía no se admite en voz alta.
—Los trofeos también hacen historia —dice, dando un paso hacia mí.
Y yo no retrocedo, porque el miedo ya no se siente como miedo. Si lo que quería era matarme, ya lo habría hecho. A medida que se acerca noto como me aumenta el calor corporal y un pulso desconocido comienza a sonar en mi pecho.
—¿También los reyes? —pregunto—. ¿O vosotros solo os ganáis trofeos ajenos?
—Crees que no tengo cicatrices, Dionna. Que todo en mí fue elegido, pero ser rey también es una condena. Solo que con bordes dorados.
—Y muy buena postura —digo mientras observo más tiempo del debido como sube y baja su pecho mientras mantiene la espalda recta.
Él suelta una exhalación breve. Un casi suspiro. No sé si por fastidio o por alivio. Me mira como si yo fuera algo que debería evitar y no puede. Lo entiendo, me pasa lo mismo: intento escapar de mi misma, pero siempre me encuentro.
—Te vi —dice de pronto—. Cuando hablaste con Devrian.
Me tenso; no quiero explicar algo que ni yo entiendo.
—Y yo te vi a ti —respondo—. Justo cuando estabas decidiendo si partías la copa o a alguien más.
—Elegí no partir nada, ¿acaso eso no cuenta como virtud?
—Cuenta como represión, que no siempre es lo mismo.
—No debería estar aquí contigo —dice finalmente acercándose un poco más a mí—. Ni tú deberías contestarme así.
—Y sin embargo… —le respondo mirando de nuevo el movimiento que hace su pecho al respirar.
—Y sin embargo.
Nos quedamos así. A milímetros. Como dos imanes burlándose de su propio campo.
—¿Quieres saber qué me preocupa del siguiente desafío? —pregunto, con la voz apenas audible, levantando la vista a su mirada dorada.
Asiente una sola vez.
—Que no sea perder lo que más me moleste, sino algo peor.
—¿Como qué?
—Como tus ojos siguiéndome cuando no lo consiga.
Un parpadeo y luego su voz.
—Podría dejar de mirar si me lo pides.
—Y yo podría dejar de hablarte si me lo ordenas.
—Y sin embargo —imita mis palabras con una sonrisa triste.
—Y sin embargo —le respondo devolviéndole el gesto.
Él da un paso más. No hay nadie en el pasillo, sólo nuestros alientos encontrándose a medio camino.
—A veces creo que estás destinada a arruinarme —susurra.
—Y yo creo que ya lo hice, solo que no lo sabes todavía.
Nos miramos por un segundo o una eternidad.
Veo como baja la vista a mis labios. Sólo un segundo, pero lo hace.
Y mi cuerpo traidor tiembla de ganas de aunque sea solo un roce para saber si esta sensación de que estoy a punto de caerme al vacío se va a ir cuando me toque.
Porque quiero saber si la protección, sonrisa y calidez de Devrian se apaga cuando el hielo me queme los labios.
Se agacha para acercarse a mis labios y yo cierro los ojos.
—Tengo que irme —dice alejándose.
Seré gilipollas, pardilla, imbécil e ingenua. Abro los ojos rápidamente deseando que no lo haya visto.
—Yo también —digo como un resorte y hago como que limpio polvo inexistente de mi vestido.
Solo me mira como si quisiese hacer una fotografía mental de cada centímetro de mi cara.
Luego da un paso atrás y se va. Sin decir nada más.
Yo me quedo ahí, respirando como si hubiese corrido una vuelta a toda Galimatea y con la sensación de que si diera un solo paso en su dirección, ya no habría vuelta atrás.
No sé si eso me aterra o me encanta. Menudo calentón llevo.