XIII #2
Lo miro, luego al vestido y después a mí misma en el espejo. «Entera», creo recordar que han usado esa palabra antes para referirse a mi destino.
—¿Clummy?
—¿Sí?
—Gracias por seguir reparándome incluso cuando no lo pido.
—Yo no reparo, solo insisto en que lo hagas tú misma.
—Pues sigue insistiendo. —Le sonrío como si fuese un amigo al que ya echo de menos—. Me hace sentir menos frágil.
◆◆◆
Camino al lado de Sándor, Cristalith y Odrien.
El pelo aún me gotea por las puntas y mis ondas ya han aparecido aunque no les haya dado forma.
No me dio tiempo a secarlo bien, siempre me lleva una eternidad.
Tampoco me importa llevarlo así, no es que vayamos a un gran baile con público invitado.
La túnica azul oscuro a juego con el vestido que llevo cae con elegancia hasta el suelo —gracias, Clummy—, pero la verdad es que solo quiero sentarme a cenar y que nadie me mire. Lástima, no se puede tener todo.
Las mesas están dispuestas en forma de espiral bajo una cúpula de cristal tan grande que me da vértigo mirarla incluso estando debajo.
El centro de la espiral lo ocupa la familia real.
A su alrededor, decenas de mesas se posicionan como anillos.
Nosotros estamos en uno de los círculos intermedios, lo bastante cerca como para ver los gestos, pero lo bastante lejos como para no tocarlos.
Me siento entre Cristalith y Sándor, y al instante noto las miradas.
—Estás en boca de todos desde lo de las marionetas —murmura Odrien sin mirarme directamente, sirviéndose una copa de vino que brilla con un tono violáceo sospechoso—. Dicen que fuiste capaz de crear maná.
—Genial —respondo—. ¿Y también dicen que bailo bien y que cocino mejor? —Le guiño un ojo y le pido con un gesto la botella de vino.
—Solo si «cocinar» incluye hacer hervir los nervios de los Arcanistas cada vez que le hablas al rey—interviene Sándor, con media sonrisa torcida—, porque eso se comenta también.
Cristalith no dice nada, pero me roza la mano por debajo de la mesa. Un gesto breve y cálido: su forma de decirme «estoy aquí». Se lo agradezco sin palabras devolviéndole el gesto. Lleva estando ahí desde que nos vimos por primera vez.
—Eres tontísimo, Sándor —dice con una mirada que podría poner a temblar a más de uno.
La cena empieza con un brindis oficial. Un Arcanista se pone de pie, eleva una copa con líquido dorado y dice:
—A los que llegaron, a los que se perdieron… y a los que aún no saben a qué parte pertenecen.
Un susurro de copas alzadas responde. Yo bebo solo un sorbo. El vino tiene un sabor exquisito. Nunca me había gustado el vino hasta ahora. En la mesa contigua, alguien pronuncia mi nombre y llama mi atención.
—Dionna de Caelis. Esa de Galimatea. La que fue elegida por sorteo y ahora camina como si fuera una de nosotros y no hay una sola prueba que gane ella misma.
Una joven con vestido verde esmeralda y suficientes joyas como para comprar mi aldea entera me sostiene la mirada. Sabía que la oiría.
—¿Tienes algo que decirme a la cara o solo hablas para alimentar tu propia miseria? —pregunto.
—Solo me pregunto cuánto tiempo puede sostenerse una moneda lanzada al aire antes de caer del lado equivocado —responde.
—Bueno —interviene Sándor antes de que yo le salte encima—, piensa que si cae de canto, igual puedes usarla para metértela por el culo.
La noble sonríe impasible y se gira. No sin antes lanzarme una última mirada de perdonavidas.
—¿Te das cuenta de que ahora te miran como una posible finalista? —me dice Cristalith sin moverse.
—Lo que soy para todos ellos es una intrusa. Una que no se murió a tiempo para dejar de molestar.
—Exacto, y justo eso es lo que te hace peligrosa —responde Odrien—. No confían en lo que no entienden, y tú eres una incógnita con piernas.
—Si yo soy una incógnita, que se me nota todo en la cara y tengo la lengua muy larga, ¿tú qué eres? —le pregunto.
—Un espectador bien vestido con ganas de ver cómo arde el escenario.
No puedo evitar reírme. Cristalith me sigue.
Incluso Sándor suelta un bufido que casi parece alegría.
Dura poco, porque Devrian se acerca a nuestra mesa sin prisa y sumándole más tensión a mi situación.
Su traje oscuro tiene bordados dorados que brillan como escamas de serpiente.
No puede estar más atractivo, pero pienso hacerme la dura pase lo que pase.
No soy un juguete de un miembro de la familia real.
«Seredric sal de mi puta cabeza. Primer aviso».
—¿Puedo…? —empieza a preguntar Devrian haciendo un ademán con una mano.
No espero a que termine. Me giro, con la copa aún en la mano.
—¿Puedes qué?
—Robarte un momento.
—No es buen día para robos —le sonrío y acerco la copa a mis labios.
—Tampoco fue un buen día para tónicos y aún así sobreviviste.
Se me atraganta el vino justo cuando intentaba entrar en mi garganta.
El silencio que se forma en nuestra mesa es incómodo y solo puedo escuchar mi vergüenza.
Me levanto como si tuviese un resorte en el culo.
No quiero que piense que le tengo miedo, pero tampoco quiero meter a mis amigos en problemas.
Me alejo dos pasos: lo suficiente para que no estemos solos, pero sí lo parezca.
—¿Qué quieres? —pregunto, sin rodeos, mirando a mi alrededor.
—Verte —dice centrando mis ojos en los suyos poniendo un dedo en mi barbilla—. Asegurarme de que sigues entera. — ¿Qué coño les pasa con la palabra «Entera»?—. Porque la torre parece fácil, pero está todo estudiado para introduciros en un ambiente imposible de soportar.
—¿Y te preocupa mi integridad? —le pregunto fingiendo un puchero.
—Me preocupa lo que puedes llegar a ser si olvidas quién eras antes.
—¿Y quién era antes? —Hago una pausa para mirarlo a los ojos más de cerca. Son los ojos verdes más fascinantes que he visto nunca—. ¿Según tú?
—Alguien que no se dejaba engañar y le ofrecía su tiempo a muy poca gente. Alguien que no creía en lo que otros le decían si ella no lo veía antes.
—Y ahora… —comienzo a balbucear: me estoy perdiendo en lo que sea que tengan sus ojos.
—Ahora confías. —Me sonríe al darse cuenta de lo que está causando en mí—. Y eso te hace moldeable.
—¿Moldeable en el buen sentido o manipulable? —Pregunto sacudiendo la cabeza para volver a la realidad.
Sus labios esbozan una sonrisa de nuevo.
—Ambas cosas pueden servir para sobrevivir o...
—...o para destruir —completo su oración antes de que él lo haga y juro que veo una telilla brillante en sus ojos.
—Justo por esto no dejo de mirarte —susurra—. Eres fascinante. Pensé que la canción y los susurros de la torre te detendrían.
—Y lo consiguieron por un momento —respondo también en susurros para evitar algunas miradas curiosas pero espera un momento.
—A veces un instante basta para perderse, o para encontrarse con la persona correcta en el momento adecuado.
Me acaricia la mejilla derecha y se va a su mesa.
Vuelvo a la mía intentando que las piernas no me delaten, pero el corazón me late como si se me quisiese salir por la espalda.
Me dejo caer al lado de Cristalith, que me mira de reojo.
Todos lo han visto, pero nadie dice ni pregunta nada.
Lo agradezco más de lo que podría admitir.
Cuando levanto la mirada hacia la mesa principal, no veo a los Arcanistas.
No veo a la Reina Ma-dre o a la Princesa Zmena. Solo veo al putísimo rey de Aethrya.
Está de pie. No sé en qué momento ha aparecido, pero ahí está por fin.
Está impecable, como siempre, nada fuera de su sitio.
Neutro, sereno, educado en exceso, aunque con un toque amenazante.
Bajo mi mirada hasta los dedos de su mano derecha —la que sujeta la copa— están tan tensos que el cristal está a punto de romperse.
Nadie parece haberse fijado en que hay una grieta en el cristal y otra invisible en su gesto —en apariencia imperturbable.
Apenas un movimiento de su mandíbula y una línea sutil en la frente.
Como si algo en su interior estuviera empujando para salir y él lo sujetara con cada fibra de su autocontrol.
Suelta la copa con cuidado, con demasiado cuidado para lo que muestran sus gestos. Nuestras miradas son una ráfaga gélida que atraviesa la distancia entre nosotros como si no hubiese nadie más en la sala: solo nosotros y el miedo.
—Te está mirando el mismísimo rey —susurra Cristalith.
—Lo sé. —Me hago la dura, pero por dentro soy un flan.
—¿Qué le dijiste el otro día? —suelta la pregunta sin rodeos y clavándome la mirada.
—Nada, o igual hablé de más. —Trago saliva y mis comisuras se curvan hacia abajo—. No lo sé.
Sándor se inclina un poco hacia mí.
—¿Quieres que lo distraiga? Soy muy bueno fingiendo tropiezos escandalosos con bandejas ajenas.
—Gracias, pero no. Creo que ya tengo suficiente escándalo en mi vida. —digo dirigiendo mi mirada hacia la mesa real.
Una noble le dice algo a Seredric. Él asiente sin mirarla, pero la tensión no cede.
Sé con absoluta certeza que si alguien más que no fuese Devrian me hubiese apartado para hablar, el rey no me habría mirado.
Es una lucha entre ellos en la que poco tengo que ver.
Me ha tocado estar en medio sin yo pedir nada.
Soy yo, como bien podría haber sido la petarda del vestido verde con acento sureño.
Seredric no quita sus ojos de los míos. Siempre esta lucha de poder visual que no sé muy bien cuándo comenzó.
Noto una presión en el estómago y otra en el centro de mis piernas.
No es posible. No. No. No. Inconsciente retorcido deja de excitarte con esta toxicidad masculina absurda.
Cristalith me coge la mano debajo de la mesa. Agradezco que me saque de estos pensamientos ridículos en los que me estoy perdiendo.
—Dionna.
—¿Sí? —Carraspeo, intentando olvidar qué le está pasando a mi cuerpo traidor.
—No te rompas por nadie que no se rompa por ti.