Aethrya La Tríada XIII
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XIII

Dionna

—P rotocolo de introspección forzada. Uniformidad para neutralizar estímulos distractores.

No me molesto en replicar, Clummy siempre tiene algún protocolo que seguir.

Me visto con lo que me da y salgo. Me encuentro con los demás Aspirantes en el vestíbulo norte.

Es curioso que cuando treinta y un personas pierden la vida, lo que hacemos es celebrar; sin embargo, cuando algo no sale acorde con la Tríada y uno solo decide morirse fuera de sus tiempos, todos vestimos de gris y lloramos tres días. Como si les importásemos algo.

Los Arcanistas nos conducen a los jardines de las fincas Sanitas, donde una torre surge del suelo como una astilla clavada en la piel del mundo. Alta y negra, está hecha de un material que parece cristal quebrado, aunque no refleja nada.

—Se alzó hace dos días —me dice Cristalith en voz baja, justo detrás de mí—. Usaron magia para construirla en una noche. Nadie sabe qué hay dentro.

—¿Y nosotros sí vamos a saberlo? —murmura Sándor, que ha aparecido a mi lado sin que lo note. Tiene ojeras profundas y un corte nuevo en la ceja. No pregunto de dónde viene. Nadie lo hace.

Odrien, más atrás, observa la torre sin pestañear.

—En exclusiva—dice—, ¡qué honor! —exclama con ironía poniendo los ojos en blanco.

Nos hacen formar una fila frente a la puerta. Una Arcanista con la cara cubierta nos mira uno por uno. Luego habla con voz que no parece humana, como casi siempre.

—El eco reside donde lo negado se acumula. Vuestra tarea: llegar a la cima sin romper. Lo que oigáis vuestro será.

—¿No se supone que cada desafío es en una región diferente? —pregunto en bajo, pero nadie me responde.

Uno por uno, los Aspirantes entramos en la torre.

La puerta se abre sola para cada uno y luego se cierra.

El siguiente solo puede pasar cuando el anterior ha alcanzado cierto punto.

Si nos juntamos muchos en un mismo nivel, no cabremos.

Una vez todos estemos dentro tendremos que correr para poder conseguir la dichosa pista.

De lo contrario, pueden suceder dos cosas: podemos retirarnos por nuestra propia voluntad o algún Aspirante podrá «retirarnos».

Cristalith es de las primeras. Me lanza una mirada breve antes de desaparecer dentro de la oscuridad de la torre. Luego Sándor. Luego Odrien. Yo soy la décima. Cuando me toca, la puerta se abre con un sonido de grietas multiplicándose en la piedra.

Un resplandor ceniciento inunda el interior, como si todo estuviera cubierto por una bruma opaca.

Las paredes son espejos sin reflejo que me hacen chocar un par de veces contra ellos.

Una vez intuyo el camino, avanzo por la pendiente suave que sube en espiral hasta la cima, escuchando el suelo crujir bajo mis botas. Hasta que no escucho solo eso.

Una voz.

Otra vez no.

Ella no.

—Dijiste que ibas a protegerme.

Me detengo en seco. La voz viene de la pared, pero no puede ser, he tomado el tónico. ¿Por qué escucho los susurros? Sigo subiendo intentando convencerme de que son alucinaciones mías y no es parte del desafío. El segundo susurro llega como un zarpazo suave que me abre una herida en la conciencia.

—Eres el reflejo de todo lo que está mal en este mundo y solo te salva de una muerte segura tu puto apellido.

Es mi voz exacta, pero no recuerdo haberle dicho eso a nadie. El pánico me roza la columna, pero no me detengo. El cristal de las paredes empieza a mostrar sombras. No refleja imágenes claras, sino siluetas borrosas. Una figura. Alta. Femenina. Su pelo es largo y dorado. Se parece a…

—Kiri —susurro, sin pensar acercándome a ella para poder verla mejor.

La figura no responde, pero en cuanto digo su nom-bre, la pared tiembla.

—La dejaste atrás. Por ambición. Por miedo, porque eres la débil.

Esta vez es la voz de mi madre. Cierro los ojos y sigo caminando. Una mano invisible parece presionar sobre mi pecho. Cada frase que escucho es como una astilla bajo la piel. Las voces se acoplan y me cuesta respirar. Algunas voces las reconozco, otras no las he escuchado nunca.

—No eres especial. Solo eres persistente.

—Eres un accesorio más para Devrian.

—Tu poder no es tuyo.

◆◆◆

No recuerdo exactamente cómo he llegado a la cima de la torre, solo sé que me pareció ver a Cristalith justo antes del colapso. Un Arcanista nos espera con el rostro cubierto. Más Aspirantes salen a la superficie y yo no soy capaz de decir una palabra.

—Habéis superado el desafío de los Susurros —dice—.

Todo lo que habéis oído hoy, no lo habíais oído nunca, porque aún no sucedió.

Sin embargo, lo oiréis en algún momento de vuestra vida: esto solo era un eco previo.

—Sonríe bajando ligeramente la cabeza mientras sus ojos se quedan fijos al frente, haciendo de su sonrisa una imagen siniestra—.

El próximo desafío será peor. Si este os atacó con sonido, la próxima lo hará con su ausencia. «La oscuridad guiará al juicio».

Cristalith se gira hacia mí. Me mira con una mezcla de triunfo y espanto.

Sus labios tiemblan y su nariz está roja.

La abrigo con mis brazos como si pudiera protegerla de lo que ya pasó, para sentirme útil o para fingir que no soy yo la que necesita que la quieran y demostrar de alguna manera que no soy a la que siempre hay que salvar.

Nos abrazamos, porque el abrazo es la forma más antigua de decir: «sigo aquí a tu lado».

Nos separamos lo suficiente para que pueda mirarla a los ojos.

—¿Por qué no te funcionó el tónico? —me pregunta en voz baja.

Me encojo de hombros, siento un escalofrío, pero no digo nada.

Me acerco al borde de la plataforma y miro hacia abajo.

Veo a algunos Aspirantes evacuados: un par lloran como si hubiesen perdido a alguien; otros están sentados contra las paredes de la torre, con la mirada vacía; una chica tiene sangre en las manos; y otro más alejado balbucea sin parar.

Sigo observando el panorama buscando una respuesta para una pregunta que desconozco todavía. La encuentro allí, en un balcón distante de la residencia Sanitas, Selendra. Me mira y se inclina en señal de respeto.

—Esto no ha terminado —murmura Cristalith, que está a mi lado mirando hacia abajo al resto de Aspirante.

—Nunca termina, creo que esta mierda no termina ni pasado el Mes Dorado —respondo sin apartar la mirada de Selendra.

◆◆◆

—Has tardado siete minutos más de lo previsto en el protocolo de descenso post-desafío —dice Clummy sin girarse—. Margen tolerado: cinco. Por tanto, llegas oficialmente tarde. —Se gira para mirarme y ladea la cabeza ligeramente—. De nuevo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me azote con un látigo hasta que se me equilibre el alma, mejore mi estado de ánimo permanentemente apático o cure mi falta de puntualidad?

—No. El protocolo sugiere un baño templado con sales de serenidad o, en su defecto, una cena rica en triptófano. Tienes programada en breves una cena con otros Aspirantes, así que he elegido la opción B.

Me quito los guantes con torpeza. Aún siento las voces de la torre haciéndome eco en los huesos, pero lo disimulo.

—¿Y cómo vas a prepararme para esta maravillosa velada llena de tensión no resuelta y comida sin sabor que taaaanto me gusta?

—Con un vestido azul noche, delineado dorado y una dosis de contestaciones irónicas controladas en caso de halagos no deseados.

—¿Halagos no deseados?

Clummy parece levantar una ceja.

—He programado tres respuestas automáticas para responder a comentarios ofensivos sin causar un duelo formal.

Opción uno: «Interesante opinión, pero necesito una copa».

Opción dos: «Me alegra que tengas tiempo para fijarte en mí, considerando tus limitaciones».

Opción tres: silencio con mirada prolongada y levísimo asentimiento.

—¿Eso último no se considera una amenaza pasivo-agresiva que tú mismo me aconsejaste evitar?

—Sí, pero es elegante y no podrán denunciarte por ello. He cambiado ligeramente mis anotaciones en cuanto a eso.

Sonrío. No quiero hacerlo, pero lo hago. Clummy nota el gesto, porque inmediatamente activa su protocolo de análisis de microexpresiones.

—Detectada sonrisa número 14-B: melancólica, de origen cansado. Eso me preocupa.

—¿Te preocupa? —pregunto con una carcajada falsísima—. ¿No era que tú no sentías?

—Tu inestabilidad creciente preocupa a mi sistema —responde sin rodeos—. Dionna, tu carga emocional ha excedido el umbral de seguridad establecido tras una exposición prolongada a ecos mágicos. Las variables de contención ya no bastan.

Me río tan fuerte que me duele el estómago.

Me encantaría poder elegir mis expresiones o emociones a la carta y eliminar la carga emocional que me sobra, pero lamentablemente soy un ser humano sin dones ni sangre divina.

Creo recordar que llamé gilipollas al rey, así que como diría Clummy: «estoy un 97% muerta y un 3% acabada».

—Clummy, dime la verdad. Si ahora mismo viniese Seredric y me dijera que quiere hablar conmigo sin testigos, ¿qué debería hacer?

, ¿crees que me mataría y no habría consecuencias?

Creo que dije algo que no debería y no lo he vuelto a ver, ni siquiera en el desafío de hoy.

—Miro a un lado y pienso un segundo—. Y él siempre está ahí.

El engranaje interno de Clummy zumba como un reloj. Juro que lo oigo moverse.

—¿El Rey Seredric? ¿Matarte?

—Ajá.

—¿Es de noche?

—Sí.

—¿Hay luna llena?

—Sí, ¿qué?

—Entonces, deberías quedarte o huir, dependiendo de si vas a callarte o añadir más insultos y/o amenazas inútiles; el Rey no mata personalmente a menos que sea de una importancia mayúscula.

—Eso no me ayuda nada, Clummy.

Me quedo quieta. Él se acerca, coloca el vestido sobre la cama y lo alisa con gestos minuciosos. Luego dice, en voz más baja:

—Solo quiero que sobrevivas entera, Dionna de Caelis. La emoción equivocada a veces es más letal que la daga correcta.