XII #2
—Esa nos vale recién extraída —digo—. Y la raíz de liravel… creo que vi algo similar en el invernadero al que da mi ventana, aunque juraría que esa zona se le ha asignado al rey.
Cristalith asiente lentamente.
—Si lo preparamos será, muy probablemente, ilegal.
—¿Y? —dice Odrien—. También es ilegal matarse y aún así esperaban que alguien lo hiciese. Que se jodan.
—¿Vamos a hacerlo de verdad? —pregunto. Siempre he sido una cobarde en cuanto a romper las reglas.
—Sí —dice Cristalith.
—Obviamente —dice Sándor, con una sonrisa cansada.
—Por supuesto —dice Odrien.
◆◆◆
Siento todavía el peso del tomo en las manos, aunque ya no lo llevo.
Me arden los dedos, como si copiar la receta hubiese activado algo en mí que no puedo apagar.
Estoy demasiado llena de pensamientos como para notar que ya no estoy sola.
Una mano me toca el brazo. Me sobresalto, doy medio paso atrás por instinto.
Selendra Sanitas.
La luz flotante del pasillo le acaricia la cara de un modo que no parece casual. Sus ojos son grises —no un gris pálido ornamental que a veces se ve en los cuadros que decoran los castillos—, sino un gris profundo y brillante, como cuando las estrellas deciden unirse en una constelación.
—No deberías caminar sola —dice con suavidad, sin reproche; su voz suena a preocupación real, como si me estuviera hablando la persona, no el título.
No sé por qué eso me desconcierta más que si me hubiera amenazado—.
No después de lo que pasó con Ernys. A veces, el silencio puede ser más peligroso que el ruido.
No sé qué decir; no la entiendo del todo.
No confío en ella, pero tampoco la rechazo.
Es como una pieza de otro juego que alguien dejó caer en el nuestro.
Ella baja la mirada por un segundo, como si calibrara cuánto puede decir sin meterse en problemas.
Siento que no nos tratan a todos los Aspirantes por igual.
Tengo que averiguar por qué todos los miembros de la Cúpula parecen pulular a mi alrededor como si yo tuviese algo más interesante para ellos.
Selendra vuelve a subir su mirada y me atraviesa con ella.
—He visto a muchos romperse desde dentro —dice, sin levantar la voz—, pero debido a causas externas. No confíes en todo lo que veas, Dionna. Si alguna vez empiezas a oír cosas que no deberían estar ahí… prométeme que no te lo guardarás para ti sola.
El eco de la biblioteca aún flota en mis oídos, mezclado con los susurros del Laberinto y el latido que sentí cuando la marioneta se movió por sí sola. Solo asiento.
—No todos los que están aquí quieren verte caer, Dionna —dice, y su tono es más bajo, más íntimo, como si me confiara un secreto que nadie le ha pedido—. Algunos solo queremos que sobrevivas entera, porque creemos en otra verdad.
No espera respuesta, ni gira para comprobar si la estoy mirando. Su túnica azul verdosa ondea a su alrededor como agua en calma que esconde corrientes profundas. Y desaparece entre columnas, sin dejar rastro.
«Sobrevivir entera». No como número, no como pieza, no como cuerpo útil; entera. Como si aún quedara una Dionna completa por salvar. Lo dudo mucho.
◆◆◆
La ofrenda floral tiene lugar justo antes de la cena, en el Pabellón del Silencio, un recinto abierto con columnas de piedra blanca y faroles suspendidos que emiten un resplandor tenue, como si supieran que hoy no pueden brillar demasiado.
La luz mágica es impresionante en cualquier parte del continente.
El cuerpo de Ernys descansa sobre una camilla cubierta con un paño negro. Solo se le ve el rostro. Parece dormido, si uno ignora la quietud insoportable de su pecho o el color opaco de su piel.
Todos los Aspirantes que quedamos en pie, Arcanistas, familias nobles invitadas y la familia real estamos aquí.
Sin embargo, a mí solo me importa que estemos los cuatro: Sándor, Odrien, Cristalith y yo.
Cada uno sostiene una flor distinta entre los dedos, que dejamos caer sobre el paño, una a una.
El sonido que hacen al aterrizar es ridículo: apenas un susurro, como si las propias flores supieran que ya no tienen a quién consolar.
Nunca había entendido que se ofrezcan flores, pero ahora, cuando veo como Ernys está cubierto de flores de mil colores, tiene todo el sentido del mundo.
Arropado de color, el dolor parece menos.
Elegí un diente de león. Lo arranqué esta mañana pensando en que a él le gustaría. Es algo que vuela incluso cuando está muerto. Algo que se deshace con el viento, pero deja semillas en el aire. Si cierras los ojos y pides un deseo, siempre te quedará la esperanza de que suceda de verdad.
Justo cuando una lágrima me roza el labio, siento unos brazos rodeándome.
Cálidos y firmes. Reconozco el tacto antes que el rostro.
Miro hacia arriba y veo a Devrian. No dice nada: solo me abraza por la espalda.
Y por un instante —uno solo—, dejo que lo haga.
Estoy agotada; no tengo fuerzas para levantar mis muros.
Nos quedamos así, con su barbilla rozando mi pelo, mientras me rodea los hombros con sus manos.
—Parece que conseguiste tu trofeo.
Me doy la vuelta con el corazón golpeándome el pecho al escuchar la voz de Seredric.
No lleva su corona, pero la postura, la mirada, la arrogancia contenida: todo en él grita «Su Majestad».
Cada sílaba pretendía herirme. Devrian se aparta con elegancia, como si las palabras de su primo le hubiesen recordado que es parte de la familia real y yo soy solo una Aspirante más.
—¿Perdón? —pregunto, sin reconocer mi propia voz.
—No lo voy a repetir —dice él, con una sonrisa breve que no llega a los ojos—. Ya sabes a qué me refiero.
¿Me está juzgando? Como si fuera una pieza que cambia de dueño. Como si Devrian hubiese ganado algo. Como si yo no fuera más que eso: un trofeo que se gana si corres más rápido. Me arde la cara. El pecho. Todo. Lo miro y ni siquiera siento rabia, solo desprecio.
—Qué pena —digo mientras me acerco, me pongo de puntillas y susurrando a su oído continúo hablando—. Aún guardaba la esperanza de que fueses algo más que un gilipollas con corona, pero se ve que no.
Seredric me observa un segundo más desde arriba. Luego asiente y se va sin decir nada más. Estoy muerta, lo sé, pero no me importa; nunca he aguantado una falta de respeto. Nunca. Venga de quien venga. Yo no vine a ser trofeo de nadie, ¿de qué cojones va? Puto engreído de mierda.
◆◆◆
Los dos días siguientes se disuelven entre sombras largas, palabras a media voz y miradas que ya no necesitan explicarse.
Sándor y yo nos escabullimos al invernadero privado en plena madrugada, guiados por un croquis que Odrien consiguió no quiero saber cómo.
La raíz de liravel está ahí, bajo una urna de cristal.
Vamos a tener que llevarnos la urna; es una flor extremadamente frágil, pero su olor —a madera mojada y algo dulce que no logro identificar con nada más— no me deja dudas de por qué todo el mundo la adora.
Sándor la guarda en su bolsa con un cuidado que no le he visto nunca Salimos corriendo cuando los sensores mágicos se activan, y aunque casi me tropiezo con una fuente que canta, reímos por primera vez en días al cruzar el umbral.
Odrien regresa esa misma mañana con el polvo de ópalo lunar.
Dice que lo obtuvo «mediante intercambio diplomático con una criatura testaruda de las cocinas reales».
Lo que en idioma Odrien significa que probablemente sobornó a algún cocinero.
Me entrega un frasco pequeño y me advierte que no lo agite. Yo asiento y no pregunto.
Cristalith consigue la hidrosavia de lirio negro en una ampolla de vidrio templado envuelta en un pañuelo manchado. No quiero imaginar el precio que pagó por ella. Solo la abrazo y le doy las gracias. Ella no responde, pero se queda un segundo más entre mis brazos antes de soltarse.
Ponemos los ingredientes en cuatro frascos diferentes, cada uno con una gota de sangre de cada uno de nosotros. Como toque final añadimos el agua en reposo de luna llena.