Aethrya La Tríada XII
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XII

Dionna

D espierto con la cara pegada a la almohada y la boca más seca que una copa de arena.

Por un instante, no sé dónde estoy, ni qué hora es.

Solo siento el peso de la manta, el roce áspero de la tela contra la mejilla y una presión incómoda en el pecho.

Como si alguien estuviese sentado encima de mí, emocionalmente hablando.

—Buenos días, Dionna. —Escucho la voz ligeramente metálica de Clummy—. Estado físico: aceptable. Ritmo cardiaco: elevado, aunque constante. Emoción predominante: tristeza procesada en fase tres. Dolor no identificado localizado en el pecho. ¿Deseas un diagnóstico más detallado?

Me incorporo lentamente, con la manta aún medio encima. No tengo energía para sarcasmo o chistes malos, pero me sale automáticamente.

—¿Qué fase es esa de la tristeza? ¿La del desmorona-miento silencioso o la del bloqueo funcional?

—La número tres. Llamada técnicamente: «letargo existencial con tendencia a disociación leve» —responde sin expresión.

—¿Hay pastillas para eso?

—No autorizadas en la Ciudadela de Cristal. Sin embargo, puedo sugerir respiraciones profundas, contacto físico con una persona de confianza, o escribir poesía de nivel básico y baja calidad para liberar tensión emocional reprimida.

—¿Escribir poesía de baja calidad? ¿Eso dice tu ma-nual?

—No. Eso lo añadí yo tras convivir contigo durante estos últimos ciclos. Aunque no siga ningún tipo de lógica, estadísticamente, escribir cosas que no riman, pero que a ti te duelen, parece ayudarte.

Me llevo las manos a la cara. No sé si reír o llorar. No hago ninguna de las dos cosas.

—¿Por qué me sueltas todo esto?

—Porque mi protocolo de emergencia se activa cuando detecto patrones de luto. Y esta mañana, oficialmente, hay uno. Han anunciado tres días de duelo por orden de los Arcanistas. No habrá desafíos. No habrá desplazamientos. Está prohibido competir, entrenar, confrontar o celebrar.

—¿Celebrar?

—Sí. Según el apartado 4-C de las Reglas de Dolor Conjunto , está prohibido también reír a carcajadas en zonas comunes durante el duelo oficial.

—¿Y qué pasa si no sigo las reglas del artículo 4-C de Me importa todo una mierda ?

—Ni quieres ni necesitas saberlo.

Cierro los ojos. Me dejo caer de nuevo sobre la cama.

El colchón está frío por el lado que no he tocado.

Me arropa la sensación de que todo esto es una farsa cubierta por reglas escritas por personas que nunca lloraron de verdad.

No puede existir un libro que describa y categorice cómo afrontar el dolor de la muerte ajena.

A veces pienso en si la propia dolerá menos. Quiero creer que sí.

—¿Y qué más se supone que tengo que hacer durante este luto tan legalizado?

Clummy se acerca con su bloc mágico flotando frente a él. Tiene un horario. Madre de la Fundadora, un horario para llorar. ¡Mátame, corcel alado!

—10:00: desayuno simbólico. 11:00: caminata reflexiva por los jardines interiores.

12:00: sesión grupal de silencio compartido.

13:00: comida sin especias. 14:00: momento de introspección supervisada.

14:30-20:00: tiempo de sentimiento libre solitario o colectivo, a elección.

20:00-20:30: ofrenda floral. 20:30-21:30: cena sin especias.

—¿Y si me salto todo eso y me quedo en cama?

—Tu puntuación emocional bajará un 4,6% y se te considerará en estado de duelo parcial. Podrías ser derivada a la sección de «Aspirantes con negación existencial aguda».

—¿Existe eso?

—En el sistema, sí. En la vida real, probablemente también.

Me tapo la cara con la almohada y grito. Solo un poco. Lo suficiente como para que Clummy retroceda un paso y diga:

—A eso lo llamaré expresión emocional auditiva controlada. Lo anotaré como progreso.

—¿Clummy?

—¿Sí?

—Déjame sola, por favor.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No sé. El tiempo que tarde en decidir si quiero sobrevivir a esto o solo seguir respirando mientras analizas mi estado emocional.

Su mecanismo interior hace un leve zumbido. Luego baja la cabeza y da un paso atrás. Abandona la habitación sin decir nada más. Tres días para descansar, dicen. Para llorar, si uno puede. Para pensar en lo que viene después, si te dejan.

◆◆◆

La biblioteca encantada de Lumavell huele a papel antiguo, a cera derretida y a magia.

Es circular, de techo abovedado, con estanterías que se mueven por sí solas como si tuviesen vida propia, y con libros que susurran entre ellos en voces apenas audibles.

Cristalith dice que ella no oye nada y Odrien y Sándor me han llamado loca tres veces.

Pero los libros hablan, lo juro por la Fundadora.

Estamos los cuatro en una de las mesas centrales, rodeados de rollos sellados, tomos flotantes y una luz pálida que cae desde una esfera luminosa suspendida sobre nuestras cabezas.

Cristalith hojea un libro con tapas de hueso mientras murmura fragmentos de traducciones antiguas.

Sándor bosteza cada dos minutos y se recuesta hacia atrás con el pergamino enrollándose solo sobre su cara.

Yo no me he movido en media hora. Estoy concentrada en una línea de texto que parece cambiar de significado cada vez que parpadeo.

«Donde el eco precede a la voz, desconfía de lo que oyes»

Cristalith deja caer un libro con un golpe seco y suspira.

—Todo habla de ecos, pero ni un puñetero tomo explica cuándo un eco se adelanta a la voz.

—Tal vez sea literal —sugiere Odrien, sin levantar la vista del manuscrito flotante que consulta—. Magia que se activa antes de que alguien la pronuncie. Hechizos pregrabados. Magia de eco. ¡Yo qué coño sé!

—O puede que sea simbólico —respondo—. Palabras que se oyen antes de que sean verdaderas, es decir: rumores. Mentiras que parecen profecías, pero que el tiempo demuestra que no eran reales.

Sándor se estira como un oso recién despertado en su cueva y dice:

—O puede que todo esto sea una forma elegante de decirnos que vamos a ser traicionados y que nos jodamos por no saber de quién viene la puñalada.

Cristalith y yo intercambiamos una mirada. No es tan estúpido como parece.

—¿Qué estamos buscando exactamente? —pregunta Odrien—. Una grieta en la oscuridad.

—¿Buscamos una grieta?

—No, es por donde entra la luz, Dionna —dice mi nombre como dando a entender que soy tonta—. Cuando estás atrapado en una cueva es lo que buscas: luz. Es una metáfora, una forma de hablar.

No preguntaba porque no entienda la metáfora, preguntaba porque Odrien nunca usa metáforas, es claro y directo.

Me quedo en silencio. Justo cuando voy a justificarme, me fijo en algo.

No sé quién lo encuentra. Podría jurar que fui yo, pero Cristalith tiene la mano encima del tomo al mismo tiempo que la mía.

Es como si ambas hubiésemos llegado al mismo destino por rutas diferentes.

El libro no tiene título. Solo cuero azul oscuro, con grietas en el lomo. Grietas.

—¿Esto estaba aquí antes? —pregunto casi susu-rrando, aunque sé que la pregunta no tiene sentido. Evidentemente sí, ¿no?

Cristalith no responde. Lo abre y sus dedos, acostumbrados a desenvainar espadas y también a pasar páginas, tocan el papel como si fuera piel viva y acariciase sus heridas.

Hay fórmulas, casi todas ilegibles a primera vista.

Dibujos circulares. Glifos que se entrelazan como raíces y ramas.

Anotaciones al margen con tinta negra...

y una frase subrayada en tinta plateada que parpadea levemente bajo la luz mágica de la cúpula.

Cristalith la lee en voz baja:

—«Cómo luchar contra los Ecos. Tónico de Silencio Profundo.

Elimina el maná pasivo acumulado en los oídos internos, bloqueando las emisiones arcanas de baja frecuencia.

Efecto: Previene la influencia de ecos mágicos o susurros mentales hasta un máximo de seis horas.

Uso reservado a entornos de magia inestable».

Silencio.

—Eso suena a poción para putos locos —dice Sándor, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa—. O puede que sea solución de genios. Nunca sé distinguir, pero me gusta.

—¿Qué maná pasivo se acumula en los oídos? —pregunta Cristalith, frunciendo el ceño—. ¿Desde cuándo escuchamos magia pasiva?

No puedo apartar la mirada de la tinta plateada. Me siento como si alguien hubiera atisbado tierra tras meses en el mar. Como si esa receta fuese la única señal de que hay una salida.

—¿Creéis que los «ecos del pasado» son reales?, ¿no será algo simbólico? —pregunta Sándor.

—Si no lo fueran, no necesitaríamos esto —responde Odrien.

Me inclino sobre el texto. Bajo la receta hay una advertencia en letras más pequeñas:

«No utilizar en espacios con alta concentración de recuerdos activos o en presencia de entidades con resonancia emocional elevada».

—¿Recuerdos activos? —repito en voz baja—. ¿Resonancia emocional? ¿Qué cojones significa eso?

Cristalith me mira. Su rostro es serio, más que de costumbre.

—Que hay lugares... o personas... donde los recuerdos no son sólo memorias. Son... presencias, ¿no? Me duele la cabeza.

—Como el laberinto —dice Sándor.

Asiento.

—¿La copiamos? —pregunto.

—¿Eres tonta o qué? —responde Sándor, ya buscando una pluma—. Si no lo hacemos nosotros, lo hará algún imbécil de los que no sabe diferenciar una flor de una bomba mágica.

—¿Y los ingredientes? —pregunta Cristalith—. ¿Tenemos acceso a alguno?

Revisamos el listado que acompaña la receta:

· Raíz de liravel disecada.

· Polvo de ópalo lunar.

· Hidrosavia de lirio negro.

· Una gota de sangre fresca del propio usuario.

· Agua en reposo a la luz de la luna llena.

Sándor se queja antes de tiempo.

—¿Quién cojones guarda agua de luna llena? ¿Qué clase de gente creen que somos?

—Yo tengo —dice Odrien, sin levantar la vista—. Mi madre dice que lavarse la cara con ella te da fuerza. La uso en mis prácticas. Me queda media botella.

—Claro —dice Sándor con ironía—. El señor perfecto. ¿También tienes la sangre ya sacada en un tarro?