Aethrya La Tríada XI #3
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XI #3

—No deberías comerlas si no te gustan —susurra Cristalith, sin mirarme. Está concentrada en dibujar pequeños círculos en el borde de su copa con un dedo—. Siempre acabas comiéndote hasta lo que no te gusta.

—Sí me gustan, tampoco están tan mal —respondo, apenas audible.

Justo cuando voy a seguir mi poco interesante argumento sobre mi preferencia en cuanto a frutas veo a Selendra Sanitas.

Se desliza por el borde del salón como si flotara.

Su pelo rubio platino le cae por la espalda en ondas perfectas, y cada paso suyo parece cuidadosamente coreografiado, como si hasta su sombra respondiera a su voluntad.

Pasa cerca de una mesa de curanderos —todos con túnicas de lino blanco bordadas con hilos azules— y uno de ellos la mira con más respeto que el resto, casi con reverencia.

Ella le devuelve la mirada y le dedica una sonrisa.

Sigue su camino, como si toda la sala fuera suya por derecho divino.

Hay algo en ella que no termina de encajarme.

Es bella, sí, pero parece tener una simetría letal.

Es joven y, sin embargo, parece ser respetada hasta por el hombre más longevo del continente.

Trago lo que queda de la uva con una sensación agria en lugar de dulce.

Y entonces veo a otra de las mujeres que más me desconciertan, esta vez en el mal sentido de la palabra.

Lady Nirelia.

Está un poco más lejos, de pie entre dos nobles menores que no reconozco.

Habla, ríe, gesticula con la copa en alto como si fuera parte de una obra de teatro íntima de la que solo ella conoce el guión.

Su pelo está recogido con mechones sueltos que parecen colocados al azar, pero sé que no lo están. Nada en ella es azaroso.

Por un momento creo que no me ha visto, pero entonces la línea de su mirada cambia sutilmente.

Gira solo lo suficiente para que nuestros ojos se crucen.

No hay cordialidad en su mirada, la piel de la nuca se me eriza.

No me está observando: me está evaluando.

Esta mirada me va a perseguir durante mucho tiempo.

Mi estómago se contrae sin permiso. No sé por qué me incomoda tanto.

Nirelia no me ha hecho nada —al menos no directamente—; sin embargo, hay algo en ella que me recuerda al borde de un precipicio.

Cristalith se da cuenta. Me toca el brazo sin dejar de mirar al frente.

—¿Todo bien?

—Sí —miento, otra vez.

Noto un cambio en el aire, como si un animal pasase entre las mesas sin ser visto pero cuya respiración me hiela la sangre.

Las risas suenan huecas de repente y las conversaciones se acortan.

Hay una tensión flotando en el sanatorio como si incluso las paredes supieran que la calma nunca dura demasiado.

Seredric acaba de entrar en el comedor. Se sienta en una mesa elevada, junto a su madre —esa mujer tallada en mármol vivo— y varios miembros de la familia Sanitas.

Seredric no participa en la conversación: simplemente está.

Sus ojos parecen buscar algo entre la multitud, como si observar fuera su único deber.

Sus ojos se paran en los míos: encontró lo que buscaba.

Otra vez.

Ha pasado tantas veces que ya no me sobresalto.

Sin embargo, esta vez su mirada parece intentar comprender algo que ni él mismo sabe nombrar.

Le sostengo la mirada, porque no soy ningún puto experimento arcano.

No sé por qué lo hago, si sé que solo me va a traer problemas; simplemente siento el impulso, un instinto que me trepa por la piel.

Como si decirle con los ojos lo que no puedo decir con palabras fuese la única forma de resistir esta especie de batalla que nos hemos montado.

No lo aguanto más, bajo la vista. Me llevo la copa a los labios aunque ya está vacía. Tampoco es que tuviese sed, solo pretendía esconderme tras el cristal como si pudiera borrar la sensación de que algo en mi mundo acaba de girar sin aviso: ese cruce de miradas ha dicho más que mil palabras.

De vuelta a la realidad, Sándor está contando una anécdota sobre una prueba fallida en su infancia con una criatura mágica que resultó ser una cabra común con un lazo encantado.

Odrien solo sonríe, sus dedos trazando círculos lentos sobre la muñeca de Cristalith, como si su única preocupación fuera mantenerla cerca.

Sándor me lanza una uva que me da en la frente.

No puedo evitar reír, pero cuando me recuesto en el respaldo la risa se me atraganta en la garganta.

Noto ese vértigo, esa punzada en el centro del pecho que no me deja respirar.

Es mi vieja compañera, he aprendido a vivir con ella, con esa sensación de estar al borde del abismo emocional.

¿Pero por qué ahora? No puede haber sido su mirada.

Algo no cuadra. Veo a Sándor, a Cristalith, a Odrien.

Entre unos susurros que empiezan en una esquina del salón, escucho su nombre: Ernys.

Cristalith ladea la cabeza, atenta y Odrien se incorpora sutilmente, como un animal que huele el peligro antes de verlo.

—¿Qué pasa? —pregunto, aunque ya lo sé. Ya lo estoy sintiendo en la piel. En el pecho. En la espalda. Algo malo está pasando.

La respuesta llega como un susurro desgarrado por el miedo.

—Un Aspirante... —dice alguien detrás de mí, demasiado cerca—. Lo han encontrado sin vida en su habitación. Sin signos de lucha. Sin sangre.

—¿Quién? —susurra Cristalith.

El nombre llega de nuevo como un puñetazo seco.

—Ernys.

No puede ser.

—Dijeron que... —La voz de una chica tiembla al otro lado del salón—. Que los ojos estaban abiertos y el cuerpo aún estaba caliente, pero el corazón…

Sándor se pone de pie. Cristalith se cubre la boca con la mano. Odrien maldice en voz baja. Sándor tiene los ojos húmedos, pero no llora. No creo que pueda moverme, ni aunque lo intente.

—No se lo merecía —dice Cristalith.

—Nadie se lo merece —respondo—, pero todos vinimos aquí con un mismo destino potencial.

A partir de ahora hay una silla vacía en nuestra mesa de cinco, ¿cuántas más van a vaciarse? No había pensado en que la Tríada hace esto, nos separa. Hay alguien que puede ayudarme, la única persona con la que me permito ser vulnerable.

Busco a Devrian entre las mesas como si mi cuerpo supiera que no podré dormir hasta verlo.

No lo llamo, solo dejo que mi mirada lo rastree como una llama baja que busca oxígeno.

Lo atisbo de pie al borde del salón. Está medio envuelto en sombras, como si llevase horas esperando justo ahí, como si supiese que lo necesito.

No se mueve, pero nuestros ojos se cruzan.

El gesto que hace con la cabeza es mínimo: un movimiento casi invisible.

Me levanto y sigo sus pasos, pretendiendo que no siento una urgencia fuera de lo común por encontrarme con él. Salgo del salón, dejando atrás las risas apagadas, los murmullos de tragedia, las copas a medio vaciar y el hueco invisible que ha dejado Ernys.

Devrian no dice nada. Camina delante de mí, con la espalda recta y el paso medido. Hasta que gira en una esquina y se detiene. Se apoya contra una columna de mármol, como si necesitase algo sólido, aunque su rostro no lo muestra. Me agarra del brazo para acercarme a él y que no nos vean.

—Puede que no deba decirte esto, pero sabíamos que pasaría —dice, sin rodeos.

Me alejo dos pasos de él. El eco de sus palabras rebota entre las paredes y dentro de mi pecho.

—¿Sabíamos qué? —Noto la desconfianza creciendo de nuevo dentro de mí—. ¿Quién?

—La cúpula, sabíamos que alguien iba a caer. No sabíamos quién, pero sabíamos que sucedería.

—¿Caer? —repito sus palabras como si fuese gilipollas. Siento el nudo en la garganta apretarse como un puño—. ¿De verdad se ha quitado la vida él mismo?

—No todos están hechos para esto, Dionna —responde. Su voz es baja, grave, sin adornos, y me acaricia la mejilla—. La gloria es dulce, pero la vergüenza… la vergüenza te devora por dentro.

Sus palabras me golpean más fuerte de lo que esperaba. Cierro las manos en puños, por rabia. Espero más: una disculpa, un lamento, algo que lo humanice. No somos un puto número, ¿vergüenza de qué, además? ¡¿De qué?!

—Ha pasado antes —continúa, con los ojos clavados en los míos—. Aspirantes que pierden tantos desafíos que no soportan la idea de volver a sus pueblos con las manos vacías, con las miradas clavadas en la espalda. Algunos saltan desde los balcones. Otros… se ahogan en sus camas.

Aprieto los labios. No quiero imaginarlo, pero ya lo estoy viendo. Ernys, solo. Con los ojos abiertos. Con todo ese mundo dentro de él, sin espacio para dejarlo salir. Lo imagino recordando nuestras conversaciones, nuestras risas.

—Nadie lo menciona en las crónicas —dice Devrian—, porque quitarse la vida es peor que morir en batalla. Pero tú me preguntaste hace días por qué todo se vuelve tan callado tras las pruebas… y esta es una de las razones. La gente no solo muere dentro de la Arena, Dionna.

Siento el estómago revuelto, como si me lo hubieran llenado de agua fría y lo hubiesen agitado.

Mi voz quiere salir. Quiere decir que no está bien, que no debería ser así.

Pero he tragado tanta mierda, que ya no sé por dónde empezar.

Justo cuando creo que he reunido la fuerza suficiente para decir algo…

—Devrian.

La voz que pronuncia su nombre no es la mía. Ambos nos giramos al mismo tiempo.

Nirelia se acerca desde el extremo del pasillo.

Su silueta se recorta contra el fondo como una mancha de tinta sobre nieve.

Su túnica negra a juego con su vestido ondea detrás de ella, y por primera vez desde que la conozco, no parece esculpida en mármol.

Hay algo en su gesto… ¿preocupación? No, no exactamente.

Es más sutil que eso. Como si la máscara de perfección se hubiera movido apenas medio milímetro y dejara asomar algo humano.

Devrian reacciona antes que yo. Se endereza, se aleja de la columna, se acerca más a mí como si estuviese usando su cuerpo como escudo.

Su cuerpo se tensa, pero su voz sigue baja.

Me agarra la cintura como si fuese la suya.

Bajo la mirada y sus manos son firmes y grandes, acordes a su altura.

Con una de ellas levanta mi barbilla para hacer que lo mire a los ojos.

—Tengo que irme —me dice con sus ojos fijos a los míos, sin apartar la mano de mi barbilla.

—¿Qué pasa? —pregunto, pero ya no me está mirando. Ya siento el frío de la ausencia de sus manos en mi cintura.

Nirelia llega a su lado. Le dice algo al oído.

Sus labios se mueven rápido, apenas un murmullo.

No entiendo lo que dice, pero él sí. Lo entiendo por cómo asiente, por cómo le dedica una última mirada a la piedra bajo sus pies y luego se alejan juntos, como si fueran parte de una maquinaria que sigue girando aunque sus piezas empiecen a caerse.

Ernys está muerto.

Doy media vuelta y empiezo a caminar hacia mi habitación asignada. Doblo una esquina y me detengo. Veo a Cristalith sola, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y los ojos rojos. Me mira justo antes de preguntar.

—¿Sabes qué ha pasado? ¿Se mató de verdad?

Lo suelta sin más, como si le estuviese quemando dentro. Yo solo asiento. No hay necesidad de decir nada más. Ella suspira. No es un sonido largo, es ese suspiro que sale a trompicones y se lleva consigo una parte del alma que ya no sirve.

—Hablé con él esta mañana. —Sus palabras se clavan en mi pecho antes de que pueda ponerme la armadura, pero continúa hablando—. Me preguntó si creía que todavía tenía una oportunidad.

Trago saliva. No digo nada, porque no quiero que pare. No quiero que lo diga, pero tampoco quiero que se lo guarde.

—El tío es enorme. —Hace una pausa al darse cuenta del error—. Era . Menuda cantidad de músculo, chica. Por supuesto que le dije que sí —dice sonriendo, pero la sonrisa es de esas que te duelen por dentro—. Me sonrió como si no me creyera. Y supongo que no me creyó.

No respondo; no puedo. El dolor tiene esa cualidad de llenar el aire de silencio, que te impide hablar sin romper algo más.

Noto esa presión en la garganta que me aprieta por dentro y juro que no puedo hablar, aunque quiera, no puedo.

Se me acumula una fuerza difícil de describir dentro de la tráquea que me impide decir una palabra.

Caminamos juntas, en dirección a nuestras habitaciones.

—¿Tú crees que alguien más de nosotros…?

Cristalith no deja que termine la pregunta.

—Sí.