XI #2
Allen grita. Golpea el pedestal y su cristal lanza chispas.
Su marioneta está fuera de combate. Su ego sufre más de lo que sufrió ella.
Sonrío con una sonrisa que hace que me duela la cara.
Sonrisa de «jódete»: mi favorita. El sudor me cae por el cuello como si acabase de salir de otro incendio.
El maná se agota y mi marioneta cae de rodillas.
Gritos estallan a mi alrededor, tanto de otros Aspirantes como del público que se amontona a nuestro alrededor. Allen no me mira al bajar del pedestal.
No puedo parar de sonreír; lo conseguí. No sé cómo lo hice, pero lo conseguí. Lo repaso una y otra vez en mi cabeza, pero no hay una secuencia lógica que me lleve desde el pinchazo en la sien y el temblor en las manos hasta el filo certero de mi marioneta.
◆◆◆
Estoy sola en una pequeña sala con paredes de piedra clara, con una mesa de cristal en el centro y una esfera flotando sobre ella.
El sudor ya se ha secado en mi espalda, pero la ropa aún mantiene la humedad.
Me arde la cabeza, no sé si por la concentración o por la resaca emocional de haber sido otra durante esos minutos.
La esfera emite un pulso. Azul al principio, rojo tenue después, para terminar volviéndose verde. Una voz —femenina, suave, neutra en ritmo— surge sin previo aviso, como si hablara desde dentro de mi oído.
—Dionna de Caelis. Has superado el desafío del control mental. Se te otorga, como recompensa, la cuarta pista de la Tríada.
La esfera gira lentamente sobre sí misma y de su interior se despliega una hebra de luz con símbolos arcanos que no reconozco. Luego, una línea de texto en lengua común aparece suspendida frente a mí.
«Donde el eco precede a la voz, desconfía de lo que oyes»
El texto desaparece tan pronto como lo he leído y la esfera vuelve a su color blanco original.
Una puerta a mi derecha se abre y la cruzo sin pensar en qué habrá al otro lado.
Camino sin saber muy bien hacia dónde. Nadie me guía, pero mis pasos me llevan de vuelta al patio exterior, donde algunos Aspirantes ya han sido liberados también.
Ernys está sentado en el borde de una fuente, con cara de haber visto el fondo del universo y haberle dicho: «no, gracias».
Cristalith me lanza una mirada breve, pero intensa, justo cuando antes de acercarse a mí.
Me pregunta sin palabras si estoy bien una vez ha llegado a donde estoy.
Asiento, aunque no creo que sea del todo cierto.
Vuelvo a escuchar mentalmente la voz que me entregó la pista.
Su tono perfecto e inhumano. Acaricio la tela de mi ropa sobre el estómago.
El sudor frío ha vuelto: está pasando algo.
Lo siento venir como una oleada ansiosa dentro de mí antes siquiera de que suceda.
Al girar la cabeza veo por qué mi cuerpo reacciona así.
Allen Rhéom.
Tiene los ojos inyectados en sangre, el rostro crispado. Se detiene a medio paso de mí.
—Trampa. —Escupe, sin saludar siquiera, señalándo-me—. Hiciste trampa. Puta andrajosa de mierda.
—No hice nada que no pudieses anticipar —respondo, intentando mantener la voz firme y una sonrisa falsa.
—Mentiste. Fingiste que habías perdido el control. ¡No tenías maná suficiente! ¿Cómo lo hiciste?
—¿Acaso no es eso parte del juego, mi amor ? —le pregunto abiertamente provocadora.
Se queda callado un momento. Luego frunce el ceño, se acerca a mí más de lo que me gustaría.
—Típico de mujeres como tú —me susurra. Su mirada, que me recorre de arriba a abajo y vuelve a mis ojos, supera la palabra «odio»—. Fingís, porque no valéis para otra cosa.
—¿Se te ha caído la polla? ¿O ya no había nada ahí abajo y te hace falta compensarlo con verborrea barata? —pregunto fingiendo un puchero.
—Eres una puta falsa. —Suelta una carcajada fingida—. Nadie se te va a acercar a menos de un metro. Mucho menos confiar en ti durante lo que queda de Tríada. Date por muerta, andrajosa.
No digo una palabra más, simplemente me alejo, porque no quiero que me afecte más lo que acaba de decir.
No quiero perder el control. No seré mucha cosa, pero si de algo estoy segura es que, quien se lo merezca de verdad, siempre podrá confiar en mí.
Mi palabra vale más que cualquier juramento firmado.
◆◆◆
Delante de mí solo hay verduras hervidas, pan de flor de anís y algún trozo de queso curado —pero nada demasiado pesado, nada glorioso tampoco. Lo suficiente para que recordemos que seguimos siendo humanos y que tenemos cuerpos que alimentar.
Me siento junto a Cristalith, que está igual de despeinada que yo, aunque con más elegancia, como siempre.
Tiene ese tipo de dignidad que sobrevive incluso aunque le atravesasen con una puta espada.
Yo, en cambio, parezco una versión derrotada de mí misma con ojeras de heroína accidental.
Soy lo opuesto a la belleza natural. Siempre he envidiado a aquellos que son capaces de ser hermosos solo con existir.
—¿Te has dado cuenta de que mi marioneta ha ganado por accidente?
—me dice Cristalith al segundo bocado. No estaba atendiendo a la conversación, pero finjo que sí y asiento—.
Literalmente; se tropezó, cayó encima de la otra y le partió el cuello.
Fue como ver a una abuela aplastar a un ladrón sin querer.
—No creo que haya nada accidental en ti —le respondo, y le robo un trozo de su pan de anís antes de que proteste.
—¿Y tú? ¿Cómo lo hiciste? Me dijeron que fingiste rendirte. Yo no lo pude ver entre tanto cabezón, pero chica, ¡qué espectáculo!
—No lo fingí, o sí. No sé, algo se apoderó de mí. —No paro de masticar pan mientras hablo intentando no atragantarme y tapándome la boca por educación—. No sé cómo explicarlo. —Trago el pan—. No me acuerdo si te soy sincera.
Cristalith me mira como si entendiera algo más allá de las palabras, como hace siempre; sin embargo, no pregunta más sobre eso y cambia de tema.
—¿Y qué pista te dieron?
Me meto un trozo de queso en la boca, masticando con una rapidez no muy propia de mí. ¡Pero qué hambre tengo, Fundadora mía!
—«Donde el eco precede a la voz, desconfía de lo que oyes» —recito, bajito.
—Exactamente la misma que a mí —dice ella poniendo los ojos en blanco—. Es como si no nos diesen ninguna pista en absoluto, como todas las demás, ¿verdad?
—Todo aquí juega a su favor, no al nuestro.
—¿Y qué crees que significa?
Me encojo de hombros antes de responder.
—Que hay cosas que llegan antes de lo que deberían.
Que si oyes algo demasiado pronto, quizás no es real —dudo—.
Yo que sé, igual tiene que ver con el siguiente desafío.
O es el eco de algo que aún no pasó. O la mentira que prepara el terreno para la verdad.
—Me froto los ojos como si pudiese pedir un deseo—.
No soy tan lista y estoy muy cansada para todo esto, la verdad.
Cristalith me observa. Luego coge su copa de agua y la alza en un gesto solemne.
—Por los ecos, entonces.
—Brindar con agua da malísima suerte, pero es lo que hay. Si no hay vino tendremos que arriesgarnos.
Brindamos con un golpe leve cuando aparece Sándor, con una servilleta blanca en la mano como si fuera un héroe de guerra a punto de rendirse. A su lado, Odrien, callado como siempre. Ni rastro de Ernys.
—¡Oh, mis dulces y victoriosas doncellas! —proclama Sándor con una voz teatral—. Yo me dejé ganar, porque no quería humillar a nadie más.
—Te destrozó una chavala que parece tener doce años —le espeta Cristalith mientras le lanza una aceituna que él atrapa con la boca—. Chupaste y punto. Supéralo.
—Una prodigio de la estrategia —dice Sándor, masticando la aceituna con exageración—. No paraba de hablar por lo bajo y me desconcentró. Le dejaré contarle a sus nietos que venció a un Dobren en combate. Tendrá reputación para toda la vida.
—¿Y tú tendrás una marca más en tu historial de «combates casi ganados»? —pregunto con malicia.
—O un 100% de victoria en cenas con mis personas favoritas —dice él, dejándose caer junto a mí como si el banco fuera un trono y reclinando su cabeza sobre mi regazo.
Odrien se sienta al otro lado de Cristalith, coge una copa y se sirve algo de agua.
Luego, en un gesto que no es grandilocuente ni teatral, le rodea la cintura con un brazo y la atrae hacia él con naturalidad.
Como si su cuerpo hubiese estado esperando exactamente ese momento.
Cristalith no se aparta, pero le lanza una mirada fugaz y se recuesta contra él.
Sándor se incorpora y se me queda mirando de reojo. Juro que noto en su mirada la broma que va a soltar antes siquiera de que lo pronuncie. Como si fuese la dichosa pista: veo el eco que precede a la voz en su mirada.
—¿Tú también piensas abrazar a alguien o solo vas a quedarte ahí con cara de digna? —me dice en voz baja haciendo un gesto para que me acerque a él.
—Si me abrazas tú, me rompes las costillas.
—Solo te rompería el corazón, y ni eso, porque seguro que lo tienes bien blindado —dice con una media sonrisa.
—O bien roto más bien. —Le regalo una sonrisa triste antes de seguir hablando—. ¿Crees que sobreviviremos todos?
—No —responde sin titubear—, pero voy a hacer lo que pueda para que nosotros sí lo hagamos.
Cristalith y Odrien se han desconectado del resto del mundo. Yo me sirvo un poco más de agua y Sándor me ofrece algo de pan, lo cojo sin decir nada. Y cuando Cristalith ríe otra vez, me permito reír con ella, aunque no tenga ni idea de lo que están hablando.
Me meto una uva en la boca. Está dulce, demasiado para mi gusto.
Explota entre mis dientes con una suavidad casi obscena.
La mastico despacio, sin pensar en ella realmente, solo para ocupar mi boca con algo que no sea una pregunta sin respuesta.
Sigo mirando entre la multitud para ver si Ernys aparece.