XI
Dionna
E l carruaje vuela en línea recta, impulsado por corceles alados que baten las alas con una precisión tan silenciosa que parece que estuviésemos flotando sin ayuda.
Todo el mundo sabe ya a dónde nos dirigimos: Valthoria.
Tierra de sanadores. Cuna de mármol y memoria: la región natal de la Reina Madre Matrish.
Clummy, a mi lado, no ha dicho ni una palabra desde que despegamos; aún no sé si me preocupa o me alivia.
Tal vez ambas a la vez. Tiene las manos cruzadas sobre el regazo, sus ojos mágicos más opacos que de costumbre.
Sé que me está escaneando emocionalmente sin que lo diga; lo hace en todo momento.
—¿Qué ves ahora? —murmuro, con la cabeza apoya-da en el cristal, que simula tener al otro lado un jardín de Galimatea.
—Una estructura fracturada —responde sin girarse—, pero funcional.
—Podrías trabajar en eso de los halagos, ¿sabes? Odio la palabra «funcional». —Lo miro haciendo una pausa esperando que me dé algún dato más que no tarda en llegar.
—También veo un 63% de actividad cognitiva anticipada. Tu cerebro está despierto. —Ladea la cabeza y parece analizar algo más—. Está ansioso, pero listo.
—Gracias por el diagnóstico, doctor Encantado 6000.
—¿Prefieres que cambie mi nombre a Doctor Encantado 6000?
Está de coña, tiene que estar de coña.
—No, Clummy, era una broma —digo negando con la cabeza. Pongo los ojos en blanco, pero me saca una sonrisa.
Vuelvo a apoyar la cabeza en el cristal.
—Lo anoto para futuras ocasiones.
El carruaje aún se balancea mientras descendemos hacia Lumavell, ciudad santuario, corazón de Valthoria.
Miro por la ventana encantada que ahora sí muestra lo que realmente está tras el cristal: los tejados blancos entre la bruma, los estanques brillantes, los santuarios de cristal rodeados por árboles tan altos que parecen los torreones de vigilancia que utilizan para controlar el acceso a la Ciudadela de Cristal.
—Este lugar da escalofríos —murmura Cristalith a mi lado, con la nariz casi pegada al cristal—. ¿Cómo puede un sitio tan bonito parecer tan cínico?, ¿no os parece?
—Totalmente; nadie vino a sanar hoy, todos vinimos a sangrar un poquito más —respondo sin pensar—. Menuda puta ironía, ¿verdad?
Sándor me lanza una mirada como si quisiera decir algo, pero no lo dice.
Cuando aterrizamos, nos guían en formación por los senderos de piedra blanca.
Todo está cuidado hasta el último detalle: las flores siguen patrones matemáticos en los jardines, los pájaros cantan en intervalos exactos y las fuentes no salpican ni una gota fuera de sus márgenes. Odio este nivel de perfección.
Nos hacen entrar en un anfiteatro de piedra y bancos tallados con relieves antiguos.
En el centro, hay filas de pedestales: cada uno con una piedra flotante del tamaño de un puño y lo que parece una marioneta con cuerdas arrodillada frente a ella en una especie de ring.
No son muñecos comunes: parecen estar hechos de madera encantada, con pequeños ojos de cuarzo y armaduras talladas que reflejan la luz de los cristales flotantes.
Puedo oler la magia en ellos. Cada uno es diferente: una postura de ataque o defensa, guerreros, arqueras, escuderos, asesinas.
—Aspirantes. —Una voz clara resuena desde el estrado. Es una mujer encorvada, vestida con túnica azul noche y el emblema de los Arcanistas de la Corona bordado en hilos de oro—. Bienvenidos al primer desafío de la mente. Esto será una guerra de intenciones: una batalla de enfoque.
La tensión en el anfiteatro me hace tragar saliva.
—Ante ustedes se encuentran las Marionetas Arcanas, criaturas de madera viva talladas por artesanos personales de los Nueve Antiguos Arcanistas y vinculadas a cristales de maná.
Cada uno de ustedes será emparejado con un adversario al azar.
Cada pareja controlará dos marionetas desde un pedestal encantado.
El control se ejerce por concentración emocional, solo pensamiento y voluntad pura.
Recuerdo lo que dijo Clummy hace días: «probabilidad de lesionarte haciendo algo estúpido por impulso: 78%». Estoy a punto de comprobar si acertó.
—Se os otorgará poder momentáneo para poder utilizar los cristales de las marionetas.
No podrán tocar a sus marionetas. No podrán hablar con su oponente.
No podrán abandonar el pedestal mientras dure el duelo.
La partida termina cuando una marioneta es destruida o el maná del contrincante se agota.
—Nos mira a todos durante unos segundos—.
No se les pedirá matar a nadie hoy —continúa la Arcanista—, pero sí se les pedirá entender cómo piensa su enemigo.
Anticiparse a su siguiente movimiento, manipularlo y derrotarlo.
Alguien a mi derecha, una chica de tatuajes verdes, empieza a temblar. Me giro hacia Cristalith.
—¿Esto se parece a alguna de las pruebas que hayas visto en ediciones anteriores? —le pregunto mientras me tapo la boca para que nadie me lea los labios—. A mí no me suena de nada.
—Nunca, que yo sepa. Esto es nuevo. —Hace una mueca con la boca bajando las comisuras de los labios, como si no entendiese nada de lo que está pasando.
—Perfecto —digo, apretando los labios—. Qué alegría. Innovar mientras estás a un paso del colapso; lo que yo quería. Mi favorito.
Nos llaman por nuestro nombre de dos en dos. Cuando llega mi turno, no creo estar preparada. Me sudan las manos e intento que no se me note que me tiemblan las piernas.
—Dionna de Caelis de Galimatea, emparejada con Allen Rhéom de Eredhal.
Allen. No lo conozco. Tiene el pelo castaño, es más alto que yo evidentemente, y tiene cara de no haber dormido desde el siglo pasado. Menos mal, un poco de suerte. Malo será que no se quede dormido y gane antes de empezar. Me colocan en el pedestal de la izquierda.
—No pienses en perder —me susurro—. No pienses en perder. Joder. Ya lo has pensado. Dionnaaaa.
—¿Listos? —pregunta la Arcanista.
El silencio responde por todos. Yo desde luego no lo estoy, pero asiento.
—Que la fuerza arcana os acompañe.
La señal de inicio resuena por todo el santuario.
Noto un temblor sutil del pedestal de mármol blanco que vibra bajo mis manos.
Ahí está: mi marioneta. Es una guerrera con lanza y escudo.
La de él, una espadachina con doble hoja.
Me concentro y la marioneta se endereza lentamente, como si se desperezase de un sueño muy largo.
Allen ya está en posición. Su marioneta da un paso hacia adelante, ¿pero este no estaba cansado?
Mi gozo en un pozo. Allen alza la barbilla con arrogancia visible.
Mi marioneta no se mueve y Allen suelta una risa burlona.
—Vamos... vamos... —susurro entre dientes, intentan-do sentir el lazo con el cristal que tengo entre las palmas.
Nada.
El primer paso de mi marioneta es torpe, como si le fallaran las rodillas. Se tambalea y Allen sonríe. No dice nada, pero su marioneta lo hace por él: una estocada rápida, frontal. La mía apenas la esquiva. Chispean los bordes de madera encantada al rozarse.
—No sirves para esto, eres prescindible.
Allen habla lo suficientemente alto para que lo oiga, pero lo suficientemente bajo para que no lo penalicen por hablarme. Tiene una voz limpia, modulada, entrenada para parecer de buena cuna incluso en el desprecio.
—No necesito servirte a ti —le respondo.
Mi voz suena más débil de lo que esperaba. Mejor, al menos no saldré penalizada por bocas. Trago saliva. El sudor me baja por la espalda.
Mi marioneta retrocede y se tambalea. Me siento estúpida.
Me siento... vacía. Como si cada pensamiento tuviera que cruzar el puto Océano Atlanthyr para llegar a mis manos.
El cristal de mi pedestal vibra con una luz azul tenue, demasiado tenue.
Su maná se agota. ¿Tan rápido? Si aún ni siquiera lo he usado.
—Mueve los pies... —murmuro—. Joder…
Mi marioneta obedece por fin: un triste medio paso. Mi mente está saturada con recuerdos del grifo, de la arena, del fuego, del miedo, de los treinta y uno, de la chica que ardió delante de mis ojos, de ella, de mi familia, de Clummy y sus puñeteros porcentajes, y de mis intentos por destacar.
Allen lanza otra estocada. Cruza el aire como si no le costase nada. Su marioneta se mueve como un bailarín con hambre. La mía tropieza y esquiva por puro azar.
Pierdo el poco control que creía haber conseguido. Una punzada me estalla en la sien y el cristal parpadea. Noto algo dentro de mí que me dice que lo bueno acaba de empezar. Tengo de repente una estrategia clara. Mi marioneta se detiene y baja el arma y da un paso hacia atrás.
Otro paso.
Otro más.
Allen ladea la cabeza.
—¿Eso es todo? ¿Te rindes? —me grita con esos aires de superioridad repugnantes de aquellos que han ganado siempre. Su maná disminuye como penalización.
No respondo, simplemente cierro los ojos y me concentro en lo realmente importante.
El vínculo se tensa como una cuerda y el maná del cristal cambia de tono a un azul más intenso.
Mi marioneta tiembla como si se desprogramase.
Allen parece no entender nada, pero sigue con sus manos en el cristal.
Su marioneta se acerca, confiada, con la espada en alto.
Él mantiene esa sonrisa de autosuficiencia al creerse capaz de destruir a cualquiera que venga de una casa humilde solo con una mirada.
—Ahora —susurro.
Mi marioneta se impulsa hacia adelante con una velocidad salvaje. Rueda por el suelo, gira en el aire, y su cuchilla de madera encantada corta por las piernas a la marioneta de Allen. Un crujido seco: las articulaciones del enemigo al romperse. Se desploma sin gracia y sin tiempo de reacción.