Aethrya La Tríada X #2
37%

X #2

Yo ya no escucho la conversación: mis ojos vuelven a ella. Está hablando con Odrien ahora. Sonríe al decir algo. Cristalith suelta una carcajada. Sándor se inclina hacia el centro de la mesa y ofrece su copa. Dionna alza la suya y choca levemente. Brinda por la vida, imagino. Por seguir en pie.

No sé qué tiene.

No es su belleza —aunque la tiene, furiosa y sin adorno—, sino por cómo habita el mundo.

Dionna no camina, atraviesa; no mira, perfora; su piel no es suave, es firme.

Su pelo se oscurece en la sombra, pero cuando el sol lo alcanza, esos hilos rojizos aparecen como si el fuego mismo se hubiese escondido allí.

El cuerpo que cree imperfecto se mueve con una armonía salvaje: fuerte donde necesita, flexible donde importa.

Y sus ojos… hay algo en ellos que me desarma.

Son como si el bosque, el mar y el fuego se hubieran encontrado: avellana, océano, oro y brasas.

En ellos habita la contradicción más hermosa que he conocido: una fortaleza construida sobre inseguridad.

Una voluntad que arde incluso cuando todo en ella dice que no es suficiente.

Ella no lo ve.

No ve cómo el silencio se rompe cuando entra a una sala.

Cómo los demás la siguen incluso cuando no habla.

Cómo hasta su rabia tiene personalidad propia.

Ella se odia por no ser más fuerte, sin saber que su fuerza está en no rendirse nunca.

No brilla como una joya, brilla como una herida que cicatrizó hace muy poco.

Desde la primera vez que la vi, me pregunto si algún día podré dejar de fingir.

Me obligo a apartar la mirada otra vez, a volver a la copa que tengo delante, al plato intacto, al aire demasiado tibio de este jardín encantado. Pero las palabras de mi madre ya se han disuelto. El veneno de Zmena también. Todo ha quedado en pausa.

◆◆◆

Me cago en la Fundadora.

—Te estaba buscando —dice sin moverse aún, con ese tono suyo entre burlón y prepotente que aborrezco.

Pensaba que me había librado de la compañía una vez había salido del jardín, pero no.

El hijo perfecto, el amante ideal, el yerno que toda suegra querría tener está aquí.

Ni le respondo, solo levanto una ceja y lo miro fugazmente.

Con los años he aprendido que el silencio es mi mejor respuesta: las palabras me pertenecen cuando quiero, y con Devrian, no conviene entre-garle nada antes de tiempo.

Él lo sabe y por eso sonríe. Se incorpora con la misma gracia peligrosa de siempre, como si la columna en la que estaba apoyado hace un segundo también trabajase para él.

—La comida fue encantadora —dice justo antes de soltar un gran suspiro—.

Las hiedras encantadas, la música suave, el cadáver simbólico de los que no llegaron…

—habla de cadáveres como quien habla del clima—.

Muy ceremonial todo. Casi poético —Me mira con esa sonrisa enfermiza que me encantaría borrarle de la cara y continúa—. Tal y como le gusta a Matrish.

—No estoy de humor para tus mierdas —respondo al fin, sin darle la satisfacción de un saludo.

—Estaba pensando en Dionna —me suelta—. Estar con ella en el baile fue interesante, pero en el pabellón de sanadores fue mejor.

No me muevo, algo dentro de mi estómago se tensa. Su nombre en su boca me repugna, se me acartona como si tuviese la boca llena de ceniza. Devrian se detiene a pocos pasos de mí y sonríe de nuevo, pero sus ojos no lo hacen en absoluto.

—Tiene ese fuego que solo tienen los que aún creen que pueden cambiar el mundo —dice con voz suave—.

Es refrescante pensar en todo lo que le espera.

Y además es preciosa, por si no lo has notado.

Una pena el destino que le espera, la verdad.

Aunque supongo que sí que lo has notado.

—Ríe como si hubiese recordado un chiste y me guiña un ojo—.

Seguro que si todavía tienes algo entre las piernas sí que lo has notado.

Su tono es burlón; está midiendo el efecto de cada palabra en mí. Y, muy a mi pesar, está consiguiendo sacarme de mis casillas.

—Tal vez intente algo con ella —continúa, deteniéndose a mirar una de las vidrieras talladas—.

No solo por el placer —comienza a decir justo antes de mirarme—, que también.

Sería interesante unirla a la familia, ¿verdad?

Igual encontramos una manera de reinterpretar la profecía.

Una chica con carácter da hijos con columna vertebral.

—Se frota la mandíbula, casi como si lo estuviese considerando en serio—.

¿Te has fijado en su culo? —Me da un pequeño golpe en el brazo como si fuésemos amigos—. Sí que te has fijado, ad-mítelo.

Respiro hondo, intentando que él no lo note, para aliviar el asco que me da.

No lo miro, porque sé que si lo hago, podría delatarme.

Dentro de mí, la emoción crece como una corriente eléctrica.

No es solo ira, es algo más sucio, más íntimo: celos, mezclados con un miedo que odio admitir.

La imagen de Dionna riendo con Devrian, creyendo en sus promesas, enredada en su abrazo me golpea con una intensidad que no puedo controlar del todo.

Siento cómo mi don empieza a responder a ese desequilibrio interno.

La presión de las emociones acumuladas busca un canal de salida.

Podría, si quisiera, hundir a Devrian en una oleada de tristeza demoledora o hacerle sentir una furia sin sentido, romperle la compostura en un instante, pero no lo hago. Lo retengo, porque eso sería perder.

—¿Algo que decir, primo? —pregunta Devrian, ahora sí con un deje abiertamente provocador en la sonrisa—. Sabes de quién te hablo, ¿verdad? La norteña de una de las casas bajas, morena que está siempre con otros cuatro gilipollas. Es bastante malhablada y grita con facilidad.

—Dionna —digo mirándolo directamente a los ojos— no es un trofeo para adornar tu ego.

—¿Ego? —Devrian se ríe con suavidad, como quien escucha a un niño decir una verdad incómoda—.

¿Crees que esto es por ego? Es política, Seredric.

Eficiencia. Belleza con voluntad propia es una moneda valiosa.

Solo porque tú, Rey de Aethrya, no puedas permitirte casarte con alguien como ella, no significa que el resto no podamos disfrutar de las vistas.

Doy un paso hacia él.

—Si le haces daño —digo en voz baja—, puede que aparezcas ahogado en el Pozo de las Almas la próxima Conver-gencia.

Devrian me observa en silencio por un segundo. Luego sonríe, pero es una sonrisa diferente: más real.

Mierda.

—Ah, ¿entonces sí que te has fijado? —Me da unas palmaditas en el hombro y me guiña un ojo de nuevo. Juro por la Fundadora que se los voy a arrancar de la cara—. Lo suponía.

Se da la vuelta antes de que pueda responder. Se aleja con pasos lentos, sin urgencia, sabiendo que ha dejado una herida abierta. Me quedo solo, con mi don aún latente bajo la piel como un tambor que no deja de vibrar.