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Seredric
L a pérgola bajo la que nos vamos a deleitar con la mejor comida de todo el continente es de hiedra viva.
No crece como el resto de plantas: se mueve, respira, murmura entre hoja y hoja como si estuviera juzgando cada palabra que se pronuncia bajo su sombra.
Un regalo de los Arcanistas del sur, si mal no recuerdo.
Su belleza es engañosa, como casi todo en este jardín.
Mi madre ocupa el centro como si el trono la siguiera a donde vaya.
Zmena a su derecha, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre las piernas como si fuera una estatua de su propio orgullo; característica de los de mi sangre que no soporto.
—Vi algo curioso durante la prueba de ayer —dice Zmena de pronto, rompiendo el silencio mientras se echa el pelo hacia atrás—. Una de las aspirantes recogió algo del suelo, justo antes de que las cosas se descontrolasen por completo.
Levanto la vista y ella lo nota, lo cual le forma una sonrisa en la cara. Siempre disfruta cuando me tenso.
—Dionna de Caelis —dice manteniendo esa sonrisa más falsa que un título comprado, mirándome directamente a los ojos.
Bajo la mirada a mi plato para evitar que note que me importa—.
No llegué a ver qué era exactamente. Parecía algo invisible.
Lo bastante pequeño como para que el resto no lo notara, pero evidentemente yo sí lo vi.
Nunca he soportado la soberbia de mi hermana, esta no es una excepción: ni la miro. Mi madre levanta una ceja. No dice nada, pero su copa se detiene en el aire. Zmena prosigue.
—Si eres inteligente, hermano, no deberías confiar en alguien tan impredecible —dice sorbiendo su copa de vino—. Te vi bailar con ella más tiempo que con el resto de Aspirantes. No seas tonto.
La palabra «hermano» no suena familiar en sus labios.
—¿Te preocupa mi juicio o te molesta que no sea el tuyo? —pregunto, sin mirar directamente a ninguna de las dos.
Zmena ríe por lo bajo, poniéndome más de los nervios.
—Me preocupa que confundas fascinación con claridad.
Esa chica ha sobrevivido, sí, pero no como los demás.
No por fuerza ni por lógica, porque ha demostrado ser bastante tonta en muchas ocasiones.
—Chasque la lengua y me guiña un ojo—. Eso me lleva a pensar que tuvo que sobrevivir por algo que ninguno de nosotros puede nombrar todavía, pero que todos sabemos.
—Hace una pausa para hacerse la sorprendida por algo que acaba de pensar—.
O puede que alguien le esté dejando migas de pan.
¿No te resulta…—comienza a preguntar formando otra sonrisa en sus labios— peligroso?
—Sobrevivió de milagro —interrumpe mi madre—. Lo he confirmado con dos de los Arcanistas. El mérito fue del escudero ese, Sándor Dobren. Fuerza bruta, nada más. Ella fue arrastrada por su espalda, no por su propia destreza física. Una Aspirante con suerte, no con méritos
—¿No es precisamente eso lo que buscan las Pruebas?
Lo que nadie puede nombrar. Lo que no se espera.
Buscar alianzas y aprovecharte de ellas —hablo por rellenar huecos de silencio con algo de utilidad, no porque me esté apasionando la conversación—.
Además, hablar de alguien sin conocerlo se ha quedado bastante arcaico, hermana —la atravieso con la mirada mientras pronuncio la última palabra con mucha más fuerza.
—Yo solo te digo que procures que solo sea un polvo y no llegue a nada más —dice mi hermana copa en mano y sin sonrisa visible esta vez—. Ya sabes cómo van a terminar las cosas.
El silencio se hace más espeso, pero Zmena no ha terminado. Ella nunca termina hasta haber dado la última puñalada.
—Ese Sándor tiene algo de nobleza rural, ¿no? Dobren... Me suena. Su hermano mayor falleció en una de las últimas Tríadas, ¿no? Una lástima. A ver si los músculos no acaban comiéndose al cerebro, como le pasó al hermano.
Zmena toma un sorbo de vino como si hubiese dicho algo trivial, y yo me obligo a respirar. A mantener el rostro neutro. A no dejar que se note. Mi madre se limpia los labios con una servilleta de encaje y, finalmente, habla.
—Zmena tiene razón en algo —dice con tono suave, pero sin dulzura alguna—.
No puedes permitir que tus emociones se enreden con los resultados de la Tríada.
Lo que está en juego no es solo tu corazón, Seredric.
Es el pacto, la Corona, la profecía y el continente entero.
—Da un sorbo a su vino antes de seguir hablando—.
Dionna de Caelis… es interesante y necesaria, pero la historia no se escribe con mujeres interesantes.
Se escribe con las que son útiles para algo más.
Un rey no puede permitirse que su pueblo lo vea débil —comenta y da otro sorbo—, y el amor te hace débil.
—¿Y si ambas cosas fueran posibles? —pregunto, y esta vez sí las miro a ambas—. ¿Y si la pieza más útil fuera precisamente la que nadie quiere reconocer? La profecía puede haberse interpretado mal.
Zmena entrecierra los ojos y los pone en blanco. Mi madre no responde de inmediato. Solo deja su copa sobre la mesa con un leve sonido seco.
—Solo asegúrate de que no te esté usando para jugar su propia partida —murmura ella—. A veces, lo que parece vulnerabilidad es solo otra forma de poder. Más peligrosa, incluso. Además, siento decirte que creo que llegas tarde, hijo.
Respiro hondo. Siento que los cubiertos me pesan como si fueran armas que podría utilizar para hacerles arrepentirse de haber dicho todo eso.
No puedo evitar buscarla entre la gente.
Juro que la busco como si de ello dependiera mi capacidad de respirar.
Como si al perderla de vista, el mundo pudiese volver a incendiarse.
No la veo, solo distingo los mechones dorados de Cristalith, el andar cojo de Sándor que se acerca a la mesa donde está la rubia, el perfil serio de Odrien frente a ella, y la silueta demasiado alta de Ernys, que intenta sonreír mientras no deja de frotarse la muñeca izquierda.
Me he aprendido todos los nombres de ese grupo de cinco por mera supervivencia.
La suya o la mía, aún no estoy seguro. Todos están aquí menos ella.
¿Dónde está? Cuando Odrien se echa hacia atrás, la veo.
No va vestida para deslumbrar, pero es la única mujer que solo con su mera existencia es capaz de encender algo dentro de mí que hace que brille más de lo que haría jamás por mí mismo.
Está sentada en el banco de piedra, con un plato a medio terminar y los codos sobre la mesa como si no tuviese etiqueta que demostrar.
Juraría que acaba de sonreír, está hablando con Cristalith mientras gesticula con las manos, como si necesitara empujar las palabras para que salieran completas.
Algo en esa risa me obliga a quedarme mirando más de lo que debería.
Es una mujer brillante y ni siquiera lo sabe.
Hay en su gesto una grieta que no busca disfrazar; la muestra con orgullo.
La veo en la manera en que inclina la cabeza hacia Sándor cuando él se suma a la conversación, hay una compasión que no necesita alardes.
No se acomoda en el papel de víctima, aunque sé que se siente una.
No se disculpa por existir, aunque tampoco parece orgullosa por seguir en pie.
Simplemente se ha puesto una armadura agrietada para salvaguardar todo lo que lleva dentro, pero no le importa que se sepa que está a punto de romperse.
Es desconcertante. Y aquí sigo, observándola más tiempo del que debería.
Cuando salgo del ensimismamiento y levanto la vista, veo a Devrian al otro lado del salón.
Ya me estaba mirando. Inclinado con elegancia en su asiento, como si el respaldo le quedase siempre demasiado recto para su gusto.
La copa entre los dedos, el rostro en calma; sin embargo, sus ojos, esos malditos ojos, se han clavado en mí con una intensidad que me incomoda.
El cruce de miradas es breve, apenas un segundo.
Lo sabe, y lo peor es que yo también.
Devrian tiene encanto. Es carismático, fluido, capaz de sostener tres verdades y cinco mentiras en la misma frase sin que nadie se percate.
La corte lo adora, los Arcanistas lo respetan y las damas lo desean.
Sabe cuándo sonreír, cuándo guardar silencio, cuándo acercarse y cuándo destruir desde la ternura.
Dionna tiene heridas que no lleva en el cuerpo —al menos no todas—; las tiene en los ojos, en el modo de apartarse medio segundo antes del contacto, en cómo se tensa cada vez que alguien dice su nombre con demasiada familiaridad.
Y se ha acercado demasiado a él. Se ha dejado envolver por esa sonrisa perfecta y esos gestos delicadamente diseñados.
Le ha hecho creer en su protección, su consuelo y afecto.
Mi rostro permanece sereno, impasible, con la barbilla ligeramente alzada, las manos reposadas con naturalidad calculada junto al plato.
Cada músculo donde debe estar. Cada emoción donde no debe notarse.
Como en muchas otras ocasiones empiezo a preguntarme qué pasaría si la gente me viera tal como soy.
Noto mi don palpitando bajo la piel, pero solo tiene un objetivo claro cuando Dionna está cerca.
Objetivo que no quiero alcanzar. No así.
La comida sigue. Mi madre hace un comentario, Zmena responde con una risa elegante.
Las copas se llenan solas gracias a las jarras encantadas.
Los sirvientes se deslizan como sombras entre las mesas.
Todo sigue según el protocolo, como si no estuviésemos comiendo sobre las cenizas de una matanza orquestada.
Como si no hubiese muertos recientes a los que el continente nombrará con orgullo.
Como si sus vidas fuesen más valiosas ahora que se han acabado.