Aethrya La Tríada IX #3
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IX #3

Poco a poco, los Aspirantes van tirando las antorchas.

Somos noventa en la plataforma. No hay forma posible de que quepamos todos.

Nueve Aspirantes más han tirado sus antorchas, corren hacia la plataforma.

Algunos hemos decidido subir a hombros de otros compañeros para hacer sitio.

Los últimos nueve saltan a la plataforma.

Noventa y nueve Aspirantes a las puertas de la salvación, pero las puertas no se abren.

Estoy a hombros de Sándor. Sigo sin comprender cómo es capaz de aguantar con tanto; su sangre me mancha el femoral, pero él no parece inmutarse.

Desde aquí puedo ver la destrucción que ha causado el grifo. Está completamente desbocado.

Espera.

Quedan dos círculos encendidos con solo dos personas en cada uno. No creo que sea posible que tiren la antorcha entre solo dos personas. Es una tumba.

El grifo engulle a dos Aspirantes de uno de los círculos que luchaban por tirar su antorcha sin éxito, que finalmente cae, pero ya es demasiado tarde.

Los otros dos Aspirantes lloran y gritan desesperadamente.

Uno de ellos intenta huir del círculo de fuego, pero su carne comienza a derretirse en cuanto intenta salir.

Van a morir. Saben que van a morir y no pueden hacer absolutamente nada.

No puedo cerrar los ojos cuando veo cómo el grifo, en un acto kamikaze, se abalanza hacia los dos jóvenes de veinticinco años que lloran como si tuviesen dos y su madre los hubiese dejado solos.

En cuanto la última antorcha se apaga con la vida de los dos últimos Aspirantes en pie, el grifo estalla en un millón de fuegos artificiales que iluminan el cielo de la Arena.

Han muerto treinta y un personas. Los he contado a todos.

Uno a uno. Lo que antes estaba iluminado por fuego —por vidas—, ahora está en completa oscuridad. Las puertas se abren.

Treinta y uno han muerto. Noventa y nueve hemos vuelto a nacer.

◆◆◆

El mundo sigue oliendo a humo, carne quemada y miedo cocido a fuego lento. El pabellón provisional con bancas acolchadas y un silencio que nadie se atreve a romper hace de sala de descanso para los que hemos superado la Primera Prueba.

Algunos tienen vendas. Otros, los ojos perdidos. Hay quien llora sin hacer ruido. Nadie parece estar bien del todo. El aire está impregnado del eco de lo que no se dice: «Estamos vivos, pero a qué precio».

Ni siquiera quiero sentarme. Me quema la piel y las manos me tiemblan.

Tengo hollín bajo las uñas, cortes en los antebrazos y la ropa —supuestamente reforzada— hecha jirones.

Sé que parezco un espectro sacado del borde del infierno; y sin embargo, sigo respirando.

Paso entre los Aspirantes como si supiese a dónde voy.

Como si no hubiese dudas. Mentira. Cada paso me cuesta un mundo, pero necesito verlo.

Lo encuentro de espaldas, apoyado contra una de las columnas que separan el pabellón del pasillo posterior.

Devrian Valendris. El cabrón encantador.

El que me dejó un libro en medio del infierno como si fuera una nota de amor escrita con sangre.

Me planto frente a él y no dice nada al principio.

Solo me observa, como si estuviera leyendo cada trazo de mi ruina.

Me mira de arriba a abajo como si quisiese matar a lo que sea que me haya hecho daño: el grifo, el fuego o mi propia mente.

—El diario —susurro, y siento que la voz me sale desde un rincón oxidado de mi pecho—.

Durante la prueba... —digo antes de tragar saliva— vi el libro.

El diario, el que mencionaste, lo vi allí.

Apareció de repente, no lo había visto antes, pero en cuanto lo vi te prometo que lo recogí.

—Hago aspavientos con las manos e intento justificarme repitiendo cada palabra como si insistiendo en ellas tuviese más peso—.

Pero luego, cuando todo se vino abajo, cuando las antorchas, los cuerpos, los gritos…

—sigo hablando a toda velocidad mientras las lágrimas se me agolpan en los ojos— lo perdí.

Lo perdí y no sé dónde, y sé que era importante para ti, y lo siento, Devrian, de verdad que lo siento.

Me siento idiota. Estoy al borde del llanto por un libro. Vi morir a treinta y un personas, pero lo que me rompe por dentro es un diario perdido. ¡Un puto libro! Pero es que no era solo eso, era una señal. Una cuerda lanzada en mitad del abismo. Y yo la perdí.

Devrian no se altera. No frunce el ceño, ni pregunta por qué no lo cuidé mejor. Solo alarga una mano y me toca el hombro con una suavidad que me desarma.

—No importa, Dionna —dice en casi un susurro—. Era casi ficción. Solo quería que lo vieras y que supieras que mientras yo siga aquí, siempre cuidaré de ti.

Me abraza sin pedir permiso, por primera vez.

Sin buscarlo, me envuelve como si supiera que es justo lo que necesito y justo lo que me da miedo aceptar.

Me quedo tensa como un arco al principio, pero luego dejo que mi cuerpo recuerde que está vivo.

Me permito temblar al relajar cada músculo de mi cuerpo.

—No deberías decir eso —le murmuro, con la frente pegada a su pecho—. No deberías hacerme sentir que puedo bajar la guardia.

Él no se aparta.

—Conmigo siempre podrás bajar la guardia —responde—. Dejarte cuidar no significa ser débil, Dionna.

Sus palabras me atraviesan, me abren por dentro y remueven algo que no recordaba que estuviese vivo. No tengo respuesta. Solo tengo ese nudo en la garganta que no se disuelve, y el eco de su promesa retumbando como una melodía triste en mitad del desastre.

—Gracias —digo al fin. Y me sorprende lo sincera que suena mi voz.

Devrian me aprieta un poco más contra él. Cuando La Tríada nos pida la siguiente parte de nuestra alma, recordaré este momento, y puede que este recuerdo sea lo último que me mantenga en pie. Solo con esto me conformo.

—No estoy hecha para esto —digo sin pensar en que no debería confesarle mis preocupaciones—.

No para esta versión de la Tríada. No para ver gente morir y aplaudir por dentro porque no fui yo.

No para jugar a ser fuerte cuando ni siquiera sé si soy útil o solo un nombre en una lista que nadie recuerda. No quiero morir.

Noto las manos de Devrian sobre mis hombros, me aparta para poder mirarme. La mirada me calienta como el fuego suave de una chimenea en una noche muy fría.

—Dionna, sobreviviste. Viste lo que otros no. Pensaste mientras los demás solo golpeaban. Eso es más raro de lo que imaginas. Tienes un poder que aún no entiendes, tienes que confiar en él más a menudo.

—Pero... —La voz se me rompe—. Pero ella… la chica de Elarith, murió por nosotros. Por mi culpa. Si no hubiese decidido tirar la antorcha sin un plan de huída, ella no habría muerto.

—Si no lo hubieses hecho, habrías muerto tú.

Y ella también. Y quizás Sándor. No puedes cargar con todas las almas que esta prueba ha tragado, Dionna.

No eres la Fundadora. Eres humana. Y tú…

—Duda durante un segundo y mira a los lados—.

Tú aún tienes un papel que jugar aquí. No lo entiendes ahora, pero lo harás.

—¿Y si no quiero jugar ningún papel? ¿Y si solo quiero terminar esto e irme a casa?

Devrian sonríe y juro que me cura las heridas físicas por un momento. Aunque sea esa sonrisa triste que se da cuando sabes que no hay vuelta atrás, aunque te la ofrezcan.

—Entonces finge hasta que esto termine. O hasta que ya no necesites fingir.

Me río por no llorar. Un poco. Un eco ronco de algo que no es alegría, pero se le parece.

—¿Así es como lo haces tú? —le pregunto mientras sorbo por la nariz.

—¿El qué?

—Sobrevivir aquí. Fingir que eres solo encanto y simpatía. ¿O eres real?

—Yo soy muchas cosas, Dionna. Algunas buenas. Otras... no tanto. Pero hoy, contigo y aquí, no estoy fingiendo nada.

Asiento y me limpio los ojos con la manga. Me obligo a respirar. A contar hasta cinco y seguir.

—¿Puedes quedarte un rato más aquí conmigo? —le pregunto sintiendo la vergüenza más absoluta que he sentido nunca por estar limosneando compañía.

—El rato que necesites. —Sonríe y me vuelve a encender el alma.