Aethrya La Tríada IX #2
33%

IX #2

Un murmullo sordo se esparce entre los Aspirantes.

Alguien traga saliva a mi lado. Otra persona se santigua.

Yo simplemente ajusto las dagas ocultas bajo mi traje reforzado.

No hay delicadezas ni parafernalias propias del baile de ayer: solo el calor y el aire pesado que lo acompaña.

Esto es la Tríada desnuda, con los dientes afilados, y con ganas de sangre.

Estamos todos en el centro. Juro por todo lo que más quiero que no pienso caer en la primera prueba.

El silbido inicial suena como un grito seco.

Como si el aire mismo hubiese sido rajado por una daga invisible.

Al instante, el calor que ya era asfixiante se vuelve insoportable.

Nos empujan hacia delante sin palabras, como ganado que se dirige al matadero.

Una voz nos ordena trabajar en grupos de tres.

De tres en tres nos sitúan en círculos de fuego y magia con una columna en el medio en el que brilla una antorcha del cual no podemos salir.

Estoy con Sándor y con una chica de Elarith, cuyo nombre no recuerdo.

Tiene el pelo negro trenzado y los ojos fijos al frente.

Nunca un espacio se me había hecho tan pequeño.

No intercambiamos palabras. El cuadrante en el que nos lanzan parece un cráter partido en dos, con plataformas de piedra flotando a distintas alturas y antorchas encantadas clavadas en pilares de obsidiana.

El suelo vibra, el aire y mi propio cuerpo también. Y entonces lo vemos.

Un puñetero grifo.

No es un animal real; está hecho de roca fundida en vez de huesos, fuego en lugar de plumas.

Cada movimiento deja una estela de calor que dobla la imagen del espacio y crea una estela en el aire.

Las alas son cuchillas de magma. Y los ojos son dos carbones encendidos que no parpadean. Cuando ruge, el mundo se contrae.

—A la izquierda —grito.

Sándor ya se mueve. Lo hace sin más, con ese instinto suyo de ejecutar antes de pensar.

La chica corre tras él. Yo me quedo unos segundos más para observar el movimiento del animal.

Necesito ver, necesito no ser una ingenua como con la roca.

El círculo es muy pequeño. El grifo embiste hacia una de las columnas de un círculo donde está otro grupo de Aspirantes.

Uno intenta clavarle una lanza en la garganta.

El grifo ni se inmuta. Lo tritura contra el suelo como si fuese un insecto.

Ni siquiera le da tiempo a gritar, solo se escucha el crujido seco de los huesos rotos.

Se ha muerto de verdad. Así sin más, de un segundo a otro.

—Mierda... ¡Mierda, mierda, mierda! —me digo entre dientes, corriendo ahora hacia un saliente cubierto por sombra.

Sándor me alcanza, cubriéndome con su escudo, por si acaso. Y yo que solo traigo unas dagas insignificantes... ¿cómo se puede ser tan inútil? Nos dejaron elegir un objeto esta mañana. Yo escogí daguitas con las que el grifo podría quitarse restos de alguno de nosotros de entre los dientes.

Tengo que mantener la calma. Tengo que respirar e intentar recordar las pistas de los desafíos. Aunque solo sepa dos, tienen que servir para algo.

«No todo es lo que parece» y «la sombra es la guía».

Tengo que pensar. Joder, ¡qué calor hace!

Algo brilla en otro de los círculos, captando mi atención y también la del grifo; este se gira instantáneamente hacia allí.

Todos quieren ganarse la gloria de matar a la bestia.

Uno de los Aspirantes, un chico alto —de Valthoria, si no me falla la memoria— se lanza con una lanza llameante en alto como si pudiera intimidar al monstruo con fuego.

Por un segundo creo que el grifo va a retroceder, pero no; se abalanza con una velocidad imposible hacia el pobre chaval.

El zarpazo lo parte en dos de un solo golpe.

Después atraviesa con cada garra ambas partes del cuerpo del chico y las lanza contra sus dos compañeros que apenas tienen tiempo de gritar.

El mero impacto los aplasta contra el suelo como si fueran muñecos de trapo.

El sonido que hacen sus cráneos al romperse por el impacto me persigue incluso cuando dejo de mirar.

Ya no están. Se han ido tres personas en menos de tres segundos.

Nadie se mueve. El shock nos ha quitado hasta el grito que contenemos en la garganta.

La columna ha caído con ellos y el círculo en llamas se disipa.

El grifo sacude su cabeza como si estuviese confuso y gira hacia otro de los círculos con tres Aspirantes dentro.

Ataca la columna y los fragmentos de piedra vuelan como metralla y dan a una Aspirante que grita con la pierna rota por una de las rocas más grandes.

Espera un momento. El grifo dejó de atacar ese círculo cuando las llamas se apagaron, no porque los Aspirantes muriesen.

—¡Está ciego! —le digo a Sándor—. No nos ve.

—¡No es ciego, Dionna! Ataca y no falla.

—No nos ve a nosotros. Solo ve las luces, los círculos de fuego.

Nos encuentra gracias a las luces —lo digo lo más rápido que puedo, tratando de ordenar mis ideas—.

Sigue las zonas iluminadas. No lo veas como una bestia.

Es un acertijo. —La carcajada de incredulidad me sale natural—.

¡Es un puto acertijo! Tenemos que apagar el círculo: «la sombra es la guía». Nuestra guía.

—¿Cómo coño apagamos el círculo? —Sándor me grita por impotencia—. Pon ese bonito cerebro a trabajar, de Caelis.

Tengo que pensar. Joder. El grifo ya se ha llevado a otros Aspirantes por delante.

Esto es la Prueba de Fuerza. Piensa, Dionna, piensa.

Vamos a ver, el grifo ha ido directo a la columna de su círculo.

Espera. Es una prueba de Fuerza, tenemos que utilizar nuestra fuerza de alguna manera.

El grifo ataca a las columnas antes de atacarnos a nosotros.

Miro nuestra columna buscando alguna pista.

Por la Fundadora, ¡qué fácil! Las antorchas sobre la columna.

Así nos encuentra. Me acerco a la nuestra y noto como la antorcha emite un zumbido bajo.

Tiene runas grabadas: magia direccional.

La antorcha está conectada al círculo. El grifo se guía por la luz del fuego de la antorcha.

—¡Hay que derribar la antorcha de nuestra columna! —le grito, empujando con todas mis fuerzas—. ¡No puedo sola! ¡Joder!

Sándor y nuestra compañera me ayudan a tirar la antorcha abajo.

Tres empujones. Cuatro. Un rugido detrás de nosotros me distrae.

Mierda. El grifo ha notado el cambio. Viene hacia nosotros.

El fuego quema el aire aún más. Con un grito que parece sacado de otra vida, Sándor embiste con el escudo a la columna, que tiembla.

Las runas parpadean. Otra embestida y se rompe por la base.

La antorcha cae con la columna y se apaga, junto con el fuego del círculo.

El grifo se tambalea, como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus patas.

—¡Funciona! —grito, con una risa histérica—. ¡No puede vernos!

El grifo ruge y del pecho le nace una llamarada.

Nuestra compañera no consigue cubrirse y grita cuando el fuego la alcanza. Un segundo —solo uno, otra vez— y ya no queda nada. Ni siquiera hueso: solo ceniza. Fundadora mía, ya no está, ya no es. Sándor me empuja al suelo, cubriéndome con el escudo.

—¡No la mires! ¡Tenemos que correr!

Estoy llorando. No sé cuándo empezaron a caerme las lágrimas por las mejillas, pero ahí están.

Cuando creo que la desesperación de oler un cuerpo que hace un momento me estaba ayudando a sobrevivir va a romperme en dos.

Bajo la mirada y lo veo: un libro, antiguo, con el lomo desgastado.

Me saca por un momento del bloqueo. «Diario personal de Aethyr Valendris, el Valeroso».

Devrian. No puedo dejarlo ahí; lo ha dejado para mí.

Ver el diario me ha devuelto a la realidad.

El grifo ya no sabe dónde estamos. Su vuelo es errático. Sus movimientos se vuelven torpes, parece estar volando hacia más antorchas llevándose a más Aspirantes por delante. Solo escucho gritos y veo como otros, que han imitado nuestra estrategia, derriban sus antorchas.

A Sándor le cae sangre a borbotones por la pierna y el hombro derecho, pero seguimos corriendo hacia la salida.

No se queja; me sigue y me cubre. Como si su cuerpo fuera el escudo.

Tenemos que saltar a la plataforma del templo para poder salir de aquí, pero está demasiado alto y el grifo vuela sin control cada vez más agresivo.

—¡No vamos a lograrlo! —grito, pero ya estoy corriendo hacia la plataforma.

Saltamos hacia ella. Sándor sube haciendo una dominada que hace que suelte un chorro de sangre incompatible con el movimiento que acaba de hacer. Intento hacer lo mismo, pero no lo consigo y me quedo colgando por fuera de la plataforma. Sándor me agarra una mano e intenta subirme.

—¡Sándor! —grito, desesperada.

Estoy a punto de caer y el grifo está cada vez más desesperado; vuela errático hacia cada esquina de la Arena. Sándor tira de mí y me sube a la plataforma como si fuese una pluma. Intentamos abrir las puertas, pero no se abren. ¿Por qué coño no se abren? Lo hemos conseguido.

Más Aspirantes consiguen subir a la plataforma. Somos veinte aquí arriba y las puertas no se abren. ¿Qué más tenemos que hacer?

Cincuenta. Nada, no se abren.

Setenta. ¿Cómo vamos a caber todos aquí? Es imposible. Estamos prácticamente pegados unos a otros.

El silencio es sepulcral.

—«Solo encontrarás la luz estando en la penumbra» —dice el noble de la Casa Morvhaen—. Esa fue la segunda pista. No puede quedar ninguna antorcha en pie.

Quedan por lo menos cincuenta personas en la Arena. No vamos a caber. El grifo ataca a los Aspirantes que todavía no han tirado sus antorchas. Su fuerza ha ido en aumento y ataca aún más violentamente.