VIII #5
La voz de Lady Nirelia; la reconocería entre mil.
Me giro para mirarla. Su vestido es de un gris tan claro que casi parece blanco bajo las luces encantadas.
Las mangas dejan ver la piel de sus brazos, adornados con finos brazaletes de plata que simulan ser dagas.
Toca hombros y brazos de todo el mundo con naturalidad.
Se inclina para decir cosas que provocan sonrisas.
Ríe también, pero nunca con la boca abierta.
Lo justo para parecer cercana; lo suficiente para que olvides que es una Valendris y hables un poquito de más.
Pero yo, que la estoy mirando de lejos y no desde el centro de la pista, lo veo claro: está trazando líneas invisibles entre personas, recogiendo migas de pan para reconstruir el banquete entero.
Cada gesto suyo es un anzuelo. Cada palabra, una aguja que cose nombres, secretos, alianzas que aún no existen.
¿Para qué necesita información alguien como ella?
Una mujer que podría levantar un dedo y alterar el equilibrio político de mínimo tres regiones.
Una mujer con acceso directo a la Cámara Real.
Una mujer a quien he visto paralizar, literalmente, a tres Aspirantes solo con su presencia durante la Marcha de Presentación.
La veo ahora inclinándose sobre un joven noble de la Casa Levania, uno que creo que participó en el último desafío con una herida apenas curada.
Nirelia le susurra algo al oído y él se ruboriza hasta las orejas.
Luego asiente. ¿Está reclutando? ¿Está eligiendo a gente para algo?
Una idea se me enrosca en la nuca como un hilo frío: tal vez aquí no solo se eligen los mejores para la Tríada.
Tal vez también se escogen piezas para otros juegos.
Juegos que no están en las proyecciones.
Juegos que no tienen reglas visibles. Y Nirelia, por alguna razón que no alcanzo a entender, está asegurándose de saber quién está en cada mesa.
¿Le habrá ofrecido Devrian alguna pista a otros Aspirantes también? Evidentemente sí.
Mi cabeza me sugiere irme y mis pies ya están gritando por desnudarse.
Decido irme ya a dormir; he visto suficiente por hoy.
Los pasillos de mármol parecen más largos de lo habitual.
O puede que sea el cansancio. O el vino.
O ambas cosas retorciéndose en mis pies.
Camino con cuidado, porque no quiero que los tacones hagan eco.
Decido quitármelos y llevarlos en la mano. Alivio instantáneo.
Las luces flotantes —esas condenadas esferas que se creen candelabros nobles— parpadean suaves, como si quisieran acompañarme en silencio.
Lo hacen hasta que algo cambia: escucho el roce de suelas sobre la piedra.
Me detengo con la mano que tengo libre apoyada en mi muslo con fácil acceso a una de mis dagas por una pequeña abertura del vestido y me giro lentamente.
Seredric.
No dice nada, tampoco acelera el paso. Solo camina hacia mí lentamente. No hay súbditos, ni Arcanistas, ni escoltas. Solo él, vestido aún con el negro ceremonial que parece devorar la luz en los bordes. Y esos ojos que me miran como la esfera del equipo de embellecimiento.
Cuando está llegando a mí, me giro y continúo caminando sin decir nada.
No decimos una palabra, pero parece que ahora caminamos juntos.
No lo invito, pero tampoco se disculpa por ocupar mi espacio una vez más sin ningún tipo de explicación.
Paso a paso, ese silencio espeso que parece haberse convertido en nuestro idioma se instala entre nosotros como una tercera figura invisible, pero presente.
Sus pasos se mimetizan a la perfección con los míos, como si cada paso suyo estuviera esperando el mío para existir. No me mira y yo tampoco lo miro a él.
Llegamos a la bifurcación que separa la sangre bendita de la pobre.
La mía a la izquierda. La suya a… ¡quién sabe dónde!
No pregunto, porque no debo. Aunque mentiría si dijese que no le preguntaría qué hay detrás de cada una de las puertas de Palacio.
Sin embargo, en lugar de continuar su camino, se detiene.
—Plebeya —dice y le sale tan natural insultarme que me encantaría poder clavarle una daga en el cuello al niño favorito del continente: cabrón arrogante hijo de mil hombres que pagan por carne y algo de cariño fingido, porque no la tienen lo suficientemente grande como para sentirla entrar—, que tengas suerte mañana.
—Como si no fueses tú el que mueve los hilos —res-pondo.
No lo reconozco a él, no me reconozco a mí. Parece que se compadece de algo que él mismo organiza. Así que, ¡qué se joda!
Me giro y camino hacia mi puerta sin mirar atrás, porque sé que si lo hago, si vuelvo la cabeza aunque sea un centímetro, perderé los papeles como si Su Majestad el Rey fuese la piedra a la que le grité, por la que sangré. Que si lo pienso bien, no hay gran diferencia entre ellos.
La habitación está en penumbra. Clummy, que ya está dentro, no dice nada por primera vez en toda la noche. Me quedo de pie, sin desvestirme. Escucho el eco lejano de los violines apagándose en las alturas del palacio.