VIII #4
Coloco mi mano en la suya y dejo que me lleve.
El contraste es inmediato. Donde Seredric era contención, Devrian es fluidez.
Donde el Rey era silencio denso, Devrian es música convertida en carne.
Sus pasos son cálidos, seguros, acompasados con una ligereza que casi me hace olvidar que estamos rodeados de ojos.
Me sonríe, siempre lo hace, con esa sonrisa que parece fabricada en el momento justo para que yo la necesite.
—No me gusta verte sola después de una conver-sación con él —dice sin rodeos—. Pareces estar en constante peligro cuando estás en contacto con él.
—Quizá lo eshtoy —respondo torpemente.
Mierda. El vino.
Él suelta una risa baja que se mezcla con el ritmo de la orquesta invisible. Me gira con facilidad, y cuando vuelvo a estar frente a él, sus ojos verdes me sostienen con esa intensidad que conoce sus propios efectos.
—Te ves poderosa esta noche, Dionna —dice mirando hacia abajo—. Como si pudieses hacer que hasta el acero llorase.
—Debe ser el corsé —digo, siguiendo su mirada, de lo cual me arrepiento al instante. Creo que se me va a salir una teta con esto puesto.
El vino, Dionna. El puto vino.
—No. Es tu forma de mirar —replica, acercándose apenas lo suficiente para que su voz roce mi oído—.
Pero cuidado: cuando uno aprende a mirar tan de cerca, puede terminar metiéndose en problemas —comenta mientras una de sus manos baja hacia mi muslo y noto como roza una de las dagas que tengo bajo el vestido.
¿Cómo lo ha sabido? Con el vestido no se ven.
No respondo; no quiero seguirle el juego, pero parte de mí ya está danzando en el borde de su voz.
Y él lo sabe. El muy cabrón lo sabe. La música baja y se vuelve más lenta, más delicada.
Devrian reduce el ritmo, y ahora nuestros cuerpos se mueven como si estuviésemos flotando.
—Si encuentras un diario durante la prueba, no te asustes. Es solo mi forma de recordarte que estaré ahí, cuidando de ti —me dice al oído.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y se tensa de nuevo. La música no cambia, pero mi percepción de ella sí. ¿Un diario? ¿Durante la prueba?
—¿Cuidarme? —repito, con una sonrisa que no alcanza los ojos, para que nadie note nada raro entre nosotros—. ¿No se suponía que las pruebas eran imparciales?
Devrian ladea la cabeza haciendo una mueca, como un niño pillado en una travesura, pero demasiado encantador como para que le regañen de verdad.
—Imparcial es una palabra taaaan relativa, ¿no crees?
Quiero saber más, parte de mí quiere creerle y dejarme caer en esa promesa de que alguien más va a velar por mí. Porque estoy cansada, jodidamente cansada, y aún no hemos empezado siquiera. Porque, aunque me repita que no necesito a nadie, lo cierto es que una parte de mí aún busca un refugio.
—Devrian —digo, al fin—, ¿por qué yo?
—Porque no finges tan bien como crees. Y eso… —Hace una pausa mirando a su alrededor—. Eso puede ser peligroso o precioso, dependiendo de quién se haya fijado.
Su mano en mi cintura no duda yse acomoda justo donde debe, sin titubeos, y me acerca a él más de lo que dictaría el protocolo.
—Estás temblando —susurra en mi oreja—. ¿Fue el Rey quien dejó esa huella, o soy yo quien la provoca?
—Tú solo estás aprovechando el terreno —respondo siguiendo el tono burlón de la conversación, pero mi voz no suena tan firme como debería.
Devrian ladea la cabeza, como si analizase la forma en que mis palabras se tambalean al salir. No responde enseguida. Solo se permite esa pausa calculada que tanto me molesta y que a los Valendris tanto les gusta.
—¿Y si así fuera? —murmura finalmente, tan cerca de mi oreja que siento el roce de su aliento.
El giro que marca la melodía lo lleva a inclinarme hacia atrás, obligándome a aferrarme a su hombro.
Es un movimiento perfecto, impecable, como salido de una obra de teatro en la que sé que soy solo una parte más del decorado.
Y, sin embargo, mi cuerpo no quiere soltarlo.
Como si de pronto me hubiese convertido en cera bajo su tacto.
—Este juego te gusta, ¿verdad? —murmuro, casi sin aire—. Sólo que no sé si estoy siendo jugadora o pieza.
Sus ojos, de ese verde demasiado limpio para este mundo, se clavan en los míos. Hay un destello de algo más ahí, algo que no me atrevo a nombrar.
—Lo interesante, Dionna —susurra, con su particular sonrisa en la cara— es que algunas piezas también pueden volverse peligrosas para quién las juega, si es que las piezas se saben bien las reglas.
El ritmo baja y Devrian aprovecha la cadencia lenta para deslizar su pulgar sobre la parte interior de mi muñeca, como si dibujara un círculo invisible. Esa caricia breve y absurda hace que el vello de mis brazos se erice. Lo odio un poco por eso.
—O quizás solo quieres que aprenda las reglas que te convienen a ti —replico, intentando recuperar el control de la conversación. Pero su mano se mueve, sutil, cada vez más abajo por mi espalda, y hace que me tiemble la voz.
—No te conviene pensar tan mal de mí. Podría protegerte. Podría cuidarte de verdad —dice, y hay algo en su voz que me hace creérmelo.
La melodía llega a su última nota. El giro final nos deja quietos, demasiado cerca. Su rostro apenas a un suspiro del mío. Su nariz rozando la mía, como si fuera a besarme... pero no lo hace.
—A veces el deseo es más útil cuando no se cumple del todo —murmura, y me guiña un ojo justo antes de separarse de mí.
Antes de que pueda responder, tomar aire o siquiera recomponer mi expresión, hace una reverencia perfecta con una mirada mínimamente burlona.
—Ha sido un honor, mi peligrosa dama de acero —susurra, tan bajo que casi tengo que adivinarlo por el movimiento de sus labios.
Luego se gira, y con esa soltura suya que parece no pesar nunca, se dirige hacia otra Aspirante que lo espera con ojos brillantes.
Su mano se alza con elegancia. Otra sonrisa nace en su rostro, igual de encantadora que las que me dedicó a mí.
Y yo me quedo en medio de la pista, con la música cambiando otra vez, y el corazón golpeándome como si quisiera decirme algo que no alcanzo a entender. Me aclaro la garganta.
Mierda.
Otra copa. ¿La quinta? ¿La sexta? Ya ni siquiera llevo la cuenta, y eso que dije que no iba a beber más.
El vino en esta fiesta fluye como si quisiera anestesiar al continente entero.
O al menos, a los que aún no han entendido que esto no es una celebración, sino una sentencia de muerte en estado de espera.
Yo estoy entre estos últimos. El cristal de la copa está frío entre mis dedos, pero la bebida me arde en la garganta con una suavidad peligrosa.
Me acerco a una de las columnas de cristal del salón, no tanto para admirar el trabajo mágico —que, hay que admitirlo, es precioso— sino para observar sin ser vista.
Puedo verlo todo desde aquí. Al principio son solo movimientos mínimos. Sonrisas que no llegan a los ojos; comentarios lanzados con tono casual, como quien habla del clima. Sin embargo, cada gesto, cada mirada compartida, cada inclinación de cabeza, tiene un propósito quirúrgico: son alianzas.
Una pareja —dos Aspirantes que reconozco vaga-mente del desafío anterior— se acerca a Cristalith y Odrien y les sonríen con un aire demasiado amistoso.
Pero la conversación apenas dura medio minuto: una risa forzada, un apretón de manos, y los otros dos se van.
No consiguieron lo que querían. Cristalith es demasiado lista para regalar lealtades.
Veo a otra chica —una que no recuerdo haber visto antes— acercarse a Sándor.
Sus manos se mueven con rapidez, como si necesitase que él entendiera algo sin decirlo del todo en voz alta.
Él la escucha, sin comprometerse. Su expresión es la de alguien que ya ha decidido su grupo, pero aún no ha dicho a nadie quiénes están dentro para no ponerlos en peligro.
Entonces me doy cuenta. Mi punto débil ya no es solo mío.
Si yo estoy analizándolos a ellos, ellos me han analizado a mí y saben que no soy fuerte. Nadie se ha acercado a mí.
Nadie busca una alianza conmigo.
El vino me sabe más amargo de repente. Noto la arcada venirme a la garganta y como algunos Aspirantes me miran de reojo. Respiro hondo y me obligo a relajar el cuello, los hombros y el resto de mi cuerpo. Miro a mi alrededor buscando alivio.
Cristalith y Odrien están en un rincón apartado sentados en una de las bancas bajas junto a las esferas flotantes de luz.
Sus manos están entrelazadas. Cristalith ríe por algo que él le susurra al oído, y Odrien la mira como si ella fuese la única constante en un mundo de cambio.
No sé por qué, pero esa imagen me golpea suave.
Un golpe de esperanza, o algo parecido a la esperanza.
En medio de toda esta mascarada de interés, alianzas estratégicas y dobleces, hay algo real entre ellos.
Algo que no se finge. No sé si eso me va a alcanzar, si tengo derecho a desearlo siquiera, pero sé que quiero algo así.
Levanto la copa, esta vez no para beber, sino como si brindara en silencio.
Cuando doy un paso hacia atrás para perderme entre las sombras de la columna, nadie se da cuenta.
Mejor así. El vino ya no me resulta atractivo, solo me adormece las extremidades, y mis pies gritan clemencia con cada paso que doy.
La idea de deshacerme del corsé empieza a parecerme un acto revolucionario, pero algo me detiene.
Escucho el murmullo de una voz femenina y giro la cabeza.