Aethrya La Tríada VIII #3
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VIII #3

—¿Y tú? Sé que la pista no la conseguiste, ¿te castigaron con la maldición y por eso estás tan espléndido, guapo ? —pregunto sin mirarlo y le devuelvo el halago tan inusual en él. No sé por qué lo hago, pero la ironía solo la puedo manejar yo. Y punto en boca.

Ernys guarda silencio unos segundos. Luego, baja el vaso y dice:

—No conseguí la pista, pero tampoco soy tan tonto como para no descifrar el acertijo.

Lo miro, esta vez girándome del todo hacia él. Su expresión tiene más de desilusión que de arrogancia.

—A veces, no hace falta ser muy listo para acertar algo y aún así caemos. Yo tampoco la conseguí si te sirve de consuelo.

Él asiente, casi sin que se le note.

—A veces pienso que el punto medio está bien.

—El punto medio es fracaso —digo acabando la última gota de vino de mi primera copa de la noche—. Y si no, ya verás. Lo averiguaremos pronto.

Dejo la copa en una de las mesas flotantes y cojo una nueva. Hoy llego a cama rodando.

◆◆◆

Cuando ya estoy terminando la cuarta copa de la noche, el ambiente se mueve más lento y los tacones ya empiezan a molestarme.

Selendra extiende la mano hacia mí con una suavidad que no busca destacar ni fardar de nombre, y yo cojo su mano.

Nuestros dedos se rozan apenas y ya el clima cambia al instante.

Nos deslizamos hacia la pista. La música se amolda a nuestros pasos. Las luces flotantes giran por encima, difusas. Cada nota parece elegida con cuidado para no perturbar el equilibrio perfecto de la escena.

—Se te ve más cómoda de lo que esperaba —dice ella, guiándome con un giro suave y exacto.

—¿Más cómoda? —repito con una media sonrisa, ¿de lo que esperaba?—. Me estoy sujetando a este libro mental que tengo en la cabeza como si fuese una cuerda de salvación.

Selendra suelta una risa breve y discreta.

—Eso es lo que me pareces —comienza a hablar—: alguien que sostiene todo con los dientes apretados y el corazón en un puño. Pero aún así, no sueltas. Nunca sueltas.

—Y tú —digo, girando sobre mí misma— pareces alguien que ha aprendido a leer a las personas sin necesidad de hablar con ellas. Me gusta.

—Culpa de mi madre —responde—. Me enseñó que hay palabras que no se dicen, pero se imprimen en la piel. Y tú estás llena de tinta, querida.

¿Querida? Eso me deja en silencio unos segundos.

Una parte de mí se ablanda, otra se pone en guardia.

No sé qué quiere de mí, si es que quiere algo.

Si se esperaba que fuese de determinada manera, es que conocía mi nombre.

Que sabía quién soy. Que se fijó en mí durante las proyecciones de los desafíos.

Ningún noble se fijó en mí, a menos que ahora sí me conozcan por gritar como una maníaca a una puñetera roca.

—¿Y qué lees ahora? —le pregunto, como si estuviese de broma, pero no lo estoy.

Selendra no responde enseguida. Me mira a los ojos, como si examinase el interior de una vitrina cerrada, antes de abrir la boca.

—Dolor reciente. Furia mal dirigida. Y debajo, algo que no debería estar en alguien tan joven.

—¿El qué?

—Una culpa heredada —me dice mientras se inclina hacia mí y baja su tono—. No fue culpa tuya, Dio —dice mi nombre como si nos hubiésemos conocido en otra vida y yo no lo recordase, pero ella sí. El diminutivo y la familiaridad con la que lo suelta remueve el vino de mi estómago.

La música cambia de tono y el ritmo se vuelve más solemne.

Justo cuando siento una mano en mi cintura, el mundo se me contrae.

Noto un nudo en el estómago, sube por la garganta y me hace tragar saliva, ¿es por el vino?

El perfume me llega antes que la voz: madera recién pulida, metal templado y el bosque una noche cerrada justo cuando acaba de llover.

Su presencia me empuja fuera de mí durante un segundo y las piernas me cosquillean.

Selendra no se aparta, no se inmuta. Solo me gira con precisión y me deja frente a él, cediendo el lugar con la misma gracia con la que entró.

Seredric Valendris. El Rey de Aethrya. Ego con patas.

Mis músculos se tensan de inmediato al saber que me está tocando, pero sus manos no hacen presión. Una de ellas está sobre mi mano, otra en mi cintura. No vuelvo a beber vino nunca más.

—¿Me permites? —pregunta, aunque ya lo ha hecho, por lo que no es una pregunta real. Tiene ese tono que viene del poder antiguo, como si pudiese modificarlo todo a su antojo con solo una palabra.

Solo asiento, porque no tengo fuerzas para otra cosa. No sé si es él el que guía, o si solo me estoy moviendo por instinto, pero nos movemos con pasos perfectos. Yo que no sé poner un pie delante del otro, me dejo guiar con el miedo rozándome la piel.

—No esperaba que aceptases —dice, sin mirarme de frente.

—No creo que tenga otra opción y tampoco esperaba que lo pidieses —respondo, con el mismo filo.

—No lo he hecho en realidad. Era mera educación.

Puto engreído. Haber nacido en cuna divina te permite ser así y disfrutarlo sin que alguien te pegue un puñetazo por listo.

Solo escucho nuestros pasos, el roce apenas audible de nuestras vestiduras, la presión medida de su mano sobre mi espalda baja.

La intimidad de una conversación privada en medio de todos, sin que nadie lo note extraño, porque todos tendremos nuestro turno privado con la realeza.

—Esta noche… —dice justo antes de tragar saliva, ¿ha tragado saliva?— estás distinta.

—Sí, es que me han pintado como una puerta y me han hecho parecer incluso más dura de lo que ya soy.

Se llama «tema del baile». Supongo que tú estás en tu salsa con esta temática.

—No puedo parar de hablar y sonreír exagerada-mente.

Al final me matan, ya lo verás—. No te hace falta fingir que podrías romper a cualquiera con solo mirarlo.

Eres el Rey de Aethrya. El más grande de nuestros ciudadanos.

El poder con corona. El… —Me callo justo antes de pasarme de lista, si es que no lo he hecho ya, teniendo en cuenta el cambio de su mirada mientras hablo.

—Y tú finges ser la mujer que ya no se puede romper. —Un segundo de silencio y continúa—. Pero te aseguro que sí te puedes romper —dice y sus ojos se oscurecen— y te rom-perás, plebeya. Lamentablemente, pronto lo verás.

Ahora la que traga saliva soy yo.

—¿Qué quieres de mí, Seredric? —pregunto al fin. No lo llamo «Su Majestad»; no pienso darle el gusto—. Si me vas a hacer algo, hazlo ya. Empiezo a estar un poco cansada de tanta tontería.

No responde enseguida. Mi lengua se ha soltado con el vino y he firmado mi sentencia de muerte hoy. Me mira por fin.

—Solo quiero una respuesta sincera por tu parte: lo que quiero de todos los Aspirantes —dice ignorando mi falta de respeto y etiqueta—. ¿Cómo te sientes ante la prueba de fuerza?

No es lo que esperaba. Podría haber sido una burla, una trampa o una amenaza, pero es una pregunta que bien le podría hacer a cualquier otro Aspirante que no le haya dado problemas.

Me dan ganas de mentir y decirle que estoy bien, que la superaré y que se joda.

No tiene razón, no finjo serlo, soy la mujer que no se puede romper.

Y, sin embargo, lo tengo delante y por mucho que me molesten sus aires de superioridad, no sé por qué razón no le puedo mentir.

—Tengo miedo —digo sin adornos. Definitivamente es el vino—. No de morir, ni de sufrir; tengo miedo de que todo lo que he hecho no baste.

Él asiente muy despacio. Sus ojos no se apartan de los míos durante unos segundos que me parecen eternos, para después descender hasta mis labios.

—Lo entiendo —murmura.

—No lo creo, Su Majestad —enfatizo esto último, porque un rey no puede entender algo así.

—Sí —dice con más firmeza—, para mí ya no hay vuelta atrás, pero para ti sí, Dionna de Caelis. Si yo caigo, caeréis todos. Y no pienso permitirlo, hay que mantener el equilibrio de Aethrya. Sin embargo tú…

—Venga, dame tus consejos regios, ¿qué haces tú cuando sientes que vas a caer? —lo interrumpo.

—Hago bastante daño —responde sin dudar, trans-formando su tono amigable por uno más bien amenazador.

¿De qué cojones va? Yo no he hecho nada, solo quiero que acabe la Tríada, salir con vida y volver a Galimatea: la única zona del norte donde nunca pasa nada .

Quiero construir una casa grande, con muchas ventanas.

Quiero tener animales, plantar flores, formar una familia y que nada ni nadie me moleste.

No quiero nada de esta farsa bélica cubierta de purpurina en la que todos parecen querer demostrar que la tienen más grande.

Nota mi cambio de postura, mi gesto. Nunca he sabido controlar mi cara cuando algo me molesta. Me suelta primero la mano, luego la cintura. Ya no queda nada entre nosotros salvo el aire tibio y el silencio espeso que se ha vuelto costumbre.

—Gracias —dice sin apartarse del todo.

Yo solo asiento de nuevo. Noto como el vino está teniendo el efecto anestésico que buscaba.

Me tambaleo levemente, pero nadie más me está mirando.

O eso creía; Devrian Valendris se acerca a mí con una naturalidad encantadora.

Lleva el pelo peinado hacia atrás, con unos mechones sueltos que demuestran que no le hace falta nada para estar guapo.

Su sonrisa se forma un segundo antes de llegar a su rostro. Se detiene frente a Seredric.

—Majestad —dice con una inclinación apenas perceptible, aunque cargada de protocolo. Luego lo mira directamente a los ojos, y hay algo en ese cruce que no entiendo, algo que ninguno de los dos dice—. ¿Has terminado de molestar a la señorita Dionna?

El Rey no responde de inmediato. Su mirada se posa en mí, pero no me retiene. Solo asiente, casi con resignación.

—Haz los honores.

Y se aleja sin mirar atrás. Cada paso suyo retumba más de lo que debería, o quizás soy yo la que retumba por dentro. Madre mía, el vino. Devrian me tiende la mano y no puedo agradecer más que su presencia me ofrezca algo que me mantenga firme.

—¿Dionna? —pregunta sin llegar a tocarme hasta escuchar mi respuesta.