VIII #2
Comienza la limpieza. No utilizan la bañera, sino un círculo encantado que se llena de vapor sin agua.
Me hacen desvestirme y permanecer en el centro, mientras una niebla cálida con olor a eucalipto envuelve cada centímetro de mi cuerpo.
Me siento un vestido al que están planchando o un pescado cocinado al vapor.
Después, llegan las manos, ¡tantas manos!
Parecen decenas, algunas invisibles, que me exfolian, me depilan, me masajean, me relajan incluso.
Por momentos no puedo evitar reírme del cosquilleo, otros quiero salir corriendo.
—¿Esto es absolutamente necesario? —pregunto, sin dirigirme a nadie en particular.
—Sí —responde una voz suave detrás de mí. Es una mujer joven, con ojos tan pálidos que parecen leche. Es la única que habla—. Estás por encarnar una imagen. La imagen es el arma y tu cuerpo es el canal.
—¿Y si no quiero ser canal de nada?
—Entonces parecerás débil. Y nadie baila con lo débil.
La frase me cala hondo; es cruel y cierta a partes iguales.
El proceso siempre continúa a pesar de cómo te sientas.
Me entregan un corsé que parece hecho de placas metálicas, pero pesa como tela, que me aprieta y mantiene el pecho a una altura antinatural.
Frío al tacto y brillante. Me lo colocan con un movimiento casi coreografiado.
Las faldas caen como si fueran capas de acero líquido, en líneas rígidas, elegantes y peligrosas.
—No puedo ni sentarme con esto —digo mientras me toco la parte baja del pecho. Llevando esto mis tetas van a salir a bailar antes de que yo me anime a hacerlo.
—No necesitas poder sentarte cómodamente —me dice la mujer—. Necesitas impresionar.
Me recogen el pelo hacia atrás en una coleta de trenzas tan ajustada que me cambia el gesto.
Entre los mechones insertan detalles plateados que brillan como clavos encantados.
Cuando me muestran mi reflejo en el espejo, no me reconozco.
Mis ojos parecen más grandes por el maquillaje, delineados con sombras oscuras que crean un contorno de apariencia salvaje.
No hay suavidad en nada de lo que han elegido.
—¿Es esto lo que quieren que sea? —susurro.
—No —responde la mujer de ojos pálidos—. Esto es lo que ya eres. No podemos crear algo que no existe, no nos permiten utilizar magia ilusoria, solo podemos revelar lo que ya está.
Por un instante, quiero creerle. Clummy aparece a mi lado, con una expresión tan inexpresiva como siempre. Menudo caballero está hecho.
—Hora de bajar. El baile comienza en veinte minutos. ¿Estás ya lista?
Me miro y me toco el costado, donde la tela se endurece como una armadura flexible.
La verdad es que estoy espectacular. Han conseguido hacerme un vestido que parece hecho para mí.
Si no fuese porque tengo que usar tacones, esto sería perfecto.
Meto dos dagas en los ligueros de cuero que me han dejado ponerme en ambos muslos.
Sé que todavía no ha comenzado la parte letal de la Tríada, pero pronto comenzará y necesito estar preparada.
—No, ¿pero acaso importa?
—Lo cierto es que no —responde Clummy.
La noche cae sobre la Ciudadela como una cortina de terciopelo azul profundo.
El gran salón —abierto al cielo, sin techo visible que lo limite— respira un aire encantado, casi etéreo.
Las columnas de cristal vibran con luz flotante y las pequeñas esferas que orbitan en lentas espirales sobre nuestras cabezas hacen de la oscuridad algo luminoso.
La música no viene de instrumentos visibles, sino del aire mismo, como si alguien hubiera encantado el viento para sonar a vals.
Camino lentamente entre los grupos de Aspirantes.
El vestido me obliga a mantener la espalda recta.
El corsé de acero no me deja espacio ni para respirar, tampoco el filo de las dagas, que sé que están ahí, ayudan a sentirme del todo cómoda.
Me consuela saber que no soy la única que se siente una estatua viviente.
Cristalith parece una joya tallada a martillo.
Odrien está vestido de negro mate con reflejos azulados que lo hacen parecer una sombra pulida.
Sándor... ¡Fundadora mía! Sándor lleva una chaqueta metálica sin mangas, con los brazos al descubierto y las cicatrices apenas disimuladas por polvos de plata.
Su pelo recogido hacia atrás lo hace parecer un general de otro siglo.
Veo a nobles y militares, pero ni rastro de la familia real.
Tampoco veo a Ernys por ninguna parte, como de costumbre.
Las parejas comienzan a girar al ritmo de un baile que yo no me he aprendido.
Voy a necesitar más de una copa para superar esto.
Me toca bailar con tres Aspirantes que apenas reconozco, sus nombres me son desconocidos y así prefiero que siga siendo; mañana puede que no estén.
Uno me pisa. Otro intenta mantener una conversación conmigo, pero se queda sin voz a mitad de frase.
El tercero tiene tan mal aliento que no recuerdo su cara, porque me pasé el baile evitando mirarlo directamente a la cara.
Además intenta muy tristemente poner la mano donde no debe.
Es vomitivo. Le sonrío solo para que se calle, mientras le subo la manita cada vez que intenta tocar de más.
Estoy deseando cambiar de pareja ya o que acabe esta pesadilla.
La música cambia. ¡Qué maravilla! Soy libre.
—¡Atención, Aspirantes! —Resuena la voz de uno de los Arcanistas, amplificada por magia—. La Familia Sanitas ha honrado a esta ceremonia y a todos nosotros con su presencia. Presentamos al duque de Valthoria, Lord Laeron Sanitas; a su esposa, Lady Maris Sanitas; y a su hija, Lady Selendra Sanitas.
El trío cruza el umbral de luz del salón como si pertenecieran a otra realidad.
Lord Laeron es imponente y su túnica de tono ceniza está cruzada por una banda de símbolos arcanos que apenas resplandecen, haciéndolo parecer uno de los Nueve Antiguos.
Su rostro es afilado, su andar controlado.
El salón se llena de murmullos contenidos.
—Ese es el hermano de la Reina Madre —susurra Cristalith a mi lado, sin girar la cabeza—. Tradicionalista, ultraconservador, pero respetado. Hay quienes dicen que es el verdadero poder tras Valthoria. Solo él.
Lady Maris camina con una suavidad casi líquida. Su vestido es de un azul profundo como el océano con bordes dorados, propio de la nobleza de Velthwyn, la casa en la que nació. Su mirada, sin embargo, es cálida. Observa a los Aspirantes como si fueran estudiantes en un aula.
Lady Selendra Sanitas está justo detrás de ellos.
Pelo recogido en una trenza doble que le cae como un hilo de oro pálido.
Piel clara, ojos de un gris tan translúcido que parece reflejar lo que mira.
Sus manos —blancas y finas— están enguantadas con seda transparente y sin bordados.
Lleva un vestido sencillo comparado con los demás, pero en su pecho brilla una piedra arcana suspendida en un broche sin ornamentación.
Al verla, siento algo que no esperaba: curiosidad.
—¿Esa es la prima de Seredric? —pregunto en voz baja.
—La misma. Curandera formada en La Torre Elharan, con notas perfectas. Dicen que aún no ha manifestado todo su poder. Que está «en espera» —responde Cristalith, bebiendo de su copa sin perderla de vista—. Y que tiene una memoria perfecta también.
Selendra se mueve con una gracia discreta, parece medir el efecto que causa con cada paso suyo.
Mientras camina por el salón, nuestros ojos se cruzan.
No aparta la mirada y yo tampoco. Esto ya parece una práctica habitual en mí.
Ella sonríe, un gesto de cortesía suave, sin arrogancia; yo respondo con un asentimiento de cabeza.
—Parece amable —digo en voz baja girando ligeramente la cabeza hacia Cristalith, pero sin quitar mi mirada de Selendra.
—También parece lista —añade Cristalith y le da otro sorbo a su vino—. Y eso es peligroso.
Lord Laeron se adelanta y roba mi atención.
No baila, solo observa con los brazos cruzados.
Sus ojos se detienen en cada pareja: evalúan y juzgan.
Lady Maris, en cambio, sí ha comenzado a bailar.
Acepta la mano de un Arcanista anciano y giran con lentitud, como si la danza fuera un idioma que solo ellos recuerdan.
Parecen conocerse. Selendra, por su parte, se une al circuito de Aspirantes.
Mientras se acerca, veo cómo algunos se tensan.
Su don desconocido y el poder arcano con el que nació puede ser peligroso.
Clummy aparece junto a mí, sin que lo note.
—Te corresponde bailar con Lady Selendra dentro de tres piezas —informa, como si él fuese mi padre, yo tuviese cinco años y me recordase que debo ir a cepillarme los dientes.
—¿Perdón?
—Es parte del protocolo de interacción cruzada. La lista ha sido modificada por los organizadores. Han priorizado emparejamientos inusuales.
—¿Y eso qué significa?
—Que quieren ver cómo os comportáis estando incómodos.
—Maravilloso —digo sorbiendo de mi copa de vino.
Si hoy no me emborracho, no sé si podré superarlo. Aunque siendo mañana la Gran Prueba, no sé si es mi idea más brillante. Gritarle a una roca tampoco lo era, pero así soy yo. Ahora soy una fracasada a ojos de los nobles. ¡Yuju! Ojos en blanco, autocompasión con un toque de vino.
Mezcla perfecta.
Mi favorita.
—Estás más tensa que la cuerda de un arco —dice una voz a mi izquierda. Es Ernys, que aparece sin hacer ruido, como de costumbre.
—Y tú más suelto de lo habitual —le respondo, sin girarme del todo, pero mirándolo de reojo.
Va impecablemente vestido, como si se hubiese tomado en serio cada instrucción estética del protocolo. Su atuendo tiene detalles en gris humo con un brillo tenue, como ceniza aún caliente.
—Alguien tiene que mantener las apariencias —dice, y bebe un sorbo de algo burbujeante—. Hoy todo es apariencia, guapa.