Aethrya La Tríada VIII
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VIII

Dionna

E l Velthirio parece ir más lento de vuelta a la Ciudadela.

Cristalith hojea su libro de siempre; Ernys está en otra parte, quizás más dentro que fuera; Odrien intenta dormir; y Sándor me lanza una mirada de vez en cuando, como si quisiera preguntar algo, pero se queda en silencio justo antes de abrir la boca.

Lo agradezco, la verdad. Nuestros cluams han regresado antes a la capital —no nos han dado explicaciones, como de costumbre—, así que estamos nosotros cinco solos en el Alvéolo.

Al llegar a la Ciudadela de Cristal, el cielo nos da la bienvenida con su tono pálido, perfecto y decorativo de siempre.

Las estructuras transparentes brillan como si no nos estuviésemos muriendo de miedo.

Arrastro los pies por los pasillos para retrasar mi llegada a mi jaula dorada un poco más de tiempo.

Los cuadros colgados en las paredes de palacio son de un gusto exquisito entrenado a lo largo de los siglos.

Es una belleza que solo consigues si has nacido bendecido por la Fundadora; los plebeyos no tenemos esa suerte.

Me tomo un momento para mí frente a la puerta de mi cuarto. Respiro una vez. Dos. Tres. Y entro.

—Has tardado más de lo previsto —dice Clummy, sin tono de reproche, pero con esa maldita entonación de superioridad mecánica—. Otra vez.

—Me tomé el lujo de fracasar y sufrir por ello unos minutitos más —respondo, dejando caer el bolso en el sofá. No estoy para sus bromas involuntarias, pero él no capta el sarcasmo. Nunca lo hace.

—Entonces será mejor que recuperes tu compostura —dice ignorando mis miserias—. Hoy, después del almuerzo, comienzan los preparativos para el primer baile ceremonial.

—¿Hoy? —No puedo levantar más las cejas—. Es broma, entiendo.

—No —responde, con esa neutralidad que me da ganas de arrancarle la cabeza—. Tienes cuatro horas para descansar antes de iniciar el proceso de aseo y embellecimiento programado por la Tríada.

Me dejo caer sobre la cama. El colchón es demasiado blando. Me traga, es una trampa muy bien diseñada para que no quieras salir nunca de él.

—Define eso —susurro, con los ojos cerrados, porque no quiero mirar nada que no sea la bella oscuridad del descanso.

—Limpieza corporal profunda —empieza a enumerar Clummy, como si recitara una receta—; depilación integral, incluido el bigote…

—¡Que no tengo bigote! —le interrumpo, poniendo los ojos en blanco antes de volverlos a cerrar.

—...exfoliación con arenas mágicas de Sah’dara —continúa sin corregir su acusación falsa sobre mi bigote—; masaje relajante con aceites de eucalipto y lavanda; pulido de uñas de pies y manos; tratamiento capilar individualizado; maquillaje ceremonial según las facciones asignadas; y elección del vestuario acorde a la temática de la velada.

Abro un ojo.

—¿Temática?

—Acero —dice, y por primera vez, me parece que hay un brillo de diversión en su voz metálica. Pero no puede ser; no siente nada. Es solo mi cerebro proyectando emociones en una criatura encantada con forma humana.

—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Que tenemos que ir vestidos como espadas?

—No se espera literalidad, sino simbolismo —explica—. Frialdad, elegancia, filo, control. Brillos metálicos o estructuras tensas. Se recomienda evitar telas suaves o colores pastel. Esta noche se busca la contención emocional, la postura impecable y los vínculos diplomáticos.

—Claro que sí, campeón, porque nada grita fiesta como parecer una armadura con maquillaje.

—Vuelvo a poner los ojos en blanco—. ¡Yuju!

—exclamo levantando los brazos con los puños apretados, pero Clummy solo asiente.

No sé si es aprobación o simplemente un fallo en su sistema central al no entender mi sarcasmo—. ¿Y qué pasa si me niego?

—La negativa será interpretada como falta de compromiso. Las proyecciones estarán activas. Y recuerda, esta vez no se trata solo de impresionar a la realeza, sino también de convencer a los enviados nobles de que no eres un riesgo incontrolable.

Abro ambos ojos.

—¿Hay enviados nobles en los bailes?

—Siete. Uno por cada región de Aethrya que rinde cuentas a nuestra capital. Tres de ellos ya solicitaron entrevistas privadas con ciertos Aspirantes, basadas en su desempeño y proyección mediática —sin hacer una pausa siquiera continúa—, tú no estás entre ellos evidentemente.

Y ahí está el puñal. Menudo hijo de puta el Clummy. «Evidentemente». Justo donde más duele. El recordatorio de que no importa cuántas veces intente volver a la carrera, siempre estaré un paso por detrás, pero «no me importa». Igual si me lo repito varias veces, hasta me lo creo.

Más mierda para el cajón. Estupendo.

—Gracias, Clummy —digo, con una sonrisa tan vacía que podría notar que estoy siendo sarcástica hasta la ameba más lenta del continente—. Me diste justo lo que necesitaba para dormir contenta.

—Me esfuerzo por cumplir con eficacia —responde, satisfecho, sin captar nada. Menudo imbécil.

Cierro los ojos de nuevo. Quedan cuatro horas. Usaré una para una pequeña siesta, ¿y las otras tres? ¿Comer? Sí, supongo que comer es una buena idea siempre.

Una hora después, despierto empapada en sudor frío.

No he soñado nada —o al menos, no lo recuerdo—, pero el vacío en el pecho es familiar.

Me incorporo a medias, con el pelo pegado a la mejilla y el corazón latiendo más rápido de lo que debería.

Clummy me observa desde la esquina con esa quietud que más que acompañar, vigila.

—No me mires así —gruño—. No he dormido tanto como tú quisieras, pero tampoco voy a desmayarme en la pista de baile.

—Mi protocolo no incluye juicio. Solo monitoreo —responde, impasible.

—Pues monitorea esto. —Le saco el dedo corazón antes de volver a hundirme en las sábanas tres segundos más. No funciona, la incomodidad me hierve por dentro. Necesito aire, espacio y fumarme alguna hierba ilegal por primera vez en mi vida probablemente también.

—¿Puedo comer aquí?

—Sí, pero se registrará como «actividad no socia-lizante». Puede afectar a tu puntuación de interacción gru-pal.

—Genial. Así me aseguro de seguir entre los favoritos.

—Eso fue sarcasmo. Lo he registrado como tal. ¿Confirmas?

¡Hooooooombre! Vamos mejorando con el tema de pillar el sarcasmo. ¡Gracias a la Fundadora!

—Confirmo. Y quiero té: el de lavanda y menta. Y algo salado. Nada que venga con pétalos de rosa ni olores a «nostalgia en flor». Una tostada de jamón estará bien.

◆◆◆

Mientras Clummy hace aparecer la bandeja con una reverencia absurda, me siento frente al ventanal encantado que simula vistas a las montañas de Galimatea. El frío proyectado es solo visual, pero por un momento me imagino en mi hogar, lejos de templos, esfinges y expectativas imperiales.

Sobre la mesa hay un libro. Uno de esos que cogí prestado sin saber bien por qué.

La portada está desgastada, como si hubiese pasado por muchas manos que no se atrevieron a leerlo completo.

Lo abro al azar. El título de la sección me llama la atención de inmediato: «Bailes de sangre, pactos de seda: diplomacia entre cuerpos». No puede ser casualidad.

Leo con lentitud. El texto describe cómo, desde hace siglos, los bailes ceremoniales son mucho más que celebra-ciones.

Son escenarios diseñados para decidir alianzas, matrimonios, transferencias de poder, incluso guerras.

En algunos casos, un gesto mal interpretado —una mirada sostenida demasiado tiempo, una risa fuera de lugar— ha sido suficiente para desencadenar un conflicto.

Me cuesta tragar la comida. El bocado se me hace bola.

—Genial —murmuro—. Si esta noche se me cae un canapé al suelo, igual condeno a todo el norte a una muerte lenta y segura.

—Probabilidad baja —dice Clummy, sin que yo le ha-ya hablado. Creo que se activa con el sarcasmo.

—Solo cállate y déjame leer en paz.

A veces siento que debería trabajar mi sutileza, pero pronto se me pasa.

No dice nada más y yo simplemente me pierdo en los pactos antiguos, en los bailes donde la sangre se mezclaba con perfume y muchas otras barbaridades arcaicas.

Hay algo inquietante en la idea de que las decisiones más grandes se tomen entre copas y valses.

No sé cuántos minutos pasan hasta que Clummy se aclara la garganta con su carraspeo sintético.

—Hora de prepararse. El equipo de embellecimiento ha llegado.

—¿Equipo? ¿Tan mal estoy como para necesitar todo un equipo?

—Cinco Arcanistas estetas. Cada uno especializado en un aspecto del proceso —dice, ignorando mi pregunta.

Resoplo. Me pongo de pie y dejo el libro abierto. La parte final de la página dice: «El acero es símbolo de voluntad, pero también de control: brilla solo cuando se templa».

La puerta se abre sola y entran cinco figuras, cada una de ellas vestida de blanco y plata, con símbolos arcanos bordados a la altura del corazón.

Me analizan, literalmente: uno de ellos alza una esfera luminosa que me escanea de pies a cabeza, generando una réplica espectral de mí misma flotando sobre la cama.

La observan como si fuese un cuadro que van a restaurar.

—Hola a ti también —le murmuro a mi réplica. No obtengo respuesta. Analizo mi físico y, como siempre, salgo escaldada—. Madre mía, ¿todos me ven así?

Miro a Clummy en busca de una respuesta lógica mientras me pellizco la parte baja del culo. Silencio total. ¿Otra vez? ¿Dónde están las respuestas cuando las necesito?