Aethrya La Tríada VII #3
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VII #3

No sé si lo que más me impresiona esta noche es el palacio de cristal en medio del desierto o el hecho de que todavía me dejen estar en él.

El oasis de Sah’dara en donde nos encontramos parece un espejismo.

El agua canta en las fuentes con un ritmo que se me clava en los huesos.

Hay aromas dulces en el aire y especias que alguien está utilizando para cocinar nuestra cena.

El palacio es una maravilla arquitectónica; no tiene paredes como las que uno espera.

Es como si hubiesen decidido construirlo con la intención de que todo el mundo pudiese ver lo que pasa dentro.

Cristales tallados, techos abiertos al cielo, columnas translúcidas que reflejan las luces flotantes como si fueran luciérnagas de diferentes colores brillando bajo la orden de alguien.

Parece un cristal infinito sin juntas siquiera.

El comedor está en el exterior. Es un jardín botánico con mesas circulares de piedra que tienen raíces visibles enredadas en sus patas. Nos han asignado una para nosotros cinco.

—¿Esta cosa flota? —pregunta Odrien, tocando una esfera de luz que parpadea sobre nuestros platos. La empuja con el dedo y la bola se mueve y juro haber visto que se incomoda, como si le molestase la falta de etiqueta de mi amigo.

—No flota, pero sí te juzga —responde Cristalith con una sonrisa.

Sándor se ríe por lo bajo: ha bebido antes de llegar.

Ernys solo observa, con esa media expresión que a veces parece tristeza, a veces simple pensamiento.

Me sirvo un poco de té. Ni idea de qué es exactamente: sabe a algo entre lavanda y menta.

Cristalith deja la taza a un lado y nos mira a todos, y sin preámbulos, suelta:

—¿No me vais a preguntar qué pista me dieron o qué?

El silencio se instala de inmediato. Todos dejamos lo que estamos haciendo. Incluso la esfera luminosa parece interesarse más.

—¿Qué te dijeron? —pregunta Ernys, directo.

—«La sombra es la guía».

Siempre usan las mismas frases de mierda. Oraciones que dicen todo y no dicen nada.

—Podría referirse a ocultarse entre sombras —dice Sándor, cruzándose de brazos.

—O a confiar en lo que no ves —murmuro, casi sin pensar—. Como en la pasarela. El camino estaba, aunque no se viera.

—O a seguir literalmente una sombra —añade Odrien—. Como si tuviéramos que buscar una silueta, un perfil sinuoso, algo así.

—O quizás es un mensaje poético para decir que no se puede confiar en la luz —dice Cristalith, con media sonrisa.

Nos quedamos en silencio. Después de unos segundos, Odrien rompe el momento con su habitual humor:

—O puede ser simplemente que el sol de Sah’dara es una mierda y que caminemos por la sombra si no queremos co-cinarnos el cerebro y morir.

Cristalith suelta una carcajada. Incluso Ernys sonríe.

Yo me río también, aunque me cuesta. Por dentro, la risa se enreda con el sabor amargo del día.

No he dicho nada sobre mi prueba. Nadie lo ha preguntado, y lo agradezco.

Pero sé que todos saben que fallé, grité y perdí el control.

Se han estado proyectando «los mejores momentos» en las paredes del templo y en todas las regiones de Aethrya desde que acabamos el desafío, y yo soy la protagonista en todos ellos por razones que no me enorgullecen.

—¿Estás bien? —pregunta Ernys, en voz baja, cerca de mí.

—Estoy sentada, tengo comida y no he sido maldecida por un ente ancestral —respondo, con una sonrisa que no es del todo falsa, mientras pongo las manos con las palmas hacia el techo como bendiciendo mis palabras—. Así que supongo que sí, estoy bien.

Cristalith no dice nada, pero me atraviesa con la mirada. No tiene que hacerlo. Su compasión me duele más que cualquier burla.

—No fue justo, Dionna —dice, con calma—. No es un fallo no ver lo que nadie nos dijo que había que mirar.

—Sí, bueno… tú sí lo viste y nadie te lo dijo. —Me encorvo un poco, bajando la mirada hacia mi plato—. Supongo que prefiero fallar solo por ser idiota a fallar porque otros me hayan hecho serlo, y por eso me duele más.

Silencio.

—La piedra era solo una excusa —añade Sándor—. Lo que importa es que saliste. Entera. Eso ya es más de lo que muchos lograron.

—Y no rompiste nada —dice Odrien, como si fuera una victoria—. Menos mal que no había nadie cerca, también te digo. Les habrías partido la cara a todos.

Todos se ríen. No me hace ninguna gracia, pero no quiero que piensen que todo me pueda parecer mal, así que sonrío con ellos.

—La sombra es la guía —repite Cristalith en voz baja—. Quizás porque solo en la sombra algo nos va a guiar.

Nos quedamos así, entre frases sin sentido, tazas medio vacías, luces que flotan sobre nuestras cabezas como pensamientos no dichos. Y aunque la noche es hermosa, aunque el oasis parece eterno, yo sigo sintiendo que estoy un paso por detrás.

—Gracias por todo —digo, sin referirme a nadie en concreto—. Agradezco mucho haber encontrado un lugar en el que sentirme segura,

Y justo entonces, como si mis palabras hubiesen convocado algo, una figura se acerca a nuestra mesa con paso elegante, vestida de tonos lilas apagados que no deberían llamar la atención, pero lo hacen. Lady Nirelia. Inconfundible, la versión cruel de su hermano.

—Perdonad la interrupción —dice, con esa voz que suena como agua caliente deslizándose entre las manos cuando tienes frío—, pero no he podido evitar notar…

—Se detiene justo detrás de Sándor y ladea la cabeza como si lo estuviera evaluando como obra de arte— estos hombros.

Hacía mucho que no veía unos así fuera de mi familia.

Y creedme, mi familia tiene estándares exigentes.

Sándor se queda paralizado. Literalmente. El color le sube a las mejillas como una oleada, desde el cuello hasta las orejas en cuanto Nirelia acaricia sus hombros.

—Eh… bueno, no son taaaan anchos, tengo más que… —balbucea, sin pensarlo. Y cuando se da cuenta, el color de sus mejillas ya se puede confundir con el fuego— ¡No me refería a eso! Lo que quería decir es que tengo más que ofrecer.

Cristalith le da un codazo con fuerza.

—Eres un idiota, Sándor.

—¿Pero un idiota con buenos hombros? —pregunta, aún rojo, pero guiñándole un ojo a Nirelia.

—Un idiota con buenos hombros y un ego inflado —dice Odrien.

Las carcajadas estallan. Nirelia sonríe sin decir nada más, pero su expresión se queda un momento más de la cuenta en Sándor.

Le acaricia la mejilla con dulzura: un gesto más íntimo de lo que debería.

Luego me lanza una mirada fugaz, como si hubiese tomado nota de algo que ni yo sé que estoy pensando.

Se despide con una inclinación mínima de cabeza y se aleja con esa misma calma elegante con la que llegó.

Se acerca a la siguiente mesa y vuelve a mostrar su sonrisa radiante.

—¿Qué acaba de pasar? —pregunta Ernys, todavía riéndose.

—Puede que Sándor haya tenido suerte con un miembro de la familia real —respondo, sin poder evitar sonreír.

Pero en medio de la sonrisa, levanto la vista, porque noto una mirada sobre mí que me acaricia las mejillas. Llámalo ser bruja, llámalo instinto.

Seredric. Sentado junto a su madre y su hermana en la mesa elevada que corona el jardín del palacio.

Ni habla ni come, solo me mira. Tiene una copa en la mano.

No es una mirada de cortesía: es fija e intensa, como si pudiese atravesarme con ella y analizar cada centímetro de mi interior.

Como si sus ojos buscasen una reacción por mi parte, una verdad que yo aún no me sé.

Todavía no sé por qué estoy aquí, pero estoy segura de que ya hace tiempo que me conocen por palacio.

Nos miramos unos segundos más. Solo eso.

Unos segundos robados entre risas ajenas.

Segundos que me sacuden. En estas cenas donde nadie finge —o tal vez todos lo hagan—, donde el vino corre y la comida ablanda las defensas es el único momento en que podemos vernos sin barreras.

Y esa mirada, esa tensión que me arrastra hacia él…

no tiene nombre todavía. Pero sé que no va a desaparecer hasta que yo lo haga.

Parpadeo. Respiro hondo y bajo la vista.

Sigo sonriendo, por fuera, ya me sale de manera automática y natural. Es como respirar.

—Dionna —dice Cristalith, con media sonrisa—, estás muy callada. ¿Todo bien?

—Sí —miento.

◆◆◆

El banquete se diluye en risas lejanas, en copas vacías y migas de pan.

Uno a uno, los Aspirantes se dispersan: algunos a sus habitaciones, otros a la habitación de otra persona y otros a lugares diferentes del paraíso en el que nos estamos hospedando.

Me quedo sentada un poco más de la cuenta, fingiendo que aún disfruto del té, aunque ya se ha enfriado.

No digo nada, ni siquiera me despido con palabras, solo les hago un gesto con la mano al levantarme de la silla antes de irme.

Camino sola por los pasillos acristalados. El suelo bajo mis pies brilla con luz propia, como si la magia que lo crea supiese mis movimientos e iluminase el camino que piso justo antes de que mis pies rocen el suelo.

No he dejado de pensar en la roca. Ni en la cuerda que no vi.

Ni en la voz sin rostro que dictó mi fallo con esa sere-nidad cruel que solo tienen los jueces eternos.

Se me está acumulando la mierda en el cajón, ya verás cuando lo abra.

Y aunque nadie me lo repita, aunque Cristalith haya hecho todo lo posible para consolarme con razón y dulzura —tan impropio de su honestidad cruda habitual—, lo siento igual: ese fallo no ha terminado.

Doblo una esquina. Escucho pasos suaves tras una columna de piedra traslúcida.

Me detengo. No estoy de humor para conversaciones ni para sorpresas.

, pero es Odrien, que camina despacio, sin su habitual teatralidad.

Fue el primero en irse a su dormitorio después de cenar.

Tiene un libro en la mano, aunque no parece que lo vaya a leer.

Viste ropa ligera de descanso, más sencilla que la suya habitual.

Es casi vulnerable; me sorprende, porque él nunca parece querer mostrarse débil.

—No esperaba verte —le digo con voz baja.

—Yo tampoco esperaba verme aquí —responde él, y se ríe suavemente, pero sin humor. Luego levanta el libro como si fuera una excusa, pero no lo abre.

Nos quedamos unos segundos en ese pasillo silencioso. Nadie más parece andar cerca. Solo nosotros y el aire tibio de Sah’dara que se cuela incluso en este lugar encantado.

—¿Todo bien? —pregunto, por cortesía más que por interés real. Suena egoísta, pero ahora mismo soy un despojo que no sirve para nada más que aumentar su miseria.

Odrien no responde de inmediato. Luego, sin mirarme del todo, murmura:

—Me estoy enamorando de Cristalith.

Me sorprendo por un segundo, aunque poco tiene de novedad, me descoloca el tono que usa.

Suena incluso infantil. Odrien no es de los que fardan de todas las personas «a las que se ha tirado», pero tampoco tiene pinta de niño.

No usa un tono jocoso tampoco, cosa que sería más propia de él la verdad.

Me pilla por sorpresa, porque no pensaba que fuese algo que me contaría a mí. Tal vez a Sándor, o Ernys, pero ¿a mí?

—¿Desde cuándo? —pregunto, porque no sé qué más preguntar.

—Desde antes de empezar esta locura, solo que ahora me pesa. Podría perderla para siempre.

Me apoyo contra la columna más cercana. Siento el frescor del cristal en la espalda. Me duele en los músculos, pero lo agradezco.

—Entonces díselo, ¿qué coño? —Miro a los lados y susurro—. Hazlo antes de que la Tríada decida por ti.

Nos miramos y por un instante, no somos dos Aspirantes en medio de un juego brutal. Somos dos personas, dos amigos incluso.

—Gracias —dice él, bajando la vista—. Me da hasta vergüenza decirlo en voz alta.

—No es un consejo, es una súplica. Por favor, díselo —respondo, y sonrío un poco—. Creo que lo único que me haría sentir un poco de alivio entre tanta mierda es ver algo de amor real.

Nunca me había alegrado tanto ver una sonrisa, Odrien sonríe de oreja a oreja y yo creo en la felicidad tras la Tríada otra vez.

Nos separamos ahí. Él se va hacia el Ala Norte, donde están las habitaciones con ventanas abiertas al lago.

Yo regreso a la mía. A la habitación encantada con ropa que se ordena sola, una cama demasiado suave y un silencio que cada día soporto menos.