VII #2
—No os adelantéis a los acontecimientos, Aspirante Sándor —le responde Clummy, que nos acompaña esta vez como el resto de cluams.
◆◆◆
Las escaleras del Templo de las Cicatrices son anchas, talladas a mano con grabados que no entiendo.
Figuras entrelazadas, ojos y bocas abiertos de manera antinatural.
En la cima, al borde del templo, una figura nos espera.
Un Arcanista distinto; parece mayor a todos los que nos han estado guiando hasta ahora.
Lleva una máscara tallada en hueso oscuro y, en la mano derecha, una vara de obsidiana con una gema en el extremo.
—Aspirantes de la Tríada —dice, sin levantar la voz—. Bienvenidos al lugar donde todo pacto deja marca.
La luz —ya dorada por el sol de Sah’dara— se vuelve más densa, más pesada, como si algo la filtrase y dejase pequeñas partículas a su alrededor a medida que habla.
Parpadeo dos veces, y cuando abro los ojos por tercera vez, el público está ahí.
Han aparecido de repente: figuras nobles, enviados de casas antiguas, altos mandos militares y rostros desconocidos con la misma expresión de expectación voraz.
—¿Cómo acaban de hacer eso? —murmura Cristalith, pegada a mí, mientras gira lentamente la cabeza.
—No me gusta nada —susurra Odrien.
En el corazón del templo, justo en medio de las columnas marcadas por siglos, algo se materializa en forma de sombra.
Toma forma y se convierte en algo que no debería existir.
Una criatura enorme, flotante, sin patas visibles pero con un cuerpo majestuoso cubierto de símbolos vivos.
Tiene cabeza de mujer, ojos cerrados, alas extendidas como un abanico de oscuridad antigua.
La Esfinge Espectral. Muchos han oído hablar de ella, pero pocos la han visto. El Arcanista de la máscara de hueso levanta su bastón de obsidiana y habla:
—Esta es la guardiana de los pactos. La jueza de los sabios.
Ella os medirá con palabra, lógica y entendimiento.
Cada uno de vosotros se enfrentará a una sola pregunta.
Un solo acertijo. Una sola oportunidad. —Mi estómago se revuelve con sus palabras.
Hace una pausa y veo que los Arcanistas presentes nos miran intentando adivinar quién superará la prueba y quién no—.
Quien acierte, avanzará. Quien falle, será marcado por una maldición temporal.
No se le dará la pista y, además, sus capacidades quedarán comprometidas hasta nuevo aviso.
Las marcas pueden ser ceguera, parálisis o confusión.
—Otra pausa acompañada de una media sonrisa que se puede notar por debajo de su máscara—.
Y sí… pueden afectar a vuestra actuación en la Gran Prueba.
—Silencio total—. Para preservar la pureza de cada intento, todos los Aspirantes serán encerrados en una cámara aislada para realizar el desafío en solitario.
Uno a uno seréis llamados y hablaréis con la Esfinge Espectral.
Nos conducen a una sala circular de piedra negra, donde la única luz viene del techo, una claraboya encantada que no muestra el cielo, sino una bruma blanca. Me siento en uno de los bancos junto a Sándor, que no ha abierto la boca, y el resto de mis amigos, que sí parecen tener ganas de hablar.
—¿Sabéis qué tipo de acertijos hace o si ya sabremos alguno? —pregunto, en voz muy baja.
—Hay registros y ha aparecido en otras ediciones —responde Cristalith—, pero nunca se repiten.
—La Esfinge no la usan en las pruebas de sabiduría normalmente —añade Ernys, sin mirar a nadie—. Es una prueba de enfoque o de valor. Se trata de no colapsar ante la presión, de elegir con claridad en el peor momento posible.
La puerta a la sala contigua en donde se encuentra la Esfinge se abre. Una Aspirante es llamada y su nombre retumba en el aire, ella lo ha pronunciado. Pasa el tiempo y tal y como dijo el Arcanista, uno a uno empezamos a desaparecer por esa puerta.
Escucho mi nombre. Camino despacio, los pasos sobre la piedra parecen no hacer sonido alguno.
La sala es amplia, circular, abierta al cielo de Sah’dara, pero la luz aquí parece filtrada de nuevo.
Al fondo, la Esfinge me espera. Es majestuosa y está suspendida en el aire como si el tiempo la sostuviera en lugar de las alas que porta a su espalda.
Su rostro humano no se mueve. Sus ojos siguen cerrados.
—Aspirante Dionna de Caelis —dice, y su voz no suena, resuena—. Escucha con atención:
«Toda criatura tiene de mí en este mundo la cantidad
que la Fundadora le brinde.
Si me pierdes, no hay hechizo que pueda
devolverme.
Solo en tu recuerdo puedo vivir
un instante más».
Mi mente quiere correr, pero la obligo a quedarse quieta. Sin embargo, voy a soltar lo primero que se me ha venido a la mente cuando ha dicho que no hay hechizo que pueda devolverlo.
—Eres el tiempo —respondo instintivamente y me preparo para lo peor.
La Esfinge tarda unos segundos en disolverse en humo después de mi respuesta.
Debería sentir alivio, pero éste no llega.
Ninguna puerta se abre y el silencio sigue quemando mi inexistente tranquilidad.
Con un estruendo, una puerta aparece al final de la estancia.
Camino lentamente hacia ella y lo que encuentro me deja sin aliento.
Una roca. Una puñetera roca enorme tapia mi salida.
Un bloque de piedra negra, sólido, sin ranuras, nada.
Mierda. Joder.
La roca bloquea por completo la puerta que da al otro lado.
No hay alternativa. Mierdaaaaa. No hay otros caminos: solo esa roca y yo.
Camino nerviosa dando vueltas por la sala.
Mi mente ya ha estado aquí antes. Vuelvo a ser la Aspirante a nada de hace unos días en la Prueba de Selección.
La que no pudo levantar lo que otros sí.
Mierda.
El cajón de mierda rebosa.
—Otra vez no —susurro, pero mi voz no tiene fuerza.
Apoyo las manos en la roca. Tiro hacia mí primero.
Después empujo. Aprieto los dientes. Nada.
Lo intento con el hombro, con las piernas, con la espalda.
Me inclino. Grito de rabia. El sudor me baja por la columna pegando la tela del uniforme a cada una de mis vértebras.
Mis músculos tiemblan por una mezcla de esfuerzo e impotencia.
No se mueve.
No se mueve.
No se mueve.
Golpeo la piedra con las palmas hasta que me sangran. Me duelen, pero el dolor no sirve de nada. No te da nada. Tengo que mover la puta roca.
—Dionna de Caelis —dice una voz sin rostro ni cuerpo—. Has sido eliminada. No recibirás la pista; sin embargo, no tendrás que realizar la primera gran prueba sufriendo una maldición. Date por contenta.
—¡Era imposible! —me atrevo a gritarle a la nada—.
¡Sé que está anclada al puto suelo! ¡Mentirosos de mierda!
—He perdido los papeles. Necesito calmarme.
Necesito respirar—. Lo siento… —murmuro al darme cuenta de mi reacción mientras levanto la vista buscando al Arcanista que esté proyectando mi desafío.
Entonces veo lo que no vi. Eso que está sobre mí. Muy arriba, casi oculto en las sombras del techo alto, hay un mecanismo. Poleas encantadas, engranajes mágicos, una estructura diseñada para ayudarme. Para mover la roca con facilidad.
Mierda. Joder.
◆◆◆
Cristalith tarda más de lo normal en salir. Cuando por fin cruza la puerta de piedra, no hay aplausos ni gestos teatrales por su parte; sin embargo, puedo intuir que lo ha conseguido por la manera en que camina y ese brillo en sus ojos.
—¿Lo resolviste? —pregunto antes siquiera de pensar en contenerme.
Cristalith me mira como si supiese lo que pesa dentro de mí sin que se lo diga. Asiente.
—El acertijo fue fácil, pero después también había una roca, ¿tú también tuviste que levantar la roca?
Me quedo en silencio. Siento cómo se me tensa la mandíbula. Mierda. Tenía la misma prueba que yo y ella sí lo vio.
Yo no lo vi.
—¿Y la moviste? —le digo ignorando su pregunta.
Mi voz suena más dura de lo que esperaba.
Como si fuera una acusación, cuando no debería serlo.
Me alegro por ella, de verdad que me alegro.
Siempre me han hecho sentir bien los éxitos ajenos.
Y sin embargo, me siento aún más inútil ahora que ella sí lo ha conseguido y yo no.
Cristalith no reacciona mal a mi evidente envidia involuntaria.
Solo ladea un poco la cabeza. Su tono es suave cuando habla.
Lo suficientemente suave como para no hacerme sentir estúpida. Aunque lo soy.
—No la toqué. Al menos no al principio. Era evidente que no iba a poder moverla con fuerza. Estaba ahí para engañar. Para provocar el mismo reflejo de siempre: golpear, empujar, empujar más fuerte.
Me muerdo el carrillo derecho y abro las fosas nasales. Me siento cada segundo más imbécil. Ella continúa.
—Miré alrededor. El techo tenía… poleas, como de un teatro. Con magia arcana, pero funcional para todos los mortales. Bastó con tirar de una cuerda oculta, y el mecanismo la desplazó. No era una prueba de músculo.
Me trago el nudo que se forma en la garganta.
Soy una inútil. No puedo decirle que yo no lo vi.
Que no se me ocurrió. Que luché contra la piedra mientras el templo esperaba algo más de mí.
Algo mejor. Mi fuerza siempre fue la inteligencia, y hoy demostré que no tengo ninguna de las dos. Maravilloso.
—¿Y recibiste…? —no termino la pregunta. No hace falta.
Cristalith asiente.
—Cuando salgan los demás podemos comprobar si nos han dado la misma a todos y trabajar con lo que tengamos.
Cierro los ojos un segundo, ¿son celos? Cristalith me toca el brazo, apenas un segundo, como si pudiese leerme la mente.
—Dionna… no era una prueba justa. Ninguna lo es, pero no fue tu culpa; nos han enseñado a pelear, no a cuestionar lo que parece sólido. Yo lo vi por pura suerte.
◆◆◆