VII
Dionna
A ún estoy soñando cuando Clummy me despierta, sin explicaciones, sin tiempo para vestirme con dignidad.
No es que normalmente me vista mucho mejor, pero suelo abrocharme todos los botones antes de salir a que me vea el mundo.
Salgo tambaleando al exterior de la residencia de mármol verde, con la camisa aún mal cerrada y el pelo hecho un nido de pájaros.
No soy la única: prácticamente todos los Aspirantes bostezan, se frotan los ojos o maldicen en voz baja.
Algunos ni siquiera hemos digerido la derrota en la Pasarela.
Otros parecen haber nacido preparados: punta en blanco, pelo perfecto y una sonrisa.
Siempre he envidiado a toda esa gente que parece ocupar el mundo sin esfuerzo; solo existen.
Frente a nosotros, sobresaliendo de la tierra húmeda como dientes negros, se alzan los Alvéolos.
Son estructuras verticales, como cápsulas metálicas con engranajes enormes que laten con un leve fulgor rojizo.
No deberían estar ahí; hace unas horas no estaban, pero ahora asoman como si el suelo hubiese decidido escupirlos mientras dormíamos.
A cada pocos metros, una cápsula más. Comienzo a contarlas y ya llevo más de veinte. Cincuenta. ¿Más?
—Parece un cementerio arcano —murmura Cristalith a mi lado, frotándose los brazos con gesto inquieto.
Los cluams nos dividen en grupos de cinco.
Me toca con ellos de nuevo. No creo en las casualidades, mucho menos en este lugar, así que supongo que todo esto tendrá alguna que otra mano empujando por detrás.
Cuando la compuerta se abre con un ruido apenas perceptible, no puedo evitar dar un paso atrás.
El interior parece demasiado estrecho. No hay forma de que entremos los cinco con nuestros cluams sin aplastarnos.
—¿Otra trampa dimensional? —pregunta Sándor, ya resignado.
—Otra excusa para hacernos sentir pequeños —añade Odrien resignado.
Subimos uno por uno. Apenas cruzo el primer umbral, la cápsula se expande.
No solo es que sea pequeño por fuera y grande por dentro como los carruajes.
En este caso, el pasillo reconfigura su forma al analizar nuestras siluetas.
Pasamos de estar apretujados a tener una sala entera para nosotros.
Paredes oscuras cubiertas de texturas móviles, asientos acolchados que flotan sin tocar el suelo, una biblioteca suspendida en el centro, como una esfera giratoria de libros sin gravedad.
Una mesa de ajedrez con piezas de cristal que brilla en dos colores diferentes.
Una barra de bar en la que las botellas giran gracias a una especie de magia que huele a vainilla.
Una mesa llena de diferentes infusiones y aperitivos.
—Qué es… —balbucea Cristalith, girando sobre sí misma.
—No es solo una trampa dimensional como la del carruaje. Esto parece estar hecho a la carta —digo, y me siento con cautela, esperando que el cojín se hunda, que algo explote, que el suelo me trague. No sé, algo—. Tiene todo lo que nos gusta, se ha adaptado a nosotros en particular.
Ernys se acerca a una de las paredes y apoya la palma en ella.
—Ya se mueve. Ya hemos subido todos.
Siento un deslizamiento perfecto, una aceleración invisible que no debería ser posible. La cápsula viaja por algo mágico: lo huelo.
—¿Esto es un Velthirio? —le pregunto a Clummy, intentando recordar esa clase de Cómo nos movemos por Aethrya que dimos en el colegio hace tantos años.
—Correcto —dice—. El Velthirio número siete. Subespecie: Egron Phel. Velocidad: ciento veintitrés kilómetros por minuto. Longitud corporal: mil seiscientos metros. Profundidad de ruta: once estratos. Estado emocional: neutral.
—¿Estado emocional? —repite Sándor, frunciendo el ceño.
—Los Velthirios son las criaturas que transportan los Alvéolos.
Están vivos y poseen vínculos neuroarcaicos.
Detectan intenciones hostiles en superficie y adaptan el rumbo si es necesario.
Han evitado emboscadas, sabotajes y atentados sin que sus tripulantes lo supiesen siquiera.
En la antigüedad, se las veneraba como heraldos del subsuelo.
—Y ahora son vagones de lujo —concluye Odrien, con amargura. Parece estar analizando todo lo que le molesta constantemente sin poder evitarlo. Como si todo lo que le parece injusto se mereciese un discurso propio.
La biblioteca central emite un zumbido apenas perceptible, pero lo noto: huele diferente, lo prometo. Las luces flotantes parpadean al ritmo de una música sin origen. La madera de la librería huele a humedad mezclada con menta.
Una vibración leve se acerca hacia nosotros, como un cambio de presión. La compuerta del otro lado se abre. Vemos al resto de Aspirantes en otros Alvéolos conectados por puentes de cristal. Las cabezas se amontonan, porque al fondo, en una galería apartada, está la familia real.
—¿Viajan con nosotros? —susurro, incapaz de creerlo. Intentando ver a través de todas las cabezas que observan el vagón en el que se encuentran los tocados por la Fundadora.
—No lo hacen nunca. Nunca —afirma Cristalith, igual de incrédula—. Esto no estaba en el protocolo.
Zmena ríe con su prima Nirelia. Matrish sostiene una copa de cristal tan fino que parece humo mientras las observa.
Varyn y Catrizza están juntos, como siempre, flanqueando a Devrian.
Fundadora mía, está tan guapo como siempre.
Pero no es a ellos a quienes busco, busco a mi verdugo: está apoyado contra el balcón que simula dar a la Arena de la capital, con la espalda recta y los brazos cruzados.
Mira hacia adelante, hacia la nada, hasta que su rostro se gira y mi estómago se contrae.
Me encuentra y me sostiene la mirada por unos segundos que se sienten como una eternidad.
Sé que soy una amenaza, pero aún no sé por qué.
Me aparto del cristal.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Ernys, susurrando apenas.
—No lo sé —respondo.
Sé exactamente lo que ha sido. Otra advertencia, otro aviso no dicho.
En este viaje bajo tierra, acompañados por monstruos colosales y magia más antigua que las palabras, la familia real se ha unido al juego.
Cuando ya saben que les hemos visto, el pasillo que los comunica con el resto se vuelve opaco.
Simplemente querían que supiésemos que están aquí, ¿a qué están jugando?
◆◆◆
Me levanto del asiento y camino hacia una de las paredes del Alvéolo, donde la textura cambia con solo rozarla. Siento un latido leve, como si el propio cuerpo de la criatura respirara debajo de nosotros.
—¿Alguien sabe a dónde vamos? —pregunto sin girarme, sabiendo que todos están igual de inquietos.
—Solo nuestros cluams lo saben, y no hablan si no se lo pides —dice Odrien, medio tumbado en uno de los sillones flotantes—. ¿Mimi, a dónde vamos?
—Deme un segundo, señorito Veldrán —responde su cluam, con esa voz pulida de oráculo malhumorado idéntica a la de Clummy.
¿Lo acaba de llamar señorito? No puedo evitar soltar una risita y recibir una mirada de Odrien.
—Ya casi llegamos, preparad los sentidos. La luz de Sah’dara no perdona.
Cristalith se incorpora. Se ha pasado el viaje hojeando libros de la biblioteca flotante, como si buscase respuestas en páginas que no hablan nuestro idioma. Ni Odrien ni ella han tocado la mesa de ajedrez perfectamente colocada para ellos.
—¿Sah’dara? —pregunta Odrien con el ceño fruncido— ¿Eso no es en el centro del continente?
—Zona árida, sí —dice Sándor, que parece conocer mejor la geografía que cualquiera de nosotros—. Oro, piedra, templos antiguos y mucho polvo, y no del que nos gusta precisamente —dice guiñándole un ojo a Ernys, que parece bastantee perdido como de costumbre.
—Y leyendas, como en todos lados —añade él ignorando al grandullón—. Se dice que allí se fundó el primer pacto de sangre entre Aethyr Valendris, el Valeroso y los Nueve Antiguos Arcanistas. Al menos ahí están las columnas que aún guardan las cicatrices de aquel juramento. ¿Cómo le llamaban?
—El Templo de las Cicatrices, ¿no? —pregunto.
—Donde se celebrará vuestro próximo desafío pre-liminar —me confirma mi mayordomo espiritual—. El último antes de la Primera Gran Prueba.
Una vibración vertical recorre la cápsula.
—Estamos saliendo a la superficie —dice Cristalith, pegando la frente al cristal ahumado que poco a poco comienza a volverse transparente.
Sah’dara.
Lo primero que veo es una claridad dorada que duele en los ojos después de haber estado tanto tiempo bajo tierra.
Luego piedra: columnas gigantescas esparcidas por una llanura desértica, como vértebras de una Fundadora muerta.
La arena es pálida, casi blanca, y el sol cae como si tuviese la intención de cocinarnos a todos.
Estamos en la parte más alta de la zona, en la distancia se distinguen oasis cerrados por estructuras circulares, como murallas que forman un círculo imperfecto.
En el centro del paisaje, alzado sobre una plataforma natural de piedra roja, está el Templo de las Cicatrices.
Es más antiguo que la historia. No tiene tejado, solo columnas heridas con cicatrices que parecen estar siempre a punto de curarse.
—Esto sí que impone —murmura Odrien, apretando los labios.
—Parece que el desierto quiere devorar al Templo y a todas sus columnas —añade Cristalith, con voz baja.
—O protegerlo —susurra Ernys.
Nos miramos todos cuando el Alvéolo se abre al fin.
El calor nos golpea en cuanto salimos. Es seco, agudo, pero no insoportable.
Caminamos en fila hacia una zona delimitada con banderines negros que ondean aunque no parece que haya viento.
Hay Arcanistas esperándonos. Todavía no hablan, solo indican con la mirada el camino que lleva hasta el Templo y comienzan a caminar.
Las dunas parecen querer engullir nuestros pies a medida que avanzamos.
—¿Habéis notado que no hay nadie más? —inquiere Sándor, girando la cabeza—. No hay público.