VI #3
El lago me llama. No sé si es mi mal hábito de sobrepensar absolutamente todo o la certeza de que no soy como ellos y yo no soy capaz.
Me desequilibro y me inclino ha-cia un lado.
Intento retomar el paso. Un pie y luego el otro, pero el puente ya no está.
Debajo de mí, el vacío se abre sin advertencia.
Trato de dar un salto hacia adelante. Mis brazos se agitan y mis pulmones se cierran.
El suelo desaparece y caigo al vacío. Ni siquiera grito, solo pienso: «otra vez no».
El destello azul me envuelve. Siento cómo el hechizo me atrapa en el aire, con la precisión de una puñetera daga en el corazón y quedo suspendida, flotando, colgando como una sombra sin cuerpo sobre el lago.
—Aspirante Dionna de Caelis —resuena una voz—. Eliminada.
Me depositan en la orilla, junto a los Aspirantes caídos.
No me miran. Yo tampoco los miro a ellos.
No hay nada que decir que mitigue la vergüenza, que lo llena todo.
A lo lejos, veo a Sándor caer de repente.
Cristalith se detiene al verlo y se precipita como consecuencia.
Odrien cae de rodillas justo después. A Ernys lo vi caer poco después de hacerlo yo. Ninguno de los cinco ha cruzado.
Los Arcanistas no dicen nada. Solo observan como cirujanos midiendo la precisión del corte de todos los que no hemos cruzado.
El noble prepotente de la Casa Morvhaen sí ha llegado al final y recibe la tan ansiada pista.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que levanto la cabeza, pero cuando lo hago, me arrepiento al instante.
Arriba, en uno de los balcones de piedra tallada de la residencia, de pie como una sombra entre la niebla, está su Majestad el Rey.
No hace gesto alguno. No hay sorpresa en su rostro, tampoco decepción, mucho menos compasión.
Solo esa mirada gélida que atraviesa desde las alturas, como si fuese parte del juicio.
Como si siempre hubiera sabido que iba a fallar.
Mis pulmones se encogen y se llenan de rabia.
No solo he caído. No solo he sido eliminada.
No solo he sentido cómo la Pasarela del Firmamento se deshacía bajo mis pies por no haber creído lo suficiente, por no haber corrido a tiempo, o por no sé qué mierda arcana.
El muy cabrón, estatua de mármol, me ha visto caer.
◆◆◆
El comedor de la residencia de mármol verde no debería ser acogedor —los muros son fríos, las columnas imponentes y todo el espacio parece construido para que uno se sienta diminuto—; sin embargo, hay algo en la luz ambarina de las lámparas flotantes, en el murmullo de cubiertos sobre porcelana fina, que me permite respirar a gusto.
Me siento con Sándor, Ernys, Odrien y Cristalith en una de las mesas redondas asignadas a los Aspirantes.
Hay muchas, están repartidas por el salón como islas en medio del mar.
Algunas casi vacías, otras demasiado ruidosas.
En la nuestra no habla nadie, solo se escucha el silencio de nuestra vergüenza.
—Sigo sin creer que me hayan dejado caer así —dice Sándor, clavando el tenedor en un trozo de carne de su plato—. No tiene puto sentido. ¡Yo no había dejado de correr!
—No fuiste el único —murmura Odrien, sin levantar la vista de su copa.
Cristalith no habla. Tiene la mirada fija en la mesa real, al otro extremo del salón, al igual que yo.
Lo hago sin querer. No es que me interese, es que no puedo evitarlo.
Su majestad está allí y me está mirando con una intensidad que no entiendo.
Como si me analizase por dentro. Como si intentase descubrir cuántos huesos me rompí al caer, y si alguno de ellos puede volver a usarse contra mí.
Parpadeo, pero él no. Su mandíbula está tensa.
Sus hombros, inmóviles. Sus ojos permanecen clavados en los míos hasta que Zmena se le acerca y le susurra algo al oído.
Él asiente, apenas. Y cuando la princesa gira la cabeza hacia mí, sus labios curvados en una media sonrisa, me doy cuenta de que me están señalando sin usar el dedo acusador.
—¿Te pasa algo? —pregunta Cristalith.
—No —respondo rápido desviando la mirada, pero cualquiera que me conozca lo más mínimo sabría que sí me pasa algo.
Lo siento en la espalda. En la garganta. En la piel. Estoy tan asustada que los flashes del episodio que vivimos con mi padre hace tantos años se acumulan en el nudo que se me va formando en la garganta y me baja hasta la boca del estómago.
¿Lo saben?
Claro que lo saben.
¿Me dieron el boleto dorado para castigarme a mí y a mi familia?
Devrian se levanta de su lugar en la mesa real. El murmullo del salón cambia de tono y baja el volumen nota-blemente. Hay un ligero crujido de sillas cuando los Aspirantes se giran a mirarlo. Conversaciones que se detienen a medio suspiro. El barón camina como si nadie lo conociese.
Todo el mundo sabe que tienen relación con gente de fuera de la familia real, pero no a la vista de todos.
¿A dónde está yendo? ¿Hacia quién? No parece importarle lo más mínimo que todos nos estemos preguntando lo mismo.
Vive bajo sus propias reglas. ¿Viene hacia aquí?
No puede ser cierto. Llega a nuestra mesa, y sin pedir permiso, coge una silla y se sienta a mi lado. El aire se encoge.
—Buenas noches —dice con voz melódica—. Os he visto… —Hace una pausa que roza lo antinatural en una conversación mientras recorre su mirada por mi rostro hasta llegar al cuello—. Y he pensado que sería una pena no acompañar a los más prometedores de esta edición.
Nadie responde al instante. Todos parecemos atrapados en la misma tensión contenida, pero expectantes.
Mis amigos tienen una sonrisa que no les cabe en la cara, yo en cambio siento el corazón en la garganta.
Está demasiado cerca. Noto las notas de su perfume entrando en lo más hondo de mis pulmones.
Los más prometedores cuando todos hemos caído en el primer desafío, ¿me está vacilando?
—Los desafíos son injustos —añade como leyendo mi pensamiento—. Lo sé. No hay nada equitativo en ellos. Algunos reciben pistas. Otros, intuición. Algunos fallan… y aún así ganan. Otros lo hacen todo bien… y no basta. ¿No es maravilloso?
No lo dice con sarcasmo. Lo dice como si de verdad creyese que la injusticia tiene un encanto poético que le fascina.
—Pero si sois lo suficientemente fuertes, inteligentes y valerosos. —Usa el plural, pero solo me mira a mí—. Triunfaréis. Con o sin pistas. La Tríada beneficia a gente como vosotros. Confiad.
Siento su mirada sobre mí como una mano que no he autorizado.
Me esfuerzo por no retroceder, por no mostrar el temblor en los dedos.
Solo asiento, muy levemente, pero mis ojos vuelven, una y otra vez, a la mesa real.
A mis verdugos, los que harán que recuerde lo poco que vale mi apellido.
Los que van a destriparme en vivo y en directo.
¿Habrá venido Devrian como distracción? Maravilloso. Al menos me alegran la vista.
Zmena y Seredric se han inclinado el uno hacia el otro. Sus labios se mueven, rápidos, ella se ríe como si estuviesen compartiendo un chiste privado. Y luego, me miran ambos a la vez. Otra vez. Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
Estoy bien jodida.
◆◆◆
Camino deprisa por el pasillo que conecta el comedor con la biblioteca mirando el mapa flotante que aparece frente a mí, deseando desaparecer.
Mis pensamientos van por delante de mis pasos, igual que el calor que no logro disipar desde que terminó la cena.
Las palabras de Devrian aún campan a sus anchas en mi mente.
No dejo de repetir en mi cabeza lo que vi al final: Seredric susurrando con Zmena. Luego, esa mirada.
Me van a eliminar.
Doblo la esquina con fuerza, este mapa es una mierda pinchada en un palo: no entiendo nada. Si lo acerco más me voy a quedar ciega.
El impacto repentino y contundente de mi hombro rebota contra algo firme, cálido y humano me saca de mis problemas con el mapa y me lleva a uno mucho peor. Unas manos me sujetan antes de que logre caer. Me sostienen tan rápido como me sueltan con asco.
—¿Los pobres no soléis mirar por dónde vais o qué? —dice una voz grave.
Levanto la mirada: el puto rey de Aethrya.
La madre que me parió. Por un segundo, me cuesta procesar que lo tengo tan cerca.
¿Me acaba de llamar pobre el muy subnormal?
Es más alto de lo que recordaba. O quizás es el uniforme de cuero negro que resaltan la línea de sus hombros.
La barba está perfectamente delineada, sin una sombra de descuido.
La mandíbula es puro mármol. La nariz recta.
Los labios gruesos y perfectamente marcados por una línea ligeramente más clara que su piel.
Deja de mirarle los labios, Dionna, joder.
Subo la mirada rápidamente. Sus ojos centellean con interés, noto como parece estudiarme, ¿acaso soy un puñetero puzzle?
Noto su pulso en el brazo del que me ha sostenido hace medio segundo.
La piel aún arde ahí, como una quemadura invisible que no sé si quiero apagar.
Mierda. Para ya, Dionna. Lo odiamos.
Trago saliva involuntariamente. Mi mirada sube y baja intentando pensar qué decir. La vena de su cuello vibra, hundiéndose en su clavícula. Todo en él es afilado y contenido. Todo en él parece hecho para matar. Me mira como un cazador que aún no ha decidido si su presa merece el disparo.
Mierda.
—¿Tampoco te han dicho nunca que mirar tanto puede ser de mala educación? —dice de pronto, con una sonrisa leve que no llega a los ojos. Ah, que sabe sonreír—. Te sorprendería saber cuántos enemigos se han ganado la simpatía de su majestad Seredric solo por mirarlo así.
—¿Y le han dicho alguna vez a Su Majestad que hablar de uno mismo en tercera persona es de un ego insoportable?
Él me observa de arriba a abajo. No me mira con ningún tipo de deseo.
Parece que me mira con lástima, como si estuviese viendo lo poca cosa que soy.
Cuando mi autoestima está empezando a tocar fondo, noto que hay un destello de algo más.
Algo debajo. Una chispa que no entiendo.
Que no quiero entender, porque no me da buena espina. No es diversión, no sé qué es.
—Tienes valor, plebeya —dice al fin el muy engreído.
—Más bien prisa —replico sonriendo falsamente e intentando escabullirme entre su pecho y la pared—, Su Majestad.
Su sonrisa crece apenas medio milímetro. No se ablanda, pero tampoco parece molestarse. Solo se aleja unos centímetros para dejarme pasar sin tener que tocarme. Como si yo quisiese rozarme con tremendo imbécil.
—Descansa, Dionna de Caelis —dice, y cuando pronuncia mi nombre lo hace como si lo conociera desde hace siglos.
Pasa a mi lado y continúa su camino sin mirarme de nuevo. Yo sí me giro y creo que dentro de mí había una pequeña esperanza de que se girase hacia a mí cuando yo lo hice, pero no.
Para ya, Dionna, eres una pardilla.
El silencio que deja es más espeso que su presencia. Cuando desaparece tras la siguiente curva, me apoyo en la pared, sin aliento. Salgo corriendo hacia la estancia que me han asignado. Ya no me apetece leer.
La puerta se cierra a mi espalda con un clic suave. Demasiado suave. Me quedo ahí un segundo, sin avanzar. Mi espalda contra la puerta, mi pecho aún agitado por el encuentro en el pasillo. Sus ojos siguen en mí, como si no se hubieran ido.
Parpadeo. Inspiro hondo.
Clummy está inmóvil en el centro de la habitación.
Su figura parece más solemne de lo habitual, teniendo en cuenta que parece hecho de metal, cables y magia.
Tiene las manos cruzadas sobre el regazo.
Me observa con esos ojos que esconden sus pupilas, brillantes y negras como el azabache.
No dice «buenas noches». No me pregunta cómo ha ido la cena.
No ofrece infusión ni ajuste térmico. No menciona el tiempo que me queda para poder disfrutar de un descanso óptimo. Solo abre la boca para decir una cosa:
—Las cosas de palacio no se tocan —dice con su tono plano, sin inflexión alguna—; podrían romperse.
No sé si se refiere a la vajilla o al gran equilibrio que mantiene toda Aethrya en pie. No digo nada.
Las cosas de palacio no se tocan; podrían romperse.