Aethrya La Tríada VI #2
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VI #2

Junto a ellos está Devrian. Tan erguido, tan perfecto, tan en su sitio que resultaría artificial en cualquier mortal, pero en él parece natural.

Lleva un abrigo largo de tonos esmeralda con detalles negros que parecen absorber la luz.

Observo lo que lleva puesto y voy subiendo la mirada hasta su cara recorriendo todo su cuerpo.

Cuando llego a sus ojos, nuestras miradas se cruzan.

Sus ojos ya estaban en los míos antes de haber llegado a ellos.

¿Me estaba mirando? Su sonrisa se forma lentamente, como si disfrutase del proceso de construirla.

Una sonrisa que dice «te pillé». Me atraviesa y siento algo ácido bajo la garganta que me hace tragar saliva.

Bajo la mirada y respiro hondo. Necesito calmar el cosquilleo de mis manos y piernas.

Esta situación ha causado en mí una mezcla entre vergüenza y ganas de saber si a él le está pasando lo mismo.

Al lado de Devrian, Nirelia. Su cuerpo recto como una lanza.

Su expresión, una máscara de desdén y asco en su mirada.

Observa a los Aspirantes como si fuésemos una manada de criaturas arrastradas por accidente a un banquete real.

No la soporto. La detesto por mirarnos como si la mera idea de que uno de nosotros pudiera sobrevivir le revolviese el estómago.

Vuelvo mi vista a Seredric, que no parece vernos, y en caso de que lo haga, nos odia. Lo leo en su mandíbula tensa, en cómo las venas de su cuello se marcan más que sus emociones. Mira al frente con los ojos de quien observa una escena que bien podría evitarse.

Mis manos comienzan a temblar. Noto, sin saber exactamente cómo, que algo se avecina.

Los Arcanistas aparecen justo después del cosquilleo de mis manos, alineados con precisión casi militar a ambos lados del escenario.

Uno de ellos alza la mano. La magia responde como un resorte: una proyección luminosa se despliega sobre la neblina, revelando un mapa detallado de la región.

—Aspirantes —dice con tono neutro—, en unos instantes tendrá lugar el segundo desafío preliminar a la primera gran prueba de la Tríada.

La proyección cambia. Muestra un lago profundo e inmenso. Negro como la tinta y tan quieto que parece sólido. Lo reconozco al instante: el Fenn Nessirium.

—Este es el Fenn Nessirium —continúa diciendo el Arcanista—. Un lago sagrado. Se dice que sus aguas conectan con el reino donde duerme la Fundadora. Ningún mortal ha llegado jamás a su fondo. Ninguna criatura vuelve a la superficie si cae dentro.

Un murmullo inquieto cruza entre los Aspirantes. Yo apenas respiro.

—Vuestra prueba consistirá en cruzar la Pasarela del Firmamento.

La proyección se transforma y muestra un puente invisible suspendido sobre el abismo del lago. Parece hecho de luz y cris-tal: hermoso y aterrador a partes iguales. Cuando intuyes sus bordes, parecen desaparecer.

—La Pasarela del Firmamento pondrá a prueba vues-tra estabilidad mental. A simple vista, no hay camino; sin em-bargo, hay uno. Solo que no todos lo veréis.

Cierro los puños. Voy jodida, porque solo creo en lo que veo, y a veces ni siquiera en eso. Miro a un lado buscando la fuerza que necesitaré para creer en algo que no veo, cuando en-tre la multitud, por fin lo veo.

Ernys. Está al final de la fila, con la mirada baja.

No habla con nadie. Sus ojos están hinchados, pero no hay lágrimas.

Me deslizo entre los grupos, esquivando pasos y murmullos, hasta llegar a su lado.

Ernys está de pie con los brazos cruzados, los ojos fijos en un punto que no existe, como si se hubiese quedado atrapado en un pensamiento que no sabe desatar.

Cuando me acerco, simplemente tensa la mandíbula sin siquiera girarse a mirarme.

—¿Ernys? —susurro.

Silencio.

—¿Qué coño te pasa a ti?

Tarda un segundo en reaccionar. Me mira de reojo, como si le doliese algo que no quiere contar.

—Nada —responde rápidamente.

—No me lo creo —insisto, bajando aún más la voz.

—No me pasa nada, Dionna —dice, con voz baja, mirándome a los ojos—. Céntrate en la explicación y cállate, que no puedo escuchar.

El golpe que siento en el estómago por cómo me acaba de hablar no lo veo venir.

Lo observo unos segundos: la forma en que aprieta los labios, los nudillos blancos, la mirada clavada en la proyección mágica sin verla en realidad.

Asiento, muy levemente, y me obligo a mirar al frente sin decir una sola palabra más.

◆◆◆

No sé cuándo comenzó. Un murmullo seco entre los Arcanistas y el temblor imperceptible bajo mis pies me dice que el desafío ha comenzado.

La Pasarela del Firmamento se extiende ante nosotros como una cicatriz invisible en el aire.

Puedo intuir un cristal levemente, pero el lago negro, profundo, esperándonos abajo como una boca hambrienta es lo único que realmente llama mi atención.

Mi pie toca el primer tramo de lo que debería ser el puente, y noto una pequeña resistencia, como la tensión de una membrana mágica, que me confirma que efectivamente hay algo debajo aguantando mi peso.

No lo veo, pero lo siento. Lo suficiente para poner el segundo pie y después dar el tercer paso.

Como si caminase sobre un cristal delgado.

Como si el mundo pudiese romperse bajo mis pies con un paso mal dado.

Ahora que consigo recuperar algo de confianza, voy y miro hacia abajo.

Mierda.

La ilusión es perfecta. El abismo es real y no parece haber topes de seguridad.

Respiro por la nariz lentamente intentando mantener la calma.

Un paso más. Cristalith va unos pasos delante de mí.

Su postura no es firme como de costumbre, pero tampoco temblorosa.

Sándor, a su lado, parece una montaña moviéndose con extrema delicadeza.

Odrien va tras ellos, concentrado. ¿Dónde coño está Ernys?

El vértigo me ataca como una ola silenciosa.

No solo en los ojos, sino también en el estómago.

Me cuesta mantener la mirada al frente. Cada tanto, alguno tropieza, da un grito ahogado y recupera el equilibrio por milagro o instinto.

La tensión entre nosotros se siente como un campo de fuerza.

Entonces un sonido apenas audible, como un cristal partiéndose desde dentro me retuerce el inconsciente.

El puente comienza a desaparecer desde su comienzo hacia nosotros.

El leve resplandor del cristal que mantenía el poco equilibrio que me quedaba se desvanece.

El último de nosotros —no me sé su nombre, pero recuerdo su cuerpo grande, la confianza en su andar cuando se bajó de su carruaje— gira la cabeza y ve como el tramo que acaba de cruzar se esfuma detrás de él. El suelo se fragmenta, se disuelve, como si nunca hubiera estado allí.

—¡Corred! —grita alguien a su lado.

Yo no corro, porque… ¿hacia dónde coño voy a correr?

Él sí corre, pero el miedo lo traiciona.

Un paso mal dado y el pie no encuentra firmeza.

Aunque lo intenta corregir, tropieza. Abre la boca para gritar, pero no le da tiempo.

El vacío lo engulle. Cae como una piedra tirada hacia el mar para ver cuántas veces rebota, chillando con la mirada algo que se apaga antes de llegar al agua.

Un destello azul lo detiene. El hechizo lo recoge en el aire, flotando, como una marioneta.

Está vivo, pero no sirve de nada: su nombre se evapora con él.

Eliminado.

Trago saliva. No hay que caminar, hay que correr y no dudar, aunque pueda que no hagas pie firme, debes estar preparada para ello. Y yo aún estoy quieta. No hay tiempo para pensar, tengo que empezar a correr ya.

—¡Dionna! —grita Odrien unos pasos delante de mí, girándose con los ojos desorbitados—. ¡Corre, no pienses, joder! ¿Qué cojones haces?

Demasiado tarde, porque pienso de más, como siempre.

La Pasarela del Firmamento cruje bajo mis pies sin hacer ruido, justo en el momento que salgo corriendo.

A mi izquierda, otro Aspirante, uno que siempre hablaba en voz demasiado alta y se burló de los que le tenían miedo a las alturas cuando explicaban en qué consistía el desafío, el que empujaba como si fuera el dueño del suelo, se detiene en seco.

—¡No! —Jadea, extendiendo los brazos como si pudiese atrapar el aire—. ¡Esto no… esto no es real!

Pero sus piernas dicen otra cosa: tiemblan de verdad. Primero una y luego la otra. Sus ojos se llenan de una comprensión brutal y tardía: la caída va a ser muy real.

—¡Vamos! —le grita Sándor desde unos metros más adelante—. ¡Mueve los putos pies!

Los mueve, pero hacia atrás. Da solo un paso, pero no hay un «atrás». No hay nada ya. El vacío se abre bajo él como un monstruo hambriento. Sus pies resbalan sobre la nada.

Grita.

Un grito puro y humano: de humillación y derrota. Justo cuando va a desaparecer por completo en la negrura, una luz azul lo rodea como un enjambre de luciérnagas afiladas. Queda suspendido en el aire, flotando.

—¡Eliminado! —truena la voz de un Arcanista.

La magia lo retira del abismo y lo deja en la orilla de partida. Desde ahí se ve tan pequeño, que parece que nunca hubiera sido ese gigante arrogante. Mi respiración se acorta.

—No mires, no pienses, no pares —me susurro a mí misma como un conjuro que no hace efecto.