Aethrya La Tríada VI
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VI

Dionna

—Destino: Eredhal —dice Clummy—. Le recomien-do dormir durante el trayecto, señorita Dionna. Lo que venga... no será menos agotador que lo anterior.

Lo miro con una mezcla de rabia y resignación. No puedo odiarlo. No es justo; solo cumple órdenes. Pero, por la Fundadora, ojalá pudiese gritarle. Exigirle que sintiese algo que no fuesen datos.

El carruaje por dentro es como una sala de espera flotante, iluminada por lámparas suspendidas que giran en círculos lentos sin moverse del sitio.

Los bancos son divanes tapizados, extendidos a lo largo de un espacio tan amplio que mi mente se niega a calcularlo.

Hay repisas con termos de infusiones calientes.

Pequeñas mesas flotantes con copas de cristal grabado.

Incluso cortinas que se pliegan solas cuando alguien pasa cerca, como si el espacio supiese adaptarse a noso-tros.

—¿Cómo coj…? —empiezo a decir, pero Clummy ya está sentado como si nada en uno de los divanes junto al resto de cluams y está dispuesto a darme la respuesta antes siquiera de que se la pida.

—Magia de desplazamiento espacial de tercer grado. Un clásico para los Arcanistas. Prácticamente todos consiguen hacerlo antes siquiera de superar las pruebas de aptitud —responde con su tono neutro y antinatural.

Y no añade nada más. Actúa como si no acabásemos de entrar en una dimensión paralela camuflada bajo una carcasa de madera y maná.

No entiendo nada, pero tampoco quiero preguntar algo que mi cerebro no está preparado para entender.

Me hundo en uno de los divanes, que cede como si estuviese hecho para recordar la forma exacta de mi columna vertebral. Menuda maravilla arcana.

A mi lado se acomoda Sándor, con los brazos cruzados y la mirada en el suelo.

Es un tipo enorme, no solo en altura, sino por su estructura general.

Frente a nosotros, Cristalith se tumba de lado, como si estuviese en su propia casa.

Y, en cierto modo, lo está; ella parece pertenecer a este mundo de cosas imposibles.

Yo todavía no sé si encajo o solo me están prestando un asiento.

Odrien está a su lado, acariciándole el pelo. No he visto a Ernys.

El carruaje se eleva sin aviso. No vibra, solo flota, se desliza, y se lleva consigo el escaso contacto con la realidad que nos quedaba.

Cierro los ojos un instante, pero el cansancio me arrastra como una marea.

Siento que podría dormirme de pie. Sé que debería estar pensando en la pista.

En la próxima Prueba. En si Eredhal me dará la bienvenida con los brazos abiertos.

Pero ahora mismo, solo soy una niña encerrada en un carruaje encantado que flota hacia lo desconocido.

Cuando despierto, no sé cuánto tiempo ha pasado.

Cristalith está incorporada: siempre preparada. Sándor se frota los ojos. Odrien de pie. Clummy me mira como si hubiese estado esperándome todo este tiempo. Ernys no está.

Cuando salimos del carruaje lo único que veo es niebla.

Hay tanta que apenas puedo distinguir las formas de los otros carruajes descendiendo en hilera, como insectos gigantes que aterrizan en tierra hereje.

Esta vez parecen habernos separado en diferentes carruajes.

No sé muy bien el porqué, ni cómo han elegido quién iría en cada carruaje.

Entiendo que a Ernys le asignaron otro carruaje, ¿pero por qué?

Bajo con cuidado. El suelo está duro, frío y es rocoso. Una planicie interminable envuelta en neblina espesa. Me doy la vuelta para mirar el carruaje desde fuera: es un misterio que mi cerebro no es capaz de comprender, pero ahí está. Todo está diseñado para una sola cosa: desconcertarnos.

Un Arcanista se adelanta. Solo podemos ver su túnica negra, el rostro cubierto por una máscara de metal pálido con detalles que serpentean como ramas marchitas. Su voz profunda comienza a sonar.

—Bienvenidos a Eredhal.

Un susurro recorre al grupo. Odrien tensa la mandíbula, Sándor cruza los brazos, Cristalith no parpadea, y yo trago saliva esperando lo peor. ¿Dónde coño está Ernys?

—Estáis en tierra permitida, pero no segura. La región norte de Eredhal fue declarada zona prohibida por la Corona hace cinco años, tras las revueltas de los clanes disidentes y los intentos de usurpación herética del legado arcano.

«Usurpación herética». Esas palabras se quedan flotando en el aire. Nadie se atreve a preguntar qué significa con exactitud, porque en el fondo todos lo sabemos: magia sin permiso por parte de gente que no debería poder usarla de manera natural.

—Vuestra tarea aún no será revelada. Lo será cuando Eredhal así lo decida. Hasta entonces, mantened los ojos abiertos y los labios sellados. Esta tierra no perdona a los que subestiman sus cicatrices y no hablan su idioma.

La voz se disuelve en la niebla, dejándonos solos, en mitad de una planicie gris que parece extenderse hasta el borde del mundo.

—Aquí viven rebeldes y herejes —murmuro, lo justo para que mis compañeros me escuchen.

Sándor me lanza una mirada breve, pero no dice nada. Las miradas se giran lentamente, como en una coreografía ensayada. Todos los ojos que las tienen a la vista se clavan en dos figuras que no se han inmutado.

Diuri Varneth.

Izatea Hal.

Ambas nativas de Eredhal. Izatea mantiene las manos cruzadas por detrás, la espalda recta, los ojos fijos en la bruma del horizonte.

Diuri sonríe. No es un gesto amable, es esa sonrisa de alguien que ha estado esperando este momento desde hace mucho tiempo y por fin se va a cobrar algo que le pertenece.

Ambas intercambian una mirada, que tiene poco de mirada y mucho de conversación entera.

—¿Qué saben que nosotros no sepamos? —susurra Cristalith.

—Todo —responde Odrien con tono seco—. Saben todo lo que no nos han contado de este sitio.

La tensión crece como una mala hierba que se aprieta en el aire. Nadie las acusa, pero el grupo ya está dividido.

—¿Crees que colaborarán con nosotros? —pregunta Sándor a mi espalda.

—Lo dudo mucho —respondo.

Eredhal es una tierra de secretos, de pactos rotos, de exilios disfrazados de castigos divinos y de mucho dolor. Aquí no se espera justicia: se sobrevive a ella.

El paisaje no ayuda. Al este, montañas escarpadas como dientes podridos.

Al oeste, colinas repletas de árboles que parecen esconder todo tipo de criaturas.

Y al norte, todo está nevado y sin huella humana a la vista.

Solo una mancha blanca que no cambia, no importa cuánto la mires: la Zona Prohibida.

Clummy aparece a mi lado sin que lo haya notado.

—Según las leyendas, Eredhal fue el último bastión libre antes de la unificación del continente. Muchos la llamaron cuna de la herejía. Otros, último refugio de la verdad. Los registros no son concluyentes —dice como quien recita una lista de ingredientes.

—¿Y tú qué crees?

—En mi naturaleza no existe el creer. Solo observo y reproduzco —dice justo antes de marcharse hacia el carruaje.

Sigo sin ver a Ernys entre todos los que estamos aquí.

Los cluams se han ido, pero oigo decir a otros Aspirantes que no estamos solos, que algo no estaba planeado.

Las voces se unen unas con otras y entre las palabras que dicen consigo entender una oración completa: «La familia real ha venido».

No es lo habitual. Los desafíos preliminares rara vez son presenciadas por la familia real en persona; intentan no viajar todos juntos por el continente a menos que sea por causa de fuerza mayor.

Los desafíos se convierten en espectáculo para todos los hogares al ser proyectados en hogares y lugares de trabajo, incluyendo el hogar real.

Sin embargo, este año nos han honrado con su presencia en un lugar habitado por rebeldes.

Los murmullos entre Aspirantes se disuelven en silencio cuando la plataforma levitante desciende entre la niebla, revelando figuras envueltas en capas nobles y símbolos regios.

Primero se distingue la silueta imponente del Rey Seredric I.

A su derecha, la Reina Madre Matrish, espléndida como una estatua de mármol viviente, engalanada con capas bordadas en hilos de oro.

A su lado está Zmena, la princesa, radiante.

Está vestida con un vestido marfil que capta la luz brumosa como si la absorbiera.

Su expresión no puede ser más banal. Están tan cerca que puedo escuchar su conversación: la princesita comenta con su madre algo relacionado con lo que parece ser el menú del desayuno.

Lo que más le preocupa a la muy guarra es el desayuno, mientras que yo me tengo que adentrar en una niebla de dudosa seguridad.

—Prefiero los bollos de fresa —dice Zmena—, los de arándano me parecen siempre poco dulces.

—Deberías hablar con la cocinera. Dile que use almíbar, no solo mermelada —responde Matrish sin apartar la vista del horizonte.

A la izquierda del rey, como un espejo oscuro de la Reina Madre, se alza Varyn. Su postura es impecable, como si cada vértebra hubiese sido moldeada con reglas de etiqueta. Catrizza, su esposa, le coge la mano con firmeza. Solo nos observan.