V #3
—Mi prima, la más pequeña. Naria. Murió hace cuatro años.
Nunca hablo de ella. —Sus ojos parecen contener un mar a medida que habla—.
Nunca. En el laberinto… estaba viva. Caminaba delante de mí.
Me hablaba. Me pedía que la siguiera, que la salvara.
Y por un momento lo creí; corrí detrás de ella como una idiota, hasta que la vi atravesar una pared y desaparecer.
Como si nunca hubiese estado allí. —Nos mira a todos y una lágrima de ese mar se desliza por su mejilla derecha haciendo que me replantee si es tan fuerte como parece—.
Me di cuenta de que ir en la dirección opuesta a la que iba ella era lo que me llevaría a la salida.
Silencio. Sándor asiente, sombrío.
—Mi padre. Pensé que era él. Lo escuché como cuando solía gritarme de crío.
—Baja la mirada como si al que le diese vergüenza fuese a él—.
Pero luego… se reía. Se reía de mí, del niño que fui, del hombre que no soy.
Me dijo que siempre fui una decepción, que nunca me ganaría nada por mí mismo.
Me vi golpeando una sombra hasta que mis manos sangraron.
—Se mira sus nudillos, que están destrozados, y suelta una especie de risa hueca—. Pero no se iba, no dejaba de hablar.
—A mí me pasó algo parecido —interviene Odrien, con la mirada clavada en el suelo—.
Escuché a alguien que ya no está, aunque esté vivo, ya no está.
No diré quién. Solo sé que el laberinto lo sabía.
Sabía cómo poner el cuchillo en el punto exacto para desangrarte.
El dedo en la llaga —habla mientras le tiemblan los labios—.
Vi el mismo pasillo cien veces, escuché la misma puta frase mil.
Me quería quieto, bloqueado, con la culpa tragándome.
—Todos lo miramos. Él se encoge de hombros—.
Al principio seguí caminando. Por rabia, más que por valentía. Hasta que me rendí.
Ernys traga saliva. Se frota las manos. Mira a la ventana, luego a mí. Parece que nos estamos dando un espacio para llorar y compartir todo esto respetando turnos que no habíamos acordado.
—Yo oí a mi madre. Me dijo que me habían olvidado, que moriría solo en un rincón. Por un momento lo creí. Me dijo que en el momento en el que vio el boleto dorado con mi nombre, no quiso volver a verme.
Me acerco y le pongo una mano en la rodilla. Él me devuelve una pequeña sonrisa.
—Y tú, Dionna —comienza a hablar Sándor, bajando la voz con delicadeza—. ¿Qué viste tú?
No respondo enseguida. Su nombre me pesa en la lengua. Mi padre y su decepción. La agonía de mi madre. La vergüenza de Kiri. No quiero contarles lo que vi, pero me pa-rece injusto simplemente callar.
—Mi familia —digo al fin—. No me detuve, porque me aterraba quedarme con esa versión en la que me odian. Me encontré a Ernys y caminamos juntos durante un rato, pero escuché otra voz distinta, más adulta, que me dijo qué camino tomar… obedecí. Sin pensar en nadie más.
—Pero llegaste —dice Cristalith—. Lo hiciste porque a veces sobrevivir significa no mirar atrás y punto.
Me recuesto contra la pared y observo sus caras y me encojo de hombros intentando creerme de verdad lo que me está diciendo.
—¡Hostia puta! —grita Sándor rompiendo mi mo-mento mágico mental en el que me imagino con ellos montando una comuna donde las hadas nos sonríen y el río sabe a chocolate—. ¡La pista!
Me había olvidado por completo de compartirla con Odrien y Ernys. Menos mal que tengo lo que quede de Tríada para arreglarlo.
—«No todo es lo que parece» —murmura Sándor.
—¿A todos nos dieron la misma? —pregunta Cristalith, entornando los ojos.
Sándor y yo asentimos.
—¿Qué creéis que significa? —pregunto, aunque dudo que tengan una respuesta.
—¿Que vamos a necesitar más que fuerza para la Prueba de Fuerza? —responde con una pregunta Ernys—. O más que inteligencia para la de inteligencia. O más que valor para la de valor. O todo al mismo tiempo. Yo que sé. Menuda mierda de pista: te deja peor que si no la hubieses tenido.
—O que no hay forma de prepararse —añade Sándor, con una sonrisa torcida.
Nos quedamos en silencio un momento. Cada uno guardando sus pensamientos como si fueran brasas encendidas que no pueden compartirse sin quemar al otro.
Este grupo, estos cinco cuerpos heridos, estos ojos cansados van a tener que vivir mucho como para entender este entresijo de pistas y pasillos ocultos.
◆◆◆
Nos hemos quedado en silencio después de casi dos horas de divagaciones. Ya no hay más teorías. Las paredes de la habitación de Odrien parecen haberse encogido a nuestro alrededor.. Es una oración tan ambigua que resulta insig-nificante. Puede significarlo todo y a la vez nada.
—Creo que necesito dormir —dice Odrien, y su voz suena tan humana, tan simple, que nadie se atreve a discutirlo.
Asentimos uno a uno, como si el cansancio nos hubiese convertido en sombras obedientes.
Nos levantamos con movimientos torpes, cada articulación protesta por el esfuerzo.
Ni siquiera intentamos fingir normalidad.
Sándor abraza a Odrien con un brazo sobre su hombro con un gesto rápido.
Cristalith hace un gesto con dos dedos, a modo de despedida.
Ernys me aprieta la mano al pasar por mi lado. Yo solo asiento.
Al llegar a mi habitación, Clummy me espera. Está sentado en el alféizar, en una postura que imita la melancolía, aunque no estoy segura de si la entiende o solo la copia de mí. Tiene una manta sobre los hombros, como si fuera un viejo cuentacuentos esperando a ser llamado.
—Bienvenida de vuelta, señorita Dionna. Según mis registros cardíacos, no está usted muerta. Felicidades.
—Gracias, Clummy. —Suspiro, dejándome caer sobre la cama sin quitarme siquiera las botas—. No me apetece nada pelearme contigo.
—Tus probabilidades de derrota actualmente son demasiado altas como para intentarlo.
Cierro los ojos un momento, solo un segundo, pero algo dentro de mí no se detiene. La pista: «No todo es lo que parece». Una y otra vez.
—Clummy… —digo, aún con los ojos cerrados— ¿tú puedes ver el futuro?
Se hace un silencio minúsculo.
—No, solo una persona en el continente puede verlo, además de la Fundadora. Pero incluso ellas, si intentan seguirle los pies al futuro, pueden tropezar.
—¿Cómo que seguirle los pies?
—El futuro cambia con cada paso que damos. Cada elección abre nuevas puertas y cierra otras. Si uno intenta andar por el mapa que aún no se ha escrito, puede perderse en trazos falsos. Como leer un libro que aún no ha sido escrito: es imposible.
Abro los ojos y lo miro. Solo está ahí, diciendo cosas que cree saber por naturaleza.
—¿Tú también eres parte del mapa? —murmuro.
—Ahora soy parte de ti —responde, encogiéndose de hombros con gesto casi humano—. Y tú cambias, señorita Dionna. Así que sí, yo también.
Me dejo caer de espaldas sobre la colcha. Mi cabeza da vueltas. No tengo fuerzas para pensar en lo que significa eso.