V #2
La luz me ciega al principio, el frío de la madrugada me corta la piel y me desplomo de rodillas en la piedra pulida del vestíbulo superior.
Poco a poco van llegando otros. Entre ellos el noble de sonrisa burlona.
Cristalith. Sándor. Una chica que no reconozco.
Muchos más comienzan a salir. ¿Y Ernys? Mierda.
¿Me perdió la pista? No me giré a ver si me seguía.
Mierda. Mierda. Mierda.
No miré atrás.
La culpa se cuela por las rendijas que deja el agotamiento.
Se acomoda como si tuviese derecho a vivir dentro de mí siempre que quiera.
Y tal vez lo tenga. ¿Y si Ernys me siguió?
¿Y si tropezó, y yo, como una cobarde egoísta, seguí corriendo?
Me dijeron «no dudes» y simplemente obedecí.
No pensé. Solo confié, porque no me quedaba más esperanza que una voz desconocida.
Solo obedecí. Ahora esa obediencia pesa como una traición.
Respiro hondo, pero el aire no me llega a los pulmones.
Estoy tan vacía por dentro como siempre.
Alguien solloza cerca. No sé quién, y sinceramente, tampoco me importa. Solo quiero cerrar los ojos y que el mundo se detenga, aunque sea por un instante. Pero no lo hace, nunca lo hace. El mundo siempre sigue girando. Sigue sucediendo, aunque nosotros no tengamos ganas de ser.
Desde las sombras del vestíbulo, emergen tres figuras con túnicas oscuras: Arcanistas. Caminan sin prisa, como saboreando este momento. Se detienen frente a nosotros. Uno de ellos —no sé si es hombre o mujer— alza una mano.
—Aspirantes que habéis llegado al final del Laberinto de Sombras —dice, y cada palabra resuena como un golpe en el estómago—.
Habéis demostrado resistencia, equilibrio mental, y capacidad de discernir lo real de lo impostado bajo presión mágica.
Eso es digno de reconocimiento; sin embargo, la Tríada no premia la supervivencia en simples desafíos.
Nadie responde. No hay energía para fingir valentía. Mucho menos yo, que gané con ayuda. Escuchamos porque no hay otra opción.
—A cada uno de vosotros se os ha sido dado el derecho a recibir una pista. Un fragmento de verdad cifrada. Una guía para el caos que se avecina.
Con un gesto, los Arcanistas alzan sus manos. Una esfera de luz blanca flota en el aire. Dentro de ella, letras arcanas giran en espiral. Se ordenan y se reescriben. Se clavan en mi visión como si las estuviese viendo dentro de un sueño.
«No todo es lo que parece».
Eso es todo. ¿Es una puta broma? La esfera se disuelve y la oscuridad parece volver a tragarse el misterio. Menuda mierda de pista. ¿Todo ese sufrimiento para esto?
—Guardadlo. Entendedlo. Vividlo. Porque quien no comprenda su pista, puede que no viva para interpretar la siguiente.
Y se marchan sin decir nada más. ¿Ha dicho «vividlo»?
Como si eso significase algo en la vida real, en la vida en la que te puedes morir mientras otros miran.
Privilegio del libre poder hablar con metáforas inútiles, supongo.
Miro a mi alrededor, esta vez buscando las miradas de los que nos encontramos compartiendo el mismo espacio.
Necesito saber que no soy la única que no sabe qué hacer con esta pista de mierda.
El mensaje flota en mi cabeza como un acertijo cruel: «No todo es lo que parece».
Las palabras me taladran con más fuerza de la que deberían.
¿Es una pista para el próximo desafío o para la primera Prueba?
Mierda. La Prueba de Fuerza. Mi favorita.
Esta vez si no la supero, no solo fracaso, también puedo morir.
No soy tonta, sé que necesito ayuda. No puedo enfrentarme a esa Prueba sola.
Y entonces, como un faro en medio de todo este océano de sombras, recuerdo a Ernys, Cristalith, Sándor, Odrien.
La conversación en la salida de la Arena.
Las risas compartidas. El calor humano cuando podíamos fingir que esto era una aventura y no una purga cuidadosamente coreografiada.
Ellos serán la clave.
Si quiero sobrevivir —no solo en cuerpo, sino también en alma— voy a necesitar más que músculos. Voy a necesitar gente que me vea cuando me hunda. Que me recuerde quién soy cuando empiece a olvidar. Me obligo a recomponerme. Las piernas me duelen y la cabeza me pesa.
◆◆◆
Nos permiten sentarnos a todos juntos en una sala circular, con bancos de piedra y tazones de agua tibia con infusiones calmantes que apenas rozan la categoría de alivio.
Nadie habla al principio. No veo a Ernys, tampoco a Odrien.
Solo respiramos y miramos al frente, como si nuestros ojos aún no hubiesen escapado del laberinto.
Estamos esperando a que nos dejen salir a disfrutar de nuestras «Horas de asuntos y placeres personales», como si eso significase algo.
Una vez hemos terminado nuestros tazones, nos dejan salir.
Cristalith, Sándor y yo salimos juntos. Todavía no hemos dicho una palabra.
—Deberíamos ir al dormitorio de Odrien —comienza a hablar Cristalith—. A lo mejor está ahí.
Sándor y yo asentimos. Ninguno tiene ganas de hablar.
Cristalith nos guía hacia el dormitorio de Odrien.
Camina delante de nosotros como si no hubiese atravesado un infierno hace apenas unas horas.
Tiene los brazos cruzados, la espalda recta y el paso firme, pero yo sé —lo sé— que está forzando cada movimiento para no parecer afectada.
No dice nada, solo nos hace un gesto con la cabeza para que la sigamos por uno de los pasillos laterales del ala este.
Sándor va a mi lado, en silencio. Sus pasos son más pesados, pero cada cierto tiempo me lanza una mirada, como si quisiese asegurarse de que no me estoy desvaneciendo.
La piedra bajo nuestros pies es más cálida aquí, parece estar encantada para calentar el ambiente y darnos un respiro de tanta frialdad.
Las lámparas flotantes aquí también parpadean, pero lo hacen en un tono más tenue, menos severo.
El aire no huele a miedo como allí abajo: huele a madera barnizada, a té lejano y a algo que casi parece hogar.
Buscamos a Odrien, pero nos encontramos con otra persona justo antes de llegar a su cuarto.
Apoyado contra una de las columnas, con los brazos cruzados y la mirada baja está Ernys.
—Ernys —susurro, aunque no estoy segura de si lo he dicho en voz alta o solo lo he dejado en mi cabeza.
Él levanta la cabeza despacio. Tiene ojeras marcadas y los ojos vidriosos, pero está aquí.
—Pensaba que no me ibais a invitar —dice, con una sonrisa cansada que no logra ocultar el temblor en su voz.
Me acerco sin pensar y lo rodeo con los brazos. Él tarda un segundo, pero me devuelve el abrazo, fuerte.
—Lo siento —murmuro contra su hombro—. No miré atrás.
—No te preocupes —responde él, apartándose lo justo para mirarme a los ojos y agarrarme la cara con sus manos—. Estoy aquí. Tenemos todo el tiempo que dure la Tríada para arreglarlo, ¿no?
—Lo tenemos —respondo. Y de verdad lo creo.
Cristalith nos observa con una ceja levantada y los brazos cruzados.
—¿Habéis terminado la escena dramática? Si sigo sintiéndome como la menos emocional del grupo, voy a tener que replantearme mi imagen personal.
Sándor suelta una risa ronca. Ernys niega con la cabeza.
—Tú sí que eres dramática —le dice.
—¿Y tú siempre vas a llegar tarde? —responde ella, girándose de nuevo para guiarnos.
Y así, los cuatro caminamos juntos hacia la habitación de Odrien. No estoy cruzando este infierno sola. No sé si me puedo fiar de ellos aún, pero por lo de ahora mi cabeza todavía no está en una pica con la palabra traidora grabada en la frente. Algo es algo.
La habitación de Odrien es amplia, tiene estanterías desordenadas, cojines por el suelo y una ventana semicircular que deja entrar una luz tenue.
Hay tazas a medio vaciar, papeles arrugados y una bufanda colgando de una lámpara flotante.
En otras circunstancias, habría hecho un comentario sarcástico sobre su sentido del orden y lo parecido que es al mío. Hoy no.
—Madre de la Fundadora —exclama Cristalith con cara de espanto mirando cada centímetro de la habitación—, ¿pero cómo puedes vivir entre tanta mierda?
Odrien se incorpora del suelo, se apoya en el alféizar y nos observa como si todavía no se creyera que estamos todos. Yo me dejo caer en un rincón, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas, para evitar que noten que aún me tiemblan.
—No está sucio, es solo desorden —dice Odrien al fin, rompiendo el silencio mientras recoge un calcetín del suelo. Noto como se le encienden las mejillas cuando Cristalith pone cara de asco—. Sé que los desafíos no son letales, pero os juro que pensé morir allí abajo.
—Yo también —respondo. Mi voz suena más seca de lo que pretendía—, pero aquí estamos.
Cristalith se estira y lanza un suspiro larguísimo. Siempre parece estar aburrida de todo lo que decimos y a la vez sus ojos parecen estar analizándolo todo con atención. Todavía no sé muy bien qué pasa por su cabeza.
—Vale, ya lo digo yo. Necesito soltarlo, porque si no lo cuento me va a comer por dentro —Cristalith dice cada palabra más rápido que la anterior—. Así que lo digo y punto.
Todos la miramos. Aún no la había oído hablar así de alto nunca. Parece que me lee el pensamiento y baja la voz, casi en un susurro, como si se hubiese dado cuenta de lo fuera de lugar que ha estado el volumen de su voz.