V
Dionna
—Entra —dice un Arcanista a mi derecha.
Y entro, o mejor dicho, entramos. Estamos absolutamente todos los Aspirantes: los ciento cincuenta. ¿Có-mo es posible que quepamos todos aquí?
—Dionna…
La voz se arrastra por mi oído como un gusano cálido y cruel.
—Dionna… ¿me oyes?
Me detengo. Giro sobre mis talones buscando algo a mi alrededor, pero solo hay oscuridad.
Todos los Aspirantes han desaparecido una vez entré en esta pesadilla.
Mis pies descalzos tocan un suelo que cambia de textura con cada paso: liso, rugoso, húmedo, arenoso. Y mi cabeza no funciona como debería.
¿Qué coño está pasando?
—Me dejaste.
Sé de quién es la voz. La oigo llorar y reír al mismo tiempo. Me dice cosas que solo ella sabría. Recuerda palabras que dije cuando éramos niñas, canciones que cantábamos antes de dormir, nombres de flores que recogimos juntas en las colinas de Galimatea.
Mis pasos se aceleran: si me paro y la vuelven a poner frente a mí como en las pruebas de preselección, no seré capaz de recuperarme. No distingo caras ni voces, aunque sé que en alguna parte otros Aspirantes gritan. Tengo que centrarme y mirar a través del miedo.
«Mantén la calma, Dionna», me recuerdo a mí misma.
Comienzo a ver a los Aspirantes materializarse a mi alrededor: uno lanza un puñetazo al aire, como si intentara espantar una sombra que solo él puede ver.
Otro cae de rodillas y empieza a reír como si hubiese perdido la razón.
Hay alguien murmurando la palabra «mamá».
Otro repite una oración sin fin, como si al hacerlo pudiese mantenerse a salvo.
¿Nos han drogado? ¿Algún miembro de la familia real está usando su poder? Sería maravilloso que los poderes del núcleo real fuesen públicos, pero no, les encanta mantener el misterio.
Estoy en el limbo entre lo real y lo imposible.
Tengo que seguir caminando e ignorar las voces, el calor, las paredes que no cesan su movimiento.
Tengo que ignorarlo todo y seguir. ¿Hacia dónde coño tengo que ir?
Cada uno está viviendo su propia proyección de terror con banda sonora incluida y ni siquiera sabemos hacia dónde ir.
Sin embargo, entre la niebla de piedra y los giros imposibles, veo a un chico de pie que destaca entre los demás.
Puedes ver calma en su gesto, como si el laberinto no tuviera nada que decirle.
Es alto, de rostro afilado, pelo oscuro perfectamente peinado pese al caos, y lleva un abrigo ceremonial con el sello dorado de una de las grandes casas de la Ciudadela de Cristal.
La Casa Morvhaen, si no me falla la memoria.
¿Duerme vestido o a él lo despertaron con caricias y le dejaron vestirse?
No sé su nombre, pero sí sé a qué se dedica su familia.
Son una familia inmensamente rica y peligrosa, con fachada respetable pero negocios profundamente corruptos: controlan los herbolarios clandestinos, donde se preparan tónicos dopantes, ungüentos prohibidos y elixires mágicos alterados.
Su postura es la de alguien que está en su propio salón, tomando un vino caro mientras los demás se queman vivos.
Sus ojos se clavan en una pared como si estuviese leyendo algo invisible.
Empiezo a sentir un dolor asfixiante en la boca del estómago y no paro de escuchar su puto llanto.
Han conseguido recrearlo a la perfección y creo que voy a perder la puta cabeza.
—¡Cállate ya, joder! —le grito a la nada mientras me golpeo las sienes, como si valiese de algo.
Vuelvo a mirar al noble por instinto. Fundadora, lo peor es su sonrisa. ¿No oye las voces? ¿No ve las sombras? Me obligo a apartar la vista antes de que esa sonrisa se me meta bajo la piel. Las voces de mi cabeza se detienen: ahora escucho una que me habla bajito.
—Dionna, sigo viva —comienza a hablarme al oído y mi piel se eriza al instante—. Estoy sola, Dionna… me dejaste sola…
No. No. No. Mi garganta se cierra. Me pican los ojos.
El estómago me arde. Me duele el cuello de tanto apretar los dientes.
Quiero gritarle que no fue mi culpa. Que no sabía nada.
Que solo tenía nueve años. Que sigo buscándola.
Pero aquí, en este puto laberinto, el dolor es un lujo que no puedo permitirme.
Justo cuando siento que me voy a romper, choco con alguien.
—Perdón… —comienzo a decir, pero mi boca se cierra cuando veo que es Ernys.
Sus ojos están enrojecidos. Tiene una herida leve en la ceja, como si hubiese chocado con una pared que ya no estaba donde debería. Está jadeando y sus labios se mueven sin emitir sonido, como si estuviese negociando con algo invisible.
—Tú también las oyes, ¿verdad? —le pregunto con voz baja, ronca.
Él simplemente asiente. No dice qué ha oído, tampoco le pregunto. Caminamos juntos y cubrimos nuestras espaldas, nos tocamos el hombro de vez en cuando para asegurarnos de que el otro sigue allí. Compartimos silencio como si fuera un escudo.
En una curva que aparece de la nada vemos una figura que lanza una carcajada. Es un Aspirante que parece haberse rendido: está sentado en el suelo, con los ojos vacíos y las manos cubiertas de arañazos. Dice que encontró la salida, que está muerto y feliz. Lo ignoramos y seguimos adelante.
En otro tramo, las paredes se estrechan tanto que pasamos de lado, rozando la piedra a medida que avanzamos. Ernys se queda atrapado por un momento, y yo le tiro del brazo hasta sacarlo.
No sé si han pasado minutos u horas. El concepto de avanzar ha perdido sentido.
El laberinto se retuerce, se pliega sobre sí mismo, como si respirase por capricho y exhalase desorientación.
Hay un zumbido permanente, una vibración baja que me retumba en las costillas y me recuerda que esto es un castigo diseñado con precisión quirúrgica para rompernos desde dentro.
Y está funcionando. Noto parte de mí abandonando mi cuerpo: como si esa ansiedad que te crece en el estómago cuando algo no va bien estuviese creándose y abandonando mi cuerpo constantemente. Es agotador.
A mi izquierda, un chico delgado y tembloroso se apoya contra una pared que parece sólida. En cuanto se recuesta, la piedra lo devora. Su cuerpo desaparece de golpe, como si se lo hubiese tragado una grieta que no estaba allí hacía un segundo.
—Dionna —me dice Ernys, con un hilo de voz—. Esto es una locura… ¿qué está pasando?
Me encojo de hombros, porque no lo sé. Pasamos junto a una chica arrodillada, repitiendo ya apenas sin voz: “Él me ama. Él me ama. Él me ama.” Una y otra vez, como una plegaria que perdió el sentido.
¿De quién estará hablando? Su túnica de noche está rota.
Sus uñas ensangrentadas. No parece vernos.
No parece ver nada. El laberinto la ha convencido para quedarse en ese rincón y repetir su esperanza hasta que se marchite.
Como si todo lo que oye y ve fuese real para el resto también y todos la estuviésemos juzgando.
Me pregunto cuánto tardará el laberinto en engullirla.
Un poco más adelante, otro Aspirante está de pie, inmóvil, con los ojos vidriosos y los labios secos. Lo rodean cuatro puertas idénticas. Las abre, una por una, y siempre termina en el mismo sitio: ese cruce de caminos falso que tanto les gusta hacer en cada Tríada.
La magia del laberinto se ha hecho más precisa.
Más cruel. Las voces, antes susurros en la niebla, ahora son dagas envueltas en recuerdos.
No solo la oigo a ella, también oigo a mi padre.
«No lo lograrás, Dionna. Siempre has sido un fracaso para todos.
De todas mis hijas tú eres la decepción más grande».
Oigo a mi madre gritar de dolor en la oscuridad.
Oigo a Kiri decirme que no vuelva, que ojalá no tenga que crecer y parecerse a mí.
No quiero escucharlo. No quiero caer, pero siento que lo estoy haciendo.
Noto mis piernas temblar. Mi estómago no me da tregua.
Mi cabeza es una niebla espesa que me impide pensar.
Ernys me agarra del brazo cuando tropiezo por segunda vez en un tramo donde las baldosas se deshacen al pisarlas.
Me ayuda a seguir, pero él también está al límite.
—Tenemos que seguir —le murmuro, más para mí que para él.
Y justo entonces… otra voz, pero esta no me sobresalta. No me duele. No se arrastra por mis entrañas ni imita a un fantasma. Es clara, serena, adulta, y familiar
—Ahora, gira a la izquierda. No dudes.
Me detengo.
—¿Qué? —susurro, confundida.
Ernys me mira.
—¿Qué pasa?
No contesto, porque sé que si explico lo que acabo de escuchar, perderé la oportunidad de hacer lo que la voz me pide.
Miro a la izquierda: no hay nada especial.
Solo hay un pasillo igual de oscuro y torcido que los demás.
Salgo corriendo sin pensármelo. Noto el ardor en mi estómago, el fuego en mis pulmones, la niebla en mi cabeza, pero sigo corriendo tan rápido como mis piernas me lo permiten.
Corro como si el laberinto estuviera respirando sobre mi cuello.
Como si esto fuera lo único real que he escuchado desde que empezó esta pesadilla.
La voz dicta mis pasos un segundo antes de que instintivamente yo ya lo hubiese decidido.
Como si fuese mi propio subconsciente el que está decidiendo por mí.
Subo por un tramo de escaleras que no sabía que existía y, a medida que subo, el aire cambia.
La luz comienza a filtrarse por una abertura en lo alto.
Está amaneciendo. La salida está allí, pero mis piernas se tambalean.
Me sigue ardiendo el pecho, pero no me detengo.
Noto como esa esencia ansiosa que se evaporaba de mi cuerpo se mantiene dentro de él esta vez ayudándome a salir.