IV #3
Está solo, con una copa de cristal en la mano y una sonrisa ensayada tan perfecta que dan ganas de pegarle y pedirle disculpas al mismo tiempo.
Y qué rabia me da admitirlo, pero... madre mía, ¡qué bien le queda el negro!
Camisa ligeramente abierta en el cuello, chaqueta de traje sujeta por un broche de obsidiana y esos malditos ojos verdes.
Es alto, más alto de lo que recordaba, y se mueve como si el aire hiciese espacio solo para él.
—Dionna —dice, alzando apenas la voz, como si me hubiera estado esperando y no le sorprendiese verme.
—Barón Valendris —respondo, sin aliento y sin saber muy bien si huir o fingir que estoy aquí porque me gusta pasear sin rumbo a medianoche.
—¿Perdida por palacio, y a estas horas? —pregunta, acercándose un paso. Su tono es suave, casi melancólico—. Dicen que quien se queda demasiado tiempo en la biblioteca de los Arcanistas acaba soñando con libros que aún no se han escrito.
—Yo con que no me castiguen por llegar tarde, me doy por satisfecha —respondo con una sonrisa forzada y un intento por seguir mi camino.
Él la recibe con una media sonrisa muy real. Da otro paso hacia mí, ignorando mi intento de huída. Ya está a mi lado.
—Eres distinta a lo que imaginaba —dice, mientras estudia cada microgesto que pueda hacer mi subconsciente—. Lo vi en la Arena. No bajaste la mirada, solo lo hiciste cuando tú misma decidiste hacerlo. O bien eres muy lista, o por el contrario, bastante idiota.
—¿Y tú cuál de esas dos cosas crees que soy? —Siempre me ha gustado forzar la maquinaria.
—Aún no lo sé —responde mientras camina hacia el lado contrario, me roza el brazo al pasar, como si el contacto fuera accidental, pero sé que no lo es—, pero lo sabré.
Hay algo calculado en ese roce, algo que se queda ardiendo en mi piel.
Y cuando está a punto de irse, se detiene y vuelve a girarse hacia mí.
El aire a nuestro alrededor se vuelve más dentro y juraría que lo que viene es una especie de castigo por haber roto las reglas de la Marcha, pero no.
Lo que viene es mucho peor. Me coge suavemente del mentón, como lo hizo en la Arena, pero esta vez no hay protocolo ni espectadores.
Solo él y yo en el silencio del pasillo.
Me da un beso en la mejilla, en ese punto muerto en el que no sabes si han rozado la comisura de tus labios de manera accidental o deliberadamente.
Ese tipo de beso que dice: «Podría haber sido más, pero no.
Prefiero que pienses qué pudo haber sido y no fue».
Y, por mucho que deteste admitirlo, yo lo pienso.
¡Joder si lo pienso!
—Descansa, Dionna. Mañana empieza el verdadero juego —me susurra antes de desaparecer.
Me quedo ahí, sola, sintiendo que me han robado el aliento sin tocarme los pulmones. Respiro hondo una, dos y tres veces. Tardo más tiempo del que me gustaría admitir en volver a recordar que llego tarde. Salgo corriendo de nuevo.
Entro en la habitación casi deslizándome, con el corazón acelerado y las mejillas aún ardiendo. Clummy está sentado junto al escritorio. Levanta la vista apenas un milímetro.
—Has llegado treinta y seis minutos tarde —dice sin levantar la voz—. Eso compromete tu tiempo de sueño reparador. Estás por debajo del umbral óptimo; no es lo ideal.
—Ya lo sé, ya lo sé. —Me dejo caer sobre la cama co-mo si me hubieran desenchufado—. Un libro me secuestró y luego me asaltó un barón.
Clummy ladea la cabeza intentando entender mis palabras.
—¿Sufriste algún daño físico o amenaza directa a tu vida?
—Solo a mi estabilidad emocional —respondo con un suspiro.
—Entonces no se considera un incidente relevante. Ahora debo recordarte el esquema de pruebas que enfrentarás.
Me incorporo un poco, aunque el cansancio empieza a pesar como una tonelada de plomo. Clummy se pone de pie con esa elegancia inquietante que parece desmentir la gravedad y reírse de mi torpeza humana.
—Como ya sabrás por años anteriores, la Tríada se compone de tres ciclos principales.
—Noto venir la parrafada de información que me voy a comer antes de que siga hablando y mi cerebro ya comienza a completar sus oraciones antes de que termine de pronunciarlas—.
Cada ciclo consta de lo siguiente: tres desafíos preliminares no letales, que sirven de preámbulo para la gran Prueba y otorgan una pista si se superan; un Baile Ceremonial, cuya etiqueta y protocolo explicaré cuando sea conveniente; una Prueba Principal, que sí es letal, a menos que te rindas si ves que no deseas pagar el precio de ser Heroína con tu vida; y, por último, una celebración para los supervivientes.
—¡Es verdad! ¿Una fiesta después de casi morir? —pregunto sarcásticamente mientras elevo mis cejas—. ¡Qué considerado todo!
—Lo sé. —No puede estar diciéndolo en serio—.
Después del tercer ciclo, quienes sobrevivan habrán superado la Tríada y se habrán convertido en Héroes de la Tríada anual —continúa hablando—.
Cada desafío tendrá lugar en una región distinta del continente.
Los traslados están programados con antelación, pero no se revelarán a los Aspirantes hasta el momento de partir.
—¿Y tú no puedes decírmelo? ¿Ni un spoiler así de chiquitito? —le pregunto, levantando la mano y dejando apenas un suspiro de distancia entre el índice y el pulgar
—Mi naturaleza me lo impide —comienza a decir y hace una pausa calculada antes de continuar—. Literalmente. Si lo intentase, mi núcleo supervisor, lo que vosotros llamaríais cerebro, colapsaría en un bucle de bloqueo.
—Qué dramático eres, chico —le digo poniendo los ojos en blanco.
—Optimizado para la discreción.
Me quito las botas y dejo caer la capa sobre una silla. La cama parece llamarme por mi nombre, pero no pienso irme a dormir sin asearme como la Fundadora manda.
—¿Sabes al menos qué prueba toca primero? —pre-gunto, abriendo el grifo de la bañera que está en el centro del dormitorio y espero a que salga el agua caliente.
—Sí.
—¿Y me lo vas a decir? —pregunto sin mirarlo. Ya está caliente. Ahora necesito mi ropa de cama y una toalla.
—No.
Me giro rápidamente, ¿cómo que no me lo va a decir? Se supone que está aquí para ayudarme a mí.
—Solo queda una noche para el desafío. Podrías enrollarte un poco —le digo mientras cojo la toalla más suave que he tocado en mi vida. Esta gente caga dinero.
—¿Dónde? —ladea la cabeza de nuevo.
—¿Cómo que dónde? —Esto empieza a ser una conversación de besugos y yo solo me quiero bañar y dormir. Puede que los desafíos no sean letales, pero estoy segura de que distarán mucho de ser agradables.
—¿Dónde quieres que me enrolle?
No puede estar hablando en serio.
—Da igual, Clummy. Necesito un poco de intimidad —le digo señalando la bañera —. Me voy a bañar.
—Entiendo que la desnudez delante de otros os resulta o bien vergonzosa o muy placentera. Me retiro. Duér-mete, Dionna de Caelis —me dice, acercándose a la puerta.