IV #2
—Dionna de Caelis —dice, como si recordase mi nombre de una conversación pasada, ¿cómo sabe mi nombre y por qué lo recuerda?—. ¡Qué honor tenerte aquí! Galimatea necesitaba una representante con carácter. Este año Galimatea tendrá por fin buena representación. Espero que estés a la altura.
—No suelo decepcionar —respondo con la sonrisa que había evitado sacar antes con mis ojos clavados en el suelo.
Cuando creo que seguirá su camino, veo como su mano se posa en mi barbilla y hace que levante la cabeza. Nos miramos a los ojos y asiente.
—Hazel azulado, prometo no olvidarme nunca del color de tus ojos.
Ríe suavemente y se marcha, pero sus ojos tardan un segundo más en apartarse de los míos. Yo creo que me voy a morir aquí mismo. Aquí y ahora. Me caigo muerta fijo.
En el palco, dos figuras más llaman mi atención.
La Princesa Zmena, rostro de mármol y pestañas largas y gruesas, observa sin pestañear.
A su lado, una joven de ojos oscuros y pelo recogido: Lady Nirelia, hermana de Devrian.
Su expresión es inescrutable. No hay ternura en su mirada: solo juicio.
Sin embargo, de vez en cuando, cuando mira a alguien sonríe de oreja a oreja.
Ese tipo de sonrisas que se contagian, pero de las que no me suelo fiar.
Sigo inspeccionando de reojo el palco de la familia real, aún sabiendo que no debería, defecto del animal, ¡qué le vamos a hacer!
La Infanta Velmira Valendris, hermana del antiguo rey, está agarrada del brazo de su marido, Lord Akim Valendris.
Ni siquiera se miran. Velmira siempre parece triste, incluso en los retratos y grabados.
Mierda.
Mis ojos me traicionan cuando cruzo miradas con Catrizza.
No sé si me ha reconocido, ha sido un solo segundo.
Es imposible; nadie podría recordar una cara tan fácilmente, mucho menos reconocerla desde tan lejos.
No pienso volver a levantar la mirada. A su lado puedo adivinar que está su marido, Varyn.
Están todos aquí. La familia real al completo.
Nos ordenan seguir la marcha hasta llegar a uno de los extremos de la Arena. Cuando creía que nos dejarían salir ya, uno de los Arcanistas —una figura encapuchada, con una voz modulada por algún hechizo que la hace sonar dentro de tu cabeza— se sitúa en el centro.
—Ciudadanos, miembros de la corte, familia real, y finalmente Aspirantes, lo que habéis presenciado es la Presentación de nuestros Aspirantes a Héroes y Heroínas de este año.
La Tríada se compone de pruebas diseñadas para descubrir no solo vuestras capacidades, sino vuestra esencia.
No todos llegarán al final, pero todos seréis vistos mientras haya un Arcanista cerca.
Que la Fundadora os guíe, y que la Tríada os transforme.
Nos dejan salir por turnos. La multitud ya no ruge, pero sigue allí, observando desde las alturas como si esperasen que alguno de nosotros empezase a jugar La Tríada antes de cruzar el umbral.
Ninguno de nosotros hace nada, todavía no.
En cuanto pongo un pie fuera del campo sagrado de la Arena, una voz me llama:
—¡Dionna! ¡Aquí!
Es Ernys, que está junto a Cristalith Garethil, la chica de pelo rubio ceniza y ojos de halcón que estaba jugando al ajedrez en el carruaje; Odrien Veldrán, el chico con el que jugaba Cristalith; y Sándor Dobren, el que ahogaba sus penas en el bar.
Me acerco a ellos y nos quedamos en un rincón medio oculto por una columna mientras el resto de Aspirantes sigue saliendo en formación.
—¿Estás mal de la cabeza? —me pregunta Sándor, con tono bajo—. No sé si lo he imaginado, pero creo que acabas de mirar al rey directamente a los ojos durante la Marcha y sigues viva para contarlo.
—No lo has imaginado —respondo, con una sonrisa floja—. Fue... un impulso, o tal vez una estupidez.
—Ambas —dice Cristalith, cruzada de brazos—. ¡Pero qué escena, chica! No sé si fue más incómodo eso o el momento en que Devrian te habló como si fueses su prometida secreta.
—No me lo recuerdes —digo llevándome las manos a la cara.
—Bueno, al menos tú no te tropezaste con tu propia capa como cierto conciudadano tuyo—añade Odrien, mirando a Ernys con una sonrisa burlona.
—Fue un viento traicionero —responde Ernys con su dignidad ofendida.
—El viento no tiene la culpa de que tengas dos pies izquierdos —suelta Cristalith, y todos nos reímos abiertamente de Ernys.
Nos quedamos en silencio unos segundos, observando cómo los Aspirantes más rezagados se agrupan. Qué bien me cae esta gente. La lotería va a unirnos más que haber sido elegidos por méritos propios.
—La familia real parecía… —empieza a decir Sándor, buscando las palabras adecuadas— incluso más fría que en los grabados —dice al fin.
—Lo son —dice Cristalith, sin rodeos—. Excepto Devrian, que parece hecho para el escenario. Pero los demás… ¿habéis visto a la princesa Zmena? Da miedo. Y Nirelia ni gesticula al hablar, a menos que quiera tirarse a alguno de los nobles, ahí sí que sonríe la tía.
—Y Velmira —empiezo a decir— parece estar a punto de romperse.
Cristalith asiente, más seria de lo habitual.
—No es solo que lo parezca, es que lo está. Dicen que lleva años intentando tener descendencia con su marido y que ya ha pasado por varios sanadores sin éxito. Algunos cuchichean que se ha hundido en una depresión, y que por eso no se la ve casi en público.
—¿Y eso importa? —pregunta Odrien—. Si ya tiene todo el dinero y poder del continente, ¿qué importancia tiene eso?
—Muchísima —respondo tajante—. Es la única hermana del antiguo rey que parece buena persona.
Si al menos tuviésemos suerte de poder saltarnos a Varyn y Devrian pudiese ocupar su lugar, aún podríamos estar algo tranquilos.
—Parezco o bien un libro de historia o un pergamino de cotilleos, pero no puedo parar—.
Pero no, tendríamos que comernos un reinado de Varyn, que tiene pinta de poder destriparte y después comerse una ensalada.
La línea de sucesión de Velmira sería más noble, pero sin herederos.
.. todo el peso recae en Seredric, que si os soy sincera, parece incluso más cruel que su padre.
Se quedan en silencio de nuevo, no sé si por respeto a la Corona o por incomodidad. Mierda. He vuelto a hablar de más. Podría considerarse traición y apenas conozco a esta gente. De pronto, lo que parecía un desfile bonito con música épica y trajes de gala parece un preludio a mi muerte.
—¿Sabíais quién era quién antes de que los anunciaran? —pregunto intentando cambiar de tema. Aunque ya noto la T de «Traidora» ardiéndome en la frente.
—Claro —responde Ernys—. No nos dejaron mirarles, pero yo sabía dónde poner cada nombre. Los colores, las joyas, los sellos en las túnicas… todo está codificado para que los reconozcas sin levantar la vista.
—¿Los miraste a todos? —me pregunta Sándor.
—A casi todos, pero solo le mantuve la mirada al rey. —Dudo—. Bueno, y a Devrian, pero eso fue culpa suya, él me hizo levantar la vista.
—¡Hostia puta, Dionna! —grita Sándor—. Así normal que hables bien de Devrian, ¿de qué os conocéis? Di la verdad.
—¿Devrian y yo? De nada. Es la primera vez que lo veo en mi vida —digo mientras noto el calor acumulándose en mis mejillas —. Y él no sé de qué me conoce a mí.
Odrien silba y Cristalith le da un codazo en el brazo.
—Si salimos de esta vivos, quiero que me cuentes dos cosas: primero, cómo hiciste para que te sostuviera la mirada el rey, porque eso no lo consigue cualquiera; y segundo, y más importante, qué tal Devrian en la intimidad —dice Ernys guiñándome un ojo.
—Lo primero no creo que lo sepa nunca y lo segundo tampoco va a suceder —digo haciendo una pausa mientras siento la mirada de todos clavada en mí—. Jamás.
Nos reímos de nuevo y, por un momento, el miedo a que me denuncien a los Arcanistas por traición desaparece.
Cuando la conversación termina, cada uno vuelve a su habitación asignada.
Tenemos un par de horas libres antes de tener que estar en nuestras estancias y que nuestro cluam nos explique el protocolo previo y posterior a cada desafío en detalle.
La mayoría tiene cara de necesitar una siesta o una infusión de valor líquido de esas que se venden fuera de lo legalmente aceptado.
Yo, sin embargo, tengo otra idea: la biblioteca.
Camino por los pasillos sin prisa, reconociendo con gusto el leve zumbido de las lámparas flotantes y el eco apagado de mis propios pasos.
Voy pasando mis manos por los rebordes de los paneles que decoran las paredes del pasillo.
La biblioteca está vacía. Tres pisos de estanterías que respiran conocimiento antiguo, alfombras que amortiguan los pensamientos y ventanales que dejan pasar una luz suave como un suspiro.
Mientras admiro cada centímetro del lugar encuentro un rincón cómodo.
Me acomodo con un tomo enorme entre las manos: La anatomía simbólica del poder en las casas reales de Aethrya .
Solo el título ya pesa como un ladrillo, pero algo me impulsa a leer.
Quizá entender la forma en que caminan, visten y sonríen los Valendris me ayude a sobrevivir a esta pesadilla con un poco más de cordura.
Haber hablado de más como de costumbre me taladra la conciencia y tengo que leer varias veces el mismo párrafo en más de una ocasión.
Me pierdo, casi literalmente, entre las páginas de este libro de proporciones imposibles. Cuando levanto la vista, la biblioteca está teñida por la luz violeta de las lámparas nocturnas.
Mierda. Mierda. Mierda.
Me he pasado de hora. Me levanto tan rápido que casi tiro la mesa y echo a correr por los pasillos, murmurando disculpas a las paredes encantadas, a los cuadros flotantes y a mi sentido común por haber pensado que «solo una hora» sería suficiente.
Y entonces, al doblar una esquina, me encuentro al mismísimo Devrian Valendris.