Aethrya La Tríada IV
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IV

Dionna

A ún no estoy del todo despierta, pero tengo la sensación de que alguien me está observando. Abro un ojo: Clummy a escasos cinco centímetros de mi cara.

—¡Joder! —grito, dando un respingo que casi me lanza de la cama.

—Y en el promedio ideal para morirme del susto, ¿también estás llevando la cuenta? —gruño, apartándome el pelo de la cara—. ¿No sabes lo que es el espacio personal?

—El espacio personal no está contemplado en mis protocolos de supervisión matutina —responde, comple-tamente serio—. Pero puedo adaptarlo al sistema de unidades que prefieras y añadirle el parámetro que te haga sentir más cómoda.

Me dejo caer de nuevo sobre la cama y me tapo la cabeza con la almohada.

—Dame cinco minutos o una excusa para huir del reino y de La Tríada. Lo que sea que llegue primero.

—Te recuerdo que en una hora y dieciocho minutos debes presentarte en la Arena de Espejismos para la Marcha de Presentación. El protocolo exige preparación previa. Y no puedes huir. Jamás.

—¿Exige qué? —¿Ha dicho que no puedo huir jamás?—. Un momento, ¿qué?

—Preparación: aseo personal, vestimenta adecuada, revisión de modales y actitud decorosa ante la familia real.

—Genial. ¿También me vas a poner un embudo en la boca para desayunar como si fuera un pato?

Clummy pestañea. Bueno, no, no pestañea. Nunca pestañea a destiempo. ¿Pestañea? Supongo que está simulando algo parecido al concepto de procesar una ironía.

—Hay desayuno disponible en el pasillo central. No incluye embudos. Todavía.

Me siento en la cama. Me estiro como un gato cansado de existir que solo quiere que le sirvan otro cuenco de pienso.

—¿Y qué se supone que debo ponerme? ¿Lentejuelas? ¿Armadura? ¿Vestido con corsé y capa voladora? —Pienso un segundo—. O peor, ¿tacones?

Clummy se gira y abre el armario. En su interior, perfectamente alineado, hay un conjunto que juraría no haber visto anoche compuesto por pantalón negro con adornos dorados, una chaqueta corta de ceremonia con hombreras bordadas en hilo azul y una capa de gasa semitransparente con el escudo de Galimatea bordado en el centro.

Y botas. Nunca me había alegrado tanto de ver unas botas.

—Este es tu atuendo oficial para la Presentación —dice—. Simbólico, discreto, con referencias regionales. Y sin bigote, si me permites añadir.

—¿Tú también con lo del bigote? —pregunto reso-plando.

Me acerco y paso los dedos por la tela. Su mero tacto me hace sonreír: todo parece estar hecho para hacerte sentir bien.

—Bueno, al menos no tengo que llevar tacones —digo levantando una ceja—. ¿Y qué más tengo que saber?

—Cuando entres en la Arena de Espejismos, mantente en la fila asignada. Camina con paso firme, sin correr ni arrastrar los pies. Hasta que termine la Marcha no mires directamente ni al rey ni a los miembros de la familia real…

—Demasiado tarde —murmuro, recordando la es-cena de anoche con la marquesa Catrizza.

—...ni hagas gestos excesivos. Inclínate al pasar por el palco real. Sonríe sin dientes. Y, por favor, no tropieces. —Hace una pausa, como buscando información dentro de su cabeza—. Los tacones se reservan para los bailes ceremoniales previos a las Pruebas de la Tríada.

—¿Y si me tropiezo, pero consigo caerme con estilo? Eso puede que me diese puntos entre la nobleza.

—En ese caso, asegúrate de caer hacia la izquierda. La derecha es donde están los Arcanistas que proyectan todo lo que sucede durante la Tríada a todo el continente. Mientras ellos estén cerca, tú serás vista.

Lo dice completamente en serio. Este ser o lo que sea Clummy… Suspiro. Me froto la cara.

—Clummy…

—¿Sí?

—¿Crees que puedo sobrevivir sin desmayarme, vomitar o iniciar una revolución con solo caminar?

—Tu probabilidad actual de fracaso escénico, según los datos que he recopilado, es del catorce por ciento. Estás dentro del margen aceptable.

—Todo un alivio —digo mientras camino hacia el baño—. Y si me desmayo, ¿me vas a recoger tú?

—Tengo instrucciones de moverme únicamente en caso de amenaza directa a tu vida.

—Pues si me tropiezo frente al rey y vomito en los zapatos de su madre, considera mi vida oficialmente en peligro.

Lo oigo detrás de mí, absolutamente inmóvil.

—Lo tendré en cuenta.

◆◆◆

Tenemos pantallas tras las puertas que nos separan de la gente de bien; la plebe y la riqueza solo se mezcla por causas de fuerza mayor.

Nos dejan ver por donde caminaremos durante esta marcha antes de cruzar el umbral.

El cielo sobre la Arena de Espejismos es tan limpio y azul que parece una promesa de que el día será perfecto, pero dudo que eso sea cierto.

Las gradas, elevadas en anillos de cristal y mármol blanco, vibran con la expectación de miles de voces, miles de miradas.

Las banderas de las regiones ondean en lo alto, y cada estandarte parece un recuerdo del mundo que hemos dejado atrás para estar aquí.

En el centro, la Arena brilla como si el suelo estuviera hecho de espejo líquido: de ahí su nombre.

Qué ironía que cada año parezca más bonita, con la cantidad de muertes que ha acogido.

Nos colocan en filas, separados por regiones.

Respiro hondo; sé que ya no hay vuelta atrás.

La música comienza: un coro de cuerdas etéreas y tambores profundos que no parecen golpear, sino despertar algo en el pecho.

Las puertas de la arena se abren con un estruendo que sacude el suelo.

Entramos y nuestra cabeza mira al suelo.

El rugido del público es una ola que amenaza con ahogarme.

Nos recibe como se recibe a un ejército, como si fuésemos ya leyenda antes de haber demostrado nada.

Los nobles nos miran desde los balcones.

Algunos lo hacen con interés genuino, otros con desdén falsamente educado.

Las familias comunes que tienen la suerte —o el dinero suficiente, pero no el título nobiliario— de vivir en la Ciudadela de Cristal, ondean pañuelos y gritan nombres desde las gradas más altas, aunque dudo que vean a alguien desde tan arriba.

Al llegar al centro de la Arena, nos detenemos.

El palco real se alza como un trono sobre el mundo en un lugar privilegiado de las gradas.

En él, sentada con la gracia que da el poder de haberte casado con sangre divina, está la Reina Madre Matrish Valendris.

Sus ojos son azul hielo, pero su expresión cálida se me hace falsa.

Mierda, Dionna, no la mires, joder. Su voz, cuando habla, es miel tibia en pleno invierno.

No sabría decir por qué, pero me parece falso.

—Aspirantes —dice—. Hoy dais el primer paso hacia lo imposible.

La Tríada os pondrá a prueba en cuerpo y alma, y os transformará.

Sea cual sea vuestro origen, vuestra fuerza o vuestra historia.

.. hoy sois iguales. Y, si sois dignos, mañana seréis más que eso.

Si os alzáis como Héroes de la Tríada, toda Aethrya sabrá quién sois.

Demostrad un año más que la esencia triádica de nuestro continente es la más poderosa de todas las fuerzas.

A su lado está el nuevo Rey Seredric I, su primogénito.

Está vestido de negro y azul profundo. No habla, tampoco sonríe, simplemente observa.

Sus ojos recorren cada fila, cada rostro.

Antes de que llegue a mí y tenga que apartar mi mirada intento analizar sus facciones: su rostro parece tallado en líneas firmes, con una mandíbula que parece incapaz de rendirse cubierta por una barba perfectamente recortada.

La nariz recta, los labios marcados y gruesos.

Tiene unos ojos que están hechos para pertenecer a un rey: dorados y vacíos.

Y luego miro su pelo, castaño, corto y rebelde —tan opuesto a la corona sobre él.

Su mirada se pasea por cada uno de los Aspirantes, estos se inclinan uno a uno y su Majestad asiente cada vez que posa sus ojos en el siguiente.

Mi turno llega y cuando estoy a punto de inclinarme como dicta el protocolo, algo dentro de mí —quizá estupidez, quizá orgullo norteño— me impulsa a mantener la mirada en alto.

Lo miro directamente a los ojos.

No aparto la vista y tampoco me inclino.

Un murmullo recorre la Arena. El suspiro colectivo de un protocolo que no sale como debería.

Él no parpadea, no aparta la vista ni para pestañear: me sostiene la mirada mientras entrecierra los ojos.

No veo juicio en su rostro, pero sí algo peor: interés.

Su mandíbula se tensa, y juro que puedo notar el odio que tiene escondido dentro, ese que aún no ha salido, pero que sé que saldrá.

Justo cuando una sonrisa de suficiencia se me empieza a formar en la cara, me inclino.

Acto seguido, levanto la vista para mirarlo una última vez sin bajar del todo la cabeza.

Qué le voy a hacer. Nací norteña y así me voy a morir.

Me han llamado cosas peores. Tampoco es que quiera morir tan pronto, así que decido que es momento de agachar la cabeza del todo.

Un hombre baja hacia nosotros desde la fila de nobles antes de que el Rey decida mirar a otro Aspirante y yo quite la mirada de la escena.

Solo él puede ser tan elegante, encantador, y tener una sonrisa que parece hecha para caerle bien a todo el mundo.

Es altísimo, fuerte y camina como si le perteneciese el suelo que pisa, lo cual es muy probable que sea cierto.

Es condenadamente atractivo y, justo cuando recuerdo que tengo que tragar saliva, también me acuerdo de que mis ojos siguen mirando.

¡Por la Fundadora! Bajo la cabeza justo a tiempo.

El Barón Devrian Valendris, primo del Rey, que ha bajado del palco y está caminando junto a los Aspirantes, se detiene frente a cada uno de nosotros.

Saluda con cortesía a varios Aspirantes, intercambia bromas suaves.

Todos con la cabeza gacha, sin mirarle a los ojos, como manda el protocolo.

Cuando llega a mí, me hace una ligera reverencia. Mantengo la mirada baja esta vez.