III #2
Se la estrecho con una sonrisa.
—Dionna de Caelis, de Galimatea.
—Celebro y lloro a partes iguales, por cierto —añade el grandullón—. Es triste haber sido parte de las sobras y no haberme ganado ser Aspirante a La Tríada, peeeero aquí estoy igualmente. —Alza la copa y suelta una carcajada exagerada antes de darle un sorbo a la copa.
—Te entiendo a la perfección.
Pido un vaso de agua. La camarera, una mujer de pelo gris recogido en un moño altísimo, me lo sirve sin decir nada.
—Encantada de conocerte, Sándor. Espero que nos ganemos ser Héroes de la Tríada y no haya boletos dorados también para eso —le digo mientras me voy alejando.
—Y que no muramos en el intento —dice mientras alza su copa de nuevo.
Qué bien me cae esta gente. Salgo del bar y mientras voy hacia mi cuarto, choco con una chica que, literalmente, me llega por el pecho. Consigo salvar el vaso de agua que llevo en la mano de milagro.
—¡Hola! Soy Liora Vanthale, vengo de Elarith.
Me encanta todo esto, ¿te puedes creer lo enoooorme que es todo esto?
Es gigantesco. Por cierto, no me confundas con la otra Liora, eh —habla con un tono tan agudo que mis tímpanos apenas lo soportan.
Antes de continuar mira de un lado a otro como si lo que me va a contar fuese un secreto—.
Su madre no tiene personalidad ninguna, le copió el nombre a la mía cuando se enteró de que me lo había puesto a mí, ¿te lo puedes creer?
Muy fuerte. —Respira una bocanada de aire para seguir de carrerilla—.
Muy muy fuerte, la verdad. Creo que voy a seguir admirando todo esto.
Aún no me lo creo. Yo, tan pequeñita como soy, en un sitio como este.
Gira sobre sí misma y sigue hablando sin parar a una velocidad inhumana. ¿Es que no se calla nunca? Vuelve a girarse hacia a mí y sonríe.
—Es alucinante. Perdí la prueba de fuerza, pero es que vamos a ver, esa piedra era más grande que yo, ¿en qué estaban pensando? Yo es que no me lo puedo creer. Por cierto, ¿tú cómo te llamas?
Me lleva un momento procesar todo eso. ¿Cómo pueden caber tantas palabras en un cuerpo tan pequeño?
—Dionna de Caelis. Galimatea. Encantada. Estoy cansada. Iba a descansar —suelto la información necesaria utilizando el menor número de palabras posible mientras me voy alejando de ella.
—¡Hasta luego! —grita Liora mientras salta hacia otra sección del carruaje.
Suspiro y alzo ambas cejas. Creo que no podría aguantar más de diez minutos en la misma habitación con ella.
◆◆◆
Hemos ido parando por el camino recogiendo a diferentes Aspirantes; sin embargo, ahora siento una quietud diferente.
No hay vibraciones, ni el zumbido mágico que parecía mantenerlo flotando.
Me asomo por la ventana y ahí está: el Palacio de la Ciudadela de Cristal.
Nunca lo había visto con mis propios ojos, solo en grabados antiguos o esas ilustraciones exageradas de los libros de historia.
Pero ahora está aquí y, aún así, sigue pareciéndome gigantesco, brillante y perfecto.
Cuando bajo, un grupo de Arcanistas nos espera en formación.
Llevan capas azul oscuro, todas con bordes plateados y un símbolo distinto bordado en el pecho.
Cada uno de ellos lleva una tablilla flotante al lado, pero no las miran, es como si tuvieran una lista de nombres que la propia tablilla les susurra directamente al oído, sin siquiera tener que leerlos. Uno de ellos se adelanta.
—Aspirantes seleccionados mediante excepción real, seguidnos. Pasarán directamente a sus habitaciones, donde conocerán a su cluam asignado.
¿Cluam? ¿Qué es eso? Miro a mi alrededor para ver si alguien más se lo pregunta, pero todos parecen saberlo, o fingen muy bien. Menuda pardilla soy.
—¿Cluam? —susurro en voz baja a ver si alguien me explica algo, pero nadie responde.
Doblemente pardilla.
El palacio por dentro es aún más impresionante.
Las paredes están hechas de cristal tallado y piedra blanca.
Todo brilla con una calidez suave, como si las lámparas respiraran.
No sé si es magia o buen gusto, pero estoy dispuesta a robar aunque sea una piedra del suelo para ver si puedo replicarlo en casa.
Mi casa. Aún no sé si sobreviviré a La Tríada y ya estoy pensando en redecorar mi casa.
Me asignan una habitación en el Ala Este, tercer piso.
Esta es mucho más elegante que la del carruaje, y eso ya es decir mucho.
Cama enorme, armario de tres cuerpos, un escritorio bajo una ventana de vidrio tallado con toques ligeros de pintura dorada, y una lámpara flotante que se mueve levemente si me acerco a ella.
Mientras recorro con la mirada mi nueva habitación, lo veo.
Sentado en una silla junto al escritorio hay.
.. ¿alguien? No sé si llamarlo persona. Es alto, pálido, con la piel tan lisa que parece esculpida en porcelana.
Su pelo es blanco recortado a la perfección.
Lleva un uniforme negro con ribetes en plata, ajustado al cuerpo de forma impecable. No parpadea.
—Bienvenida, Dionna de Caelis —dice con voz neutra, apenas humana—. Soy tu cluam asignado. Un acompañante ceremonial, guía personal, tutor auxiliar y protector espiritual durante tu estancia como Aspirante. Estoy aquí para servirte, vigilarte y reportar cualquier comportamiento indebido.
¿Protector espiritual? ¿Vigilarme? ¿Es mi madre no-humana? Porque esta cosa no puede ser humana.
—¿Eres humano? —pregunto, sin poder evitarlo.
—En parte; mis funciones exceden la biología humana —responde, y su voz no cambia de tono ni por un segundo.
—¿Y tienes nombre?
—No, pero puedes ponerme el que quieras y contestaré a él.
Dudo durante unos segundos.
—Clummy. Quiero llamarte Clummy.
Él mira a un punto fijo al fondo de la habitación, como si estuviese escribiendo en su cerebro para después levantarse con una suavidad casi antinatural.
—De acuerdo, me llamo Clummy. ¿Deseas que te muestre las zonas a las que tienes permitido acceder?
Asiento automáticamente.
Clummy me muestra primero el pasillo principal del Ala Este, luego bajamos por unas escaleras flotantes —¡flo-tantes!, la madre que me parió— hasta llegar a la biblioteca. Tres pisos de estanterías, escaleras en espiral, mesas de lectura con lámparas individuales. Me brillan los ojos.
Luego, la estancia de música. Hay un arpa que toca sola en una esquina.
Clummy no dice nada, solo señala y sigue.
Pasamos por la galería de retratos y allí me detengo.
Son cuadros enormes, todos enmarcados con molduras doradas: reyes, reinas, príncipes, soldados, algunos con espadas, otros con libros.
Todos miran al frente como si estuviesen vivos.
Un par de asistentas entran con cubos y paños. Me quedo quieta, observando desde una esquina mientras Clummy se adelanta. Están limpiando un espejo antiguo mientras hablan.
—Te juro que a veces, cuando lo limpio, veo a una niña rubia detrás de mí —dice una de ellas.
—¡Calla! —responde la otra—. Que la Fundadora nos ampare. No invoques a la pequeña maldita. Dicen que trae mala suerte mencionarla.
—No la he invocado... solo digo que la he visto. Ahí parada.
—Baja la voz. No quiero perder el trabajo. Ni encontrarme con ningún espíritu vengativo. Vámonos ya.
Las dos se alejan, murmurando entre dientes. Yo me quedo ahí, clavada como una estaca. ¿Una niña maldita? ¿Un fantasma? ¿En este lugar perfecto? Me giro hacia Clummy, que ha regresado sin hacer ruido.
—¿Tú sabes algo de eso? —pregunto.
—No hay registros oficiales sobre fenómenos paranormales en la galería de retratos —responde sin inmutarse—. Y, aunque los hubiese, no tendrías acceso a ellos. Así que es irrelevante.
Genial. Me llevo una historia de terror gratis con la visita guiada. Nos dirigimos de nuevo a mi habitación. Cuando llegamos, Clummy se detiene en la puerta.
—Te dejaré sola esta noche. Mañana serás convocada a la Marcha de Presentación en la Arena.
—¿Y qué pasa en esa marcha? ¿Lo de todos los años?
—En efecto; se da la bienvenida a los nuevos Aspirantes ante la familia real. Es obligatorio sonreír, no mirar al rey ni a los miembros de la familia real a los ojos, y no desmayarse. Después todo se volverá más familiar.
—Gracias por el consejo.
Clummy se gira y desaparece en el pasillo sin hacer ruido. No tengo sueño, al menos no todavía; la cabezada que di en el carruaje fue maravillosamente eficiente. Decido seguir in-vestigando por mi cuenta.
Los pasillos del palacio son largos y silenciosos a esta hora, solo se escucha el eco amortiguado de mis pasos sobre las alfombras bordadas. Las lámparas flotantes emiten una luz suave, dorada, que te envuelve en una calidez inesperada entre tanto cristal.
Creo que acabo de cambiar de ala. Doy vueltas sin rumbo fijo, paso por estancias cerradas, puertas entreabiertas y arcos que invitan a entrar sin llamar.
Estoy por dar la vuelta cuando escucho voces bajas, hechas para la estrategia o el cotilleo: mis favoritas.
Me muero por un buen drama; me pego a la pared sin hacer ruido.
—…no podemos permitir que la región norte siga dándonos problemas —dice una voz masculina, fría, perfectamente modulada.
—Lo sé, Varyn, lo sé —responde una mujer con voz seca y elegante—. Ya fue bastante tener que ceder con lo de la lotería este año. Demasiado simbólico. Demasiado… accesible.
—Era un mal necesario y lo sabes —añade él—. Aunque la nobleza empieza a murmurar... y sabemos lo peligrosos que se vuelven cuando murmuran.
—¿Y qué sugieres? —La mujer parece desesperada—. Si el norte no vuelve al orden significa que la profecía es cierta y tendremos que terminar con ella, ¿pero a qué coste?
—Al que sea necesario, no podemos arriesgarnos a otra guerra, ¿te queda claro? —Si la voz del hombre es inti-midante, no me quiero imaginar su expresión.
—Como el cristal —responde ella.
En ese momento, las voces se detienen. Yo creo que no hago ruido al respirar, pero contengo el aliento por si acaso.
—¿Hay alguien ahí? —pregunta la mujer. Puedo oír el taconeo lento de sus zapatos acercándose a mí.
Mierda. Al final voy a morir antes de empezar la Tríada.
Doy un paso atrás, justo cuando los ojos azules de la mujer se cruzan con los míos.
La reconozco por los retratos y por las historias: la Marquesa Catrizza Valendris.
Su pelo rojo es incluso más bonito en persona: cada rizo está hecho a la perfección y colocado justo donde debe estar.
Sin embargo, es su mirada lo que me acaba de petrificar.
Yo sonrío automáticamente, como si no me estuviese muriendo de miedo.
Me inclino en señal de respeto, sin decir palabra, y me doy la vuelta.
Camino con calma al principio, luego más rápido.
No corro, pero casi. No tengo ni idea de lo que acabo de escuchar, pero sé que no debía estar ahí.
Sé que esas palabras —región norte, problemas, lotería, nobleza, guerra— no eran para mis oídos.
Por favor, que no se hayan quedado con mi cara.
Ya en mi habitación, me desvisto del todo, me dejo caer desnuda sobre la cama.
La cabeza me da vueltas. Entre Clummy, la pequeña maldita, los pasillos interminables y los susurros de la realeza, siento que ya he vivido un mes entero en un solo día.
Me levanto y busco en el armario algo cómodo que ponerme para dormir.
Escojo un conjunto de pantalones cortos de seda y su camisa a juego. Todo aquí es lujo.
Hoy, dentro de lo que cabe, ha ido bien.
Mañana será mejor.