III
Dionna
D espierto con la boca seca, los ojos hinchados y el orgullo hecho polvo.
Ayer, al volver de las pruebas de preselección, me pasé el día durmiendo, ahogándome en mi propia miseria mientras comía todo lo que iba encontrando por casa; una masacre emocional al más puro estilo Dionna.
A estas alturas creo que he revivido mi fracaso en las pruebas al menos siete veces solo en sueños. Pero ya basta, ¡ya se acabó!
Me incorporo entre las sábanas arrugadas, con el pelo más enredado que una red de pesca y un olor sospechoso a sudor y lágrimas pegado en la piel. Me miro al espejo y ahí está. La cara de una Aspirante a nada. Una casi elegida. Una casi todo. Una nada.
—Una lloradita y a seguir —me digo, señalándome con el dedo.
Y justo en ese momento, como si el universo tuviese un sentido del humor muy retorcido, suenan las alarmas reales.
« Titirirí, eres una fracasada» suena en mi cabeza.
Al principio creo que las estoy alucinando, pero no: los toques de tambor y el zumbido de las campanas en la Gran Plaza son reales. Algo está pasando.
—¡Dionna, baja! —grita mi padre desde abajo—. ¡Es-tán en la plaza!
Me visto a toda prisa, más por instinto que por coherencia estética, y salgo a la calle.
No soy la única. Medio barrio parece estar allí, con el pelo aún despeinado, legañas en los ojos, rostros expectantes y esa mezcla de miedo y esperanza que solo puede provocar un anuncio de palacio.
Un emisario de la familia real altísimo, con más capas encima que una cebolla ceremonial —e increíblemente musculado, todo sea dicho— sube al estrado.
La voz le retumba en la garganta, como si se hubiese tragado una tuba.
—Por voluntad expresa de Su Majestad, la corte en unanimidad y los Nueve Antiguos Arcanistas, este año se abrirá una excepción y todos aquellos jóvenes que, sin haber pasado las pruebas, hayan demostrado voluntad férrea de servir en la Tríada, tendrán una nueva oportunidad.
Un murmullo general se expande por la plaza. Yo creo que tengo el culo más apretado que uno de esos tambores que acaban de tocar.
—A lo largo del día de hoy, si sois bendecidos por la lotería extraordinaria, recibiréis en vuestras casas un boleto dorado con vuestro nombre.
Y entonces estalla la plaza. La gente grita, ríe, llora. Algunos se abrazan, otros se quedan petrificados. Yo estoy simplemente confundida, porque esto no estaba en los planes. Esto no estaba en ninguna parte.
◆◆◆
Paso el día como si estuviese caminando sobre nubes, o minas, según el momento.
Intento distraerme ayudando a mi madre en la tienda, pero cada vez que suena la campana de la entrada, siento que me va a dar un infarto.
Y suena una vez más la campana de la entrada, nadie dice nada al otro lado.
Salgo del almacén con la ilusión y el corazón en un puño: es ahora, un boleto con mi nombre. Pero…
—La madre que te parió —le suelto.
Es mi hermana volviendo de clase: menuda decepción. Me mira y me levanta el dedo corazón con una sonrisa propia de una adolescente.
Comemos juntos como de costumbre. Sin embargo, el ambiente está relajado. Incluso parecemos más felices. Supongo que la esperanza crea esa atmósfera mágica en la que las preocupaciones pesan menos.
—Bueno —dice mi padre mientras trocea pan sin mirarme—, si no te llega el boleto dorado, siempre puedes unirte al circo de los Hermanos Targel. Tienen una vacante para «la joven que casi lo logra» y te está empezando a salir bigote otra vez.
Me toco rápidamente la parte superior del labio. Nos quedamos todas en silencio medio segundo, procesando el sarcasmo, y luego estallamos en carcajadas.
—¡Papá, no! —dice Kiri atragantándose con el agua que estaba bebiendo—. ¡Qué cruel!
—Yo solo digo que igual te sacas una pasta dejando que te peinen el bigote mientras tus compañeros doman corceles alados salvajes —dice él, muy serio, encogiéndose de hombros—. Tú verás.
—Si vuelves a decir que tengo bigote, te afeito mientras duermes —le digo mientras le apunto con el cuchillo.
Todos nos reímos cuando, de repente, suena la campana de la puerta.
Una carta.
Para mí .
A mi nombre.
Mis padres y mi hermana me miran como si ya supiesen lo que contiene la carta antes de abrirla. Rompo el sello, abro el sobre y ahí está.
El boleto dorado.
Grito y bailo, si es que a esto se le puede llamar bailar. Abrazo a mi hermana. Mi madre sonríe tanto como su boca se lo permite. Mi padre me coge de los hombros y me mira con esos ojos que tienen menos agua que un desierto.
—Haz que valga la pena, Dionna —dice—. Por ti, por nosotros y por tu hermana.
◆◆◆
Nunca me había subido a un carruaje de la Corona.
Bueno, ni a un carruaje de corceles alados en general, para qué vamos a mentir.
En Galimatea los caballos normales ya son caros, imagínate uno que vuela.
Al menos en Galimatea Oeste no he visto nunca uno, vaya.
Sabemos que existen, porque quién no sabe eso, ¿pero ver uno en persona? ¡Já!
Frente a mí un solo carruaje, ¡y aún encima pequeño! ¡Enano!
—¿En serio? —murmuro—. ¿Nos van a llevar como sardinas en lata?
Sin embargo, en cuanto pongo un pie dentro, el mundo se ensancha bajo mis pies.
Esto no es un carruaje: es un milagro arquitectónico.
La entrada se abre a un vestíbulo amplio con techos altos y lámparas de cristal flotante.
Un pasillo enorme se extiende hacia los lados, cubierto con alfombras en las que se perciben detalles en oro blanco.
Hay cuadros colgados que cambian sutilmente de imagen cada pocos segundos.
Siento la magia fluir a través de las paredes, palpable en el aire, como si todo el lugar estuviese impregnado de ella. .
—Vale —susurro, asombrada—. Esto es brujería... o un diseño de interiores muy caro. A Kiri le encantaría ver esto.
A la izquierda, un cartel flotante que pone «Bar».
A la derecha, «Baños y salas de aseo». Al frente, un tramo de puertas perfectamente alineadas cada una con un nombre tallado con luz.
Camino buscando mi nombre hasta que lo encuentro.
Me paro frente a mi puerta, sin entrar aún. A mi lado, alguien hace lo mismo.
—No esperaba verte aquí —dice una voz masculina.
Me giro: Ernys Branal, de Galimatea Oeste también. Alto, piel oliva, cejas muy marcadas y una expresión que parece tallada en mármol.
—Creía que tú clasificarías en las pruebas —le digo sin filtro; nunca me ha caracterizado mi tacto.
—Yo también lo creía —responde él, encogiéndose de hombros.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—¿En cuál fallaste? —pregunto, por si no había quedado claro ya que soy una bocachancla.
—En la prueba de Valor —dice mirando al suelo.
Pues sí que es tonto el chaval, en una prueba como esa van a ir a lo que más duele y tienes que tener claro que va a ser mentira. Esta vez voy a morderme la lengua y me voy a callar. Miro todas las demás puertas.
—Demasiados nombres —comienzo a decir mientras pongo las manos en jarras sobre mis caderas—, y saber que seremos ciento cincuenta… No quiero ni pensar en tener que aprenderme los nombres de posibles cadáveres.
Él no responde y yo me alejo, porque aún quiero seguir explorando.
Justo al doblar una esquina, se me iluminan los ojos.
Una biblioteca, ¡qué maravilla! Los estantes flotan sin tocar el suelo, organizados por colores y temas.
Me acerco un segundo, leo los títulos y toco los tomos con las yemas de los dedos.
Una colección completa sobre la historia de los Arcanistas.
Otro estante dedicado a los monstruos más comunes de las regiones fronterizas con la Ciudadela de Cristal.
—Solo esta sala ya es más grande que toda mi casa —murmuro asombrada.
Mientras giro sobre mi misma veo una mesita con dos personas jugando al ajedrez.
Ambos están tan concentrados que no me ven acercarme.
Ella tiene el pelo rubio, recogido en una trenza impecable.
Toda ella parece impecable. Él tiene el pelo trigueño, y su barba algo más clara, tiene tonos rojizos. Se conocen: se nota en cómo se miran.
—Esa torre —susurro, inclinándome hacia ella—. Si la mueves a H6, le haces jaque mate.
La chica me mira de arriba a abajo con una ceja levantada como debatiéndose entre decirme que me meta en mi vida o si vale la pena que me quede con ellos, pero luego sonríe y mueve la pieza.
—Jaque mate —canta.
—¡Eh! ¡Eso no vale! ¡Ha sido con ayuda! —protesta él, teatral.
—Odrien, no seas llorica —le dice ella—. Chupaste y punto. Hay que aprender a perder.
—Me han saboteado. —Finge estar enfadado, ¿o lo está? No lo tengo claro—. Esto es una conspiración regional: sois espías del norte y venís a por mí. —Lo finge 100%.
—¿Sois de la misma región? —pregunto, aunque doy por hecho que sí; tienen el mismo acento y una complicidad que se ve a leguas.
—De las Planicies Susurrantes —responden al uní-sono.
—Yo soy Dionna. —Sonrío abiertamente, me gusta esta gente—. Soy del norte de Aetthrya, de Galimatea, pero no soy una espía rebelde. —Miro al chico y le guiño un ojo—. Puedes dormir tranquilo.
Con una sonrisa aún en los labios, me despido de ellos y sigo mi camino hasta el bar. La garganta me pide agua desde hace un rato.
El bar es amplio, con paredes de espejo y luz suave.
Botellas de mil colores flotando tras la barra, alineadas por algún encantamiento arcano.
En una esquina, un hombre de complexión grande apoya los codos sobre la barra, la barba recortada con precisión militar, el pelo largo recogido en una coleta y los ojos hundidos en la copa.
—¿Celebrando ser uno de los pocos ganadores de la lotería o llorando por algo? —pregunto, apoyándome en la barra.
El joven levanta la vista y juro que sus ojos son de un azul más cristalino que el propio mar y, por un segundo, noto el efecto del alcohol en su cara cuando su expresión se ablanda.
—Sándor. Sándor Dobren, de las Montañas Forja-fuego —dice, tendiéndome la mano.