Aethrya La Tríada II #2
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II #2

—Todo está dispuesto para el amanecer, Majestad. La verdad os encontrará dispuesto, u os romperá —recita sin mi-rarme.

Sube la mirada hasta mis ojos y cuando levanto una ceja, aprieto la mandíbula y lo miro fijamente con esa mirada fría que llevo entrenando desde que nací, Ishkar da un paso atrás, gira sobre sí mismo y se retira tan silenciosamente como entró.

El miedo se apodera de mí al pensar en cómo mi sangre derramada cambiará aquella que corre por mis venas.

Cambiará quién soy. Cómo hablo. Cómo pienso.

El agua derramada sobre mí y el Gran Espejo limpiará a gusto del reino mi sangre y alma, ambas serán nuevas para mí.

Me aterra solo pensar en ello. Mi mente vuelve a divagar y centrarse en mi padre, ¿cambió tras su Mes Negro?

Yo tan solo tenía seis años cuando mi abuela se reunió con la Fundadora y mi padre ocupó su lugar en el trono, así que no recuerdo mucho de cómo era mi padre antes de ser rey.

En mi mente siempre se proyecta esa imagen regia e invulnerable cuando pienso en él.

Nunca un padre cariñoso. Nunca un hermano amable. Nunca un marido presente. Solo rey.

El incienso sigue flotando. Me escuece la garganta.

Quizá por el humo, quizá por el recuerdo que vuelve sin que lo llame.

Tenía apenas once años. Había escapado de un banquete de primavera —uno de esos en los que los nobles compiten por ver quién la tiene más grande— y me refugié en los establos del Ala Sur.

Allí me encontraba a salvo de los saludos fingidos, de las aburridas conversaciones de adultos en las que yo aún no podía participar, de las reverencias demasiado largas, de la mirada constante de los Arcanistas y de mi padre.

Lo que no sabía era que no debía estar solo.

Las normas eran claras: un heredero no podía desaparecer sin escolta.

Ni siquiera por unos minutos; sin embargo, Dareth, uno de los sirvientes más jóvenes del palacio, me había cubierto.

No dijo dónde estaba, me vio llorando y creyó que merecía un momento de respiro.

Me encontraron una hora después. Mi padre no dijo nada delante de los demás: solo me miró y asintió.

Esa noche, Dareth fue llevado a los calabozos por «ocultamiento indebido del heredero real».

Lo supe al día siguiente, cuando ya era tarde.

Había sido azotado y enviado a luchar contra los rebeldes del norte como castigo, con la lengua marcada por un sello de silencio con magia arcana para que no pudiera hablar de nada de lo que había visto en Palacio.

No lloré entonces, tampoco después. Me prohibí llorar por algo que no puedo cambiar, pero aún así me acuerdo.

Me acuerdo de los ojos de Dareth cuando lo vi subirse al carruaje desde mi ventana.

Miró hacia arriba buscándome y me sonrió.

Pronunció sin palabras un «no pasa nada, Seredric».

Como si hubiese sido yo el que recibió el castigo.

Y yo… no dije nada. Ni a mi padre. Ni a mi madre.

Ni a los Arcanistas. Ni al cielo. No pedí que lo soltaran.

No exigí justicia. Solo asentí, como siempre.

Hay un tipo de miedo que no se muestra con gritos ni con lágrimas.

Es el miedo que se queda, que crece en silencio, que echa raíces.

El miedo a romper el sistema al que perteneces porque sospechas que tú también podrías ser la siguiente víctima si no te mantienes quieto.

A veces sueño con Dareth. A veces se quita el sello de la lengua en mis pesadillas y me pregunta por qué no hablé, pero nunca tengo una respuesta.

Me llevo una mano a la sien. El incienso se ha apagado, pero hay un nuevo olor en la sala: hierro.

Parpadeo y ya no estoy en el mismo lugar.

Estoy en la Sala del Trono, pero no como la recuerdo, esto no lo he vivido.

El aire arde como si alguien hubiese encendido fuego bajo la piedra.

Estoy sentado en el trono y hay un temblor bajo mis pies, constante, como un pulso latente.

Frente a mí, de rodillas, está mi madre.

O alguien que lleva su rostro, pero marcado por muchos más años.

Viste de blanco, pero el color no significa pureza.

Está manchado de tierra, de algo más oscuro.

Sus ojos me miran, húmedos, y no dicen nada.

A mi derecha, una figura se inclina para susurrarme al oído.

No la veo, pero reconozco su voz: es la mía. Más grave y vacía.

—Es lo correcto —me dice.

Miro al frente y extiendo la mano: una orden sin palabras.

Dos Arcanistas la levantan y la arrastran hacia un arco de cristal rojo.

Sus gritos se disuelven en el aire, pero yo los siento como cuchillas en el pecho.

Quiero moverme, pero mis piernas no responden a las órdenes que les da mi cerebro.

No quiero seguir viéndolo, pero mis ojos tampoco obedecen.

Entonces el trono se gira y frente a mí ahora hay otra figura.

Más fuerte, más recta. También lleva mi rostro, pero su piel está ajada, los ojos apagados, la expresión marcada por años de decisiones sin redención.

—Soy lo que serás si no decides ahora —dice mi do-ble.

​ Miro mis manos, que sangran. El suelo tiembla y el aire se pliega sobre sí mismo como un espejo que estalla. Y en el estallido… oigo mi nombre.

—Seredric —susurra el Espejo.

Abro los ojos. Estoy en la Sala de Tránsito otra vez.

El sudor me empapa la espalda y me arde la nariz.

Al llevarme la mano a ella, la encuentro manchada del óxido que me corre por las venas.

El Gran Espejo brilla levemente. Me levanto, tambaleante.

El pecho me duele y el suelo se siente más estrecho.

Como si el espacio hubiese encogido conmigo dentro.

◆◆◆

—El agua ya ha sido bendecida y recogida del Pozo de las Almas —dice Plein, como si hablase del clima—. El Gran Espejo espera.

Se acerca y me observa como si pudiera ver más allá de mi piel. Su mirada, como siempre, está cargada de una calma que no consuela. Parece que haya vivido siglos en un cuerpo de unos setenta y tantos años.

—No tienes que temer, Majestad —añade con tono neutro—. Todos los que han reinado antes de ti pasaron por esto. Todos sangraron. Todos dudaron. Y sin embargo, todos se arrodillaron. Todos nos arrodillamos para mantener el equilibrio que la Fundadora quiso para Aethrya y nos encomendó defender.

—¿Y si no me arrodillo? —pregunto, sin alzar la voz, mirándolo directamente a los ojos.

Plein inclina la cabeza apenas un ápice, como si le hubiese dado lástima la pregunta. Como si mi pregunta no fuese una reacción lógica a su charla motivadora y le diese pena sacarme de mi mundo fantástico en el que ser rey no implica perderte como hombre.

—Entonces la corte y los Nueve Antiguos Arcanistas decidirán por ti. —Me regala una mirada de compasión—. Y lo harán sin suavidad.

Me sostiene la mirada. Sin amenaza ni misericordia. Parece que entiende que sus palabras simplemente describen un hecho sin consecuencias.

—¿El Gran Espejo siempre muestra la verdad? —le lanzo la pregunta, más por provocarlo que por curiosidad real. Si él va a actuar con aires de superioridad moral, yo actuaré así: haciéndole perder el tiempo.

—El Gran Espejo muestra lo que necesitas para dejar de ser quien fuiste —responde con calma—. La verdad es solo una consecuencia de ello.

Me quedo callado. El cansancio me ha alcanzado de lleno: me duele el cuerpo como si hubiese librado una guerra dormido. Tal vez lo hice, ¿me dormí esta noche? No me acuerdo.

—Ven —dice al fin. Su túnica se agita sin ruido cuando gira.

Lo sigo. Él y los Nueve Antiguos Arcanistas me llevan a una cámara estrecha donde tres cluams me despojan de mi ropa sin decir palabra. Me visten con lino blanco. Me dibujan símbolos en los brazos, el pecho y la nuca.

Salgo de nuevo al centro del Salón, donde está el Gran Espejo.

El agua está quieta en una pila de acero a su lado, pero la superficie vibra de una forma que no pertenece a este mundo.

Me arrodillo como dicta el rito. Plein se coloca tras de mí.

Los Nueve Antiguos, rostros cubiertos, forman un círculo.

Comienzan a cantar sin letra, solo hacen sonar su pecho con una vibración profunda, ancestral, que me atraviesa como si la estuviesen entonando desde mis huesos.

Levanto la vista y el Espejo refleja mi rostro…

pero no solo el actual: veo todas mis versiones posibles superponerse una sobre otra.

Niño. Rey. Monstruo. Mártir. Mi corazón late con una fuerza descomunal.

Siento que si coloco la mano en el pecho podré sacarlo de un solo golpe. Plein se inclina hacia mí y susurra:

—El agua está lista. Tu alma decidirá si estás preparado. Extienda su mano, Majestad.

Lo obedezco y entonces un dolor palpitante en la palma de mi mano me obliga a mirar hacia ella.

La sangre real rueda por mi muñeca, resbalándome por el brazo izquierdo, mientras mantengo la mano levantada.

Toco el Espejo y cuando la palma de la mano ensangrentada está totalmente contra él, abro los ojos y me veo.

Mi reflejo sonríe, pero yo no noto que mis comisuras se hayan movido.

Escucho una voz que me resulta familiar, la escuché en mis visiones.

—¿Estás dispuesto a mentir en nombre de la verdad?

El canto de los Nueve se detiene de golpe. Lo siguiente que noto es el agua empapando mi cuerpo, limpiando la sangre que acabo de derramar y dando vida un nuevo yo.

—¿Estás dispuesto a mentir en nombre de la verdad? —repite mi reflejo.

Ahora estoy dispuesto a todo.