Aethrya La Tríada II
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II

Seredric

L a noche pesa diferente en la Ciudadela cuando vas a ser rey.

Antes, cuando era solo «el hijo de», al menos podía caminar por estos pasillos sin que hasta las antorchas pareciesen juzgarme.

Hoy cada sombra me parece un consejo no solicitado sobre cómo debería actuar.

Cada susurro entre piedra y cristal, una advertencia que no alcanzo a entender del todo.

Estoy solo, o eso quieren hacerme creer, aunque sé que nunca he estado realmente solo.

—Majestad, es importante que medite antes de enfrentarse al Gran Espejo —me ha dicho el Arcanista Plein esta tarde, con ese tono educado y meloso que utiliza solo cuando se refiere a mí como «Majestad».

Antes era «Seredric», simple y llanamente «Seredric». Ahora, hasta mi nombre lleva corona.

Me siento en el centro de la Sala de Tránsito.

No es un nombre muy original; es donde los herederos transitan a reyes.

Según dicen, la Fundadora misma bendijo con su mirada al primero de nuestra estirpe y desde entonces nuestra sangre es diferente a la del resto.

Aquí, mi padre se arrodilló y se le presentaron las visiones cuando su madre falleció.

Y aquí, yo... no sé qué coño espero encontrar la verdad.

Siempre he ido tarde a todo, voy a coronarme Rey y ni siquiera he encontrado una mujer con la que casarme.

Mi don me ha facilitado hacer cosas de las que en su momento disfruté y de las que ahora me arrepiento; sin embargo, nunca me ha facilitado encontrar a mi persona.

El aire está perfumado con resina de robelus.

Estoy sentado, solo, frente al Gran Espejo, oliendo el aroma enfermizo que me recuerda lo que me espera esta noche.

Hay un zumbido debajo de todo este silencio, que me taladra el cerebro muy lentamente.

Me siento una estatua viva, clavado en el mismo lugar donde mi padre se sentó la última noche de su Mes Negro.

Aquí fue donde derramó su sangre para sellar el juramento, como haré yo.

Qué ironía: aún siendo tan diferente a él, me espera el mismo destino.

Mi madre me visitó esta tarde. No fue una visita oficial; no llevaba corona ni séquito: venía solo ella, vestida de gris.

En este reino el luto es lento y hay que vestirlo de gris.

Hay que repetirlo hasta que parezca verdad, como si no lo estuvieses sintiendo a menos que otro lo vea.

Mi madre lleva un mes de gris, y no precisamente por dolor, sino por costumbre.

Aquí la tristeza se exhibe, y la alegría pasa tan rápido que apenas da tiempo a sentirla antes de que sientas la necesidad de enseñarla para que los demás la envidien.

Supongo que hasta la felicidad necesita testigos para existir.

—Tienes los ojos más apagados que de costumbre —me dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso—. Eso, o las luces de este sitio no están bien ajustadas. Desde que no está tu padre, esta gente se ha empezado a relajar —suspiró con pena y fastidio.

No supe si contestar con sarcasmo o con respeto, pero rápidamente me incliné por la primera opción. Aún no sé qué quiere exactamente de mí, más allá de que no traicione el legado de la familia. Supongo que eso ya es suficiente presión para una vida.

—Tal vez esta gente —enfaticé estas palabras para que supiese que su tono al referirse a nuestros cluams y asistentes había estado fuera de lugar— ha estado más preocupada de preparar el Mes Negro que de que las luces de las estancias resaltasen el color de mis ojos —le respondí seco—.

Estoy cansado, madre, no he dormido nada y creo que me espera otra noche en vela.

Ella sonrió con una de esas sonrisas que no llegan a los ojos; no sé si alguna vez he visto a mi madre sonreír de verdad.

—Todo rey teme la primera noche; y sin embargo, no hay ni uno que no aprenda a dormir de una manera diferente después de ella.

Esa frase me hizo pensar en mi padre, porque nunca lo vi dormir, no de verdad.

Lo recuerdo sentado en su trono con los ojos cerrados, sí, pero dudo que eso fuera descanso.

El trono te quita el sueño y te enseña a fingir que no lo necesitas.

Mi madre lo sabía y lo admiraba por ello, pero juraría que jamás lo amó.

Al menos no de la forma que se espera de dos enamorados.

—¿Tú lo querías? —me atreví a preguntar, sin mirarla directamente a los ojos.

Ella no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su tono fue tan medido que casi pareció recitarlo de memoria, más propio de un cluam que de una persona real.

—Amé lo que representaba y lo que construimos jun-tos.

No dijo más; no hacía falta. Nos quedamos callados un rato y después me peinó el pelo con las manos utilizando aceite esencial de romero. Esta vez sentí que la Reina Madre se transformaba en madre por unos minutos. Me acarició la cabeza con un solo gesto, me besó la coronilla y se levantó.

—Mañana, cuando tu sangre y el agua toquen el Gran Espejo, no dudes. Aunque sangres por dentro, hazlo rápido. —Me miró una última vez y soltó un suspiro— ¿En qué momento dejaste de ser mi niño para convertirte en un hombre?

No la miré al irse. No quería que viera que mis manos temblaban, que mi cuerpo y mi mente no podían ser más diferentes.

Mi cuerpo había crecido y madurado, pero por dentro seguía siendo un niño.

Y, que por muy impropio del futuro rey de Aethrya parezca, aun después de horas de estar aquí, mis manos siguen temblando.

Me recuesto contra el respaldo de la silla de piedra tallada y cierro los ojos apenas un momento.

La oscuridad se llena de formas. Primero, humo: una columna oscura que asciende desde la Arena hasta cubrir los cielos de Aethrya.

Luego, una figura sin rostro, vestida con la capa de los reyes antiguos, me ofrece una copa desbordada de sangre.

Intento retroceder, pero mis pies están clavados al mármol.

Una voz —¿es la mía o es de alguien más?

— dice: «Esto eres. Esto serás. Esto has sido siempre».

La visión cambia y mi cuerpo vuelve a la sala.

Sus paredes son de hueso y el ambiente está cargado de ansiedad.

La siento venir de todas partes. Los Arcanistas presentes se inclinan ante mí, pero al levantar la cabeza, sus ojos están vacíos.

Me rodean, uno a uno, pronunciando un juramento en una lengua que no entiendo, pero sí reconozco: la lengua del Pozo.

Quiero gritar, pero algo me aprieta la garganta.

De repente la corona que llevo ya puesta se funde con mi cráneo.

Me arde por dentro y mi cuerpo comienza a convulsionar.

Cuando por fin consigo respirar, me despierto; no he dormido, solo he viajado al otro lado del miedo.

Me paso las manos por la cara, húmeda de sudor frío. Me incorporo y camino en círculos. El suelo cruje bajo mis pies, haciéndome sentir que al menos esto vuelve a ser real. Me obligo a recordar que todo esto es parte del rito, que todos los herederos pasan por estas visiones.

Pienso en él. No en el rey, sino en el hombre, en cuando aún no era una estatua vestida de oro y podía permitirse fingir ser solo mi padre.

Y es que, a veces, cuando el deber lo permitía —que no era a menudo—, me llevaba a pasear por los jardines del Ala Oeste.

Allí solo éramos él y yo… y las meigas de la noche.

Son las malas hierbas más bonitas que he visto nunca.

—El trono no es un derecho, Seredric —me dijo una vez, mientras las arrancaba con cuidado—.

Es una deuda con la Fundadora. Cada decisión que tomes se la deberás a alguien: a tu pueblo, a tu linaje, a los muertos.

Nunca a ti mismo. Jamás es una decisión personal ni un capricho para tu propio disfrute.

Yo tenía catorce años y no entendí del todo lo que quería decir, pero aún así asentí, como siempre hacía, porque quería que me mirase con respeto. Quería merecer su respeto. Era un hombre de palabras firmes y miradas largas.

—¿Y si no quiero deberle nada a nadie? —me atreví a preguntarle tremenda gilipollez. No por valentía, sino por curiosidad infantil.

Él se detuvo y me miró con esos ojos suyos que me cedió en herencia, ámbar como el mismísimo Sol, y por un instante —solo uno— vi algo parecido al cansancio.

—Entonces reinarás poco tiempo —respondió sin dar más explicaciones.

Volvió a su tarea como si no hubiera dicho nada extraordinario. Como si no acabase de tatuarme una advertencia en el alma. Solo cuando mueres dejas de reinar. Han pasado quince años y todavía no sé si lo decía porque sabía mi destino o para que pudiese evitarlo.

El crujido leve de la puerta lateral me saca de mis pensamientos.

Me giro instintivamente preparando mi defensa; nadie debería entrar ahora.

La Sala de Tránsito es sagrada durante la última noche.

Está prohibido interrumpir la meditación del heredero; sin embargo, allí está: un chaval de túnica azul oscuro, unos diez años más joven que yo.

Entra con un cuenco de plata humeante entre las manos.

Lleva el pelo perfectamente recortado, típico de los Arcanistas, y su rostro es inexpresivo.

Sus ojos, grises y tranquilos, recorren la sala con una lentitud que parece medida, como si memorizase cada detalle.

Se detiene a unos pasos de mí y baja la cabeza.

—Incienso, Majestad. Purifica la mente antes del rito —dice con voz suave.

—¿Quién te ha enviado? —pregunto, sin moverme de mi sitio.

—El Arcanista Plein —responde al instante.

Lo observo de arriba a abajo y vuelvo a su rostro. No parece tener más de dieciocho, por lo que es incluso más joven de lo que estimé. Sus manos tiemblan ligeramente, aunque intenta ocultarlo.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunto, con tono neutro.

—Ishkar. De la Torre de Narthial.

—No necesito purificación —le digo, mirándolo fija-mente.

Él asiente, pero no se va, solo inclina la cabeza.