I #2
Un gemido escapa de mis labios mientras empujo con todo lo que tengo.
Mis dedos comienzan a resbalar por la piedra, la superficie lisa y fría no me ofrece ni el más mínimo respiro.
Cada intento de levantarla me deja más derrotada, más consciente de mi debilidad.
El sudor empaña mis ojos, y mi respiración se acelera.
Mis piernas tiemblan. Mi cuerpo está al límite, y aún así no consigo que la roca se mueva ni un centímetro.
—¡Me cago en la Fundadora! —digo más para mis adentros que para el resto de personas que me observan con ojos deseosos de verme fracasar.
Rezo porque ningún Arcanista haya escuchado esto, aunque dudo que no lo hayan oído. Ya me consideran una traidora, ¿qué es lo peor que me puede pasar? ¿Morirme? Vaya.
El sonido de mi respiración se mezcla con los murmullos de la multitud, que ahora empieza a aguantar la respiración, como si pudiesen sentir mi derrota.
La roca sigue siendo inamovible para mí.
La frustración me consume, ¿por qué no puedo hacerlo?
Todo lo que he entrenado, todo lo que he sido capaz de lograr en otras circunstancias…
aquí, simplemente no es suficiente. Con un último esfuerzo, trato de levantarla, mis dedos sangran ligeramente.
Noto el ardor de uno de los callos de mis manos abrirse y sangrar más de lo que debería, pero sigo empujando.
La sangre siempre es escandalosa, por lo que vende mucho si aparece en las proyecciones.
La puta roca se queda en su sitio. La sombra de la derrota se extiende sobre mí. Me cago en mi madre.
Mis hombros caen. Siento que la derrota me ahoga, que todo lo que había construido, todo lo que había esperado…
se desmorona ante mí. Veo cómo el siguiente participante avanza empujándome ligeramente.
Camino hacia la salida mientras veo cómo el tío este levanta la roca con facilidad, demostrándome que la piedra no estaba pegada al suelo.
Un ardor repentino en la muñeca izquierda me saca del ensimismamiento. Miro hacia abajo, jadeando, todavía con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Las marcas comienzan a desdibujarse, como tinta diluida.
Soy invisible otra vez.
◆◆◆
El viaje de vuelta a casa no debería doler tanto, pero cada paso parece pesar el doble.
Nadie me mira, y, en cierto modo, eso es aún peor que si me señalasen con el dedo.
Ser «la hija de los de Caelis», la familia caída, al menos me convertiría en alguien; sin embargo, la indiferencia duele mucho más.
Cuando por fin cruzo el umbral de casa, no hace falta que diga nada.
Mi madre está en la cocina, removiendo algo en la olla sin realmente prestarle atención.
En cuanto me oye, deja la cuchara de madera con cuidado, como si supiese que cual-quier palabra demasiado fuerte podría romperme en dos.
Se da la vuelta y me mira. Mira mi muñeca en busca de los tres símbolos triádicos.
En sus ojos no hay decepción, pero sí algo peor: compasión.
—¿Lo intentaste todo? —pregunta, sin acercarse a mí.
Asiento. Trago saliva con dificultad sin darme cuenta de que tengo lágrimas rodando libremente por mi cara hasta que una me toca el labio y noto el sabor salado de la miseria.
Ella cruza la distancia entre nosotras en silencio y me envuelve en sus brazos.
Su abrazo es cálido, sólido. Es un ancla entre tanta marea.
—Entonces ya está —susurra en mi oído—. Basta con eso, Dionna. Lo diste todo.
Cierro los ojos y lloro, lloro como no lloré frente a la roca, ni cuando las marcas desaparecieron, ni cuando salí de la plaza sabiendo que todo se había ido a la mierda. Intento coger aire para detener el llanto, pero los espasmos de mi pecho con cada sollozo lo hace imposible.
Mi padre aparece en la puerta del salón.
No dice nada, como siempre, simplemente me mira.
Sus ojos son duros, pero no por frialdad o maldad: es su manera de protegerse del mundo y de protegernos a nosotras también.
Cuando se gira y vuelve a meterse en la penumbra del pasillo, es como si arrastrase consigo algo roto que no sabe muy bien cómo reparar.
Entonces oigo pasos suaves en la escalera.
—¿Fallaste? —pregunta mi hermana con esa sinceri-dad brutal que tienen los de su edad.
Tiene los ojos hinchados; ha estado llorando antes de verme. Siempre se le nota cuando ha llorado, aunque crea que no.
—Sí —respondo, bajando la mirada.
—¿Y eso significa que volvemos a ser nadie?
Mi madre le lanza una mirada de advertencia, pero yo la detengo con la mano. Su falsa frialdad ha conseguido que deje de llorar, por lo que hasta agradezco sus palabras. No me ofende la pregunta, porque me la he hecho a mí misma más veces de las que me gustaría admitir mientras volvía a casa.
—Nunca dejamos de ser alguien, Kiri —le digo—. So-lo dejamos que nos lo hicieran creer.
Ella baja los escalones que le quedaban uno a uno hasta llegar a mí.
Me mira, y luego, sin decir nada más, me abraza fuerte.
Se aferra como si su fuerza pudiese contener los pedazos que quedan de mí.
Contenerlos y pegarlos como si nada hubiese pasado.
La abrazo de vuelta y, por un momento, dejo que esa pequeña chispa de consuelo me atraviese.