Aethrya La Tríada
© inepub.com
I
◆◆◆
—No eres ella —susurro.
Todo desaparece.
Estoy sola en la sala otra vez.
Noto como mi muñeca comienza a arder, no puedo evitar taparla con la otra mano mientras me retuerzo por dentro.
El símbolo de Valor brilla ahora en mi muñeca.
No sonrío, tampoco lloro; sin embargo, algo dentro de mí se suelta.
Caigo al vacío emocional del que nunca había salido en realidad.
Aún me quedan dos pruebas más. Nunca he sentido estas ganas de continuar y acabar con algo como siento ahora.
Elijo Inteligencia , porque está claro que Fuerza es mi punto más débil y me niego a caer tan pronto. A una de perder, quiero perder con algo de dignidad.
Solo escucho el sonido de mis botas contra el suelo de gravilla blanca mientras avanzo hacia la segunda cámara.
Estoy más cansada de lo que me gustaría admitir; no físicamente, al menos no aún, pero la vida parece absorber lo poco que queda dentro de mí muy lentamente.
No tengo tiempo para pensar en esto, porque las puertas se cierran tras de mí y la luz desaparece unos segundos.
Parpadeo, y cuando mis ojos se ajustan a la nueva iluminación —espera, ¿es que ahora soy un puto gato?
—, me doy cuenta de que estoy dentro de un lugar que parece más inverosímil que el anterior: una sala circular, sin techo visible, con paredes hechas de algo que parece niebla.
Cuando miro a mi alrededor, veo nueve espejos formando un círculo que me rodean como si me esperasen.
Me voy fijando en todos ellos y cada uno es distinto.
Uno tiene un marco de cristal, otro de hueso tallado, otro respira como si tuviese pulmones.
Hay uno hecho de hierro oxidado, manchado de algo oscuro.
Los reconozco sin haberlos visto nunca: los Espejos del Juicio.
Aparecen en los cuentos que me contaban cuando aún era una niña.
Antes de que la escriba de la biblioteca local nos negase algún libro que yo sabía que sí tenían.
No le gustaban las familias caídas como la mía.
No la culpo, todo se pega y nadie quiere que se le pegue la miseria o el olor a traidores.
Una voz irrumpe sin previo aviso y me hace saltar.
El conocimiento no es lo que sabes:
es lo que haces con lo que sabes.
Sé siempre fiel a ti misma y harás lo correcto.
Las palabras flotan en el aire cuando de repente los espejos se activan y me veo reflejada en cada uno de ellos. Aunque no soy yo, no exactamente. Una a una, aparecen versiones de mí misma. Nueve Dionnas. Nueve futuros o pasados, no lo sé.
En uno de los reflejos llevo una corona.
Mi rostro está cubierto de pintura dorada.
Soy reina, pero mis ojos están vacíos. No parece que esté del todo contenta teniendo el poder.
En otro estoy colgando de una cuerda. Mi cuerpo inerte pende de un hilo.
Siento náuseas y a la vez una especie de tranquilidad interior macabra.
En el tercero tengo un niño en brazos. Estoy sonriendo, se me ve feliz, aunque no me reconozco.
Sigo caminando, me veo cubierta de sangre, armadura pesada, sin expresión. En el quinto… ¡madre de la Fundadora! Estoy llorando en un rincón, más joven, más débil y sin entrenamiento. La Dionna que pude haber sido si me hubiese rendido cuando todo pasó.
Las demás me cuesta mirarlas. La anciana; la Arcanista con ojos de cristal; la que ríe entre brazos de hombres que no conozco, desnuda física y emocionalmente.
Y, por último, la mía. La que está ahora en esta sala, con el corazón acelerado y las manos temblando.
Se mueve cuando me muevo, respira cuando yo cojo aire, mueve los ojos a la velocidad que lo hago yo.
Está destrozada y está lejos de ser guapa o feliz.
Es irónico, estoy en la etapa de mi vida con mayor fuerza triádica, en mi máximo potencial físico; sin embargo, nunca me he sentido tan vacía antes.
Levanto la mano y me acaricio la mejilla por la que cayeron lágrimas hace un momento, y mi reflejo imita mi movimiento.
Sonrío, y me imita. Abro las aletas de la nariz mientras evito con todas mis fuerzas que más lágrimas me desarmen, y me imita.
Tristemente, solo soy esto. ¿Quiero ser esto? En absoluto, pero es lo que hay.
La voz habla de nuevo:
Solo una de vosotras puede seguir adelante.
Seguirás tu vida tal y como te veas reflejada,
sin importar el desenlace de esta prueba.
Hoy puedes elegir tu mañana.
Elige con sabiduría y vive con tu decisión.
No me muevo. Todas las otras Dionnas me miran fija-mente.
La reina me susurra que el poder es mío por derecho.
La muerta me dice que la paz está al otro lado.
La madre me ruega que la elija, que puedo tener una vida distinta, que ahora es feliz.
La guerrera me ordena que no dude. La débil me llora.
La anciana me ignora. La Arcanista sonríe enseñando solo encías desnudas. La enamorada me ofrece una mano.
Me acerco al espejo que refleja exactamente lo que soy ahora. Ni más, ni menos. El cansancio en mis ojos. Las marcas de mis errores. Las cicatrices invisibles. Mi única verdad. No quiero esto, no me quiero así.
Sin embargo.
—No quiero lo que podría ser —susurro, apenas con voz—, solo acepto lo que soy y camino hacia lo que seré. Si debo morir como soy, que sea con todo lo que nunca seré.
Los espejos comienzan a apagarse uno por uno. Con un leve susurro todas las versiones de mí desaparecen, y con ellas, mi esperanza de sentir algo que no sea un vacío que lo llena todo.
Has elegido con honestidad.
Has tomado la decisión más inteligente.
¿Ha sido también la mejor?
Y entonces, frente a mí, una grieta se abre en la pared formando una puerta.
Justo cuando camino hacia la puerta, siento ese dolor repentino en la muñeca izquierda.
Joder, otra vez no. Pongo los ojos en blanco y miro hacia abajo.
Una marca se está formando en la piel: el símbolo de Inteligencia.
Al parecer sí he tomado la decisión más inteligente al elegir la miseria, ¡qué suerte la mía!
Cruzo el umbral de la puerta y la que había sido una sala hecha de niebla se desvanece, y con ella, la tensión que me había acompañado hasta ahora. Lo he logrado: segunda prueba superada.
Tengo ganas de vomitar.
Me queda la fuerza. Lo que no tengo. Maravilloso. Justo lo que quería: que me aplaste un gigante de Montañas Forjafuego mientras hago malabares con nueve piedras de medio kg. Ojos en blanco y a seguir.
Me toca escoger el último túnel.
Las puertas se abren ante mí con un crujido sordo, y el aire denso de la sala llena de pesos me golpea de inmediato.
Este es el tipo de lugar que siempre he evitado, pero que ahora no puedo esquivar.
Aquí no hay trucos, no hay acertijos que resolver, no hay espacio para la astucia o la honestidad.
Solo hay músculos, resistencia y voluntad.
Joder, nunca entrenaré lo suficiente como para ganar a estos aspirantes.
Son la mayoría tíos de noventa kilos sin grasa visible, ¡no me jodas!
Oigo llorar a mis michelines a medida que me acerco a ellos.
La sala es enorme, las paredes están cubiertas de pesadas cadenas y barriles llenos de piedras.
En el centro, un enorme pedestal sostiene una gigantesca roca, al menos tres veces más grande que yo.
Empezamos bien. Está sobre una base elevada, y un círculo de luz resplandece alrededor de ella.
La tarea es simple: levantar la roca y mantenerla en su lugar durante un tiempo determinado.
Mi corazón late con fuerza, no por miedo, sino por la presión de lo que está en juego.
La familia de Caelis, mi familia, mi historia…
todo depende de esto. Si soy capaz de levantar esa roca, aunque sea por un segundo, aunque solo sea para demostrar que no soy débil, habré cumplido la primera parte del deber.
Habré restaurado algo de lo que perdimos.
Lo de mantenerla en alto… sinceramente, no me veo capaz.
Cierro los ojos un momento. Respiro hondo e intento no pensar en a lo que realmente me estoy enfrentando.
Esta prueba es muy diferente a las demás: no estoy sola en la sala.
A los lados, los demás participantes que vamos a realizar la prueba estamos siendo observados, esperando nuestro turno.
Alguien a mi izquierda levanta la piedra como si fuese más pequeña que una canica.
A la derecha, un hombre con hombros anchos como columnas se dispone a levantar la misma roca.
Aún parece más ridícula, casi tanto como yo.
Tal vez parte de la dificultad de esta prueba es que sepas que te están observando.
Están juzgando si eres lo suficientemente fuerte o si, por el contrario, vas a fracasar.
Mi turno llega. La multitud se calma. Todos los ojos están sobre mí y no puedo fallar.
Me acerco a la roca, me agacho, coloco mis manos en los bordes.
Siento el peso inmediato, el frío de la piedra, la dureza contra mis palmas.
Mis muñecas crujen al intentar agarrarla.
La tensión en mis músculos crece, y una sensación familiar de inseguridad comienza a asentarse en mi pecho.
No soy lo suficientemente fuerte. Lo sé.
Lo he sabido siempre. Aún así, me esfuerzo.
Trato de levantarla, mis piernas se flexionan y mis brazos se estiran.
El dolor en mis hombros es insoportable, el sudor se desliza por mi frente, pero no puedo dejar que eso me detenga.
No ahora, no aquí. No cuando mi familia depende de esto. Mis músculos gritan, pero no ceden.
La roca no se mueve.
No se mueve, joder.
Joder. Joder. Joder.