Capítulo 43 #3
Mi voz estaba quebrada. En los últimos meses había estado empezando a mostrar mejoría pero hoy, con Lobelia a mi lado y el anillo en su mano, todo se había ido. La miseria, el vacío, la ansiedad, el odio a mí mismo. Era un hombre distinto.
El rostro de Mabli se arrugó y sollozó. Mis padres se apresuraron hacia nosotros. Me puse de pie y nos quedamos los cuatro en un silencio esperanzador, unidos en un abrazo.
—Hijo mío… —lloraba mi madre.
Cuando nos separamos miré a Lobelia. Ella no tenía ni idea de cuánto había cambiado mi vida desde que la conocí.
—Es gracias a ella —sollocé—. Siento que lo he recuperado todo.
Sonrieron y secaron sus lágrimas. Segundos después, mi madre asintió decidida.
—Dejemos que descanse. Hijo, limpia la sangre para que esté más cómoda.
—A eso iba —me recompongo.
—¡Yo te ayudo! —dijo Mabli.
Limpiamos a Lobelia en un parpadeo y mi madre la llevó a la habitación de Mabli para que yo pudiera dormir en la mía.
Si no lo hacíamos así me iba a costar no tumbarme a su lado.
Dejamos que siguiera descansando, Mabli no quería despegarse de ella así que la dejamos y bajé con mis padres.
Nos sentamos en los sillones del salón mientras mi madre me preparaba algo de comer y un té. Me dio una palmada en el hombro.
—Estoy tan feliz por ti, hijo. —Me sonrió con cariño, hasta que de la nada se rió—. Aunque ya veremos qué opina Garran.
Respiré hondo.
—Mierda.
Estaba tan concentrado en Lobelia que no lo había pensado.
—¡Ja, ja! Sí, mierda —respondió mi padre.
Nos sentamos en el sofá a la espera y me quedé contemplando la chimenea encendida. Solo una cosa pasaba por mi cabeza: Lobelia. No importaba cuántos obstáculos hubiera en nuestro camino, jamás me apartaría de su lado porque era mi Xyla. La primera alma en existir y mi amor eterno.
Pasaron algunos minutos en los que aproveché para contarles la verdad, que sabía de Lobelia desde antes y parte del hecho de que me había enamorado de ella.
Nunca había sido tan sincero con ellos, el amor me inspiraba a dejar ir todo el peso que había estado cargando desde hacía tiempo.
Ellos lloraron mientras adivinaban por sí mismos el motivo de mi inexpresividad severa y por qué me había recuperado en el último tiempo.
El alivio abrasador les hizo tener que parar un momento antes de poder continuar.
Sin embargo, poco después se escuchó que alguien golpeaba en la puerta.
El corazón se me detuvo, mis padres me miraron y nos pusimos de pie.
Tenía miedo de la reacción de Garran, no quería que rechazara a Lobelia.
A su vez, sentía preocupación por la idea de arrepentirme de no haberla llevado con Emdor para casarnos, porque si no la rechazaba, tendría que compartir mi tiempo con ella. Empezaba a sentirme egoísta.
Cuando mi madre abrió la puerta, Garran estaba acelerado y aún recuperaba el aliento. Había corrido. Me examinó de pies a cabeza y suspiró con las manos sobre las rodillas.
—Joder, ¡qué susto me habéis dado! ¡Pensé que le había sucedido algo a Rhoan! —se quejó al borde del llanto, y por un momento sentí una punzada en el corazón. En ese momento la culpa comenzó a hacer presencia.
Para contarle la verdad tuvimos que sentarlo.
—Garran, no sé cómo decirte esto con delicadeza —habló mi madre por mí.
No pasó mucho tiempo hasta que sus ojos verdes brillaron y las lágrimas se desparramaron en su rostro, a una intensidad que me descolocó y terminó por convertir mi corazón en un nudo de confusión. No sabía qué hacer.
—¿Dices que tengo familia? —lloraba con el alma rota—. ¿Una hija?
Algo dentro de mí se quebró.
Antes de llevarla con ella, miré a mi madre y le hice señas para mostrarle mi dedo vacío.
Ella me entendió, subió primero y noté que se lo había quitado cuando dejé de sentir mi conexión con Lobelia.
La amargura bañó mi rostro. Cuando bajó, se me acercó y me entregó el anillo a escondidas.
Al cabo de unos minutos subimos con Garran.
El hombre caminaba lento, hiperventilaba invadido por el pánico.
Abrimos la puerta de la habitación y solo bastó un vistazo para que soltara de nuevo un llanto desolador.
Se detuvo al borde de la cama y hundió las rodillas en el suelo.
Mis padres y yo lloramos en silencio, al tiempo que Mabli lo abrazó desde la espalda para consolarlo.
—No, no es justo… —se ahogó en el sufrimiento.
Éramos parecidos, él y yo. Solitarios, anhelando algo que habíamos perdido, entregando nuestros corazones por amor.
Estaba listo para declarar que Lobelia me pertenecía, pero ver a Garran en ese estado me destrozó.
No podía hacerle eso a un hombre que se había aferrado a mí y a mi familia, en un intento de llenar la ausencia de la suya.
Di un paso atrás, mis padres me vieron y negué con el rostro hecho un desastre. Sabían en qué estaba pensando, podía verlo en sus miradas apenadas. Me dejaron ir y salí de la casa. Corrí hasta que mis pies me llevaron con el Gran Roble y solo entonces me desplomé, enterrando mis manos en el musgo.
—¡¿Por qué me haces esto?! —me rompí.
Pensaba que ya lo tenía todo, sin embargo mi afecto por Garran me estaba haciendo retroceder al vacío.
Él necesitaba tiempo. Descubrir que su hija había encontrado a su aetheris antes de siquiera conocerla solo le rompería el corazón, porque él era muy consciente de lo que implicaba esa unión.
Había perdido a su padre por no soportar vivir sin su mujer, había perdido a la mujer que amaba y, sin saberlo, también había perdido los primeros veintiún años de su hija.
El amor, en todas sus formas, le había arrebatado todo.
Si el aetheris de su hija aparecía tan pronto, no lo soportaría.
De repente el musgo creció y cubrió mi mano izquierda, y una mariposa se posó encima. Con las lágrimas incesantes enfriando mis mejillas, lo escuché.
— Estoy contigo.
Mis ojos se desbordaron. Esa noche lloré hasta el agotamiento frente al Gran Roble, y cuando me sentí listo para esconder mi sufrimiento, regresé a casa de mis padres con una decisión tomada.
Planeaba decirle todo a Lobelia una vez despertara, ella merecía respuestas.
Quería decirle que la amaba, explicarle con calma lo que éramos y la antigüedad de nuestra unión, pero ya nada de eso sería posible.
Le concedería a Garran el tiempo que mi alma fuese capaz de soportar, aunque significara romper mi corazón en el proceso.