Capítulo 42 #3
No me atrevería a olvidar esos ojos verde manzana y esos labios que había anhelado durante casi diez años. La había encontrado, pero, ¿ahora qué tenía que hacer? No esperaba que fuese así de repentino. Me había pillado desprevenido.
—Me alivia encontrarme con hombres decentes en estos tiempos donde la educación parece desvanecerse —respondió e hizo contacto visual conmigo hasta que sus ojos se movieron con timidez.
Desataba mis ganas de coger su rostro y decirle que no se atreviera a mirar hacia otro lugar que no fuera yo—. Decidme vuestros nombres.
Era mi oportunidad de recuperar la dirección de su mirada.
Intenté hablarle pero, de nuevo, los nervios me hicieron dudar.
No quería equivocarme. Al percibir mi actitud, Celyn carraspeó y nos presentó.
Se lo agradecí en el fondo. Ahora ella sabía mi nombre, y esperaba que no lo olvidase jamás, era el nombre de su futuro esposo.
Gracias a Emdor volvimos a hacer contacto visual. Su pecho se movía más agitado, haciéndome desear saber en qué pensaba. Si no hablaba ahora, me iba a arrepentir. Necesitaba escucharlo de su propia boca, la confirmación.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
Ella no despegaba su mirada de mí.
—Estás dirigiéndote a una princesa, habla con más respeto —dijo el rubio a su lado.
Lo miré al filo de mostrar mi primera expresión: severidad.
Pensando en ello, ¿quién era? ¿Por qué estaba con ella?
Tenía cara de crío, de no haber sido herido en batalla ni una vez en su vida.
¿Qué eran? ¿Por qué estaba a su lado mientras yo llevaba una década buscándola?
Ella alzó su mano, me distrajo de él y me miró con orgullo y solemnidad.
—Mi nombre es Lobelia Benmore, hija menor del duque de estas tierras, familia guardiana del bosque al que pretenden aventurarse.
Parpadeé con lentitud y moví mis labios con su nombre oculto en mi lengua, luchando por el impulso de plasmar una sonrisa atiborrada de júbilo en mi rostro.
Sabía que era ella, mi Lobelia. Era una princesa, estaba con los Benmore y por eso no la encontraba.
Al ser una hija de la nobleza, habría vivido en el castillo con discreción.
Debí ser más minucioso, no consideré que estaría tan cerca, tras una enorme muralla entre nosotros.
Sin embargo, nada de eso importaba ahora.
La había encontrado y ya no la soltaría.
La llegada de la guerra a Benmore fue como un choque del destino, justo en el día en que la había conocido.
Nos tomó por sorpresa, en especial a ella.
Deseaba consolarla, quería acercarme cuando estaba en ese curioso laberinto en el castillo, no obstante apareció ese molesto caballero para confirmar mis sospechas: el hombre estaba enamorado de ella desde hacía años, pero, no más que los casi diez en los que yo me había aferrado a su existencia como un alma sedienta en medio de un desierto.
El problema era que ella no lo sabía, tenía que ocultarle mis sentimientos porque solo le causarían confusión.
Por el momento, necesitaba llevarla conmigo a Emdor.
Atravesé la puerta de la casa de Macsen y el viejo pegó un brinco desde el sillón en su sala. Casi rompió el libro que llevaba en la mano. Era de madruga.
—¡Por Emdor, niño! —exclamó separándose de su asiento—. ¿Qué—
Golpeé la madera de la mesa junto a su sillón y dejé el mechón de pelo de Lobelia.
—Solicito una reunión de emergencia con los líderes —anuncié—. Hay una Protectora viviendo entre humanos.
Su rostro cambió.
—¿Qué dices?
—Que Garran Xyla tiene una hija —pronunció Aron tras entrar a la casa detrás de mí con Celyn.
El silencio se tornó severo y se escuchó solo el crepitar del fuego en la chimenea.
—Y es mi aetheris —dejé que mi voz se entrecortara un poco—. Yo solo… lo sé.
Hacía solo unas horas la había tenido tan cerca que aún podía sentir su aroma en mi nariz, todo para reunir una prueba de su existencia y…
conseguir un premio para mí por haberla encontrado: una bonita cinta que contenía su olor.
Era poco probable que decidiera vivir conmigo de inmediato, primero querría conocerme, por lo tanto necesitaba algo para conformarme por un tiempo.
Solo para tranquilizarla acepté una apuesta absurda de no regresar, de no buscarla, pero no estaba dispuesto a cumplirla.
Era impensable dejar a mi aetheris allí cuando podía estar a mi lado.
Esa misma noche iba a hacer que Lobelia abandonara a los humanos.
La mirada de Macsen se transformó en impacto por mi expresión llorosa, en súplicas para que me creyera, para que me diera permiso de buscar en ese instante a mi mujer.
—¿Cómo estáis tan seguros? —Giró un poco la cabeza.
—La encontraron en el bosque hace diecinueve años, protegida por una manada de lobos. El duque fue guiado a ella por las bestias y la crió como su hija —le expliqué aprisa, estaba ansioso—. Está con los Benmore, respira con dificultad.
—Diecinueve años…
Murmuró pensando en voz alta, al caer en la cuenta de que el tiempo coincidía. Un momento después cogió el mechón de cabello y examinó el color. Era el mismo que el de Garran. Caminó hacia la chimenea, se hundió en su silencio dándonos la espalda y resopló restregándose una mano en la cara.
—¿Cómo pudo ocurrir? —susurró y creyó nuestra palabra—. Pobre Garran…
No hubo más que silencio.
—Iré por ella —avisé.
—¡Oye!, oye, espera un momento, niño.
Me detuvo y gruñí.
—Es mi aetheris —enfaticé.
—Lo sé, pero no sabemos si esa niña puede respirar en nuestro territorio —señaló y me paralicé—.
Como dices, aunque respira con dificultad, lo hace .
¿Estás dispuesto a arriesgar su vida al traerla?
Sabes que una vez que sufren la asfixia, no pueden recuperarse.
¿Qué opina ella? ¿Vendrá voluntariamente?
Mi respiración se entrecortó, estaba pasando algo por alto. Tras recordar nuestra conversación, mi corazón se partió en dos. ¿Qué opinaba Lobelia? Pues, no quería venir conmigo. Tenía su vida, su amada familia y un hogar cálido que no estaba dispuesta a abandonar, a pesar de sus problemas de salud.
—Ella estaba confundida, pero… —no sabía qué decir, al darme cuenta de lo que pretendía hacer por desesperación. Mis labios se abrieron y Macsen me miró con tristeza.
¿Estaba forzando mis deseos en ella? ¿Me odiaría si la traía en contra de su voluntad? Sería imposible para mí soportar un mero suspiro de odio salir de sus labios. Cuando llegué a esa conclusión, el miedo me abordó e inundó mis ojos. Tanto Macsen como Aron y Celyn observaron atónitos mis lágrimas.
—Está justo allí… —sollocé con el alma en mis manos.
El silencio desolado se prolongó, con ellos aún asimilando la explosión de emociones repentina. Sabía que eso era lo que más les descolocaba. Poco después, tras el impacto, Macsen relajó los hombros y suspiró.
—El Gran Roble sabe por qué hace las cosas, niño. —Se aproximó y acarició mi coronilla—. Si de verdad es una hija de Emdor, si de verdad es tu aetheris, confía en que el destino os unirá. Por ahora la has encontrado, ¿no es una buena señal? Ahora podremos protegerla.
Los miré desconsolado, Celyn y Aron parecían estar de acuerdo con él. Negué con la cabeza repetidas veces y retrocedí.
—Vamos, Rhoan… —Aron intentaba calmarme.
Los ignoré y me fui a casa sin despedirme.
En el momento en que cerré la puerta, me ahogué en el silencio hasta que la soledad se convirtió en cólera.
Tiré todo lo que encontré, la mesa, los libros, mi poder se descontroló y congeló la sala entera.
Di puñetazos a la pared cubierta de hielo, gritando hasta que mis nudillos sangraron.
Cuando ya no sabía qué más hacer porque el dolor en mi alma no se iba, seguí asfixiándome en mi frustración y me eché a llorar, hecho un ovillo en el suelo, más solo que nunca. Lobelia aún estaba fuera de mi alcance.