Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Aceleré el paso y formé un muro de hielo. Dejé de escucharla a mi espalda.

Al principio era más suave con ellas al rechazarlas, no obstante no dio resultados y más bien se aprovecharon de ello.

Me cogían del brazo y fingían que se caían para chocar conmigo.

Odiaba que me tocaran y que creyeran que solo por ser hombre eso me hacía feliz.

No pensaban respetar nunca mi espacio personal.

La última vez que sucedió, la mujer bajó su mano y rozó mi abdomen.

Sentí tanto asco que me vi obligado a superar mi apatía para mandarlas a la mierda.

Me tenían harto, solo quería que Lobelia apareciera.

—Lobelia… —la llamé tragando saliva, recordando el color verde y vivo de sus ojos. Quería que me escuchara.

—¡Ah, Rhoan!

Oí a alguien que me hizo sobresaltar. Justo la persona que más nervioso me ponía en todo el pueblo.

—Hola, Garran.

Sus ojos eran iguales. No era necesario buscar demasiado el por qué, ya que la bruja Eudora había desaparecido y Lobelia parecía ser de la edad que tendría una hija de los dos.

Algo me decía que este hombre era mi futuro suegro, mientras que él no tenía ni la más remota idea de que estaba en la búsqueda de su descendiente.

—¿Vas de misión? Últimamente casi no te veo, ¿te has olvidado de tu tío? ¿Se te olvida quién te dio tu primera hidromiel?

Tío, sí, eso sería hasta que encontrara a su hija.

—Estos días han sido caóticos, ha empezado una guerra entre Dourith y Sivgard, y las brujas están desatadas —resoplé caminando con él a mi lado—. Hemos tenido que ayudar a otros equipos, no damos abasto. En Benmore no lo saben todavía.

—Guerra, ¿eh? —murmuró con el amargor presente en la boca—. El ser humano no sabe que es el escenario perfecto para Lo Oscuro.

La guerra se convertía en un mar de sangre y desgracias, el cual las brujas usaban como camuflaje para asesinar. No había tiempo más difícil para cazarlas que cuando los reinos entraban en disputa.

—En efecto —contesté pensativo.

Solo deseaba no haberme equivocado durante casi diez años, y que Lobelia de verdad se encontrase en Benmore, el territorio más lejano del conflicto. Si no, si la guerra contaminaba el reino de Dourith y la alcanzaba, yo…

—Oye, suena a que necesitas un par de tragos —mencionó distrayéndome de mis pensamientos pesimistas—. Cuando regreses vamos a beber con tus padres, ¿de acuerdo? —Me dio una palmada en el hombro y asentí—. Te dejo ir, ten una buena cacería, hijo. Cuídate.

—Gracias.

Se fue al lado contrario y me quedé mirando su espalda.

Me preguntaba cuál sería su reacción cuando la encontrase, cuando viera que era igual a él.

Era un hombre testarudo y malhumorado, me preocupaba que repudiara a Lobelia por ser la hija de la mujer que lo había abandonado.

Si eso sucedía, la colmaría de amor extra para que nada le faltara.

No iba a permitir que nadie le hiciera daño, ni siquiera su propio padre.

Seguí mi camino hacia la entrada del pueblo. A pocos metros vi al grupo reunido.

—¡Aquí está el galán! —exclamó Aron, con toda la intención de irritarme.

—¿Rompiste algún corazón en el camino? —preguntó Celyn—. Pareces de mal humor.

—Odio a las mujeres

—Eso es un sí, pobrecitas —murmuró Aron.

—¿Estáis preparados? —Se asomó Jac, nuestro jefe de equipo.

—Tened cuidado, niños —Macsen estaba a su lado—. Son tres, y la de tierra es la más fuerte.

—Nos las arreglaremos —le contesté.

Macsen sonrió.

—Ven aquí. —Estrechó a Aron, y le dio un beso en la frente—. Que Emdor te proteja, Aron Bedelia.

—Y que su luz nos mantenga unidos —terminó Aron, dándole un toque en el hombro—. Nos vemos en unos días, viejo.

— Abuelo —lo corrigió con un coscorrón sorpresa—. ¡Soy tu abuelo, niño desagradecido!

—Ay —se quejó Aron—. ¡Que sí!

Después de su típica discusión, Macsen y yo hicimos contacto visual.

Como siempre, despeinó mi cabello.

—Que Emdor te proteja, niño.

Con eso nos despedimos e iniciamos nuestro camino hacia Blackriver.

Era la típica misión de tres días. Esta vez, nada había cambiado.

Cuando llegamos al pueblo humano, todo fluyó con su habitual naturalidad.

La reunión con el vigilante, el segundo día en el que nos mezclamos entre los humanos para observar y planificar la estrategia, y el tercer día la cacería.

Macsen había dicho la verdad, la bruja de tierra era la que más pelea había dado, no obstante nuestro equipo era casi impenetrable.

Creo que se debía a la inusual confianza que existía entre nosotros, gracias a que nos conocíamos desde la infancia.

Ese día, con la cacería lista y las brujas incineradas con la magia de Aron, preparamos nuestras cosas, comimos y nos encaminamos de regreso a Emdor. Por supuesto, no sin hundirme en la asfixiante frustración de que, de nuevo, no había encontrado a Lobelia.

Lobelia, ¿dónde narices estás? Gruñí en mi interior, llamándola. Le pedí a Emdor que me permitiera encontrarla pronto. Veía el bosque frente a nosotros con un nudo en la garganta y odio hacia mí mismo. Me sentía incompetente.

—¿No podemos… quedarnos un día más? —murmuré, a punto de cruzar el puente de piedra.

—¿Qué? ¡Quedé en combatir en El Agujero esta noche! —respondió Aron—. Puedes quedarte si quieres, pero yo tengo que regresar. Le prometí a cierta chica que le dedicaría la victoria. Te imaginarás el premio.

Puse los ojos en blanco.

—Yo también prefiero regresar, no quiero preocupar a Medi —expresó Celyn con una sonrisa al pensar que estaba por volver a verla.

A veces sentía envidia de él. Aún cuando estaba en una situación complicada, podía ver casi todos los días a la mujer que amaba. En cambio, yo sigo en este maldito bucle…

—¡Vosotros tres deteneos!

Se oyó una voz masculina detrás de nosotros, a buena distancia.

—Mierda —murmuró Aron, sin detener nuestros pasos.

—¡Soy un caballero de Benmore y os ordeno que paréis en este instante!

Nos miramos entre nosotros y, sin decir nada, nos entendimos.

Era mejor parar para evitar problemas. A solo medio metro del puente nos quedamos de pie y dimos media vuelta.

Era un joven rubio con armadura ligera bajando la colina del trigal junto al río.

Se acercó mientras que detrás de él se apreciaba otra silueta que caminaba mucho más lento.

Me paralicé cuando algo sacudió mi alma.

Cabello ondulado y largo castaño cenizo, tez blanca y labios carnosos que había soñado sentir junto a los míos. La había encontrado, a mi Lobelia.

—Bueno…, es preciosa —susurró Aron boquiabierto. Aún con su naturaleza sinvergüenza, la belleza de Lobelia le había impedido reaccionar como siempre lo hacía. Era una mujer que inspiraba ser admirada, no profanada.

—¿No os recuerda a alguien? —murmuró Celyn en un tono de asombro. Lo había captado al instante.

Se oyó a Aron pensativo, al tiempo que mis ojos no se despegaban de ella, de su concentración plena en no caer en la bajada, para entonces fusionar el verdor de su mirada con el bosque, observándolo con curiosidad.

El caballero rubio nos alcanzó y, aun así, no conseguía dejar de contemplarla.

Los recuerdos de su existencia en mis sueños y en mi corazón se convirtieron en una persona tangible acercándose a mí y, en el silencio, no pude evitar suavizar la mirada, sentir la humedad en mis ojos y aguantar para no derramar frente a ella todas las emociones que liberaba desde mi centro con su presencia.

Me sentía desbocado. Por Emdor, cómo deseaba arrodillarme a su merced en ese instante.

—Inclinaos, estáis frente a una dama de la realeza —habló el hombre.

No me quedaba más remedio que escuchar, maldije los segundos en los que tuve que desviar la mirada al suelo.

Aun así, disfruté escuchando sus últimos pasos elegantes sobre la tierra.

Eran tan cercanos y reales, que los latidos de mi corazón estaban desenfrenados.

Peleé contra la adrenalina para no levantarme y estrecharla en mis brazos en ese mismo instante.

—Levantaos —pronunció y su voz despertó el temblor en mis labios. Era la voz que oía en mis sueños. Puse mi cara de siempre y me enderecé.

Me encontré con sus ojos verde manzana y casi suspiraba.

El color era más brillante en la realidad.

Mi nivel de atención obsesivo en sus movimientos me hizo notar su reacción al cruzar miradas.

Joder. Iba a desmayarme. Había reaccionado por mí, se había petrificado.

Sin duda era ella, mi aetheris, mi todo.

Cuando vi sus mejillas más rosadas, tragué saliva y apreté los dientes. Quería besarla en ese maldito instante.

—¡Ese cabello y ojos! —murmuró Aron incrédulo. Inferí que se había dado cuenta de que era la viva copia de Garran Xyla.

—Shh —lo calló Celyn.

Aunque los escuchaba, los ojos de Lobelia estaban atados a los míos. Necesitaba decirle que la amaba. Necesitaba besar sus pies, regalarle mi primera sonrisa en veintiún años. Contrólate, joder, me regañé.

—No se os ha dado permiso para hablar —dijo el rubio y, solo cuando el silencio regresó, ella separó sus encantadores labios.

—¿Nos conocemos? —murmuró.

Maldición, quería llorar, reír, gritar, quería hacer todo y, a pesar de ser así, no conseguía decidirme en mi próximo movimiento. Tal vez debía llevármela sin más.

—Tienes mi permiso de hablar, ¿o es que… no puedes?

Su rostro empezó a mostrar lástima y me entraron los nervios. Aron me dio un codazo leve.

—Oye, idiota —susurró.

Sentí las miradas de Aron y Celyn empezando a darse cuenta de mi actitud inusual, mientras mi cabeza estaba en otro lado.

Sí, nos conocemos, nos hemos amado en tantas vidas que con pedírmelo una vez te juraré mi lealtad eterna.

Eres mi aetheris, mi Xyla, y yo soy tu Adair, le respondí para mis adentros.

—No nos conocemos, su alteza. Si fuese el caso, lo recordaría —pronuncié bajo—. No me atrevería a olvidar un rostro noble como el suyo.