Capítulo 42
Rhoan
Hace once años.
No recuerdo la última vez que sonreí. Con los años aprendí a levantar las comisuras en un intento fingido de mostrar alguna expresión al menos ante mi familia, sin embargo era fácil para ellos saber que se trataba de máscaras para satisfacerlos más que un acto natural.
Decidí dejar de hacerlo ya que sus expresiones eran peores que cuando no fingía.
Parecían sufrir conmigo. Mi bisabuela era la única que intentaba encontrar lo positivo de mi situación ya que decía que tenía la mirada de un cazador.
Me servía de consuelo ya que ni yo mismo entendía qué me había sucedido.
Solo recordaba ese momento en que sentí que algo arrancaba una importante parte de mi alma, llevándosela lejos de mí.
Nunca fui capaz de explicarlo y con solo pensar en ello me dolía el corazón.
—¡Más rápido! —exclamó mi bisabuela.
Era una tarde de entrenamiento. Corrí esquivando sus ataques, habían transcurrido dos años desde que me convertí en su discípulo y aún me costaba superar su arremetida de llamaradas.
Sabía que lo hacía más lento de lo usual considerando mi edad.
No obstante, ese día de verano hacía un calor infernal y no quería decirle a mi bisabuela que empezaba a sentirme mareado.
No quería que pensara que tenía de discípulo a un debilucho.
En una de esas, al ver que iba a alcanzarme, sudé frío y perdí fuerza.
—¡Mierda! —masculló mientras desviaba el fuego, aun así rozó mi brazo y apreté los dientes. Logré terminar el movimiento sin caer mal y me quedé en el suelo. Corrió hacia mí, se agachó y examinó la herida con el rostro pálido—. Ewan me va a matar.
Estaba por ponerse de pie otra vez para buscar el botiquín con los nervios en la boca, sin embargo la detuve.
—Está bien, cálmate, yo lo enfrío. Fue mi culpa, no esquivé bien.
—No, yo lo siento. Eres tan maduro que a veces olvido que todavía eres un niño —habló con amargura, viéndome aplicar una capa de agua sobre la quemadura.
El poder de mi bisabuela estaba empeorando mi sensación de debilidad, el cuerpo me hervía.
—Hace mucho calor… —susurré.
El mareo era constante, el ardor en la herida atravesaba mi piel como punzadas de hierro caliente y comencé a sentir otra vez que el suelo se movía.
Demasiado calor , me quejé para mis adentros.
Algo helado me hizo reaccionar al instante.
Giré la mirada a la herida y noté una capa de hielo adhiriéndose a la quemadura. No comprendía qué sucedía.
—Por Emdor… —soltó mi bisabuela y vi negro—. ¡Rhoan!
Me desmayé.
Separé los párpados, noté el cielo azul sobre mí y moví mis ojos. Me rodeaba un cúmulo espeso de árboles, alrededor de un espacio en el que el sol destellaba sobre la hierba.
— Aquí estoy.
Escuché una voz, igual a un eco en mis pensamientos.
Era pacífica y me hablaba con amor. Encontré a mi izquierda una presencia que me descolocó.
Un lobo blanco que irradiaba tanta luz que purificaba todo a su paso.
Las mariposas volaban sobre él, sus ojos transparentes me llamaban y con cada paso brotaba vida y flores bajo sus pies.
Habían pasado siglos desde la última vez que se sabía que un Protector había tenido visiones de Dios y, por supuesto, jamás se me había ocurrido que yo podría ser el próximo. Parecía demasiado real para ser un simple sueño. Más que una primera vez, era como si se tratase de un reencuentro.
— Hola, Adair.
Parpadeé.
—¿Adair?
— Han pasado milenios desde que te di tu nombre .
Sus palabras eran tan impactantes que por un momento me quedé en blanco.
—¿Soy… ese Adair?
— Una vez lo fuiste. —Asintió y mi piel se erizó entera. Mi corazón estalló.
—¿Por qué me dices esto?
— Porque solo al conocer la verdad, podrás entenderte a ti mismo —contestó, para después resollar con pesar—.
Me entristece haber retrasado su despertar pero era la única forma de protegerla de Lo Oscuro.
Me aflige el daño que te he hecho al sellar su poder, hijo mío. Entenderé si decides darme la espada.
—¿De quién hablas? ¿Proteger a quién?
Guardó silencio unos segundos antes de darme una respuesta.
— A Xyla.
Se me detuvo el corazón por un instante y tuve una epifanía que acumuló las lágrimas en mis ojos. Hacía años que no soltaba ni una.
—¿Todo esto se debe a mi aetheris? Mi apatía, mi odio, mi rabia contra el mundo… —mascullé, dejándome llevar por emociones contenidas—. ¿Dónde está?
— Con los humanos.
Palidezco.
—¿Por qué?
— Eso es lo que te corresponde descubrir . Aún no está lista, pero deberás encontrarla con tu propia fuerza.
La frustración me nubló.
—¡Solo soy un niño! —grité, por primera vez desde mis cuatro años—. ¡¿Qué esperas que haga con catorce años?! ¡Si está fuera del pueblo, pasarán años hasta que pueda salir! ¡¿No puedes al menos darme una pista?!
Sus ojos cristalinos me observaron con gentileza.
Al cabo de unos segundos, una imagen se reveló en mi cabeza y el corazón me saltó un latido.
Vi unas manos pequeñas, no las reconocía pero deducía que eran las de una niña más pequeña que yo.
Su piel delicada era pálida, tocaba con curiosidad el pomo de una espada con el escudo…
de los Benmore. Alguien la llamó por un precioso nombre y separó la mano del metal.
Se llamaba Lobelia en esta vida.
—Está en Benmore —pensé en voz alta, con los latidos convertidos en un huracán. ¿Era la espada de un caballero? ¿De un hombre del territorio? ¿Le pertenecía o solo la tocaba por haber tenido la oportunidad? La visión desapareció y me volví a encontrar con sus ojos.
— Te permitiré conocerla a través de sus recuerdos. A cambio, una vez que esté a tu lado, deberás prepararla para el futuro —declaró, dejando una última advertencia—. Lo que os espera no es un camino fácil, y es ella quien más se adentrará en la oscuridad.
Tragué saliva, tratando de entender el significado de todo lo que me decía. Sin embargo, era seguro que se refería a un peligro inminente.
—¿Dices que debo entrenarla? ¿Cuándo estará en peligro? ¿No puedo protegerla yo?
Resopló, tornando la mirada en una cálida.
— Por ahora, celebra tu nuevo despertar.
Hace año y medio.
—Hermano, ¿cuándo me enseñarás a pelear? —me preguntó Mabli mientras me veía empacar mis cosas, sentada al borde de la cama sin dejar de mover sus pies. Le gustaba visitarme antes de ir a una misión.
—La bisabuela me enseñó a partir de los doce y así lo haré contigo —contesté—. Aunque, ¿de verdad prefieres que te enseñe yo antes que la bisabuela?
Tras mi pregunta, hizo uno de sus bonitos pucheros.
—Quiero a Bubu, pero te quiero más a ti —confesó—. ¡Es un secreto, así que no se lo digas!
—No lo haré —le prometí.
Aún cuando seguía sin mostrar mis emociones, con ella y mi familia sentía mi corazón suavizarse y tranquilizarse, al menos un poco.
Mabli nació conociéndome así y para ella era la normalidad.
No era como si no sintiera en absoluto sino que no era capaz de expresar nada ya que en mi corazón yacía un dolor penetrante de algo que tuve y aún no había recuperado.
No sabía dónde estaba Lobelia. Una mujer que Emdor me había permitido observar en sueños y ver crecer.
Parecía ser brillante, traviesa y astuta.
Era mi salvación, mi objeto de adoración.
De sus rasgos físicos solo conocía sus ojos verdes y seguros, su sonrisa cegadora y su voz madura aunque cariñosa que me hacía desear que las noches fuesen eternas.
Cuando despertaba, los días eran una tortura en la que no lograba parar de pensar en sus labios carnosos.
Mi corazón le había pertenecido desde siempre y sin ella el vacío devoraba el resto.
Me convertí en cazador para encontrarla.
Entrené más de lo que mi cuerpo podía soportar y le supliqué a mi bisabuela que no tuviese piedad, con el objetivo de ganarme un lugar en el equipo Drago.
Lo conseguí pero, cuando preguntaba por ella en los pueblos, había más de una mujer con ese nombre.
Decían que se había hecho popular desde hacía años y, por desgracia, tampoco tenía suficiente tiempo en las misiones para dedicarme de lleno a buscarla.
Mabli levantó el rostro y se quedó observándome.
—Hermano, tú me quieres, ¿verdad? —preguntó como si nada, provocándome un dolor agudo en el corazón.
Es mi culpa. Si tan solo pudiera mostrarle un atisbo de lo que sentía, ella no tendría este tipo de dudas.
Tragué y me arrodillé para quedar a su nivel.
Necesitaba asegurarme de que me escuchase con atención.
—Por supuesto que te quiero, Mabli Adair. —Le di un toque en la nariz—. Eres tan linda que lamento que tengas un hermano como yo.
Esbozó una sonrisa, bajó de la cama y me rodeó con sus brazos sin lograr abarcarme del todo.
—No digas eso, eres el mejor hermano del mundo.
—Tú también eres la mejor —murmuro.
—Regresa sano y salvo, ¿vale? —dijo, apretando mis mejillas—. ¡Mamá y papá harán algo rico de comer cuando regreses!
—Vale —respondí, deseando poder sonreír para ella.
Sabía que esa era su parte favorita de cuando me iba a una misión.
Sin embargo, el nudo en la garganta que me atormentaba desde los cuatro años no me lo permitía.
Dolor, sufrimiento, pena, vacío, eran cosas con las que estaba familiarizado.
Un recuerdo permanente del veintidós de Nevidia de mil quinientos cinco.
Nunca olvidé aquella sensación, cómo mi alma entraba en un estado de penumbra.
Por ahora, Lobelia estaba fuera de mi alcance.
Después de guardar mis cosas, fui con Mabli a casa de mis padres para despedirme de ellos. Después de recibir la bendición del cazador caminé a la salida del pueblo para encontrarme con los demás. Apenas era mediodía.
—Hola, Rhoan. —Me obstaculizó una mujer con algo en la mano, un amuleto. Su escote lucía más bajo de donde debía estar y apestaba a perfume.
Qué molestia.
—Piérdete —pronuncié impasible.
—Es que yo quería—