Capítulo 41
En silencio, su mano me acaricia la mejilla, asegurándose de que lo mire a los ojos. Adhiere su frente a la mía de nuevo y cerramos los ojos.
—Te amo, Lobelia. Te he amado en esta y en cada vida a la que mi alma ha trascendido. En todas ellas, quizás miles, te he pertenecido.
Los ojos se me inundan de una alegría arrebatadora. Asume que somos aetheris antiguos con una certeza ciega, y algo me hace creerlo con la misma seguridad. Inhalo profundo con el corazón lleno.
—Y yo a ti, te amo, Rhoan —hablo con los sentimientos en la mano—. No dejé de pensarte desde el día en que te vi, te convertiste en el dueño de mis anhelos hasta arrebatarme la cordura. No comprendía por qué tenía tanta sed de ti, pero ahora que sé el por qué, quiero ahogarme en tu existencia.
Coge una larga inhalación y deja ir un suspiro. Me da un beso más y levanta la cabeza.
—No pienso forzarte a nada que no quieras.
Un fuerte latido me retumba.
—Lo quiero. Con desesperación.
Traga saliva y sus ojos se deslizan a mi cuerpo. Desata mis nervios y aun así me quedo a la espera.
—Los años que he fantaseado con este momento no han sido pocos.
El rubor me hierve en el rostro. Mojo los labios, mantengo la mirada en la suya que desciende y susurro.
—¿Qué pasa ahora en tus fantasías?
Levanta la mirada en un parpadeo lento que transforma su expresión.
Las aletas de su nariz moviéndose me hacen saber que mis palabras han liberado algo en su interior.
Roza nuestras manos y con suavidad comienza a besar cada uno de mis dedos.
Sus labios se trasladan poco a poco a mi muñeca, después a mi antebrazo hasta que me envuelve en un beso lento y seguro.
Nuestras respiraciones se fusionan con pasión.
Paso las manos por debajo de su camisa para acariciar sus abdominales marcados.
Siento sus espasmos en el roce de mis dedos.
Se quita la camisa. Dios mío. Las corrientes de agua de sus tatuajes abarcan la mitad de sus pectorales y se curvan llegando a las costillas.
Las sombras se dibujan en el relieve de sus abdominales marcados y sus brazos fornidos son recorridos por venas que se marcan ante la tensión de la necesidad de mí.
Me muerdo el labio inferior y mi respiración corre imparable.
—¿Es la primera vez que ves el cuerpo de un hombre?
Deduce por mis nervios.
—Fui instruida con que debía ser pura en cuerpo y mente para el matrimonio —respondo, acariciando su torso.
—Puedes decir que lo cumpliste con creces, pues este es el cuerpo que verás por el resto de tu vida.
Lo observo tímida.
—Ayúdame con el vestido —mi voz se percibe temblorosa.
Me doy la vuelta, recojo mi pelo hacia delante y él desata con cuidado las cintas en la espalda. Apoya su frente en mi cabeza mientras lo hace, su temblor contenido y su respiración vibrante me transmiten lo importante que es este momento para él ya que también es su primera vez.
Paso los brazos por las mangas, cojo el escote para que siga cubriéndome por delante y me giro.
Desato con una mano titubeante la cuerda de su pantalón.
Al aflojarse, coge el borde para que no caiga.
Recorre mis hombros desnudos con la mirada.
Cuando termino, retrocedo y nos miramos una última vez, con nuestros corazones palpitando a gran velocidad.
Estamos en el lugar perfecto y en el momento perfecto.
Ninguno de los dos duda, por lo tanto al mismo tiempo dejamos caer las últimas prendas quedando desnudos.
Los ojos le parpadean con lentitud, sin perder ningún detalle de mi silueta.
Por el movimiento en su abdomen noto su respiración agitada.
Mi mirada desciende hasta lo que me ha sido prohibido hasta ahora.
Me intimida su tamaño comparado a donde sé que debe entrar.
Permanece firme con una punta rosada que sobresale.
Me dejo llevar por el impulso y doy un paso.
Suspira en el momento en que lo rozo y libera sutiles gemidos al sentir el movimiento de mis dedos recorriéndolo a lo largo para familiarizarme.
—Lobelia… —se le escapa con una voz ronca y provocativa.
Coge mi mejilla con una mano y me atrapa en un dulce beso tembloroso que me distrae.
Al cabo de un segundo me sujeta por la cintura y me guía para tumbarme en la cama con cuidado.
Queda a horcajadas sobre mí, apoyando los brazos a los lados con sus piernas acorralando mis caderas. Sonríe entre besos.
—Estás desnuda en mi cama —menciona con una voz dulce y el pulso acelerado como si no pudiera creerlo.
—Y tú estás desnudo sobre mí.
Ríe con suavidad. Es en ese momento que levanta una de sus manos y roza mi vientre bajo para convertir mi cuerpo en un caos de miedo, ansias e impaciencia.
En el momento en que sus dedos hacen contacto con mi centro, expando los ojos y retuerzo las piernas.
La siente, juega con los pliegues abriéndolos con cuidado hasta que encuentra el lugar que siempre me debilita de placer, esa misteriosa prominencia arriba del todo.
Cierro los ojos, clavando las uñas en sus bíceps.
Es tan placentero lo que me hace que arqueo la espalda para apretarme contra él. Roza los dedos alrededor del agujero.
—Estás tan mojada —la satisfacción desborda en su voz—. ¿Qué sientes?
—Siento que ardo…
Araño su espalda y gruñe como un animal a medida que me devora con besos sensuales. Por fin mis fantasías en la bañera se cumplen y mi imaginación no se compara a las maravillas de la realidad.
—Quiero probarte —exhala extasiado.
¿Probarme? Sus labios se deslizan a mi mejilla y me recorren el cuerpo.
Espasmos de satisfacción me poseen entre cortas respiraciones.
Veo que baja hasta mis senos, los acaricia y lame los pezones.
Se me escapa un gemido fuerte y la sensación me empuja la espalda hacia arriba.
Deja un camino de besos hasta el ombligo con su barba haciéndome cosquillas.
Llega al lugar más sensible de todos y se asegura de abrir bien mis piernas.
—E-Espera, ¿qué haces?
En el instante en que me pongo tímida, me regala una mirada lujuriosa. Solo basta que succione un poco para verme abrumada por un erótico escalofrío que me deja impactada.
—Ay, Dios… —Estiro los brazos a los lados para agarrar con fuerza las sábanas.
Con los movimientos de su lengua, mis ojos ruedan al techo mientras abro la boca y no paro de gemir buscando calmar el placer desenfrenado.
Mi parte íntima hierve a punto de derretirse.
Incluso después de haberme tocado cada día, nunca imaginé que existiera el placer que Rhoan me hace alcanzar.
Cojo su cabello y exijo más. Elevo las caderas en movimientos inconscientes. Rhoan suspira sin dejar de lamer con fascinación. Después dejo ir unos últimos gemidos y presiono los ojos hasta que duelen.
—¡E-Espera! —El chorro sale desprevenido a su cara y entro en pánico. Rhoan succiona. Me cubro el rostro al instante, muerta de vergüenza—. L-Lo siento.
—¿Por qué te disculpas? —Levanta la cabeza, lame sus labios y se limpia la zona de la barba con su magia.
—Te ha salpicado. —Retiro levemente un dedo para verlo.
Me da pánico decir a qué se parece la situación, sin embargo él me observa sonriente y mi reacción le es adorable.
—No es lo que crees —aclara—, acabas de tener un orgasmo.
¿Orgasmo? Trago y destapo mi rostro por un término que desconocía.
—¿Eso es bueno?
—Es una maravilla.
Se asegura de secar el líquido en la cama para que estemos cómodos y se dedica a besarme, motivándome a envolver mis brazos alrededor de su cuello. Su aroma y la gentileza con la que sus labios me consumen es embriagador.
En ese momento siento su miembro rozando mi entrada. Me sobresalto y mi respiración se vuelve caótica al ser consciente de lo que va a suceder. Me mira con amor y acaricia mi mejilla con el pulgar.
—Lo haré despacio —habla con miel en su voz.
—¿Y-Yo qué tengo que hacer?
Aunque también es la primera vez de Rhoan, parece saber mucho más que yo. Con mi pregunta de principiante, una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Bésame… y relájate.
Respiro hondo y asiento, preparándome mentalmente.
Con cariño une nuestros labios, inspirándome a concentrarme en el movimiento suave y lento de su lengua.
Al mismo tiempo empieza a introducirse con delicadeza.
La sensación es curiosa y satisfactoria mientras se hunde, sale y entra otra vez.
Exhala entre lentos besos que me mantienen en un relajado estado de trance.
Sigue así hasta que retrocede sutilmente y, cuando vuelve a moverse hacia adelante con seguridad, le muerdo el labio al sentir un pellizco.
El aire se siente denso en el corto silencio. Cuando el dolor momentáneo pasa, abro los ojos. Se levanta unos centímetros y nos miramos con alivio. Una lágrima se me escapa. Con un toque lleno de amor la recoge.
—¿Te duele?
Respiro serena y niego.
—Es felicidad, Rhoan. No sé qué hacer con tanta felicidad —fragmento con una sonrisa colmada de alegría mientras otra lágrima cae. Soy suya por fin.
Permanece con los labios separados un momento, y noto que su pecho se hincha.
Envuelve mi cabeza y se impulsa lento y suave hacia delante.
Hace calor, mis gemidos se sincronizan con el impacto de sus caderas contra mi pelvis.
La sensación es única y no se compara a nada que haya experimentado antes.
Me hace querer permanecer con los ojos cerrados para concentrarme en la sensación de nuestra conexión física, en el roce y el sonido húmedo en cada choque.
Al rato percibo que gruñe extraño, me motiva a abrir los ojos para descubrir que hay algo raro en su expresión. Se da cuenta.
—Me aterra hacerte daño.
Lo miro con las cejas levantadas. Cojo su rostro y lo beso hasta morder su labio inferior.
—No me duele en absoluto, hazlo más fuerte.
Las aletas de su nariz se tensan. Con mi respuesta, acelera al instante.
Gimo sin control en voz alta tras cada embestida.
Soy ruidosa pero Rhoan parece maravillarse por ello.
Se adhiere a mi cuerpo dándome besos en la mejilla.
No deja de rugir por lo bien que se siente dentro de mí.
Poco después se pone de rodillas y eleva mis piernas.
Apoya mis talones sobre sus hombros y cuando vuelve a moverse fuerte me retuerzo por sorpresa.
—¡Sí! —Clavo las uñas en sus muslos.
Esta postura hace que lo sienta más profundo.
Mis gemidos lo vuelven loco y continúa en esa posición embistiéndome con fervor.
Lleva su dedo a ese punto de placer que me encanta y lo mueve en círculos.
Chillo al sentir que expulso todo de mí otra vez.
El líquido salpica a todas partes con sus embestidas.
Ya después de la primera vez no me da vergüenza.
Rhoan vuelve a apoyarse con los antebrazos en la cama, sin detenerse ni por un segundo.
—Te amo… Te amo… —susurra una y otra vez.
Cada vez que lo dice siento el corazón quemándose, derritiéndose para reacomodarse hasta recuperar su forma original, olvidando todas las veces que fue herido por la incertidumbre de si Rhoan me quería o no.
Enredamos nuestras lenguas, él sigue impactando su cuerpo contra el mío.
No existe manera de describir la tensión.
No puedo pensar ni hablar por lo delicioso que es sentir a Rhoan dentro de mí, por cada centímetro de roce, por lo mágico que es percibir que él también está desbordado de placer con tan solo mirarlo.
Al cabo de unos minutos frunce el ceño y se clava una última vez.
Su movimiento se va ralentizando hasta que se detiene del todo y estoy segura de que ha dejado su semilla en mí.
Juntamos nuestras frentes una vez más, jadeando en una simultaneidad mágica hasta que volvemos a respirar con regularidad.
Poco después sale de mí y se deja caer a mi lado.
La paz que siento con el sencillo hecho de verlo de este modo conmigo es imposible de poner en palabras.
Desnudos en su cama, con la cabeza sobre su brazo y el poder expresar sin límites nuestro amor.
Juego con su barba suavemente sin soltar la mirada.
Me observa con sus ojos celestiales, con nuestros cuerpos juntos bajo las sábanas.
Acaricia mi pelo con amor y lo peina en un silencio gratificante.
Retengo en mi memoria hasta el más mínimo detalle, hasta que levanta su mano para mostrarme las runas en nuestros anillos.
—Estos escritos que ves aquí son cuatro declaraciones —me señala—. La primera a la derecha significa me uno a mi otra mitad . La que sigue el amor de mi vida está a mi lado . La primera a la izquierda mi alma está completa , y la última frente a mí está mi aetheris .
Me cuesta hablar por unos segundos, recordando momentos del pasado. Hay cosas que sigo sin comprender.
—No quiero ocultarte nada, no deseo que haya más secretos pero te advierto que algunas cosas serán difíciles de creer.
Lo miro con certeza.
—Si me dices que el cielo es verde, lo será. Dímelo todo, por favor.