Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Atravesamos la multitud en un silencio brutal. Sé a dónde voy y Rhoan no pregunta, se conforma con seguirme. Cuando cruzamos en una calle en la cual no hay ni un alma, corro hacia un callejón con el estómago revuelto.

—¿Qué sucede? —pregunta él siguiéndome con preocupación.

Lo sentía desde hacía un rato, tal vez habrá sido por un bajón del ataque de pánico, el estrés, la mentira más grande de todas que acabo de descubrir o la adrenalina que desaparece.

Me inclino hacia delante y cojo mi cabello como puedo para vomitar, asqueada con la acidez que irrita mi garganta.

Escucho sus pasos detrás de mí. ¡No! ¡No quiero que veas esto!

Agito el brazo pidiéndole que se mantenga lejos.

Sin embargo, él se pone detrás y se asegura de recoger mi cabello con cuidado para que pueda vomitar tranquila.

Lo oigo suspirar. No se puede imaginar que entré en pánico y corrí como nunca antes lo había hecho, pensando que lo iba a perder.

—Estoy orgulloso de ti, salvaste una vida hoy —expresa con una voz dulce mientras acaricia mi espalda para calmar mi malestar.

Expulso mi existencia por la boca. Cuando termino, nos alejo y hago un cuenco con las manos.

Lo llena en silencio, con la mirada seria al entender que no quiero hablar.

Lo fulmino con la mirada para que se voltee pero no tiene la intención de hacerlo.

Terco. Opto por quejarme mientras me enjuago y escupo a la tierra con su mirada sobre mí.

Por último me agacho y creo una planta de menta para coger algunas hojas y masticarlas.

Me niego a hablar hasta que mi boca huela bien.

—Vamos —murmuro.

En silencio, sigue mis pasos sin preguntar. No hasta que empieza a darse cuenta.

—Lobelia—

—Cállate.

Escucho su inhalación con ganas de responder, sin embargo decide no hacerlo.

Es una decisión inteligente. Cuando su casa está a la vista, el corazón me empieza a latir hasta el desenfreno.

Sé más o menos lo que quiero decir, así como sé lo que quiero escuchar de él: la cruda verdad.

Cuando hace el amago de usar la llave en la puerta, alzo la mano para que se detenga y lo miro impasible.

La acerco, hago lo mismo que hice ayer y consigo abrirla sin forzarla.

Vuelvo a mirarlo y puedo ver el pánico en su rostro.

Empieza a entender lo que ocurrió mientras no estaba.

Doy el primer paso dentro de la casa y un segundo después de cerrar, oigo su respiración hecha un caos.

—¿Quién te lo ha—

—He dicho que te calles. —Camino deprisa a las escaleras.

—¡Lobelia Xyla! —Cuando intenta coger mi mano, lo preveo y amarro las suyas. Corro sin mirar atrás—. ¡Maldición!

Sus pisadas se oyen torpes y angustiosas detrás de mí cuando entro a la habitación.

Sin más, abro las puertas del armario y cojo la cinta.

A pesar de que no planeaba enfrentarme a él con tal brusquedad, me dejó sin opción en el momento en que se reveló el uso de los anillos.

Doy media vuelta y lo encuentro a un metro de mí con las manos ya libres.

Su vista se va a la cinta, tensa la mandíbula y traga para después alzar la mirada con firmeza.

A mi rostro lo cubre un velo espeso y casi tangible de severidad, agotamiento y decepción.

Su silencio dice más que mil palabras. Por fin, puedo hacer la pregunta.

—¿Por qué está esto en un armario vacío en tu habitación?

Le lanzo la cinta y pierde la compostura para cogerla antes de que caiga al suelo, igual a quien se desesperaría por su más valioso tesoro.

Esa corta reacción provoca que tense los músculos hasta presionar mis costillas.

Se toma su tiempo para responder, doblándola con delicadeza y ordenando sus ideas.

Pasa por mi lado a paso lento hacia el armario y la deja donde estaba.

Es allí cuando me mira y sus ojos me observan con una fijación que me eriza la piel y me hace sentir como una presa.

Nunca me había mirado así, o al menos sin que me diese cuenta.

—Solo al tener algo de tu pertenencia podía asegurarme de que no había sido un sueño. Y tanto el armario como el tocador los conseguí para ti poco después de traerte. Son mi recordatorio del futuro.

Siento los ojos al filo de ser hundidos en un océano de lágrimas. Intento contenerlas en lo posible.

—¿Y lo de convertirte en mi maestro?

—Debía ser yo, era la excusa perfecta para verte todos los días y así no perder la cordura —expresa sin duda alguna en su voz profunda—. También convencí a Macsen para que te escogiera como su asistenta y así tener más oportunidades para verte.

Con eso los labios se me tuercen.

—Pero no dijiste nada de mi compromiso con Lucian.

—Era un humano, sabía que se marchaba a la guerra y era evidente lo intocable que eras para él —asegura sin titubear—.

A su regreso sería otra historia, planeaba alejarte de él antes de que se atreviera a ponerte un dedo encima.

Estaba pendiente de su llegada, iba cada semana a verte desde la distancia gracias a que pedí ser quien se encargase de tu seguridad cuando hablé con los líderes.

Viajaba horas de ida y vuelta hasta que me encontré contigo de rodillas frente a su tumba.

Desde entonces se me hizo fácil encontrarte durante el día frente al trigal.

Te veía desde el bosque, anhelando el momento en que pudiera traerte conmigo.

Su voz es débil recordando esos tiempos. Mi corazón no sabe qué hacer, si tener un infarto o salirse del pecho con sus violentos latidos.

—¿No te importó el hombre con el que me iba a comprometer pero sí me mentiste sobre la edad de Caradoc?

Su rostro se oscurece.

—¿Has hablado con él? —masculla.

—Soy yo quien hace preguntas —le recuerdo—. Responde la que te acabo de hacer.

Traga y deja ir un gruñido bajo que despierta las mariposas en mi estómago.

—La mentira que te dije de Caradoc es solo una diminuta muestra del tamaño de un grano de arena, de lo que soy capaz de hacer para defender lo que me pertenece por ley de vida —contesta de mal humor y sin remordimientos—.

Tenías razón, todos la tenían, soy un maldito celoso.

Con solo verte desviar tu mirada de la mía me hierve la sangre.

Desde que te traje, cuando algún hombre ha intentado acercarse, solo una advertencia ha bastado para hacerle retroceder, porque saben que si se atreven a codiciarte los reventaré a golpes —masculla—.

Ahora que sabes la verdad ya no tiene sentido ocultarlo.

El estómago se me inunda de mariposas, no consigo abarcar todo lo que siento. Son demasiadas mentiras, y este es solo el comienzo de la infinidad de preguntas que necesito hacerle. Podría requerir todo el día.

—El anillo… —susurro al borde del desmayo.

Guarda silencio un instante.

—Sí, somos aetheris —pronuncia al fin— Nos hemos pertenecido el uno al otro desde que estabas en el vientre de tu madre.

Me convierto en estatua apenas parpadeando. Mis mejillas, el suelo, las telas de mi ropa se convierten en recipiente de mis lágrimas descontroladas.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde mucho antes de conocerte —confiesa tragando saliva, suavizando la mirada—. Tenía catorce años ese día de verano de mil quinientos quince, cuando vi el primer destello de tu existencia en sueños mientras que, al mismo tiempo, tú sufrías tu primera asfixia.

—¿Qué?… —Mis labios pierden el control y tiemblan sin parar.

—De ahí en adelante, esos sueños fueron lo único que me ayudó a soportar el vacío desgarrador que sentí cuando tenía cuatro años, un veintidós de Nevidia de mil quinientos cinco.

Me cubro la boca impactada mientras sufro espasmos en mi llanto al escuchar una de las más grandes verdades de todas.

—Tu inexpresividad…

Guarda silencio.

—¿Quién te lo dijo?

—Macsen.

Resopla.

—Empezó la noche del solsticio de invierno, en el instante en que naciste lejos de mí.

—Deja caer las lágrimas mientras mantiene el rostro amargo e impasible, determinado a liberar el enorme peso de lo que lleva acumulado largos años—.

Tengo un recuerdo claro pero corto. Jugaba frente a la chimenea cuando sentí que me arrancaban una parte de mí, una parte que me haría falta toda la vida.

Lloré tanto que estuve con fiebre toda la noche.

Sentía dolor pero no era físico. Me dolía el alma y durante muchos años no comprendía por qué, hasta que te vi en mis sueños y entendí que lo que me faltaba era mi otra mitad que se encontraba fuera de los límites.

Me da un momento de pausa para llorar con el corazón destrozado.

Lloro por mí, por él, por el nosotros . La voz que empezaba a encontrar similar a la de Rhoan sí era él.

Quiero consolarlo pero el dolor visceral me hunde en un abismo profundo sin un atisbo de luz.

Él escogió el sufrimiento adrede en vez de decirme la verdad.

En vez de aclarar las cosas, coger mi mano, decirme que me amaba y erradicar mis miedos e inseguridades.

—Entonces, ¿siempre lo has sabido? Mientras yo luchaba por intentar comprender y asimilar la intensidad de mis sentimientos por ti al borde de la desesperación, ¿tú ya lo sabías y estabas cargando con todo esto?

Su agitación es visible en el movimiento de su respiración.

—Sí.

—¿Quién más sabe de esto? ¡Tu familia vio el anillo en mi dedo, Rhoan! —recuerdo atacada. Él permanece rígido.

—Mis padres, mi hermana, Aron, Celyn y Macsen.

Lo miro incrédula, al reflexionar y comprender que desde mi llegada he estado rodeada de personas que han sabido la verdad y aun así han callado, incluida una pequeña niña de diez años.

Recuerdo la preocupación de Mabli ante la ausencia de Rhoan, la atención especial de Macsen preguntándome cada tanto si estaba bien y la certeza con la que Celyn y todos los demás aseguraban que era importante para él.

—¿Y cuándo planeabas decírmelo a mí ? —Lo miro incrédula.

Su silencio me sirve de respuesta al tiempo que traga saliva.

El aire se vuelve sofocante, hasta que mi mano impacta contra su mejilla.

Con el rostro girado y aún después de todas las verdades, no muestra arrepentimiento.

Entonces golpeo su pecho, sus ojos vuelven a mí.

Golpeo de nuevo, otra y otra sin parar hasta que el estallido de emociones se apodera de mi cuerpo, haciéndome gritar, llorar, soltar los puños hasta el cansancio.

—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no me lo dijiste?

! ¡Estaba en mi derecho de saberlo! ¡¿Por qué me mentiste?

! ¡Me engañaste! ¡Me hiciste creer que no me querías!

—expulso desde mis entrañas, con el sufrimiento acumulado que reverbera en cada respiro, en cada puño apuntado a su torso.

Él los recibe y endurece el cuerpo con la intención de soportar todo lo que me debe, hasta que me coge las muñecas y me impide seguir.

Su rostro sigue serio y sin vacilar—. ¡Me rompiste el corazón, me desilusionaste y me confundiste con tu juego emocional hasta más no poder!

¡Eres un cabrón!, ¡hasta las bestias tendrían más compasión—

Me roba el aliento en un primer beso desenfrenado y me envuelve en sus brazos hasta que sus puños arrugan mi ropa.

Saboreo en sus labios la eternidad en la que ha deseado los míos.

Primero estoy sin reacción por el impacto y al segundo siguiente apoyo las manos en su pecho, dejando ir un suspiro entre lágrimas.

Descubro a lo que sabe un beso: a nada y a todo a la vez.

Tras mi respuesta libera mis muñecas. Alzo los brazos y rodeo su cuello.

Adhiero mi cuerpo al suyo hasta que mi espalda termina contra la pared.

No pienso en nada, mi mente se deja llevar para sumergirse en el presente que se siente como un sueño del cual me aterroriza despertar, así que me aseguro de ser cada vez más brusca y cojo su pelo para soltar el moño que lleva detrás.

Busco que el momento se implante para siempre en el rincón más impenetrable de mi alma.

—¿Sabes lo jodidamente desquiciado que he estado por ti? —gruñe en el corto espacio que se forma en nuestros labios.

—Demuéstramelo, enséñame lo que sientes —susurro con poco tiempo entre besos para recuperar el aliento vaporoso y jadeante. Deja ir un gruñido con mis palabras, dejando claro su deseo de devorarme hasta el último rincón.

De repente mueve mis hombros, me guía a la cama haciéndome caminar de espaldas, provocando que las mariposas en mi estómago se exalten.

Los nervios despiertan, las ganas persisten.

Su mano busca la mía sin ver, siento que me saca el anillo para después ponerme el suyo, por cómo percibo el tamaño amoldándose a mi dedo.

Apenas hace contacto, elevo las comisuras de mis labios con el reconocible cosquilleo y la profunda sensación de calidez.

Sin embargo, al cabo de un segundo algo nuevo lo acompaña.

Me sobresalto, detengo mis movimientos y me veo abordada por miles de escalofríos que mueven cada fibra de mi ser.

La sensación aplaca cualquier carencia. Deja de besarme reaccionando igual de sorprendido que yo.

Abro los ojos pasmada, notando cómo mi anillo destella en su dedo, mostrando las mismas runas.

Puedo sentirlo con claridad, el modo en que recarga la mitad faltante de mi alma con la suya.

Como si él fuese lo que más necesito, más que comer, más que dormir o cualquier mundanidad. Necesito a Rhoan para vivir.

Lo miro enmudecida. Él me dedica una suave y enternecida sonrisa.

Portando el anillo del otro, nuestra conexión es tan profunda que no hay necesidad de palabras ni de confesiones.

Los sentimientos de nuestras almas hablan por sí mismos, se comunican y son una sola.

Gracias a eso despertamos del arrebato para ser más conscientes del presente, del hecho de que en este preciso instante somos invisibles ante el mundo y el mundo para el otro.