Capítulo 39 #2
La imagen del lobo de mi sueño, Emdor, pasa por mi mente.
Una corazonada. De acuerdo, lo intentaré.
Me concentro y alzo las manos frente a mí.
Sé que lo que intentaré hacer es una locura, pero en la vida se me han presentado situaciones insólitas con frecuencia y ya no me molesto en profundizar en ellas. Haré realidad lo imposible.
Al principio solo hay silencio, tensión, miedo de que no funcione, hasta que veo un diminuto hilo que despierta mi esperanza y la fe en mí misma. El metal se desarrolla y da forma a una aguja brillante y delgada, la más delgada que he podido hacer con un ojal perfecto para el hilo de seda.
—Lobelia…
Murmura Rhoan con asombro.
—Eso es metal —susurra Aron atónito.
Noto las miradas impresionadas de todos al tiempo que inserto el hilo en la aguja sin tiempo para pensar.
—Idam, ve preparando los vendajes —pido—. También miel.
El chico se mueve veloz.
—Celyn, tengo que coser tu vena —advierto—. Va a doler más que cualquier herida que has tenido en la vida, así que asegúrate de morder muy fuerte.
No puedo mentirle. Mira la aguja con miedo, se nota en sus ojos que ya se imagina el dolor. Sin embargo, asiente otra vez.
—Respira profundo —le pido.
—Espera —me detiene Rhoan. Me observa callado por un instante hasta que traga y mira a Medi—. Entrégale tu anillo, le ayudará con el dolor.
Mis labios se separan.
—¿Q-Qué? —Medi titubea—, ¡¿estás loco?! ¡Eso le causará más daño!
—Usar el anillo de otro solo duele si no es tu aetheris —argumenta Aron, apoyando a Rhoan.
Mis movimientos se detienen en seco como si me hubiesen echado un balde de agua fría desde arriba.
Hago contacto visual con Rhoan con una expresión severa.
En respuesta él me mira serio y sabe en qué pienso con exactitud.
Al poco tiempo corta el contacto visual.
Conque así era. Todo este tiempo la respuesta a mis miedos estaba en su anillo… que una vez usé.
—¡Es imposible! ¡No soy yo! —insiste ella.
—Lo sabes, Medi —añade Rhoan—. Si le das tu anillo estabilizará su cuerpo y alma.
Mi mirada se va al vacío, recordando lo placentero que fue utilizar el anillo de Rhoan. Claro…, porque era el anillo del hombre con quien comparto mi alma. ¿Cómo es que nunca pasó por mi mente?
Medi guarda silencio. Cuando cruza miradas con Celyn, él asiente, seguro de que va a funcionar.
—Medi, no hay tiempo —le recuerdo, obligada a dejar de lado mi conflicto con Rhoan.
Sus gestos se vuelven nerviosos y gruñe con fuerza.
—¡Bien! —exclama.
Hace un intercambio. En el momento en que su anillo entra en el dedo de Celyn, se amolda a su tamaño y muestra las brillantes y pacíficas runas que reconozco.
Al instante Celyn suspira de alivio, parece funcionar y a ella se le escapa un sollozo.
Se coloca el de él y con eso el hombre cierra sus ojos y consigue un poco más de consuelo.
Veo en la expresión de Medi que también ha sentido lo mismo con el anillo de Celyn.
—¿Satisfecho, idiota? —le llora.
Él la mira con amor y desde ese momento no suelta su mano.
—Bien, continuaré —murmuro.
Acerco la aguja. En el instante en que el metal toca su herida, Celyn grita entre la mordida desesperado, llorando de dolor. Intenta apartarse pero no lo logra debido a las raíces. Poco después deja de moverse.
—¡Celyn! —aulla Medi.
—Tranquila, solo se desmayó —avisa Rhoan.
Se percibe su respiración por su pecho elevándose.
Aprovechando que está inconsciente, procedo imparable y decidida a hacerlo perfecto.
Los nervios se desbordan de la habitación, Jac y Macsen están mudos observando todo, Idam permanece en silencio cortando las vendas, Aron y Rhoan se mantienen detrás de mí y Medi lucha por no llorar para evitar distraerme.
Los minutos se convierten en una eternidad insufrible en la que no puedo darme el lujo de cometer ni un minúsculo error.
Lo he practicado miles de veces incluso con animales muertos pero no es igual que tener la carne viva y la sangre con ganas de escapar.
En el momento en que termino los últimos nudos, la herida deja de sangrar.
Me aseguro cuatro veces de que no haya ningún lugar en el que los hilos cedan.
Por fortuna, soy buena cosiendo y tengo excelente pulso.
Hago un nudo extra fuerte justo en la ruptura de la vena, como me enseñó el señor Nicolas.
De nuevo, como si lo hubiese podido hacer desde siempre, creo otra pieza de metal más para cortar el hilo.
Siguen callados. Sintiéndome segura, es el momento.
Suelto una bocanada de aire y voy aflojando el torniquete a paso de tortuga. La hemorragia se ha detenido.
—¡Ugh! —Celyn despierta al sentir un dolor intenso cuando regresa la circulación.
—Shh, aquí estoy. —Medi coge su rostro—. Estarás bien, ya no estás sangrando.
De inmediato se calma pero es turno de coser la pierna. Esta vez, sin dudar y sin pedírselo a nadie formo una aguja mejor que la que me ha facilitado Idam, más delgada pero resistente para atravesar la piel.
—Celyn, ya falta poco —lo consuelo.