Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Suspiro, dejando que el alma se me salga en el aliento.

Desde ayer en todo lo que pienso es en Rhoan.

Miro al vacío un momento y siento los ojos humedecerse un poco.

Parpadeo, me doy unas bofetadas ligeras para reaccionar y hago camino al despacho de Macsen.

Solo tres días. Hoy, mañana y volverá como si nada , me convenzo.

—¡Lobelia! —me saluda de lejos Arwel, un herrero que conocí cuando solía pasear en mi llegada al pueblo.

Lleva mirada de enamorado mientras trabaja en un cuchillo de cocina.

Al principio me acerqué por el calor de la forja que me ayudaba a pasar los días más fríos, sin embargo me di cuenta de su interés y traté de pasar desapercibida para él.

Por fortuna, justo en ese tiempo empecé a trabajar con Macsen.

Rasco mi mejilla y saludo con la mano. Unos metros más allá alguien se acerca.

—Hola, Lobelia, ¿cómo estás? —otro chico.

—Hola, bien, ¿y tú?

¿Cómo se llamaba? La cabeza me echa humo intentando recordar. Después de hablar un par de minutos, lo veo titubeante.

—Lobelia, perdón si es repentino, pero, ¿te gustaría ir a comer algo esta noche? —pregunta nervioso y me toma por sorpresa.

—En realidad, no estoy interesada en salir con nadie. Lo siento —lo rechazo con una expresión de disculpa. No es mentira del todo ya que no estoy interesada en salir con nadie que no sea Rhoan.

—Ah, entiendo. Perdón por haber robado tu tiempo —responde el joven muy respetuoso hasta casi darme lástima.

—No te preocupes.

Se despide abatido. A punto de llegar al trabajo, aparece otro más que conversa durante el corto trayecto que me falta.

A este no sé cómo decirle que deje de hablar, con la puerta de la Central detrás de mí convirtiéndose en mi salvación.

¡Quiero trabajar! Necesito desconcentrarme del impulso frenético de ir a Blackriver a perseguir a Rhoan.

Para eso me serviría un buen cotilleo y té con Macsen.

De repente la puerta se abre y aparece Caradoc. Le pido auxilio con la mirada. Por Emdor que si no me ayudas te odiaré , es lo que dice mi cara.

Se arregla la barba.

—Lobelia, te estaba buscando, es sobre un documento.

¡Gracias!

—Lo siento, me tengo que ir. —Le hago una mueca de disculpa al otro hombre mientras señalo a Caradoc.

—¡Ah! Sí, perdona —está muerto de nervios—. Antes de que te vayas, me preguntaba si…, ¿te apetecía dar un paseo conmigo hoy por la noche?

Parpadeo descolocada. ¿Qué sucede con estos hombres?, es como si estuviesen apresurados.

—Lo siento, pero por ahora no quiero salir con nadie. —Le regalo una sonrisa gentil con la respuesta repetitiva.

¡Lárgate!

—¿Es por Rhoan Adair?

Me paralizo. En un principio no consigo entender cómo una cosa tiene relación con la otra hasta que caigo en la cuenta.

No puede ser, ¿o sí? Sé que desde que llegué al pueblo ha habido rumores sobre Rhoan y yo.

Aquella vez que se lo dijo a Caradoc investigué un poco y decían que había sido el destino y que yo lo había hecho cambiar, aunque nunca supe en qué sentido.

¿Se me están acercando porque no está y pretenden conquistarme antes de que llegue?

Es la primera vez que me deja sola en Emdor y eso hace que crean tener oportunidad.

Su cobardía me provoca rabia y ganas de darles una lección.

—De hecho, sí. Me gusta mucho, lo siento. No tengo cabeza para pensar en alguien más mientras no está.

No es exageración. Gustar suena pequeño comparado a los sentimientos que me mantienen en una angustia incesante desde que lo vi atravesando la salida del pueblo.

Si fuese por mí, haría peregrinaje de aquí a Blackriver de rodillas y con las manos alzadas al cielo suplicándole que me dé una oportunidad, pero eso solo lo alejaría para siempre.

El hombre entristecido asiente.

—Comprendo. —Por fin se va.

Entro a la Central con Caradoc, suspirando exhausta.

—¿Te gusta mucho Rhoan? —pregunta.

Me quedo mirándolo y algo me hace pensar que con él puedo sincerarme.

—Sí, pero es un amor no correspondido —confieso con tristeza.

Parpadea ensimismado en sus pensamientos por un instante. Parece que va a responder algo con una cara de confundido, sin embargo relaja la mirada enseguida.

—En ese caso, ¿no hay espacio para una cita? —pregunta—. Sé que acabas de rechazar a ese chico pero conocer a otras personas podría ayudarte a aclarar la mente, si sabes a lo que me refiero.

Lo sé, pero hay algo que él pasa por alto.

—Sería buena idea, solo si me interesaran mucho mayores que yo. —Le lanzo una media sonrisa a medida que nos aproximamos a las escaleras, en señal de que lo he descubierto. No puede engañarme.

Su cabeza retrocede.

—¿Eso qué significa?

Resoplo. No quería mencionarlo pero de todos modos así le cortaré la ilusión antes que duela.

—Caradoc, ¿no tienes como cien años?

Se detiene de golpe, me mira tan mudo como una piedra y entonces estalla en una carcajada magistral. Me cruzo de brazos y empiezo a molestarme. Me pregunto qué es lo que le hace gracia.

—Lobelia, ¿quién te dijo semejante mentira? —pregunta entre risas.

Me pasmo y paro en seco.

—¿Mentira?

Moja su boca, ladea la cabeza y sonríe.

—¿Tu único motivo para rechazarme es que piensas que tengo cien años? —su voz es divertida, diría que encantadora si no estuviese cegada por Rhoan.

—¿No los tienes?

Niega.

—Tengo veintisiete, puedes preguntárselo a Macsen o a cualquiera. ¿Quién te dijo que tenía cien?

El corazón me va a mil.

—B-Bueno… —balbuceo.

No sé por dónde empezar a enterrar el rostro esperando a que me trague la tierra. ¿Por qué Rhoan me mintió? Si le digo la verdad a Caradoc, podría meterlo en una situación incómoda.

—¿Fue Rhoan? —inquiere.

No me da ni un segundo para ocultar la sorpresa en mi rostro. Ante mi reacción, coge aire y mueve la mandíbula de un lado al otro.

—Admito que ha sido sagaz —comenta impasible—. ¿Debo sentirme halagado de que Rhoan Adair me considere una amenaza?

—Por favor, no le digas nada. —Me aproximo con un rostro culpable—. Acababa de llegar y seguro que me mintió para que me concentrara en adaptarme.

Tarda un segundo en responder. No parece satisfecho con mi petición pero al menos consigo desviar una pizca de su molestia.

—¿No crees que fue por celos?

Trago saliva considerándolo hasta que recuerdo su sonrisa de disculpa de ayer y el dolor regresa. Lo observo triste.

—Ojalá, pero Rhoan no siente eso por mí —mi voz es amarga—. Entonces, ¿puedes dejarlo pasar?, ¿por favor? Él solo intentaba cuidarme.

Lo piensa en un breve silencio, con sus ojos fijos en los míos como si tuviese algo más por añadir, como si quisiera refutar e insistir en que Rhoan es un hombre celoso del cual debería alejarme, sin embargo no tiene idea de que he soñado con eso desde que fui consciente de mis sentimientos.

Nadie más que yo quiere que Rhoan me reclame como suya pero mis ilusiones no han sido más que eso: ilusiones. No puedo seguir en ese ciclo infinito.

—Vale, lo omitiré —decide y continúa con suavidad—.

¿Al menos podrías considerar tener una cita conmigo?

Algo sencillo, una tarta recién hecha y chocolate caliente en una pastelería que conozco.

Viene bien para el frío, ¿no crees? —Su oferta me hace hinchar los labios—.

Sin presión, solo piénsalo y cuando estés lista me dices. Respetaré tu decisión.

Su manera calmada de ser me influencia.

—Caradoc, se nota que eres un hombre agradable y sé que terminaría esa cita con una sonrisa, pero no mentí cuando le decía al otro chico que no quiero salir —le expreso—. Aunque Rhoan me quiera o no, en este momento no me queda espacio en el corazón para nadie.

—¿A pesar de que te mintió?

Atenúa la sonrisa.

—Sí, y aunque lo volviera a hacer. Sé que suena patético, pero yo… simplemente lo quiero. —Me encojo de hombros, al borde de pedirle perdón por haber despertado su interés al ser una mujer aferrada a un hombre que no la ama.

Inhala sin cortar el contacto visual hasta que sonríe con sutileza.

—Está bien, como dije, respeto tu decisión. Pero si decides mandarlo al traste me puedes buscar, ¿vale?

Le regalo una sonrisa.

—Vale.

Con eso dicho nos despedimos y se adelanta para ir con su equipo.

Mis pasos son lentos, pensando en bucle en el hecho de que Rhoan me ha mentido.

¿Cuántas veces lo habrá hecho? ¿Es este uno de los secretos a los que Celyn se refería?

¿Debería hacerle caso y entrar en su casa sin remordimientos?

Si decido hacerlo, hoy es la única oportunidad.

Si matan con rapidez a las brujas puede que regresen antes, y hoy es un día muerto en ese sentido ya que por el momento deben estar vigilándolas.

Tengo de aquí a la hora de comer para decidir qué hacer.

Llego al despacho de Macsen y apenas cierro la puerta suelto una bocanada de aire. Me doy la vuelta, lo veo y noto que me mira raro.

—Buenos días, abuelo.

Me acerco para darle un toque en el brazo como me es de costumbre.

—Buen día, pequeña, ¿todo bien?

Alza una ceja mientras me evalúa.

—Sí. —Resoplo, pidiéndole con la mirada que no pregunte—. ¿En qué te ayudo hoy?

—¿Puedes ordenar estos papeles? —Me los entrega—. Te iré dando otros a medida que termino.

—Sí, por supuesto.

Me siento en la silla frente a él y me dedico a clasificar los documentos.

Hay un largo silencio en el que siento que me mira con frecuencia.

No parece querer decir nada y aun así me da la impresión de que está más perceptivo de lo normal conmigo.

Al rato y cuando consigo ensimismarme en los papeles, me vuelve a mirar.

—Pequeña, me encuentro en una disyuntiva.

Un grupo de cazadores está a punto de salir al reino de Elidyr pero se han encontrado dos aquelarres en distintas localidades.

¿Tú qué harías? No quiero alargar su estadía en el reino y ponerlos en doble riesgo pero tampoco quiero mandar a otro equipo que podría tener una cacería en cualquier momento en su territorio.

No ha tardado ni dos días en hacerme una pregunta que no se le haría a una asistenta. Pero está bien, desde el principio me dio a entender que mi trabajo no consistiría solo en ordenar papeles. Hará buen uso de mí y yo ejercitaré la mente gracias a eso.

—Tenemos dos opciones: ofrece una recompensa mayor por una estadía más larga, o haz una distribución inteligente.

Puedes escoger a cuatro cazadores de cada elemento que pertenezcan a equipos que estén completos en regiones de nivel similar.

Con ellos puedes formar un equipo auxiliar y no dejar ningún territorio indefenso.

Su silencio es largo hasta que sonríe orgulloso.

—Esa es una excelente idea, hablaré con los jefes —indica.

Estoy segura de que ya se le había ocurrido pero le gusta involucrarme en sus decisiones y ponerme a prueba.

Nos concentramos de nuevo.

—Tengo curiosidad, ¿tu padre ya sabe que te gusta Rhoan?

Me hace detener los movimientos. Alzo la mirada con pesar.

—¿Por qué se lo debería contar?, es un amor no correspondido —hablo desganada pero él se muestra muy sonriente, a un suspiro de reír—. ¿Qué?

—Nada, pequeña. No es nada.

—Mentiroso, sé que quieres decir algo.

—Dije que nada —insiste.

—Abuelo —respondo quejumbrosa.

Me observa con intensidad y al cabo de un momento resopla. Su mirada se va a los documentos, intentando aligerar el peso de lo que está por soltar.

—Pequeña, ¿sabes desde cuándo Rhoan empezó a curarse de su inexpresividad severa?

Su pregunta hace que me enderece.

—¿De qué hablas?

Se pasma.

—¿No lo sabes?

—Explícate —contesto con rapidez.

Guarda silencio, deja todo lo que hace y se levanta.

—Prepararé un té.

Permanezco callada a medida que calienta el agua y me voy a los sillones. Cuando está listo me sirve y se sienta enfrente. Me mantengo a la espera.

—Lobelia, desde los cuatro años Rhoan ha sufrido de inexpresividad severa —comienza y siento un ardor en el pecho—.

Una noche de invierno despertó de una fiebre para no mostrar emoción alguna.

Dejó de llorar, de reír, de hacer berrinches como lo haría un niño normal.

Conozco a Rhoan desde el día en que nació, lo sostuve con tan solo horas de vida, lo mecí en mis brazos y siempre me causó una pena desgarradora el verlo así ya que solía tener una sonrisa contagiosa.

No sé cómo reaccionar a esto y los ojos se me humedecen.

—Pero, ¿por qué? —pregunto bajo.

—Es un misterio, nunca quiso decir nada. —Gira su taza—. Cuando intentaban sacar a relucir el tema, solo entonces estallaba en llanto y no hablaba con nadie durante horas, a veces un día entero.

Por desgracia mi mente es creativa y consigo imaginarme la penosa escena en mi cabeza.

—¿Qué pasó cuando creció? ¿Tampoco quiso hablar?

—Fue peor ya que levantó un muro en torno al tema.

Expresa una gran tristeza y para mi sorpresa se le escapa una pesada lágrima que se pierde en su espesa barba.

—Le tienes mucho cariño —murmuro.

—Él también es como un nieto para mí. —Seca su mejilla—. Soy amigo de su bisabuela Elis.

Le muestro una sonrisa débil y veo mi taza, pensativa y dolida. El Rhoan que yo conozco es uno que su familia y sus seres queridos habían añorado.

—Lobelia, el momento en que Rhoan empezó a curarse… fue cuando se plantó frente a mí solicitando una reunión de emergencia con los líderes, mostrándome un mechón de tu pelo mientras anunciaba tu existencia.

Mi corazón se detiene de golpe. Un escalofrío se mueve por todo mi cuerpo y lo paraliza.

—¿Qué?… ¿Por qué? —balbuceo.

No tiene sentido. Aún cuando quiero decir que es casualidad, las palabras no me salen.

—Lo siento, ya he dicho demasiado —contesta.

Me deja con el corazón en la boca y un mortal nudo en la garganta. La mañana apenas ha comenzado y, más que respuestas, solo acumulo preguntas.

El par de veces que Rhoan mencionó su inexpresividad lo hacía como si fuese algo normal, incluso irrelevante comparado a lo que veía en Medi, no obstante se trataba de otra mentira más.