Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Cuando ya no se les veía al cruzar en una de las calles, empezaron los murmullos.

—Se volvió loca.

—¡No es así! —reaccioné indignado con el primero que lo dijo.

—¿Por qué la defiendes? —habló alguien adolorido—. ¡Mira lo que hizo! ¡Esa niña es un peligro!

Se había quemado el antebrazo. Había varios con quemaduras graves y dolores agudos, las cenizas nos habían impregnado a todos. Menos mal que nadie había muerto. Tuve que aguantar, sintiéndome impotente.

Había caras conocidas en el cementerio de la colina, muchos eran amigos de la familia.

Cuando terminaron de meter su ataúd en el agujero, lo rellenaron y Emdor hizo su magia.

El musgo se extendió, lo cubrió y semejó un cálido abrazo de Dios.

No era la primera vez que lo veía, ya lo había vivido con el entierro de los padres de Aron.

Eso no quitaba que se sintiera igual de conmovedor.

Te veré en la reencarnación , solté desde el corazón, secando mis ojos con amargura.

Tenía buenas noticias para ella que ya no llegarían.

No podía ni atreverme a pensar en decir nada.

Medi tardaría un inmenso tiempo en sanar.

Derramé lágrimas por Amalia y por Medi. Nadie sonreía ese día.

Ella lloraba sin esperanza de consuelo alguno, con sus rodillas enterradas en el suelo.

Tocaba el musgo sobre la tumba a medida que le rogaba a Emdor que le devolviera a Amalia.

Todos permanecimos rodeando la tumba, esperando al saber lo que seguía.

Se vio un movimiento gentil en la tierra.

El nacimiento de una nueva mariposa morpho azul.

Agitó la suciedad en sus alas y se alzó en vuelo.

Todos lloramos con sentimiento. Las mariposas sirven como puente entre nuestras vidas del presente y las pasadas, por tanto no había duda de que era el último adiós.

—¡Amalia…! —Medi extendió la mano, quería alcanzarla, sin embargo la mariposa a duras penas tocó su dedo y se elevó en dirección al Gran Roble. Sus llantos trascendieron a una pesadilla. Tuve que limitarme a aguantar las ganas de abrazarla y consolarla.

Con el pasar de los días hubo ocasiones en las que quería acercarme para darle el pésame pero ella me evitaba.

No había visto ni un atisbo de su sombra así que me vi obligado a ir a su casa por la desesperación, determinado a hablarle.

Necesitaba que me escuchara, y si me lo pedía me quedaría con ella el tiempo que necesitase.

—Lo siento, Celyn, me temo que no podrás verla.

—Su madre estaba demacrada. Ya conocía a sus padres, de las veces que había coincidido con ellos en casa de Amalia, además de que Medi pasaba gran parte de su tiempo con nosotros—.

Lleva días sin querer salir de su habitación, le he dejado comida y agua frente a la puerta pero no ha bebido ni un sorbo.

Sollozó y sus palabras no hicieron más que causarme ansiedad.

—¿Puedo entrar? Quisiera intentar hablar con ella, aunque sea un momento. Os lo suplico.

Lo sopesó y por fin asintió permitiéndome pasar. Caminé veloz a la puerta de su habitación, su madre nos dio privacidad. Toqué un par de veces y apoyé la frente en la madera.

—Medi. —No se escuchaba nada—. Siento tanto por lo que estás pasando, no puedo imaginarme lo fatal que te sientes. Sé que tú y Lia erais como uña y carne.

Siguió en silencio.

—Ella… Ella siempre hablaba de ti, de cómo le gustaba verte reír hasta cogerte el estómago y cómo le parecía tan tierno que fueras pequeña.

Seguí hablando con el corazón en la mano, rogando que mis palabras la alcanzaran.

—Por favor, no te hagas esto. Amalia odiaría verte así. —Los ojos se me nublaron—. A mí me duele verte así.

Escuché sus sollozos al otro lado y el corazón me dio un brinco. Estaba pegada al otro lado de la puerta, justo frente a mí. Me agaché al nivel en que escuchaba su voz débil y cerré los ojos.

—Medi, no me iré, te cuidaré, estaré para ti todo el tiempo que me necesites, hasta que tu corazón esté mejor.

Quería abrir la puerta pero no podía obligarla.

—No te necesito —declaró con una voz quebrada en mil pedazos. El corazón se me partió con sus tajantes palabras.

—Aun así… —titubeé—, quiero acompañarte.

Porque te amo, joder. Te amo tanto.

Poco después oí un chirrido de la madera de dentro que me tomó por sorpresa. Me levanté aprisa con los latidos frenéticos y retumbantes. En el momento en que abrió la puerta el corazón se me cayó al suelo y se desparramó con crueldad, roto en mil pedazos.

Sus ojeras eran impactantes y sus ojos se veían al rojo vivo.

Otra lágrima más y con solo rozarle la piel iba a sangrar.

Había mechones de pelo esparcidos por el suelo de la habitación y objetos tirados y resquebrajados en cada rincón.

Se había cortado el pelo ella misma hasta las orejas quedándole algunos por cortar, era evidente que lo había hecho en un arrebato.

Amalia siempre se lo arreglaba, a veces la envidiaba por eso.

Su mirada era una que jamás le había visto, se podía ver en ella una ira visceral hacia el mundo.

—No necesito tu lástima —pronunció—. Si viniste para eso no quiero verte nunca más.

Negué con la cabeza en apuro.

—No es por—

—¡Quiero que te largues! —las palabras salieron como dagas entre dientes—. ¡Dije que no quiero tu lástima! ¡Tampoco necesito que me cuides! ¡Eras el amigo de Amalia!, ¡no mío! ¡Yo ya no existo para ti!

—¡Pero Medi!

—¡LARGO! —Me tiró la puerta en la cara.

Me quedé helado y hecho pedazos. Por lo impactado que estaba, carecía de voluntad para arreglarme el corazón.

En silencio escuché su llanto y algunos golpes que me preocuparon.

Me vi obligado a apoyar la mano en la madera, con un nudo en la garganta y las lágrimas inundándome el rostro, luchando por no romper la puerta.

Sentí un toque en el hombro que me hizo pegar un brinco. Era su padre, con una mirada de profundo pesar. Detrás estaba su madre encorvada y destrozada. Era el momento de irme.

Resignado, caminé a rastras hacia la salida.

—Cuídate, cariño. Muchas gracias por todo.

—Me dieron un abrazo y se despidieron como si fuese la última vez que me verían.

De ahí en adelante tendrían que ser valientes para recuperar a su hija.

Una vez que cerraron la puerta, caminé lejos y con falta de aire.

El dolor era desbordante, me ahogaba y me sumergía en profundidades de devastación.

Estaba enamorado de ella pero el camino para alcanzarla estaba lleno de espinas y sería largo, casi inalcanzable.

Necesitaba auxilio. Solo sabía de una persona que había ayudado a otro a sanar una pérdida tan enorme. Alguien con talento para robarle una sonrisa a cualquiera. Tras llorar en casa, escondido por un largo rato en la oscura soledad, fui al lugar que creí era el correcto.

Abrí la puerta de su despacho.

—¿Celyn? —Macsen se despegó de su silla—. ¿Qué sucede? Estás  horrible.

Me desplomé y me arrodillé en el suelo.

—Ayuda a Medi, por favor. Haré lo que sea.

Las lágrimas mojaban gota a gota la madera del suelo.

Lo lamería para limpiarlo si me lo pedía pero necesitaba que ayudase a la mujer que amaba.

Escuché sus pasos hasta que su mano reposó sobre mi hombro.

Alcé el rostro, herido, vulnerable, encontrándome con su sonrisa suave decorada por su gruesa barba.

—No te preocupes, este viejo ya tiene un plan.