Capítulo 26
La mañana transcurre en un parpadeo. Igual que Rhoan, tengo un par de horas de descanso para comer. Salgo del despacho lista para ir volando a la puerta de su equipo, cuando mi nariz se entierra contra el pecho de alguien tras dar un paso fuera.
—Por Emdor, Lobelia, ¿estás bien? —Coge mi mejilla aprisa y me revisa angustiado. No esperaba encontrarme con él tan rápido.
—Sí, no duele —miento con las mejillas coloradas. Su rostro está demasiado cerca y creo que soy la única consciente de ello.
—Vine a buscarte para comer. Aron y Celyn nos esperan en el comedor. —Me suelta dejando ir un resoplo.
¡Es lo que quería!
—Te sigo. —Se cierne una sonrisa de oreja a oreja en mis labios.
Sin más que decir, nos trasladamos a las escaleras.
—¿Qué tal tu mañana con Macsen? —indaga.
Se me escapa una sonrisa al instante.
—Fue divertido.
—¿Solo eso? —se ríe—. No todos los días te conviertes en la asistenta de Macsen Bedelia.
Mi sonrisa se alarga.
—Lo primero que hizo fue interrumpir mi trabajo para invitarme a beber té a los pocos minutos de que te fuiste.
Después casi hace que se me detenga el corazón con una broma —le voy contando a medida que coincidimos con una aglomeración de gente hacia la misma dirección.
Otros salen por la puerta grande para comer en los locales cercanos o en sus casas.
Algunas son mujeres cazadoras. Entre ellas, un trío ve pasar a Rhoan.
Callan sus cotilleos y me distraen de nuestra conversación.
Conmigo sus miradas se vuelven despectivas, algo a lo que me he ido acostumbrando en el mes que llevo aquí.
Medi no mentía cuando decía que me envidiarían.
En el momento en que pasamos por su lado, una de ellas roza su hombro con el mío.
—Bruja —masculla en susurro y un escalofrío ataca mi nuca.
Al instante una cantidad descomunal de agua se desparrama sobre ella. Rhoan aprieta la mandíbula de la chica con intenciones de rompérsela. Todo el mundo se paraliza y el tiempo parece detenerse.
—Repite la mierda que acabas de escupir.
Hacía tiempo que no escuchaba su voz gélida.
—Y-Yo… —ella se ahoga en sus palabras y retiene las ganas de llorar, empapada de pies a cabeza.
A nuestro alrededor se forma un grupo de mirones.
—¿Ahora no puedes hablar? Vas a tener que repetirlo para que pueda congelar tu inmunda lengua en la última sílaba —gruñe—.
Tú y el resto de las malditas mujeres de este pueblo me tenéis hasta la polla con vuestras ganas de ver de qué tamaño la tengo.
—Mis ojos se abren como platos y algunos murmuran—.
¿Creéis que no he notado además el desprecio con el que miráis a Lobelia?
¡OS DEJARÉ CIEGAS, A VER SI CON ESO NOS DEJÁIS EN PAZ DE UNA PUTA VEZ!
La mujer tiembla aterrada. Si no lo detengo la situación se agravará. Me lanzo y cojo su rostro con ambas manos, obligándolo a mantener contacto visual conmigo.
—Rhoan, suéltala.
—No lo haré. En nuestro pueblo no hay peor insulto que ese, Lobelia. —La ira desborda en su mirada—. No dejaré que se salga con la suya después de faltarte el respeto así.
—Solo duele si le doy importancia, y esta mujer me es indiferente —le respondo con suavidad, acariciando su mejilla—. Tengo hambre y quiero ir a comer así que no pierdas con ella nuestro tiempo.
Soy lo más cariñosa que puedo para apaciguar su furia.
Su mirada despiadada podría causarle escalofríos a cualquiera.
Permanece en silencio con los ojos enfocados en mí, suavizándose poco a poco hasta que libera a la mujer con brusquedad haciéndola caer de espaldas. Su cara cambia al verme de nuevo.
—Ayúdame —me muestra su mano—, he tocado algo asqueroso.
La cazadora se desploma en llanto y se masajea la mandíbula a medida que sus amigas la consuelan.
El corazón me estalla, aún asimilando lo que sucede.
Solo después de asegurarme de restregar mi mano por la suya, suspira aliviado.
Coge mi brazo con cuidado y nos lleva fuera de la Central.
Está callado, la menospreciada fui yo pero ha sido él quien ha explotado.
No esperaba esa reacción tan extrema. No es el momento pero, ya que no me ve, esbozo una sonrisa.
No pensé que fuese alguien tan importante para él.
—Comamos en tu casa —lo escucho desanimado, no sé en qué piensa pero ha abandonado la idea de ir al comedor.
—Podríamos ir a la tuya —murmuro.
—Dije que no, Lobelia —contesta serio.
—¿Cuál es la diferencia entre tu casa y la mía?, si siempre estamos solos —expreso con frustración—. ¿O es que tienes algo que ocultar? ¿Es por eso?, ¿o porque ese es el límite de cercanía que me has impuesto?
Su forma de actuar me ha dado coraje y siento que es tiempo de exigir más. Mi pregunta es tan inesperada que me mira con los labios entreabiertos. Se lo piensa y suelta un resoplo.
—¿Realmente tienes tantas ganas de ir?
Asiento con firmeza. Mantiene la mirada con detenimiento y de alguna manera me siento analizada.
—Solo esta vez. —Nos guía a otra calle.
¡Eso es! Me aseguraré de recordar cómo llegar.
Pasamos por un abastecimiento de comida que queda de camino y seguimos andando en un silencio perenne hasta llegar a una casa con un par de cestas en la entrada con dulces y cartas.
Intuyo que han sido mujeres y me entran ganas de rechinar los dientes.
Rhoan las coge, se las deja al vecino y rompe las cartas en pedazos.
Arrugo mis labios para ocultar mi sonrisa.
De repente se escuchan voces y nos miramos a los ojos alertados. Rhoan abre la puerta lanzándonos dentro y cierra de golpe.
—¿Crees que nos vieron? —le pregunto nerviosa.
—No, están pasando de largo —exhala asomado por la ventana mientras nos calmamos.
Mis comisuras se elevan al respirar profundo.
Todo está impregnado con su aroma. Mis ojos recorren la casa con una enorme curiosidad mientras nos quitamos los abrigos.
El techo es bajo como el de la casa de sus padres pero me gusta, me da la sensación de estar en un escondite.
Todo se ve pulcro. A la izquierda hay una mesa para seis personas y bajo la ventana una alacena.
Después un librero colmado y en la siguiente esquina unas escaleras de caracol.
Hay una puerta abierta tras ellas en la que se ve la cocina.
Después una cómoda con retratos de su familia.
En la pared de la derecha hay una chimenea y frente a ella una mesa auxiliar.
En medio un sofá gris claro con un sillón a un lado.
Doy pasos lentos hacia el mueble de los retratos para verlos todos.
Paro frente a uno. Es él con las comisuras de sus labios un poco elevadas y sin barba cargando a una encantadora niña.
Por su cabello color chocolate deduzco que es Mabli.
Me quedo embelesada y, aunque mi vista está concentrada en el retrato, noto que Rhoan se acerca para mirarlo también a mi espalda. Los latidos en mi pecho se agitan.
—Tenía dieciocho —indica.
Incluso sin barba es perfecto . Me muerdo el labio.
—¿No te gusta sonreír para los retratos?
—Hasta hace poco no lo hacía mucho que digamos. El pintor me dibujó esa sonrisa porque mi madre se lo pidió.
Qué tierno . Dejo los retratos y camino hacia las escaleras pero Rhoan me coge por los hombros y me desvía a la cocina.
—Vamos a comer —me niega subir con una voz que me dice que no aceptará incluso si ruego.
Hacemos juntos la comida y gracias a las charlas de entremedio consigo hacer que regrese a la normalidad.
Después de servir la mesa enciende la chimenea y nos sentamos a comer, aún sin poder creer que estoy en su casa.
¿Alguna mujer que no sea de su familia ha pisado la misma madera que yo?
Al presenciar su odio hacia las mujeres del pueblo, no hace falta preguntar.
Seguro soy la primera en cruzar el marco de la puerta.
—No eres una bruja —susurra—. Eres mucho mejor Protectora que esa cazadora y eso que solo llevas un mes con nosotros.
Parece que su mente sigue enfrascada en el suceso.
—Gracias —le respondo gentil.
Lo percibo frustrado, come lento y me mira con frecuencia. Pensando en qué puedo hacer para hacerle entender que de verdad estoy bien, se le ocurre coger algunos trozos de mi comida. Lo observo pasmada cuando su tenedor se aproxima.
—Abre. —Se mantiene a la espera. No asimilo lo que pide—. Que abras la boca —insiste más serio.
Trago al borde de un infarto. Sus ojos grises me observan con persistencia y causan que el estómago se me revuelva.
Con la mente en blanco, abro la boca y dejo que me dé de comer.
El vientre me cosquillea pensando en el hecho de que el tenedor ya ha sido usado por él.
Sin ser suficiente, limpia las esquinas de mi boca con su pulgar y lo lame.
Me estremezco de pies a cabeza y el corazón me salta.
—¡Rhoan!
—Shh. Te sentará mal la comida —interrumpe con firmeza.
Sello mis labios y lo miro mientras él enfoca su vista en la comida, con la intención de dejarme colmada de preguntas sin respuesta.
¿En qué piensa? ¿Qué significado tiene esto?
¿Ha sido por exceso de confianza, por consolarme o por qué?
Ya que no hablará, me veo obligada a permanecer en silencio también.