Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Cumplo un mes en Emdor. Rhoan ya me ha enseñado algunos movimientos ofensivos pero continúa enfocado en defensa mientras perfecciono el control de mi elemento. Ya estamos a punto de terminar la clase.

—Y una vez que tu oponente te intenta patear, atrapas su pierna cuando esté por golpear. Tendrás que poner fuerza en los brazos —explica mientras imitamos el movimiento—. Puedes hacerlo caer golpeando la pierna que tiene en el suelo.

Choca la suya contra la que uso de soporte y caigo de espaldas con lentitud.

A pesar de que ya me ha enseñado a hacerlo sin hacerme daño, amortigua creando una cama de agua.

Queda sobre mí con un brazo levantado y listo para golpearme en la cara.

Miro sus labios que me incitan a tragar.

¿Qué siente al tenerme en esta posición?

Quizás nada, pero a mí me desata la imaginación.

—Lo derribas y golpeas de inmediato para aturdirlo. ¿Vale? —indica—. Recuerda que debes golpear con los nudillos y mantener tus dedos en posición con tu pulgar.

—De acuerdo. —Respiro hondo y asiento.

Nos ponemos de pie.

—Lo intentaremos una vez. Levantaré mi pierna —avisa y se prepara—. Asegúrate de anclar tus pies al suelo para no caerte.

Eleva su pierna y la abrazo como explicó. Pateo con fuerza la que mantiene abajo y consigo tumbarlo a la primera, sin embargo cuando iba a celebrarlo sudo frío.

—¡Uy! —pronuncio al perder el equilibrio. No anclé los pies. Su cuerpo cae y soy arrastrada por la fuerza. Me atrapa con agilidad y termino encima de él.

—¿Estás bien? —pregunta de inmediato.

—Sí… —contesto con un quejido corto.

A punto de moverme, abro los ojos de par en par con las mejillas en llamas. Noto mi muslo sobre ese lugar. ¿Esa cosa abultada entra en…?

—Por Emdor —escuchamos una voz feliz.

Me levanto en un santiamén y Rhoan me sigue con más tranquilidad. Buscamos su procedencia y descubrimos a Mabli asomada detrás de un pilar.

—Mabli, ¿qué te he dicho sobre espiar? —la regaña Rhoan cruzándose de brazos—. Es de mala educación.

Le gusta aparecer cada tres o cuatro días.

Es gracioso que diga que es malo espiar cuando me lo ha hecho en más de una ocasión. Cuando conocí a Caradoc, por ejemplo.

—Lo siento —dice jocosa acercándose a brincos.

No se arrepiente en absoluto y con seguridad se repetirá.

—Si quieres mirar debes avisarnos y sentarte en los bancos —le recuerda él dándole un abrazo como saludo para después dirigirse a mí—. Lo seguiremos practicando mañana, eso es todo por hoy.

Asiento y Mabli me estrecha soltando un quejido gracioso.

—¡Mis padres te mandan un abrazo! —exclama.

—Envía uno fuerte para ellos. —La estrujo. Sus risitas me revitalizan y también hacen sonreír a Rhoan.

Salimos del campo de entrenamiento.

—¿Quieres desayunar en mi casa? —me invita ella—. A mi mamá le encantaría.

Llevo tiempo sin verlos, es buena idea.

—Tendrá que ser en otra ocasión —interrumpe Rhoan—. Macsen ha pedido que Lobelia vaya a su despacho.

Parpadeo.

—¿El líder Macsen?

—Sí.

Asiente y el corazón se me acelera un poco. Solo hay una cosa por la que me puede estar llamando: mi descanso se acabó.

—¡El abuelito es el mejor! —exclama Mabli—. ¡Siempre me da unos abrazos así de grandes! —Expande los brazos a los lados.

—¿De verdad? —contesto alegre—. A mí también me abrazó una vez.

De allí en adelante conversamos un poco sobre él y Mabli coge mi mano con naturalidad.

Poco después extiende la otra a Rhoan. Me ruborizo al instante.

Al salir así del campo de entrenamiento, ¿cómo nos vemos con una niña parecida a él?

¿Es consciente de eso? En las dos semanas que han pasado desde que me negué a rendirme no he conseguido avance alguno, a mi pesar.

Es cariñoso en todo momento e inclusive su sobreprotección ha empeorado, sin embargo no he tenido ni una victoria en el romance y sus evasiones sobre el tema se hacen más astutas con el tiempo.

Allí es donde entra Mabli con ocurrencias mágicas como esta.

Cuando es tiempo de separarse de nosotros en el camino, Mabli nos da un abrazo a cada uno.

—Nos vemos otro día, Lobelia —se despide de mí para después mirar a Rhoan—. Hermano, iré a tu casa a jugar más tarde.

Me quedo pasmada.

—De acuerdo. —Rhoan se queda mirándome.

—¡Sonrisa! —le pide Mabli. Es divertido cómo cada vez que se despide le pide que sonría de oreja a oreja. Cuando Rhoan le regala una acogedora sonrisa mostrando los dientes, ella luce satisfecha.

Vemos a la pequeña irse en silencio y evito el contacto visual, retomando mi andar con lentitud.

—No sabía que tuvieras una casa.

Un dolor en el corazón despierta mi irritación y me hace hablar en un tono seco sin querer.

Me molesta descubrir esto ahora y por accidente, porque su hermanita lo soltó a duras penas.

Si no fuera por eso, seguiría sin saberlo.

¿Fue un secreto intencional, o no me lo dijo porque no le dio importancia?

—No era relevante. —Camina a mi lado.

—¿Tú crees? —mi mal humor es evidente—. Ahora tengo curiosidad.

—Es la casa de un hombre soltero, Lobelia.

Mis latidos paran un instante, anonadada. Para esas cosas sí me ve como mujer, solo cuando le conviene, por ejemplo para ocultarme dónde vive y así yo no tenga dónde encontrarlo.

—¿Qué importa eso? Soy yo, ¿no es así? La hija de Garran. ¿No es por eso que eres mi maestro? —espeto.

Para empeorar mi humor, Rhoan se limita a resollar sin decir una palabra, una contradicción o lo que sea.

Y con eso el silencio impera ininterrumpido durante largos minutos.

Me sigue tan silencioso como el viento en calma y empiezo a hacer muecas arrepentida, preguntándome si fui irreverente.

Siempre entramos en esta extraña tensión con facilidad por culpa de mi impaciencia.

—¿Por qué tienes una casa? ¿Suelen independizarse tan pronto aquí? —rompo el hielo.

—No, no es lo usual pero yo lo quise así y mis padres respetaron mi decisión. —Se encoge de hombros—. Además, me queda cerca de la Central.

Si queda cerca de la Central, queda cerca de mi casa . Modero mi emoción.

—¿Dónde vives? —Miro las calles—. Pasaremos por allí antes de ir con Macsen.

—¡Oh, no!, ¡olvidé dónde vivo! —responde con una dramática y divina mentira.

— Olvidé dónde vivo —parodio sonando igual a él en su versión tarado—. Eres tonto.

Doy pisotones hacia la Central y suelta una de esas risas que me hacen perdonarlo al instante.

Mis pies se plantan frente a los escalones que llevan a una enorme puerta con una talla de Emdor en medio que le brinda magnificencia, y esta es solo la entrada del exorbitante edificio.

El lugar se extiende a lo largo de lo que serían unas diez casas.

No había podido entrar antes ya que solo los cazadores o invitados tienen permitido ingresar.

El corazón me brinca ansioso. Rhoan abre la puerta y mis ojos se maravillan.

Desde el primer piso se pueden ver los otros dos de arriba construidos en U, sostenidos por gruesos pilares.

Hay personas caminando en su propio mundo, algunos con papeles en mano, otros listos para entrenar.

Veo un montón de puertas en los niveles superiores que tienen vista al primero.

Mi curiosidad sale a flote por saber qué hay en cada una.

En el primer piso llama mi atención la que lleva a un área exterior, en la pared contraria a donde estamos.

Hay muchos cazadores que entran y salen.

—Por allí está el campo de entrenamiento. —Rhoan señala el lugar.

—¿Y qué son todas esas puertas?

—Son las oficinas de cada equipo de cacería —responde.

—¿Cuántos equipos hay? —vuelvo a preguntar.

—Cien —contesta y alzo las cejas—. Somos más de trescientos cincuenta cazadores. Todavía faltan algunos equipos por completar ya que deberían ser cuatro por cada uno, para tener cada elemento.

—Vosotros sois tres —pienso en voz alta.

—Nos falta un Xyla.

Yo soy Xyla. Hago una mueca.

—Escuché que hay mujeres cazadoras.

—Sí, pero tú solo llevas un mes entrenando así que ni lo pienses —enfatiza con una voz autoritaria.

—Solo preguntaba —refunfuño mientras me acomodo el pelo—. ¿Y por qué faltan personas en los equipos? Ser cazador es algo popular, ¿no?

—Porque también es peligroso. Nuestro Xyla murió hace un par de años y todavía no hemos encontrado a nadie adecuado para reemplazarlo.

Separo los labios.

—Lo lamento.

—Así es la vida de un cazador —habla con gentileza—. No todos están preparados para lo que implica.

Hay un silencio amargo en el que empezamos a caminar hacia las escaleras de la derecha. Antes de subir veo unos peldaños que descienden hasta una solitaria y sencilla puerta de madera.

—¿Qué hay allí?

—El salón del silencio. —Comienza a subir—. Está en el subsuelo.

El nombre llama mi atención de inmediato.

—¿Para qué sirve? —Lo sigo.

—Para reuniones que no se pueden divulgar y que podrían causar pánico en el pueblo —no se preocupa en ocultarlo.

Vaya, ¿se han hecho reuniones así? Veo al vacío con asombro. Cuando llegamos a la segunda planta, ralentiza sus pasos.

—La quinta puerta es del equipo Drago. —La señala con la barbilla.

Me entra curiosidad por saber cómo es Rhoan en el trabajo. Solo un segundo observo dónde está y subimos a la tercera planta. Nos detenemos enfrente de la puerta más grande en medio de la U. Inhalo profundo mientras Rhoan toca.

—¡¿Quién es?!

La voz de Macsen me sobresalta.

—Soy Rhoan, he traído a Lobelia.

Se oye el chirrido de una madera.

—¡Pasad! —pide Macsen.

En el momento en que entramos, nos encontramos con el viejo aproximándose con los brazos abiertos.

—¡Lobelia Xyla, te veo feliz! —Me estruja en menos de un segundo.

—Hola, Macsen —lo saludo con una sonrisa.

—¡Y Rhoan Adair! —exclama soltándome para agitar el pelo de Rhoan. Él ni se inmuta y se lo ordena, acostumbrado a ello—. ¿Cómo estás, niño?

Mientras ellos hablan, rodeo la habitación con la mirada. Es iluminada y con un ambiente acogedor, hay un olor a roble que me recuerda al despacho de mi padre. Es reconfortante a pesar de encontrarse en el intimidante edificio de los cazadores de brujas.