Capítulo 24
—¡Buenos días! —saludo a Medi con una sonrisa reluciente y triunfal. Cualquiera me elogiaría por el coraje con el que me he estado plantando en su boutique desde hace dos semanas.
—Otra vez aquí para matar tu aburrimiento —se queja con su voz monótona de siempre.
—¿En qué quieres que te ayude hoy?
Ignoro su crítica. Me mira con los ojos entrecerrados y llenos de sospecha tratando de encontrar una excusa o debilidad para obligarme a no poner un pie más en su tienda. Segundos después se rinde y coge unas telas.
—Hay que llevar esto al almacén.
Cada vez empieza a aceptar que mi ayuda le conviene.
—Vale.
Mientras los líderes me dan mi tiempo para conocer el pueblo y toman una decisión sobre qué me asignarán, me he proclamado a mí misma como su ayudante muy en contra de su voluntad.
—¿No tienes otra cosa que hacer? —me pregunta dejando las telas en su sitio.
—Estoy haciendo algo importante —le respondo alegre—. Esperar al descanso de Rhoan.
—Genial. La cosa es, ¿por qué tienes que venir todos los días a esperar aquí y por qué estoy hablando contigo?
—Solo vengo un rato —Le hago una mueca.
—Un largo rato —corrige ella.
Soy inmune a sus quejas.
—Cambiando de tema, Celyn me pidió que te mandara saludos esta mañana —le cuento—. Me pregunta con frecuencia cómo estás. Me contó hace un tiempo… que os conocéis desde hace mucho.
Sus movimientos se detienen por un corto instante. No me atrevía a mencionarlo hasta ahora pero por fin confío en que no me odiará si soy un poco más curiosa.
—No tanto —habla otra vez con su inexpresiva voz.
—Se emocionó al pensar que éramos amigas, ja, ja. —La observo con más atención. Se queda con la mirada perdida solo un segundo y prosigue a ordenar las telas.
—Celyn Aither solo me tiene lástima —asegura con seriedad—. Es demasiado amable y le puede salir caro algún día.
Está preocupada por él , intuyo con las comisuras arriba.
—Yo creo que le agradas bastante.
Con lo que digo prefiere el silencio. Pasa un rato en el que continúo ayudándola en cualquier cosa que me pide y se acerca la hora de mi paseo del día. El tener una rutina y pasar más tiempo con Rhoan durante el día me pone de buen humor.
—¿Sabes qué hay de interesante por estos lados? —consulto—. El pueblo es hermoso pero me gustaría algo distinto.
Me observa callada y coge una larga respiración. Por un momento baja la mirada hasta que retoma el contacto visual.
—Hay una torre abandonada y oculta en la montaña —menciona—. Desde allí se ve todo el pueblo.
Una sonrisa espectacular se me dibuja y saco el mapa en un parpadeo.
—¿Cómo llego?
Me explica con cuidado y señala cada esquina. Tras sus indicaciones, asiento una última vez. Me encantaría quedarme pero me preocupa abrumarla. Intento acostumbrarla dejando pizcas de mi presencia en su vida cada día. Prefiero ir de a poco para que no huya.
—Gracias, Medi —me despido—. Nos vemos mañana.
Se queda quieta cruzándose de brazos. Le doy la espalda para salir y cojo el pomo de la puerta cuando escucho su resoplo.
—¿Aprendiste bien cómo llegar? —se cerciora.
Freno en seco. ¿Acaba de preocuparse por mí? Me trago la emoción y me giro.
—Sí, soy buena con los mapas. —Lo alzo y le sonrío cálidamente—. Te veo mañana.
Abro la puerta muy lento cuando de pronto la escucho soltando un gruñido rabioso.
—¿En serio no te importa si te ven conmigo? —Me analiza con una mirada irritada—. Eres perceptiva, ya debes saber lo que dicen de mí.
Guardo silencio con la boca a medio abrir.
—Medi, soy la hija de una bruja. —Me encojo de hombros con una comisura alzada—. Estoy segura de que no todos aquí me ven con buenos ojos. ¿A quién le importa algunos más?
Su mirada se relaja con lo que digo. Mueve su pie y mantiene el contacto visual. Casi un minuto después camina hacia la puerta.
—Te llevaré a la torre —declara malhumorada.
Parpadeo y sonrío de oreja a oreja.
—¿No tienes trabajo? —pregunto al salir de la tienda.
—Hoy no tengo nada importante. —Voltea el letrero en la puerta, cierra con llave y empieza a andar sin esperarme.
Mi emoción es desbordante. Guardo mi mapa y le sigo el paso.
Camino a su lado contenta. Ella mantiene su expresión inalterable.
Las personas nos observan con sorpresa, incapaces de imaginarse que una chica nueva como yo terminaría llevándose bien con la persona menos recomendada para hacer amistad en todo el pueblo.
A medida que avanzamos, de vez en cuando me mira al creer que me pueden afectar las reacciones.
En respuesta le sonrío y desvía el rostro con un resoplo.
—¿Cuántos años tienes? —me pregunta por primera vez interesada en mí.
—Veintiuno, ¿y tú?
—Veintitrés —contesta.
En una de las calles del pueblo se ve la entrada al bosque y comenzamos a subir la montaña.
De vez en cuando me hace alguna pregunta aleatoria que requiere respuestas cortas, pero a pesar de eso me alegra que se interese un poco.
En la subida hay varios sitios que llaman mi atención.
Uno de ellos es una cueva con una entrada enorme.
Desde afuera se puede ver que la luz entra desde el techo gracias a una gran abertura.
También hay sillas y barriles. ¿Es un punto de encuentro?
—Ese es El Agujero. —Lo señala—. Es un sitio muy popular para beber en el que hacen combates amistosos.
Y mi atención se triplica. El nombre le queda perfecto.
—¿Has ido?
—No. Me gusta estar sola.
Permanezco pensativa. Sé que hay personas que sí disfrutan la soledad, a veces yo también para aclarar la mente o estar en silencio.
Pero si es como dice, ¿por qué se ha tomado la molestia de cerrar su tienda y acompañarme en mi paseo?
¿Por qué no me ha echado en dos semanas?
Puede ser fría pero en ningún momento ha sido grosera conmigo.
Al llegar al final de la colina me dejo llevar por el asombro. Frente a mí se erige una torre antigua de dos niveles en ruinas, cubierta de enredaderas que permanecen secas por el invierno. En ella ya no existe techo y la segunda planta tiene la mitad de la pared derribada con la vista abierta.
—¿Qué es este lugar? —camino alrededor.
—Habrá sido una torre de vigilancia de cuando Lo Oscuro tenía más poder y éramos menos. La descubrí cuando era niña. Nadie sabe que está aquí así que debe ser muy antigua.
Espera un momento… Esbozo media sonrisa.
Eso significa que me está mostrando su lugar secreto .
Decido no mencionarlo para no detonar su naturaleza huidiza.
Veo que camina al otro lado en donde hay unas escaleras de piedra que llevan a la segunda planta.
Sin decir nada la sigo y el corazón se me llena en el instante en que mis ojos admiran una vista que se presenta como un lienzo pintado por la naturaleza, texturizado por los árboles nevados que se extienden desde donde estamos hasta lo lejos en el horizonte.
A la izquierda está Emdor con el sereno lago que se alarga a su lado como un espejo del sol.
Se nota a simple vista gracias a la naturaleza verde a su alrededor destacando entre la nieve.
A la derecha está el pueblo, con sus lindas fachadas cubiertas con el manto blanco.
Entre ellas la más alta y amplia es la Central de Cazadores. Allí está Rhoan ahora , suspiro.
Se sienta al borde retirando la nieve en la superficie y me lanza una mirada para que haga lo mismo. Supongo que es su costumbre cuando viene. Me pongo cómoda a su lado y el silencio nos envuelve por un rato mientras disfrutamos de la brisa fría.
—Solía venir con mi prima Amalia. Murió hace cinco años, era una cazadora.
Un velo pesado me cubre el rostro con pena.
—Lo lamento muchísimo, Medi.
Ella permanece con la mirada en el horizonte sin preocuparse por responder. Debe estar acostumbrada a los pésames y a mí tampoco me molesta que se quede así porque entiendo su dolor.
—Me dijiste que tienes un hermano en Benmore —comenta desviando el tema.
—Rodric —muestro un atisbo de sonrisa—, es mi sol.
Me mira unos segundos antes de responder.
—¿Tu sol? —me pregunta.
—Sí, ¿quién puede vivir sin su sol?
Su mirada es seria pero me entra una ligera sensación de que algo cambia en sus ojos.
—Mi prima era mi sol. La admiraba y deseaba algún día brillar tanto como ella. —Devuelve su vista al frente—. Supongo que tiene sentido ya que el mundo me parece más oscuro desde que nos dejó.
Creo escuchar su voz un tanto fragmentada aunque su expresión no cambia.
Puedo sentir su tristeza tan abrumadora que me asfixia.
Somos muy distintas y al mismo tiempo me es especial la forma en que me siento identificada con ella.
Sin embargo, hay algo que pasa por mi cabeza una y otra vez cuando estoy con ella y percibo su sufrimiento.
Un dulce y a la vez triste recuerdo, al saber que Amalia era como una hermana para ella.
Quizás ese momento de mi vida fue destinado a ser memorable para este instante.
—¿Sabes?, mi hermano estuvo un año en la guerra. El día que nos despedimos le recordé que era mi sol y que no podía vivir sin él. —Levanto las comisuras—. Nunca olvidaré su respuesta.
Consigo llamar su atención y nuestras miradas se enlazan.
— El sol brilla muy poco comparado a lo mucho que brillas por ti misma —repito mirándola con cariño. Por primera vez sus cejas se distorsionan y sus ojos se nublan. Mira al frente con rapidez, ahogada en un sentimiento que no sé describir. Al poco tiempo se rasca los ojos.
—Tu hermano y mi prima se habrían llevado bien.
Se me dibuja una débil sonrisa.
—Seguro que sí. —Hago una pausa—. Lo extraño mucho, aunque a veces me entran ganas de mandarlo a freír espárragos. Sobre todo cuando me llama lobo apestosito enfrente de los demás.
Se voltea alzando una ceja con las comisuras un poco levantadas.
—Mi prima me llamaba gusanita por mi tamaño —se suelta—. Odiaba que lo hiciera.
—Rodric me llevaba a veces como saco de patatas por el pueblo. Le encantaba hacerme pasar vergüenza.
Nuestras risas opacan el silencio. Algo entre Medi y yo logra florecer. Empatía y un apoyo en el que podemos tomarnos un respiro.
Para cuando estamos de regreso a la boutique, hay un aire distinto en ella.
—Hasta mañana, lobo apestosito —se despide en broma.
Es un aire liberador.
—Hasta mañana, gusanita.
Me doy la vuelta con una gran sonrisa.
—Por cierto —habla y me hace mirarla otra vez—, supongo que no tiene nada de extraño sufrir por haber perdido a un ser querido, ¿no es así?
Separo los labios al ver una suave sonrisa acompañada de gratitud. Aquel día me escuchó.
Asiento y una gran emoción me baña de calidez el corazón.